Tecnofilosofía

Ser y Tecnología (I). Del análisis del riesgo a la esperanza de la salvación

Redactado por Javier Del Arco

Martin Heidegger.
1. Heidegger como punto de apoyo reflexivo.

Siempre hemos reivindicado la figura filosófica descomunal de Martín Heidegger, sobre todo para reivindicarlo. Y en este caso tal aparición es, desde nuestro punto de vista, muy conveniente para afrontar la cuestión tecnocientífica y su relación con el hombre desde una perspectiva filosófica riquísima pero ciertamente complicada porque explicar.

A Heidegger se le reprocha no haber escrito una moral o, en el mejor de los casos, se echa de menos una ética dentro de su obra, ciertamente amplia. Si pasamos revista a los títulos de sus libros no hallaremos, en efecto, ni la palabra moral ni el término ética. ¿Quiere eso decir que en Heidegger no hay una ética?

En primer lugar hay que decir que la filosofía de Martín Heidegger ser articula en torno a cuatro palabras: ente, ser, ser-ahí y existencia.

Cuando miramos en derredor nuestro cualquier hombre, en cualquier lengua dice con admiración, respeto, temor o indiferencia una palabra: “hay”. Hay tierra, prado, monte, árbol, vaca, caballo, cielo, sol, palabra, acción, casa, número, etc. Eso que hay es lo “ente”. Se entiende por ente aquello que es. Así, la piedra, la planta, el animal, el hombre, Dios, los espacios vectoriales…son entes.

Ahora bien, al definir el ente como aquello que es, hemos hecho ya, de algún modo, la experiencia de lo que Heidegger llamará la maravilla de las maravillas: el ente es. Es decir, hemos definido el ente desde la comprensión previa de otra cosa. El ente, incluye en su concepto algo que no es ningún ente, pero sin lo cual ningún ente podría ser concebido como ente. A este último nivel de realidad que trasciende todo lo inmediatamente dado y perceptible, el ámbito del ente, pero vinculado a la vez a su propio ámbito, Heidegger lo designa con el infinitivo del verbo ser, el ser (das Sein).

El ser no es ninguna de las cosas que hay: tierra, prado, monte, árbol, vaca, caballo, cielo, sol, palabra, acción, casa, número... El ser no es ningún ente y, por tanto, ningún objeto que pueda ser representado. Sin embargo, está bien claro: de algún modo pensamos el ser continuamente.

Cada vez que decimos de un ente: es esto o es aquello, cada vez que nos comportamos teórica o prácticamente o prácticamente respecto de un ente, cada vez que reconocemos a un ente como ente, hemos pensado el ser. Al ente como ente sólo se lo puede comprender, si se ha pre-comprendido algo así como el ser.

El ser, como ya observo la filosofía clásica, es lo indefinible, precisamente, porque forma parte de toda definición. El ser no es definible; es descriptible, partiendo de la experiencia ontológica que acabamos de describir. Cabría decir que el ser es aquello gracias a lo cual el ente es, o también aquello que hace que el ente sea ente y pueda ser comprendido como tal.

2. Ser y existencia.

Entre el ser y el ente hay, pues, una diferencia que Heidegger denomina diferencia ontológica. El ser no es el ente, pero es el ser del ente. Como ser del ente, el ser está presente de algún modo en todo ente. Esta presencia, normalmente opaca, se hace translúcida en el ente que nosotros, los humanos, somos. Por eso, para designar a ese ente que nosotros somos utiliza Heidegger un término compuesto que remite, en su propia etimología, al término “ser” y lo denomina “ser-ahí” (Dasein).

En el alemán clásico, el término Dasein tiene el sentido filosófico de “existencia” en contraposición a la esencia o Wassein. Heidegger, en cambio, lo utiliza en el sentido etimológico de ser-ahí, pero no sin darle un sentido ontológico nuevo. El hombre está ahí, en el mundo, pero está ahí, como el ahí del ser, como el lugar óptico donde el ser se revela, como el ente privilegiado en el que el ser adviene a la luz. Los entes, lo acabamos de exponer, son lo que son gracias al ser.

Pero esto los entes no lo saben. Sólo se revela a ese ente que somos nosotros, a ese ente que es capaz de comprender al ente en su ser y de decir: el ente es. Ser sólo lo hay donde hay comprensión del ser y solo hay comprensión del ser donde existe un ser-ahí (alma o espíritu, para entendernos).
Ese término precioso y preciso acuñado por Heidegger, Dasein, se relaciona con otro con el que se designa también al hombre: la “existencia” (die Existienz).

Ahora bien, en el lenguaje común, el término Existienz es un vocablo de raíz latina que significa lo mismo que el germánico Dasein: la existencia en sentido clásico. Sin embargo, Heidegger lo adopta en la acepción que previamente le había conferido Kierkegaard: modo de ser del hombre.

Kierkegaard vio que el hombre es una relación que se relaciona consigo mismo, con su propio ser, por cierto único ente capaz de hacer esto. Por eso decimos que a los entes no humanos el ser les ha sido dado de un modo cerrado, lo tienen, pero son incapaces: son lo que son y nada más. Aunque lo que son, nos merece todo respeto.

A los humanos, en cambio, se nos da de un modo esencialmente abierto y esto es clave porque somos lo que en cada caso decidimos ser. La existencia, en este nuevo sentido, expresa ese ente que nosotros somos, ese ente que existe en tensión hacia sí mismo, cuyo ser no se presenta como algo ya hecho y decidido, sino como tarea y como quehacer.

Cuando Heidegger afirma en una famosa de Ser y Tiempo (Sein und Zeit) que la “esencia del ser-ahí estriba en su existencia”, no pretende, como muchas veces se ha interpretado erróneamente y/o con mucha malevolencia, absolutizar al hombre, como si en él coincidiesen en sentido clásico la esencia y la existencia, como si su esencia, como la de Dios, fuese existir, sino que sólo quiere poner de relieve la importancia que para el ser del hombre tiene la realización, la ejecución; quiere dar a entender es lo que él en cada caso decide ser, que es proyecto de sí mismo, tarea de su propia realización (este razonamiento enlaza con la expresión zubiriana que anteriormente destacamos y volvemos a repetir: "el hombre existe ya como persona en el sentido de ser un ente cuya entidad consiste en tener que realizarse como persona, tener que elaborar su personalidad en la vida").

Consecuencias prácticas:

A. La sabiduría y la prudencia nos merecen respeto

B. La libertad de todo humano, de todo ser-ahí, merece un respeto imponente, reverencial y es lo primero que nos merece respeto

C. Si el hombre es proyecto de si mismo, tal proyecto puede llevarle a buen puerto o a aniquilarse. Los ingenieros saben que los proyectos se dirigen, se corrigen, se orientan e incluso se reconducen, ergo la educación también merece un respeto enorme y un reconocimiento total público y privado.

3. El querer del querer.

Nadie, a estas alturas, puede dudar ya que vivimos en el periodo del “adueñamiento” de la tierra por el hombre, como había previsto Nietzsche. Y tambien el “adueñamiento” del hombre por el hombre, no tanto como propiedad, que la esclavitud es cosa muy antigua, sino como capacidad para auto modificarse y modificar a los demás, incluso como especie, en cualquiera de los estadíos de su desarrollo. Vivimos el imperio de la técnica, el del “querer del querer”.

Quizá lo más característico de la técnica, y de la actual tecnología, es la fabricación en serie de máquinas y artefactos industriales -incluso Drexler ha hablado de auto fabricación y/o replicación de nanodispositivos autoensamblables- y es precisamente ese aspecto de la técnica o de la tecnología el más prepotente, el más característico.

4. El olvido de lo que somos.

El Maestro Martín Heidegger vio en el predominio del sistema tecnocientífico (él hablaría de técnico) una consecuencia del olvido del ser. Todo olvido produce un vacío y aquello que está vacío tiende a ser colmado. Dado que ningún ente puede llenar este hueco, sólo queda la posibilidad de una ininterrumpida producción técnica que lo obvie.

En todas partes donde el ente nos parece deficiente –y todo parece deficiente para el insaciable querer del querer del hombre moderno- es necesario que se introduzca la técnica y, abusando de las materias primas que la Tierra-Patria (no tenemos otra y el concepto acuñado por Edgar Morín es magnífico, Tierra-Patria…) le ofrece, produzca en masa sucedáneos industriales o post-industriales (también afecta a los servicios que son consecuenciales) que alimenten nuestras voraces apetencias.

Y así se origina ese infernal círculo de producir para consumir y del consumir para producir que ha venido a ser el único acontecimiento verdaderamente notable del mundo actual que se aleja de si mismo para ser otra cosa, algo así como un no-mundo, paso previo a la desaparición del mundo.

La reflexión heideggeriana sobre la técnica que, debidamente actualizada asumimos, tiene un carácter particular por su referencia a su relación con el ser y su dialéctica de desocultación-ocultación o desvelamiento velado. Esto aparentemente tan difícil de entender... ¡es tan fácil cuando se capta e interioriza!

Pese a la simpatía que tengo por Jaspers, he de reconocer que la reflexión heideggeriana constituye una pieza más profunda que la de preguntarse por La bomba atómica y el futuro del hombre. La técnica pone en juego algo más que el futuro de buena parte humanidad sobre la Tierra por un hipotético holocausto nuclear.

Lo que la técnica, la tecnología o la tecnociencia ponen en juego hoy, es la esencia del hombre. Traduzcamos a términos filosóficos determinados proyectos de manipulación genética en el hombre: lo que ponen en juego es su esencia, el desvelamiento velado del ser, que al ser intervenido desde fuera, lo somete al peligro de una insidiosa y criminal deformación.

5. El lenguaje como esencia de la tecnología.

En el centro de la meditación de Heidegger y de la nuestra se halla la esencia de la tecnociencia; a ella le dedicamos buena parte de nuestro tiempo. Y creemos que hay una equivocación generalizada a la hora de prever de donde van a venir las respuestas. Obviamente, no vendrán del progreso que la tecnociencia genere, ni de avances de la misma tecnociencia, ni del análisis de lo que hace, ni de cómo se implementa, ni siquiera de la naturaleza íntima que compone la materia tecnológica, átomos y partículas incluidos...Todo ello son manifestaciones de la tecnociencia pero no su esencia. Sólo hay una posibilidad de acceder a la esencia de la tecnociencia y esta posibilidad reside en el lenguaje.

Si tornamos nuestra mirada a la Grecia clásica veremos que "tecnos" significa dos cosas. Por un lado, un modo de producción que englobaba a la vez al artista y al artesano. Por otro lado, es un modo de descubrimiento, de desvelamiento.

Gracias a la técnica algo se descubre y se hace patente. Naturalmente entre la tecnos griega y la moderna técnica o tecnología o si se quiere tecnociencia se yergue una enorme distancia. Ello no impide ver a Heidegger ver en la tecnología un retoño tardío de la técnica. Entre ambas, hay sin embargo una diferencia cuya raíz se encuentra en el modo de desvelamiento propio de la tecnología.

6. “Existencias y consumo”

Como todo modo de desvelamiento, la técnica incluye un peculiar comportamiento hacia el ente en su conjunto, del que depende la manera como el hombre se comprende a sí mismo y las cosas. La actitud de la técnica es provocativa. Observamos que la manera humana de comportarse ante el mundo ha cambiado de raíz; ya no toma el carácter de representación sino de imposición. Y lo más importante de todo: el estatuto de las cosas ha cambiado.

Ya estas cosas no son puros objetos de los que nos servimos; son Bestand, es decir “fondo”, “reservas”, “stocks” o “existencias” en el sentido de los zapatos dispuestos en una gran zapatería y el dependiente nos dice: no se preocupe, del modelo “Paris nuit” en rojo, en 37, tenemos suficientes “existencias”. Estas existencias están almacenadas, esperando su venta, su uso posterior y su desgaste físico o de imagen de forma que ya sean zapatos, corbatas, máquinas de afeitar coches o teléfonos móviles, en seguida se quedan “demodé” aunque estén en perfecto estado para su uso.

La única razón de ser de las existencias es ser vendidas y usadas. Tienen poca consistencia y vida efímera. Cuando se acumulan y no se gastan, se devalúan, se rebajan para acelerar su uso y consumo y… para quitarlas de en medio como sea. Casi todos los objetos-productos que nos rodean, obra del moderno sistema de la tecnociencia, son fungibles a corto plazo, en complicidad con el sistema económico basado especialmente en el consumo.

El mundo tiende a aparecerse ante nosotros, a desvelarse, como un enorme almacén de existencias.

Pero es que también le ha llegado el turno a la Tierra. El hombre abandonado a su imperio que es el del tener más, el del consumir, ha dispuesto de todo el planeta como existencia. Y así también aquí es pertinente hablar de existencias o de reservas, de cereales, petrolíferas, etc. Toda la Tierra es un inmenso almacén.

Pero este almacén tiene una peculiaridad: no todas sus existencias se pueden reponer mediante la acción continúa de la tecnociencia y su disposición inmoderada no permite su renovación a un coste razonable. Además, para empeorar la situación, la carencia de esos objetos a los que se ha recurrido no se renuevan o lo hacen muy lentamente y su carencia no sólo nos priva de ellos sino que nos altera, nos modifica el hábitat, la morada, nuestra forma de vida…el uso de inmoderado de los recursos nos conmueve, nos altera y nos da miedo…. ¿Podrá la tecnociencia salvarnos?

7. El hombre como recurso, contingente y capital.

Pero es que el asunto va más lejos, nosotros mismos no somos sino existencias en este mundo tecnocientífico. Fíjense: Hablamos de “recursos humanos” en vez de personal o personas, mucho más digno. La persona transformada en recurso y lo más grave, quien invento tal término está tan orgullosa de haber sustituido el viejo arcaico y despectivo término de personal –que viene de persona- y que se refiere a un colectivo de personas con unos aspectos comunes, por el de recursos, además humanos. Hemos pasado de persona a recurso. Vamos bien.

Veamos el ejército. Ya, salvo entre profesionales, que en general son muy buena gente y muy alejada de estos presupuestos mega consumistas, no se utilizan los bellos y precisos términos, devenidos en clásicos, de sección, compañía, batallón, regimiento, brigada, división…No, las televisiones, las que mandan, hablan de contingentes armados. Que palabra más fea para designar un grupo de bizarros y bizarras soldados y oficiales….

Aún más grave: de recurso, alcanzamos el estatuto máximo del mudo tecnocientífico-económico: somos capital humano, entiéndase bien, somos billetitos, monedas, no personas. Valemos porque sabemos, no sabemos porque “valemos”. El dicho general “esta chica vale mucho” se sustituye por “esta chica tiene un conocimiento cuyo valor de mercado es de 30.000 brutos”. Eso es lo que yo llamo tecnocapitalismo o turbocapitalismo que el turbo es un objeto tecnocientífico…

8. Lo humano como producto

Y aún mucho más grave…mediante el pago de su importe, que no por donación, acumulamos existencias de sangre, de semen, de óvulos….Los órganos, todavía, en su mayor parte, se donan altruísticamente. Pero no faltan ya noticias de quien vende un riñón, o lo que es peor lo venden sus padres o tutores, o…lo roban, drogando a la persona, extirpándoselo y dejándola tirada en parque…y se del caso.

El Hombre ha devenido en la materia prima más importante.

Bien, la naturaleza, el hombre mismo, ha devenido en recurso, en existencia, en almacén de fuerza, energia, vida…

La tecnociencia, incluso, va más allá: determina las expresiones culturales de nuestra época: lenguaje, pensamiento, arte.

Para expresar este conjunto de fenómenos, característicos o más bien definitorios de nuestra época técnica, Heidegger propone una palabra de difícil traducción, das Ge-stell, que podríamos en castellano, darle el significado de dis-positivo. En el alemán de la calle, das gestell, significa algo así como armazón, chasis, caballete, bastidor, etc.

Pues bien, en esta palabra, aparentemente insignificante, se encierra toda una evocación de un mundo en el que todo es susceptible de indefinida explotación y manipulación; pese a ello, en ese mundo, se realiza la esencia de la técnica.

Heidegger entiende la historia como un olvido paulatino del ser. En este mundo la técnica ocupa un lugar bien definido: representa el último drama de la metafísica en general. Este hecho se caracteriza por: la trasformación del mundo en me-mundo o no-mundo, por la devastación de la Tierra –la última expresión es el cambio climático- y la degradación de la persona al rango de recurso disponible y…reemplazable.

Aparentemente el Götterdamerung está servido. Pero no. El maestro de Alemania, como le ha llamado Safranski, nos decía que aún no había aparecido el verdadero peligro. Este reside en otro plano y escapa a las decisiones de los hombres de estado y las comisiones internacionales. Para identificar este peligro hay que reflexionar sobre el aspecto de desvelamiento que la técnica conlleva.

El hombre puede engañarse respecto de lo que saca del encubrimiento o de la ocultación e interpretarlo mal. El desvelamiento del ser es siempre ambivalente. En él reside para el hombre, a la vez, la máxima posibilidad y el máximo peligro. La técnica participa de esta ambivalencia: como todo modo de desvelamiento oculta en su seno el peligro y la salvación.

Deviene peligro siempre que el hombre, abandonándose a su imperio, trate a las cosas y a las personas como simples dispositivos, como meras “existencias”; es salvación desde el momento en que el hombre escucha a través de ella la llamada del ser: en este caso, además, la misma técnica puede convertirse en preludio del acontecimiento ¿Y por qué? Porque la auténtica actitud del hombre hacia la técnica se encuentra en das Gelassenheit, el desasimiento.

Sólo el hombre verdaderamente libre ante las cosas, precisamente porque está abierto a la llamada del ser, es capaz de evitar los peligros de la técnica, su faz demoníaca, y abrirse a sus beneficios e incluso reconocer en ella el misterio del desvelamiento.

9. “Allí donde hay mayor peligro reside también lo que salva”.

Decía Heidegger que lo mortal para el hombre no era la tan discutida bomba atómica, este especial artefacto destinado a producir la muerte. Lo que desde hace ya mucho tiempo, es una amenaza de muerte para el hombre, lo que arremete profundamente al hombre en su esencia, es ese absoluto de la mera voluntad en el sentido premeditado de imponerse en todo.

Lo que amenaza la esencia del hombre es la opinión “motu propio” de que mediante un pacífico “desatamiento” (literal) o liberación (expresión castellana más correcta), transformación, acumulación y re-dirección de las energías de la naturaleza, el hombre podría hacerse más soportable a su propia especie y vivir felizmente. Pero la paz que de tal pacífico proceso debía segregarse, no es más que la permanente inquietud de la furia del premeditado imponerse.

Lo que amenaza a hombre en su esencia es la opinión de que la imposición del proceso de producción puede realizarse sin peligro, con tal que, al mismo tiempo otros intereses conserven su valor. Es como si pudiera existir, para la relación esencial en la cual queda transferido el hombre, por la voluntad técnica, a la totalidad del ente, un retiro o guarida en un edificio contiguo, capaz de brindar algo más que una temporal evasión del autoengaño.

Lo que amenaza la esencia del hombre es la opinión de que la producción técnica pone orden en el mundo, mientras que precisamente este ordenar rebaja todo ordo, es decir, todo rango, a la uniformidad de la producción, y de esta manera destruye de antemano la esfera de un posible origen de la jerarquía y el reconocimiento en el ser.

El peligro no reside sólo en la Totalidad del querer, sino en el querer mismo en la forma del imponerse en un mundo admitido únicamente como voluntad. El querer voluntado de esta voluntad ya se ha decidido a un mandato incondicional, y con esta decisión queda ya sometido el querer a la organización total. Pero la técnica misma impide, ante todo, cualquier experiencia de su esencia, pues en tanto que ella se desarrolla plenamente, desenvuelve en las ciencias una forma de saber que le impide para siempre llegar a la esfera esencial de la técnica, menos aún llegar a un repensar (zurückzudenden) en su origen esencial .

Muy lentamente la esencia de la técnica llega a la luz del día, que es sólo una noche mundial retransformada en día técnico, día que es el más corto de todos, y con él nos amenaza un único e inacabable invierno. Ahora no sólo se rehúsa al hombre la protección, sino que lo inalterado de todo lo existente se sume en la oscuridad. Al sustraerse lo sano, queda enfermo el mundo. Y por consiguiente, no sólo lo santo, como el camino que conduce a la divinidad, queda escondido, sino que también el camino a la santidad, la salvación, aparece borrado para el ser.

Es posible que todavía haya mortales capaces de advertir la amenaza de la insalubridad en el insano, los cuales tendrán que percibir el peligro que puede afectar al hombre. Peligro que consiste en la amenaza respecto de la esencia del hombre en su relación con el ser mismo, y no en los accidentales riesgos. Este peligro es el que se esconde en el abismo de todo ente. Para advertir este peligro y mostrarlo, tienen tales mortales que estar prestos a alcanzar el abismo. Llegar a contemplarse como algo diferente y ser conscientes de ello.

«Pues donde está el peligro
crece también la salvación».
(Hölderling.)

Acaso toda otra salvación no provenga de donde está el peligro, mientras que se mantiene en el insano. Cualquier salvación mediante no importa qué bien intencionado recurso vulgar, sigue siendo, para el hombre amenazado en su esencia, por la duración de su destino, una inconsistente apariencia. La salvación debe provenir de allí donde el destino de los mortales cambia de esencia.
Javier Del Arco
| Miércoles, 19 de Marzo 2008

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