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CONO SUR: J. R. Elizondo

Bitácora

2votos
BORIC Y LA DESPOLARIZACIÓN EN CHILE José Rodríguez Elizondo

Cuando todos pensaban que la elección presidencial produciría un resultado estrecho -por tanto discutible-, entre un extremista de izquierda y uno de derecha, la cifra final arrojó la victoria nítida de un candidato socialdemócrata. A continuación explico este misterio.


 
“El hombre es la medida de todas las cosas”
Protágoras.

Resumen vertiginoso de lo sucedido: el estallido de 2019, entre social, vandálico e  insurreccional,  puso al presidente Piñera y  a la democracia chilena al borde de la cornisa. Para salvar sus muebles, los partidos y los profesionales del sistema optaron por una nueva Constitución. Sorprendentemente, los apoyó Gabriel Boric Font, arriesgando su liderazgo juvenil sobre sectores antisistémicos. Luego, en la Convención Constituyente, una mayoría novedosa aumentó la polarización con señales estruendosas: dado que los partidos estaban liquidados, había que refundar Chile con base en la plurinacionalidad y las identidades internas.  Pocos meses después, las elecciones generales reequilibraron el sistema, con un Congreso de talante tradicional y una competencia presidencial insólita. Esta enfrentó a Boric, clasificado como extremista de izquierda, con José Antonio Kast, catalogado como extremista conservador. Evocando lo sucedido en el Perú, los expertos pronosticaron un resultado estrecho -por tanto, sísmico- entre dos candidatos minoritarios. La realidad los desmintió y en eso estamos.

AUDACIA AGNÓSTICA
En la segunda vuelta del domingo pasado, Boric ganó con un 55,87 % de la votación, contra un 44,13% de Kast. Una ventaja amplia, que eliminó la posibilidad de un “negacionismo de resultado”.

En el entretiempo, el ganador había reconocido la diferencia entre los principios  y los dogmas, enfatizando su propósito de ser un presidente para todos los chilenos y virando hacia la moderación. Según analistas solventes, la base social de tal cambio   estuvo en las mujeres y los jóvenes no militantes. La base política, por su lado, estaría en el rechazo a las picardías y excesos ideológicos de los constituyentes mayoritarios.
(También es posible, especulando entre paréntesis, que algún mirista anciano le haya contado ese duro intercambio entre Salvador Allende y Miguel Enríquez, cuando éste lo acusó de ser un socialdemócrata y “a mucha honra” replicó el presidente).

 Lo dicho puede explicar el corto plazo de las certezas previas de Boric y el realismo de su “centrificación” en desarrollo.  De hecho, hoy está actuando como esos entrenadores que saben “leer el partido” en la previa y  mientras se está jugando, para hacer los cambios necesarios, aunque disgusten a futbolistas de alto ego e incluso a los altos dirigentes del club.
 
EXTREMISTA ORIGINAL
Con la secuencia completa, puede decirse que Boric fue un paradójico extremista pragmático. Esa extraña cualidad le permitió inscribirse como candidato con las justas, dejar en la cuneta al comunista Daniel Jadue -favorito de los extremistas científicos- y asegurarse el apoyo de las izquierdas duras y subversivas en el primer tiempo electoral.

Luego, con los votos de esas izquierdas en el bolsillo, enfrentó el segundo tiempo  con una estrategia inversa, para remontar un marcador adverso. Fue el tramo en que supo seducir a nuevos electores, poniéndose una camiseta socialdemócrata.

En definitiva, una gran victoria de la audacia agnóstica, pues Kast privilegió sus principios conservadores y dejó claro que la Presidencia no le valía una misa. Con todo, lo suyo no fue una derrota por K.O. pues su alta votación es la más alta de las derechas en su historia  y eso le asegura un protagonismo sostenible.

Resumiendo: una ducha de institucionalidad, para frustración de quienes apostaban a un puntillazo contra el sistema democrático vigente.

TREGUA DE NERVIOS
Será difícil compatibilizar a un Boric-presidente-de-todos-los-chilenos, con el líder estudiantil desgreñado, tatuado y confrontacional que conocimos hasta hace poco. Ese que se tomó una Facultad de Derecho para instalar un decano a su pinta, reducía todas las variables del capitalismo al neoliberalismo, avalaba la violencia del estallido, justificaba a los “presos de la revuelta”, quería refundar a los carabineros y democratizar a los militares, postulaba una plurinacionalidad sin resguardos y demoró en definir a Nicolás Maduro como dictador. Nada muy centrista que digamos.

Sin embargo, no estamos ante una rareza extrema. Desde que los dirigentes de la Concertación renunciaran a defender sus éxitos, muchos son los saltos estrambóticos que han protagonizado políticos chilenos. Cambiaron el Congreso por los matinales de la tele, llevaron la farándula al Congreso, normalizaron la ingobernabilidad, quisieron aprovechar el estallido y hasta la pandemia para liquidar al gobierno legítimo. En esa ruta, aportillaron a conciencia el Estado de Derecho.  No es olvidable la frase de una Presidenta del Senado que justificó su voto, en una coyuntura, diciendo que prefería “cometer un sacrilegio con la Constitución”.

Es ese estado de situación, abocarse al enigma identitario de Boric sería un pasatiempo académico.  Dada su indiscutida  legitimidad electoral y su nuevo look de adulto normalizado, más vale aceptar que ya no es el que fue, sino el gobernante que será.

Por lo demás, eso ya explica la tregua de nervios que nos permitió celebrar los ritos democráticos y republicanos: reconocimiento hidalgo del derrotado, saludo al vencedor del presidente incumbente y compuesta visita a Palacio del presidente electo.

 Lo urgente, ahora, es que el ciclo que se inicia despolarice el ambiente. Y eso dista de ser poco, pues ya hay síntomas de un nuevo negacionismo: el de quienes dicen que el éxito de Boric se debió a la movilización de las masas y no  a su viraje hacia la moderación.

EL TIEMPO APREMIA
Por el momento, estamos en el tiempo de los saludos y olfateos. Ese interregno en el cual periodistas y otros maquiavelos instalan nombres de los miembros del círculo de hierro del gobernante, de quienes se le unirán altruistamente para compartir el poder y de quiénes serán los enemigos a demoler.

Lo importante es que esta etapa sea breve. En una enumeración no taxativa, nadie debe olvidar que Boric enfrentará una economía sobrecalentada, con inflación en desarrollo. Una delincuencia apabullante y grupos terroristas en la Araucanía. Presuntos “presos políticos” del estallido, que son un tema crítico para la confianza ciudadana. Una plurinacionalidad constitucional sin resguardos, que podría socavar la fuerza del Estado como actor nacional unitario y, por añadidura, deteriorar las relaciones vecinales.

En relación especial con “los temas de Estado”, el nuevo presidente tendrá que conocer mejor el ethos de los militares y mejorar la eficiencia de la policía, actores crispantes para los activistas antisistémicos. En paralelo, sus asesores en política exterior ya debieran estar sobre el tema Runasur, liderado por Evo Morales y la denuncia, a su respecto, de los más prestigiados diplomáticos del Perú.

PIES SOBRE LA TIERRA
Para que su centrificación se consolide como estratégica y pueda ejercer un liderazgo sólido, Boric tendrá que enfrentar los problemas de su entorno político. En este rubro, debiera conocer la historia no contada de los combates ideológicos internos, durante el gobierno de Allende.

Por el momento, cuatro serían sus problemas visibles:
  • Uno, que, con excepción del Partido Comunista, las organizaciones que lo apoyaron no se caracterizan por una disciplina leninista.
  • Dos, que la dirigencia comunista no está aplaudiendo su flexibilidad y ya lo ha conminado a ceñirse al programa inicial.
  • Tres, que los políticos externos  a su coalición no asumen que cualquier refundación debe comenzar por casa.
  • Cuatro, que la mayoría refundacional e ideologizada de la Constituyente aún no da señales suficientes de flexibilidad.
Ante tanta complejidad, sería bueno que esa “democracia sustantiva”, que postuló en su primer mensaje, comience a entenderse como democracia a secas. Mucho de la tragedia de Allende se debió a que no supo rechazar esa falsa dicotomía entre la “democracia real” y la “democracia simplemente formal”, que instalaron los teóricos ideologizados. dentro y fuera de la Unidad Popular, dentro y fuera de Chile.

Para este efecto, Boric tendría que poner distancia con los forofos de ocasión, asimilando la experiencia que le compartió Carlos Caszely. Nuestro célebre exgoleador le dijo, por escrito, que él no cotizaba los aplausos de los hinchas al entrar a la cancha. Lo que le importaba era el aplauso al terminar el partido, “pues quería decir que lo habíamos hecho bien”.  

Eso exige mantener los botines sobre la tierra y amarrar a quienes suelen tenerlos firmemente plantados en el aire
.
 

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 29 de Diciembre 2021



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Bitácora

4votos

Es un hecho: cuesta encontrar gente culta en el personal político contemporáneo. Por eso, ante la decadencia de sus partidos, los dirigentes piensan que la solución está en cambiar las constituciones.



En su Sermón de la Montaña, hace un buen par de milenios, Jesús distinguió entre genuinos y falsos profetas. Los primeros tenían obra conocida y los segundos eran esos doctores de la ley que lo acosaban con sofismas.

Actualizando semánticamente al nazareno, yo suelo cambiar la palabra “profetas” por “intelectuales”. Y, para distinguir los genuinos de los falsos, trato de profundizar en la calidad del poder que ejercen o tratan de ejercer sobre los gobernantes.

Autolimitado a nuestro mundo occidental, he logrado discernir tres arquetipos: uno es Nicolás Maquiavelo, enseñando a su Príncipe los rudimentos de la realpolitik. El otro es Carl Schmidt, dando formato jurídico a las políticas de Hitler. El tercero es Antonio Gramsci, levantando a su partido comunista como un “intelectual orgánico”.

El primer profeta me parece verdadero, pues pretendió racionalizar -en definitiva, limitar- el poder absoluto del gobernante y eso siempre es bueno. El segundo califica como falso, pues trató de hacer culturalmente respetable la perversidad del nazismo. El tercero -es mi sospecha- quiso potenciar el poder colectivo del partido para equilibrar el poder genocida de Stalin… y quedó en el limbo de los profetas.

Fin de los intelectuales de palacio

No son divagaciones gratuitas. Vienen a cuento porque permiten contrastar el reconocido rol de los intelectuales políticos históricos, con el ignorado rol político de los intelectuales de este segundo milenio.

Porque, ¿a qué gobernante asesoran los presuntos replicantes de Maquiavelo, si los hay? ¿En qué partido militan, si es que militan? ¿Tienen hoy influencia en la política doméstica o internacional?

La verdad es que no los veo tras ningún gobernante ni en ningún aparato. Revisando mi biblioteca llego sólo hasta el siglo pasado, con dos binomios de nivel: André Malraux con el gran Charles de Gaulle y Henry Kissinger con Richard “Tricky” Nixon. A escala chilena, puedo citar el binomio Edgardo Boeninger/Patricio Aylwin y pare de contar.

Una explicación de superficie está en la inflación del ego que induce nuestro mundo mediático. Hace que muchos gobernantes prefieran como asesores a intelectuales de bajo perfil, en lo posible sin agenda propia. Rehúyen a los de alto tonelaje porque no cabe “piratearlos”, suelen “robar cámara” y son quisquillosos. Lo cuestionan todo.
Es la versión contemporánea de la incompatibilidad entre el político y el científico, analizada por Max Weber hace casi un siglo.

Fin de la política universitaria

Una explicación más estructural está en la politización anómala de las universidades.
Antes de  la intervención militar, del exilio de una generación y de las grandes reformas en sus estructuras, proveían de pensamiento político transversal a sus sociedades y, por tanto, a las instituciones del poder. En Chile, ugenio González, rector sesentista de  la Universidad de Chile, decía que esa casa también debía formar buenos dirigentes nacionales, en cuanto “auténticos universitarios, capaces de comprender la sociedad”. Beneficiarios inmediatos eran los estudiantes, que adquirían una cosmovisión política, a menudo confrontacional, pero siempre ilustrada.

Hoy parece prehistoria pues, por aquellas y nuevas causas -entre estas la ideologización de los reformadores y la tentación de los privilegios acumulados por el personal político-, muchos estudiantes ven la universidad como una especie de atajo (shortcut en jerga electrónica). Los habilita para iniciarse en “el trabajo político”, sin antes haber pasado por el trabajo real.

El resultado visible ha sido el empobrecimiento intelectual y cultural, ecuménico y progresivo, de estudiantes, académicos, políticos y gobernantes. Este decaimiento ha confirmado una profecía setentista del exrector Edgardo Boeninger: “la politización excesiva de la vida académica, en un sentido de política partidista, relega a segundo plano los intereses de la Universidad, la reflexión académica y la auténtica política universitaria”.

Fin del trabajo pesado

Puedo agregar una tercera explicación, que contiene las anteriores por su carácter holístico o civilizacional. Es la del intelectual norteamericano Francis Fukuyama, cuando dictaminó, eufórico y metafórico, que el fin de la guerra fría había puesto punto final a la historia.

Entonces, como el futuro demoliberal pareció asegurado, los gobernantes y los partidos sistémicos dejaron de interesarse en intelectuales solventes, que les seleccionaran información especial, prepararan nuevos cuadros políticos, produjeran discursos docentes, elaboraran chistes funcionales, escribieran programas atractivos y diseñaran estrategias con buena prospectiva. Su opción fue liberarse de ellos (los profetas verdaderos suelen ser un pelín prepotentes) y privilegiar a los funcionarios de información, los tuiteros expertos y los influencers de coyuntura. Tipos sencillos y serviciales.

En tal contexto y descontando a los usuarios de las redes, la orientación política masiva ahora corresponde a los periodistas politizados de los medios. Son quienes instalan los temas, fijan la agenda doméstica e internacional y moldean la opinión pública.
Son los intelectuales políticos por default.

La pregunta del fin

De lo dicho emana una última pregunta, que me hago parafraseando a Jorge Manrique: los grandes intelectuales políticos de hoy ¿qué se fizieron?

De existir, existen y me gustaría responderme que están en sus libros y, por tanto, en librerías y bibliotecas. Pero, a fuer de realista, asumo lo que cualquiera sabe: los libros, en general, son bienes exóticos y los libros políticos, en especial, ya no son fuente de docencia. De ellos se pasó a los manuales y de éstos a los volantes adjuntos.

Por lo dicho, haciendo de la necesidad virtud, los grandes intelectuales de hoy están asilados en las columnas de los medios. Desde allí nos explican por qué está pasando lo que pasa. Cuáles son las correlaciones de fuerzas. Cómo hay que leer las encuestas. Qué pasaría si ganara fulano o zutano. En qué consisten determinadas políticas públicas y de Estado. Incluso nos advierten que el resto del mundo también existe.

Cabe agregar que, si no estamos de acuerdo con lo que ellos dicen, nosotros también podemos opinar, porque somos libres. Para eso están las cartas al director, los emoticones, los stickers y los likes.

Después de todo, tan mal no estamos los ciudadanos de a pie.

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 15 de Diciembre 2021



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Bitácora

4votos
CHILE: CUANDO LOS PARTIDOS AGONIZAN José Rodríguez Elizondo

En pocos días más se definirá el destino de la democracia en Chile, en un marco político complicadísimo: dos candidatos presidenciales considerados "extremistas" , un Congreso empatado y una Convención Constituyente que quiere reinventar el país.


Llamó mi atención el titular del diario español El País, el lunes 22 de noviembre: “La ultraderecha y la izquierda se disputarán la presidencia de Chile”.
No era muy ortodoxo. Pícaramente mezclaba la información con la opinión, para decir que José Antonio Kast era un ultra y Gabriel Boric, un izquierdista común. Lo notable es que, según su Libro de Estilo, tal sesgo tenía legitimidad ideológica. En su glosario la voz ultra significa “extremista de derechas”.
Otros medios fueron más ecuánimes. Para el Washington Post, Kast representaba la “extrema derecha” y Boric “la extrema izquierda”. Para The Economist, éste era la “izquierda dura” y aquel la “derecha dura”. Ambos eran “extremistas” con referencia al sistema chileno de partidos.
Para este servidor, es la culminación de una decadencia política largamente anunciada . Durante el gobierno de Ricardo Lagos, sostuve que se comenzaba a percibir a los políticos de izquierdas y derechas como una “clase parasitaria” y que eso iba en descrédito de la democracia misma. Pese a sus buenos indicadores, Chile se estaba convirtiendo en “un caso de subdesarrollo exitoso”.
Mal cayó ese análisis en el oficialismo. Pero, en el corto plazo, el legado transversal y corajudo de Patricio Aylwin se desvaneció, Lagos firmó como nueva la muy reformada Constitución de Augusto Pinochet -hubo solemne ceremonia en La Moneda- y emergió como su sucesora Michelle Bachelet, socialista del ala ideológica, que incorporó a los comunistas a su gobierno.
LOS REFUNDADORES
La irrelevancia en picada de los partidos políticos alejó a los intelectuales, mediocrizó los liderazgos y cuajó en gobiernos repetidos y alternantes: dos para Bachelet y dos para Sebastián Piñera.
En ese trance se mantuvo el clivaje del “Sí y el No”, hubo corruptela en toda la institucionalidad y el desarrollo económico fue opacado por desigualdades de nuevo tipos. Como réplica, emergió la protesta tumultuosa de una generación que no vivió la dictadura, no supo en qué consistía el socialismo real e ignora que el gobierno de Salvador Allende fue desestabilizado tanto por Fidel Castro (la “izquierda revolucionaria”) como por Richard Nixon (“el imperialismo”).
En el curso de esa deconstrucción, los partidos políticos perdieron sus anclajes sociales y fueron desbordados desde ambas fronteras del sistema. Se confirmó, entonces, que, si algo más malo puede suceder, pues ¡sucederá! El violento estallido de 2019 -que hoy se asume como “revuelta”- judicializó la política de seguridad, potenció el terrorismo en la Araucanía, indujo la desmoralización de la policía uniformada, abrió espacios nuevos para el narcotráfico, la delincuencia común inició una época dorada, la pandemia llovió sobre mojado y el incumbente Presidente Piñera perdió gobernabilidad estratégica. Fue una secuencia de Mad Max, en la cual los ciudadanos independientes y moderados, sociológicamente mayoritarios, comenzaron a lucir como personajes proustianos, en busca del centro perdido.
Para salvar los muebles, el Ejecutivo y el Congreso abrieron paso a una Convención Constituyente, elegida con nuevas reglas electorales. Con ello detuvieron lo que parecía un inexorable fin de temporada pero, sin querer queriendo, abrieron una puerta grande a los refundadores.
Dominada por independientes y extremoizquierdistas -con algunos pícaros incrustados-, la Convención se inició como el instrumento ideal para ejecutar una vieja utopía chilena: la revolución total, sin sangre y con cargo al Presupuesto del Estado.
EXTREMISTA BORIC AL TRASLUZ
Gabriel Boric (35 años, egresado de Derecho, diputado, tatuajes varios) es un extremista de izquierda que insurgió en ese marco crispado, con discurso y métodos estudiantiles. Marginal a ese marxismo-leninismo que requiere estudios y guardianes de la fe, tiene el talante de los niños bien que se portan mal y generan un complejo de culpa en los izquierdistas de buen vivir. Esos que el siglo pasado se encasillaban como “revolucionarios de café”
Por eso, más que en el debate informado, lo suyo se ha jugado en la vieja cancha del “tanto peor para los que mandan, tanto mejor para nosotros”.  De ahí su nihilismo casi juguetón, la agresividad que luce en las redes sociales, la simpatía que inspira en los periodistas predicadores y la violencia física de sus seguidores, expresada en funas y barricadas. De paso, él mismo experimentó una funa de sus opositores internos, por haber aprobado la salida vía plebiscito y nueva Constitución.
Puede decirse, por tanto, que su estrategia inicial fue una versión rústica del marxismo, en la que el gran clivaje burguesía-proletariado se actualizaba como lucha de “el pueblo contra los cuicos”. En esa línea, más que tesis, se podía discernir un complex de sentimientos negativos y positivos. Boric estaba en contra de los “superricos”, del neoliberalismo (sea lo que fuere), de la abultada remuneración parlamentaria y del Cuerpo de Carabineros. Estaba a favor de los “presos de la revuelta”, del retiro de fondos previsionales, de la paridad de género, del Estado plurinacional y de la “democratización” de las Fuerzas Armadas.
De algún modo, insurgía como líder-placebo de la aplastada transición al socialismo de Salvador Allende, con el apoyo de un Partido Comunista que ya no es el que fue. Es decir, el que entonces sostuvo la institucionalidad amagada, en durísima lucha con el ultraizquierdismo castrista.
EXTREMISTA KAST AL TRASLUZ
En cuanto a Kast (55 años, abogado, exdiputado, 9 hijos), es un extremista de derechas que desmiente el estereotipo rudo. Su mezcla de sangre fría y buenos modales desarma a los periodistas acosadores y hasta le granjea simpatías en personalidades de las izquierdas.
Tras militar en la UDI, el partido de Jaime Guzmán, rehusó asumir el pragmatismo de los políticos de su sector. Fundó partido propio cuando aquellos dejaron de defender a ultranza la dictadura del general Pinochet, se resignaron a la prisión de los militares condenados judicialmente y cedieron ante la imparable revolución feminista. Esto es, cuando los supuso resignados a una economía intervenida por el Estado y relativizando los dogmas de Milton Friedman y de la Iglesia.
Visto así, el estallido con revuelta fue para Kast lo que la espinaca para Popeye y las voces celestiales para Juana de Arco. Vitamina con señales. Pese a los guiños del covid-19, a la fuerza del MeToo y a la inconducta de demasiados sacerdotes, mantuvo su fe en la subsidiariedad del Estado y en las pautas valóricas de la Iglesia. Y aunque sigan funándolo, incluso a domicilio, sigue manifestándose contra el aborto, contra el matrimonio igualitario y prefiere que los hijos tengan padres de distinto sexo. 
Con todo, esa rigidez (o consecuencia) suya no tuvo el impacto negativo que esperaban sus competidores electorales. Para casi todos los analistas lo decisivo, en su vertiginoso ascenso, fue su condena frontal de la violencia y su dura crítica al gobierno, por no haberla enfrentado con la fuerza legítima del Estado.
Gracias a esa actitud, tan contrapuesta al soslayamiento y a las justificaciones sociologizantes, sintonizó con el sentimiento mayoritario de los chilenos.
VIRAJE HACIA EL CENTRO
Hasta antes de las primarias, dado que la Presidencia le lucía lejana, Boric pudo asumir, con altivez, sus certezas de corto plazo y sus desplantes antisistémicos,. Como líder con talante estudiantil maltrataba a militares y carabineros, visitaba terroristas en el extranjero, asumía como “presos políticos” a los vándalos, saqueadores e incendiarios del estallido. Además, vinculaba esta ordalía con el origen de la hiperventilada Convención, puesto que “la violencia es la partera de la Historia”.
La cosa cambió cuando su éxito en las primarias le saltó a la yugular. En cuanto candidato a jefe de Estado, debía proyectarse hacia el centro social, más allá de la tribu. Luego, cuando Kast tomó la pole position en la primera vuelta y el nuevo Congreso mostró una resurrección electoral de las derechas, asumió que, para vencer, tampoco le valía solidarizar con los refundadores de la Convención.
En definitiva, ya no puede seguir con su libreto antisistémico y debe cambiarlo por uno de “extremo centro”. A ese efecto, ya eliminó las banderas mapuches, enarbola la maltratada bandera nacional, incorpora economistas sabios a su equipo -entre ellos Ricardo French Davis- y trata de reducir el peso político del Partido Comunista que es, lejos,, su apoyo más importante.
Advierto que tanto o más complejo lo tiene en el ámbito internacional, aunque la opinión pública lo ignore. Por una parte, porque ese plurinacionalismo, que tan livianamente aceptó, tiene colgajos geopolíticos que atornillan contra el interés nacional de Chile. No hay experto que lo ignore. Por otra parte, porque los dictadores que hasta ayer apoyó, ahora son un salvavidas de plomo. Nicolás Maduro lo sigue distinguiendo como “compañero” y eso asusta mucho.
Hasta el cierre de este texto, Boric tiene la adhesión extra y por default de los dirigentes de las humilladas izquierdas de la ex Concertación. Además, cuenta con el complicadísimo respaldo del expresidente Lagos, antes desconsiderado por esas mismas izquierdas. Más notable, aún, tiene el apoyo entusiasta de Roberto Thieme. El mismo que, en los años 70, fuera el líder de acción de la ultranacionalista Patria y Libertad.
EN LÍNEA RECTA
Kast, por su parte, experimentó un ascenso vertiginoso desde que inscribiera su candidatura independiente. Gracias a sus buenos modales y a su experiencia en el sistema, suele desarmar a los periodistas agresivos de cualquier género y aplicar a la realidad chilena  la conocida sentencia de Goethe: “prefiero cometer una injusticia antes que soportar el desorden”
Sobre esa base condenó la violencia que intranquila nos baña, explicando que atentaba contra el centro sociológicamente mayoritario, contra las pymes, y contra el abastecimiento normal de los ciudadanos variopintos. Simultáneamente, intelectuales de la izquierda dura y Elisa Loncón, presidenta mapuche de la Convención, celebraban el estallido de 2019 como una especie de Big Bang, dado que “la violencia es estructural”.
Tras las elecciones de primera vuelta, quedó claro que la mayoría refundadora de la Convención no tenía un trono de hierro y que tampoco había resignación ciudadana ante la distopía de la violencia. Por lo mismo, a la inversa de Boric, Kast no está obligado a cambiar su guión, sino a morigerarlo en sus partes ríspidas, mientras controla a sus leones sordos y machistas.
COROLARIO
Con el mérito de lo expresado y a semejanza de lo sucedido ayer en el Perú, los chilenos estamos enfrentando la segunda vuelta electoral en modo “malmenorismo”.   Lo ejemplifico con la decisión que me comunicara, el pasado lunes, mi profesora de pilates: “yo votaré por el menos peor”.
Si me interrogan como analista o periodista, diré que no soy predicador, pero que no puedo disimular tres convicciones duras. Primera, que soy partidario de mantener Chile. Pese a todo, quiero a mi país. Segunda, haber aprendido a concho que la democracia es lo que dijo Winston Churchill. Mil veces mejor mantenerla que subestimarla. Tercera, que si algo debemos refundar son los partidos políticos.
Si no fueran lo que son, no estaríamos como estamos.

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 3 de Diciembre 2021



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos, reportajes y memorias. Entre esos títulos están “El día que me mataron”, La pasión de Iñaki, “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, dirige la revista Realidad y Perspectivas (RyP). Ha sido distinguido con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2021), el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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