CONO SUR: J. R. Elizondo

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UCRANIA Y LA DISTOPÍA PLURINACIONAL José Rodríguez Elizondo

El tema del Estado de naciones, contrastado con el del Estado-nación, está en la base de la Guerra de Ucrania y de la estrategia de los Estados plurinacionales en América Latina, que viene liderando el expresidente boliviano Evo Morales. Es lo que trato de probar en el siguiente ensayo



 
Por autodeterminación de las naciones se entiende
la formación de un Estado nacional independiente
                                                                    Lenin
No es el ayer, el pretérito, lo decisivo para
que Puna nación exista.
                                             José Ortega y Gasset
 
Cuando Vladimir Putin inició la invasión a Ucrania, adquirió un notorio parecido con  Hitler. En la precuela de la Segunda Guerra Mundial, éste dispuso la invasión de los Sudetes checoslovacos, porque allí había muchos germanoparlantes. Luego, cuando mentó su panoplia nuclear y mostró su poder hipersónico, su agresión lució como secuela del “equilibrio del terror” de la Guerra Fría.
Ambas percepciones ominosas tienen al  mundo en alerta roja. Los líderes democráticos, en especial, asumen que el presidente ruso -como antes los zares y los jerarcas comunistas-, se autopercibe más como jefe de un gran imperio que como jefe de un “simple” Estado-nación. Desde ese imaginario y en nomenclatura geopolítica, Ucrania le sería indispensable para que Rusia recupere su “profundidad estratégica”.
En esto no debió haber sorpresa, exceptuando a los políticos de andar por casa. Los expertos sabían que la concepción imperial de los “grandes rusos” estaba viva en Putin. El politólogo alemán Alexander Rahr en su libro Vladimir Putin, el “alemán” en el Kremlin (2001), narra una intervención suya de 1994, como alcalde suplente de San Petersburgo, en un foro de empresarios y expertos europeos. Allí aludió a los 25 millones de rusoparlantes que, tras  la implosión de la Unión Soviética, quedaron varados en los  países de su entorno. Según dijo, pasaron a vivir en territorios que históricamente pertenecieron  a  Rusia e incluso mencionó la Crimea ucraniana. Añadió, con desparpajo, que en  ningún  caso  se los podía  considerar  “ocupantes”, pues también fueron  víctimas  del  régimen  comunista y tenían doble nacionalidad. Terminó con un colofón de miedo: “Para mantener la paz universal, la comunidad mundial también deberá respetar los intereses del Estado y del pueblo ruso que constituye, a pesar de todo, una "gran nación".
Entrevistado para el National Interest en 2015, el siempre bien informado Henry Kissinger advirtió el peligro. No le parecía prudente avanzar las líneas de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Los Estados Unidos y la Unión Europea debían tomar sus ínfulas de gran potencia con seriedad, para lo cual “deberíamos explorar las posibilidades de un estatuto de agrupación no militar en el territorio entre Rusia y las fronteras existentes de la OTAN”.
FALSA SOBERANÍA
Exmiembro de la KGB y controlador de la Stasi -la policía de la ex República Democrática Alemana-, Putin sigue soslayando ese problema insoluble de sus jefes soviéticos: qué hacer para pasar desde el apoyo  de Lenin a la autodeterminación de las naciones vecinas, durante el régimen zarista, a la inserción de esas naciones en el colchón geopolítico de la Unión Soviética, después de la revolución.
Está claro que no se pudo. Aquellos jerarcas jamás consiguieron  que la impronta nacional de las repúblicas periféricas se disolviera en “la patria del proletariado”. Debieron mantenerlas bajo control, con base en la “doctrina de la soberanía limitada”, la que justificó  intervenciones militares en Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Afganistán. 
Hay tradición, entonces, en la aparente locura de “recuperar” Ucrania. Es la histórica cirugía rusa de la fuerza. Lo nuevo es que, esta vez, no hay resignación democrática en Europa ni excusas aislacionistas en los Estados Unidos, como sucediera con la invasión nazi a los Sudetes. La consigna tácita es que, si no pueden ayudar a Ucrania con fuerzas militares, por la lógica del equilibrio nuclear, si pueden donarle armas y minar la fuerza de Rusia con sanciones económicas y el repudio diplomático de la gran mayoría de las naciones.
En esto subyace un realismo cruel. En parte, porque implica el reconocimiento de que Kissinger tenía razón. No fue prudente avanzar las líneas de la OTAN hasta la periferia exsoviética. En parte, porque asume que Rusia podría optar por la mantequilla en vez de los cañones, sólo mediante un estallido interno que tumbe a Putin.
En el fondo bulle una esperanza humilde: la heroica defensa del Estado-nación ucraniano, liderada por Volodomir Zelenski.
EL FANTASMA REGIONAL
Si Putin trata de fragmentar un Estado-nación europeo por vía armada, los Estados latinoamericanos están en peligro de fragmentación, por adición no armada de naciones. Se trata del fantasma “plurinacional”, que recorre la longitudinal andina, con base en la “refundación” de las repúblicas.
Aquí la palabra “refundación” es un eufemismo para soslayar la palabra “revolución”, que ya no es lo prestigiosa que era. Por ello, en lugar de tomas de los centros del poder político del Estado, ahora se ejecuta vía autodeterminación de los “pueblos y/o naciones internas” maltratadas. Desde esta perspectiva, se configura una distopía contrafactual, inspirada en el romanticismo rousseauniano del “buen salvaje”, “la leyenda negra” de los conquistadores españoles y la orwelliana “rebelión en la granja”.
SINONIMIA PARA DESCOLONIZAR
La contrafactualidad se explica porque, tras más de dos siglos de independencia republicana formal, los latinoamericanos aún seguiríamos en estado colonial. Para acceder a la independencia verdadera, debemos iniciar una “guerra social total”, con los pueblos originarios a la vanguardia.
Como primer paso táctico, los distópicos despliegan una aplanadora semántica, cuya función principal es homologar como “naciones” a las diversas comunidades que existen en cada Estado de la región: pueblos ancestrales, entes territoriales varios y agrupaciones identitarias muchas.  La sinonimia admite, incluso, naciones reconocidas por ley.
Poco importa que dichas “naciones” no tengan homogeneidad, territorios definidos ni proyectos de futuro común, que las haga viables fuera del Estado nacional vigente.
LA ESTRATEGIA
La  estrategia adivinable se desglosa en dos etapas. En la primera, las naciones incrustadas convierten a los Estados vigentes en lo que Lenin llamaba “Estados abigarrados”. En la segunda, las fuerzas centrífugas generadas colocan  a esos Estados entre la  espada del desmembramiento y la pared de la guerra de verdad. Desde esa espiral agónica, surgirá el Estado-región socialista  y comunitario, que es una suerte de placebo de la integración soñada por Bolívar y, luego, por los lideres republicanos de avanzada social.
Animador autodesignado de esta empresa es el expresidente boliviano Evo Morales, quien parece percibirse como el sucesor en línea de Fidel Castro y Hugo Chávez. Sus ideólogos son marxistas renovados, que asumen el desprestigio de los partidos políticos, el fracaso del socialismo real, el maltrato republicano a los pueblos indígenas y, en especial, el fracaso de las tesis clásicas sobre la vanguardia social de las revoluciones.
En esa línea de pensamiento, descartan como vanguardia refundadora a la  clase obrero-industrial de Marx, a la clase campesina militarizada de Mao y a la guerrilla clasemediera de Castro. Por default y en nombre de “la deuda histórica”, asignan esa misión a los pueblos originarios. Es decir, los que estaban en nuestros países antes de 1492. Glosando una formulación de Gramsci, estos pueblos encabezarán un bloque histórico de poder, junto con núcleos obreros y de clase media, sindicatos campesinos, movimientos sociales urbanos, organizaciones de estudiantes, comunidades identitarias  y revolucionarios resilientes.
Todos con sus banderas propias, alternativas a los símbolos oficiales del obsoleto Estado-nación.
HARAKIRI INSTITUCIONALIZADO
De lo dicho se desprende que la unidad nacional de los Estados latinoamericanos, por conflictuada que esté, deja de ser un valor por el cual  cortarse las venas. Por ende, las constituciones políticas vigentes dejan de ser  la base jurídica de la coexistencia democrática y  los derechos fundamentales de los ciudadanos. Ilustrando la necesidad de reemplazarlas, Hugo Chávez juró, en su momento, por “esta moribunda Constitución”. Álvaro García Linera, ideólogo de Evo Morales, sostiene, ahora, que “ninguna Constitución fue de consenso”.
Lo más grave (gravísimo) es que la estrategia plurinacional con sus nuevas constituciones, contiene la despotenciación de nuestros países y de sus Estados, en lo interno y lo externo. Plurinacionalizarnos, entonces, es la manera más equivocada posible  de desarrollarnos, defendernos y reparar los indesmentibles errores y abusos republicanos respecto a  los pueblos originarios.
Por añadidura, el debilitamiento de los Estados realmente existentes también debilitaría a sus eventuales “naciones internas”. En parte, porque homologa las que son demográficamente significativas con entes comunitarios que pueden ser minúsculos. En parte, porque induciría aventuras separatistas que, en ausencia de masa crítica y de recursos, no les permitiría insertarse ni competir en el mundo vecinal y global.
Añádase que no estamos ante un peligro lejano. Ya tiene plataforma jurídica en las Constituciones de Bolivia y Ecuador y en el borrador de la Convención Constituyente de Chile, en desarrollo. Incluso tuvo un principio de ejecución, en diciembre pasado, con una aventura injerencista de Morales, en el Cusco, que fue desbaratada no por el gobierno, sino por prestigiados diplomáticos peruanos.
CONCLUSIÓN
Los latinoamericanos estamos buscando en la antropología la solución para los déficit del Estado actual y soslayando que las naciones prevalecen si sus líderes saben mirar al futuro, con base en el conocimiento y las tecnologías que les proporciona el presente.
Como efecto previsible, estamos a punto de dispararnos a los pies.
 
 
 
 
 

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 18 de Abril 2022



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CHILE SE DISPARA A LOS PIES José Rodríguez Elizondo

La odisea constituyente de los chilenos está culminando con un proyecto de Constitución Política refundacional, que es un eufemismo para soslayar el adjetivo "revolucionaria". Lo raro es que no se trata de una revolución con vista al futuro, sino de una con vista al pasado. Su objetivo es rectificar la Historia de la Conquista y de la República,


El Libero, 4.4.2022

“Los gritos del género humano claman contra los inconsiderados y ciegos legisladores, que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones”.
Simón Bolívar, inaugurando el Congreso de Angostura, 15.2.1819.
 
A toro pasado, como dicen los españoles, está claro que el presidente Gabriel Boric se apresuró al proponer relaciones diplomáticas plenas a Luis Arce, su homólogo boliviano. Lo hizo en modo cariñoso y de buena fe nacional, pues ya había declarado que la soberanía chilena no era negociable. Sin embargo, el tema de fondo es otro: si estaba o no informado sobre el pensamiento de Arce respecto a ese tema estratégico.
Lo planteo así, porque alguien debió advertirle que, hace pocos meses, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente boliviano advirtió que su país no renunciaba a su “derecho irrenunciable” a una salida soberana al mar. Ni siquiera mencionó que la Corte Internacional de Justicia CIJ), organismo judicial de la misma ONU, había rechazado que Chile estuviera obligado a proporcionársela.
Era previsible que, apuntando a su propia opinión pública, Arce aprovecharía la propuesta de nuestro presidente para condicionarla a la previa cesión de soberanía y sostener el tema en su agenda propia.  Además, había precedentes cercanos. Durante su gobierno, Ricardo Lagos fue claro, pero  no cariñoso, cuando ofreció relaciones diplomáticas “aquí y ahora” a su homólogo boliviano Carlos Mesa. Este, por cierto las condicionó a la previa cesión de litoral chileno. Evo Morales creyó que, por ser el primer presidente indígena de Bolivia y Michelle Bachelet la primera mujer Presidenta de Chile, iba a tener  éxito en el mismo empeño. Sólo consiguió que la Presidenta aceptara instalar el tema del mar como punto conversable. Sebastián Piñera, antes de asumir, dejó en claro que ese punto conversable no podía implicar cesión de soberanía. Entonces, la relación diplomática no sólo siguió interrumpida. Morales desconoció la validez del tratado de 1904, creó un clima de franca agresividad y terminó demandándonos ante CIJ.
Por lo demás, esa parálisis diplomática es casi centenaria. Se remonta a 1929, año en que Chile y el Perú  firmaron el tratado de límites que garantiza su contigüidad territorial. El mismo instrumento que un expresidente boliviano bautizara como “de la llave y el candado”. A partir de ahí, el empeño de Bolivia se ha centrado en romper ese cerrojo, para tener un pie soberano de playa en Arica. Sus gobiernos han actuado como si su aspiración marítima fuera bilateral, soslayando que incidía sobre un territorio que fue peruano antes de la Guerra del Pacífico. Por parte chilena, salvo un riesgoso “pestañeo” en 1949-1951, los gobiernos han reconocido el interés del Perú, planteando soluciones alternativas o solicitando la previa anuencia peruana, en el marco del tratado de 1929.
LÍMITES DE LA AMBIGÜEDAD
Tan llamativa configuración diplomática fue explicada, en 2001, por el excanciller chileno Carlos Martínez Sotomayor. Entrevistado por Cristián Zegers para una publicación de la Academia de Ciencias Sociales, dijo, en presente del indicativo, que cada presidente que llega, en su entusiasmo por tener buenas relaciones diplomáticas con todos sus vecinos, choca con que esa relación no existe con Bolivia. Entonces, para adjudicarse el punto, sus diplomáticos son ambiguos respecto al tema del mar, “sin precisar desde el primer instante que no se incluye”. Así, crean “expectativas infundadas” en sus interlocutores bolivianos y empieza un tira y afloja sobre soluciones alternativas.  Eso, hasta que los chilenos aclaran que no pueden ceder soberanía y los bolivianos  invocan un compromiso que nunca existió. En definitiva, el diálogo languidece, fracasa y, eventualmente, muta en actitudes beligerantes.   La conclusión de Martínez Sotomayor es expresiva: habría sido mejor no iniciar ese tipo de diálogo, pues deja peor la relación bilateral y “cuesta años, a veces más de un decenio, volver a retomarla”.
¿Y por qué nuestra Cancillería no ha explicado eso con la misma claridad?
Pues, porque hablar claro no es una especialidad diplomática y porque la ambigüedad parece útil en términos de la relación trilateral.  Es lo que explica el afán por definir el problema como “bilateral” y la existencia de una minoría de chilenos que pide “mar para Bolivia” o propone soluciones “imaginativas”, ignorando las limitaciones internacionales y geopolíticas del país.
En Bolivia, es lo que consolida el irredentismo promovido desde la enseñanza escolar, que algunos de sus gobernantes tratan de internacionalizar dentro y fuera de la región.  Morales fue más allá, incluso, desconociendo el tratado de 1904 e imprimiendo ese negacionismo en su Constitución de 2009. Sobre esa base, judicializó su “derecho irrenunciable” a territorio y mar chileno e, incluso, llegó a la amenaza de “recuperación” violenta.
Visto así, con perspectiva histórica y mitrada prospectiva, estaba claro que el rotundo fallo favorable a Chile de la CIJ no liquidaría la aspiración  maximalista de los seguidores de Evo Morales.
LA NUEVA ESTRATEGIA
La respuesta a Boric de su homólogo boliviano comprueba que la mayoría de los conflictos con fondo estratégico exceden las posibilidades del Derecho y, por tanto, la capacidad de los abogados litigantes.
Si se añade que el caso Silala puede terminar con un nuevo fallo disgustante para Bolivia, parece claro que el gobierno de Arce no perseverará en la estrategia judicial ni en un retorno al diálogo bilateral. Más bien indica que ya está en ejecución una estrategia distinta, también liderada por Morales: se trata del proyecto Runasur, que comprometería la zona aymara de Chile, Argentina y el Perú, en paralelo táctico con el incremento de la autonomía mapuche en la zona del “Walmapu”, que comprende territorios de Chile y Argentina.
Es una estrategia transnacional, con base en una América Latina indigenista y plurinacional, que desconsidera a los Estados soberanos y cuyas tesis principales fueron elaboradas por el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera. “En el Estado Plurinacional, los indígenas son la fuerza motriz en la construcción del Estado” y “ninguna Constitución fue de consenso”, escribió en un libro que presentó en Chile en 2015.
Morales quiso inaugurar este proyecto en diciembre pasado, en el Cusco, emblemática sede del imperio inca, ante dignatarios indígenas de países andinos, con la tácita anuencia del presidente Pedro Castillo. El evento fracasó, porque los más prestigiosos excancilleres y vicecancilleres peruanos, encabezados por Allan Wagner, lo denunciaron como atentatorio contra la soberanía, dignidad e integridad territorial del Perú. Luego, una comisión del Congreso peruano declaró a Morales “persona non grata” y, en la reciente petición de vacancia del presidente Castillo, estuvo inscrita la acusación de “traición a la patria”.
Según los destacados diplomáticos denunciantes, Runasur contemplaba desmembrar al Perú, para conformar una  nación aymara como extensión territorial boliviana, con acceso soberano al Océano Pacífico. Pese a tan grave acusación, poco después el presidente Castillo adhirió, en pantalla (CNN española), al lema boliviano “Mar para Bolivia”. Esto produjo conmoción interna, pues se dedujo que estaba ofreciendo mar peruano. Entonces, en otro gesto sorprendente, la vicepresidenta Dina Boluarte explicó que no se trataba del mar de Grau.
Implícitamente, se trataba del mar chileno.
COLOFÓN
Lo asombroso, desde la perspectiva chilena, es que lo anterior no haya sido informado y/o destacado por los medios y que no exista una orientación oficial al respecto. Y no es por déficit de inteligencia ni de información. En nuestra revista universitaria Realidad y Perspectivas (RyP) analizamos ese notable episodio cusqueño y advertimos, desde octubre pasado, que la eventual definición de Chile como Estado Plurinacional afectaría sus poderes externos. Eso que los expertos denominan soft y hard power, para que los entiendan.
Más sorprendente, aún, mientras la estrategia de Morales iniciaba su andadura decembrina en el Cusco, la Convención Constituyente aprobaba, formalmente, la mutación de nuestro Estado-nación unitario  en un Estado plurinacional, compuesto por naciones autogobernables, con autonomías territoriales. Contribuía, por tanto, a debilitar nuestra estatura estratégica, como si Chile fuera un país-taza-de-leche, sin conflictos internacionales.
Por eso, como el tema da para un libro -artefacto hoy casi fuera de uso-, opto por cortar aquí la columna, con una pregunta, dos citas de coyuntura y (que se me excuse) una autocita funcional.
La pregunta:
¿Hubo alguna vez un asesor en temas geopolíticos y otro en temas  de política exterior, en los debates de la comisión que aprobó la plurinacionalidad de Chile?
Primera cita coyuntural:
“Saludamos con gran alegría en el corazón la decisión de la Convención Constitucional de Chile de declarar a ese país hermano como Estado Plurinacional e Intercultural. Lo plurinacional garantiza la unidad de originarios milenarios y contemporáneos para enfrentar la adversidad".
Evo Morales, 28.1.2022
Segunda cita coyuntural:
"¡Chile es plurinacional e intercultural! La sabiduría y claridad revolucionaria de los pueblos del Abya Yala se extiende y abre más el camino para la integración real”
Luis Arce. 28.1.2022
Autocita:
“En la hipótesis de (…) un Estado plurinacional, con símbolos nacionales diversos, Chile dejaría de ser el actor nacional unitario que define la Ciencia Política. Por añadidura, su diplomacia de Estado, con todas sus imperfecciones, mutaría en una ideologizada ‘diplomacia de los pueblos’. Esa que han intentado diversos regímenes autoritarios en América Latina”
Texto en Anales del Instituto de Chile, Vol. XL, diciembre 2021.

 

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 4 de Abril 2022



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CHILE SE DISPARA A LOS PIES José Rodríguez Elizondo

Mi país está produciendo, en estos momentos, una notable excepcionalidad política. Afanosos convencionales están redactando una nueva Constitución para el país y han comenzado por debilitarlo. Según un primer artículo ya aprobado por la comisión respectiva, de Estado-nación unitario, Chile pasaría a ser un Estado plurinacional. Voluntaria y pacíficamente perdería parte importante de su potencialidad, tras reconocer como naciones con territorios, presupuesto y gobiernos propios a distintas comunidades internas -entre las cuales pueblos originarios- que se encuadraban en el Estado desde el nacimiento de la República.



Publicado en El Libero, 4.4.2022
“Los gritos del género humano claman contra los inconsiderados y ciegos legisladores, que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones”.
Simón Bolívar, inaugurando el Congreso de Angostura, 15.2.1819.
 

A toro pasado, como dicen los españoles, está claro que el presidente Gabriel Boric se apresuró al proponer relaciones diplomáticas plenas a Luis Arce, su homólogo boliviano. Lo hizo en modo cariñoso y de buena fe nacional, pues ya había declarado que la soberanía chilena no era negociable. Sin embargo, el tema de fondo es otro: si estaba o no informado sobre el pensamiento de Arce respecto a ese tema estratégico.

Lo planteo así, porque alguien debió advertirle que, hace pocos meses, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente boliviano advirtió que su país no renunciaba a su “derecho irrenunciable” a una salida soberana al mar. Ni siquiera mencionó que la Corte Internacional de Justicia CIJ), organismo judicial de la misma ONU, había rechazado que Chile estuviera obligado a proporcionársela.

Era previsible que, apuntando a su propia opinión pública, Arce aprovecharía la propuesta de nuestro presidente para condicionarla a la previa cesión de soberanía y sostener el tema en su agenda propia.  Además, había precedentes cercanos. Durante su gobierno, Ricardo Lagos fue claro, pero  no cariñoso, cuando ofreció relaciones diplomáticas “aquí y ahora” a su homólogo boliviano Carlos Mesa. Este, por cierto las condicionó a la previa cesión de litoral chileno. Evo Morales creyó que, por ser el primer presidente indígena de Bolivia y Michelle Bachelet la primera mujer Presidenta de Chile, iba a tener  éxito en el mismo empeño. Sólo consiguió que la Presidenta aceptara instalar el tema del mar como punto conversable. Sebastián Piñera, antes de asumir, dejó en claro que ese punto conversable no podía implicar cesión de soberanía. Entonces, la relación diplomática no sólo siguió interrumpida. Morales desconoció la validez del tratado de 1904, creó un clima de franca agresividad y terminó demandándonos ante CIJ.

Por lo demás, esa parálisis diplomática es casi centenaria. Se remonta a 1929, año en que Chile y el Perú  firmaron el tratado de límites que garantiza su contigüidad territorial. El mismo instrumento que un expresidente boliviano bautizara como “de la llave y el candado”. A partir de ahí, el empeño de Bolivia se ha centrado en romper ese cerrojo, para tener un pie soberano de playa en Arica. Sus gobiernos han actuado como si su aspiración marítima fuera bilateral, soslayando que incidía sobre un territorio que fue peruano antes de la Guerra del Pacífico. Por parte chilena, salvo un riesgoso “pestañeo” en 1949-1951, los gobiernos han reconocido el interés del Perú, planteando soluciones alternativas o solicitando la previa anuencia peruana, en el marco del tratado de 1929.

LÍMITES DE LA AMBIGÜEDAD

Tan llamativa configuración diplomática fue explicada, en 2001, por el excanciller chileno Carlos Martínez Sotomayor. Entrevistado por Cristián Zegers para una publicación de la Academia de Ciencias Sociales, dijo, en presente del indicativo, que cada presidente que llega, en su entusiasmo por tener buenas relaciones diplomáticas con todos sus vecinos, choca con que esa relación no existe con Bolivia. Entonces, para adjudicarse el punto, sus diplomáticos son ambiguos respecto al tema del mar, “sin precisar desde el primer instante que no se incluye”. Así, crean “expectativas infundadas” en sus interlocutores bolivianos y empieza un tira y afloja sobre soluciones alternativas.  Eso, hasta que los chilenos aclaran que no pueden ceder soberanía y los bolivianos  invocan un compromiso que nunca existió. En definitiva, el diálogo languidece, fracasa y, eventualmente, muta en actitudes beligerantes.   La conclusión de Martínez Sotomayor es expresiva: habría sido mejor no iniciar ese tipo de diálogo, pues deja peor la relación bilateral y “cuesta años, a veces más de un decenio, volver a retomarla”.

¿Y por qué nuestra Cancillería no ha explicado eso con la misma claridad?
Pues, porque hablar claro no es una especialidad diplomática y porque la ambigüedad parece útil en términos de la relación trilateral.  Es lo que explica el afán por definir el problema como “bilateral” y la existencia de una minoría de chilenos que pide “mar para Bolivia” o propone soluciones “imaginativas”, ignorando las limitaciones internacionales y geopolíticas del país.

En Bolivia, es lo que consolida el irredentismo promovido desde la enseñanza escolar, que algunos de sus gobernantes tratan de internacionalizar dentro y fuera de la región.  Morales fue más allá, incluso, desconociendo el tratado de 1904 e imprimiendo ese negacionismo en su Constitución de 2009. Sobre esa base, judicializó su “derecho irrenunciable” a territorio y mar chileno e, incluso, llegó a la amenaza de “recuperación” violenta.

Visto así, con perspectiva histórica y mitrada prospectiva, estaba claro que el rotundo fallo favorable a Chile de la CIJ no liquidaría la aspiración  maximalista de los seguidores de Evo Morales.

LA NUEVA ESTRATEGIA

La respuesta a Boric de su homólogo boliviano comprueba que la mayoría de los conflictos con fondo estratégico exceden las posibilidades del Derecho y, por tanto, la capacidad de los abogados litigantes.

Si se añade que el caso Silala puede terminar con un nuevo fallo disgustante para Bolivia, parece claro que el gobierno de Arce no perseverará en la estrategia judicial ni en un retorno al diálogo bilateral. Más bien indica que ya está en ejecución una estrategia distinta, también liderada por Morales: se trata del proyecto Runasur, que comprometería la zona aymara de Chile, Argentina y el Perú, en paralelo táctico con el incremento de la autonomía mapuche en la zona del “Walmapu”, que comprende territorios de Chile y Argentina.

Es una estrategia transnacional, con base en una América Latina indigenista y plurinacional, que desconsidera a los Estados soberanos y cuyas tesis principales fueron elaboradas por el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera. “En el Estado Plurinacional, los indígenas son la fuerza motriz en la construcción del Estado” y “ninguna Constitución fue de consenso”, escribió en un libro que presentó en Chile en 2015.

Morales quiso inaugurar este proyecto en diciembre pasado, en el Cusco, emblemática sede del imperio inca, ante dignatarios indígenas de países andinos, con la tácita anuencia del presidente Pedro Castillo. El evento fracasó, porque los más prestigiosos excancilleres y vicecancilleres peruanos, encabezados por Allan Wagner, lo denunciaron como atentatorio contra la soberanía, dignidad e integridad territorial del Perú. Luego, una comisión del Congreso peruano declaró a Morales “persona non grata” y, en la reciente petición de vacancia del presidente Castillo, estuvo inscrita la acusación de “traición a la patria”.

Según los destacados diplomáticos denunciantes, Runasur contemplaba desmembrar al Perú, para conformar una  nación aymara como extensión territorial boliviana, con acceso soberano al Océano Pacífico. Pese a tan grave acusación, poco después el presidente Castillo adhirió, en pantalla (CNN española), al lema boliviano “Mar para Bolivia”. Esto produjo conmoción interna, pues se dedujo que estaba ofreciendo mar peruano. Entonces, en otro gesto sorprendente, la vicepresidenta Dina Boluarte explicó que no se trataba del mar de Grau.

Implícitamente, se trataba del mar chileno.

COLOFÓN

Lo asombroso, desde la perspectiva chilena, es que lo anterior no haya sido informado y/o destacado por los medios y que no exista una orientación oficial al respecto. Y no es por déficit de inteligencia ni de información. En nuestra revista universitaria Realidad y Perspectivas (RyP) analizamos ese notable episodio cusqueño y advertimos, desde octubre pasado, que la eventual definición de Chile como Estado Plurinacional afectaría sus poderes externos. Eso que los expertos denominan soft y hard power, para que los entiendan.

Más sorprendente, aún, mientras la estrategia de Morales iniciaba su andadura decembrina en el Cusco, la Convención Constituyente aprobaba, formalmente, la mutación de nuestro Estado-nación unitario  en un Estado plurinacional, compuesto por naciones autogobernables, con autonomías territoriales. Contribuía, por tanto, a debilitar nuestra estatura estratégica, como si Chile fuera un país-taza-de-leche, sin conflictos internacionales.

Por eso, como el tema da para un libro -artefacto hoy casi fuera de uso-, opto por cortar aquí la columna, con una pregunta, dos citas de coyuntura y (que se me excuse) una autocita funcional.

La pregunta:

¿Hubo alguna vez un asesor en temas geopolíticos y otro en temas  de política exterior, en los debates de la comisión que aprobó la plurinacionalidad de Chile?
Primera cita coyuntural:

Primera cita coyuntural
:

Saludamos con gran alegría en el corazón la decisión de la Convención Constitucional de Chile de declarar a ese país hermano como Estado Plurinacional e Intercultural. Lo plurinacional garantiza la unidad de originarios milenarios y contemporáneos para enfrentar la adversidad".
Evo Morales, 28.1.2022

Segunda cita coyuntural:

"¡Chile es plurinacional e intercultural! La sabiduría y claridad revolucionaria de los pueblos del Abya Yala se extiende y abre más el camino para la integración real”
Luis Arce. 28.1.2022

Autocita:
“En la hipótesis de (…) un Estado plurinacional, con símbolos nacionales diversos, Chile dejaría de ser el actor nacional unitario que define la Ciencia Política. Por añadidura, su diplomacia de Estado, con todas sus imperfecciones, mutaría en una ideologizada ‘diplomacia de los pueblos’. Esa que han intentado diversos regímenes autoritarios en América Latina”
Texto en Anales del Instituto de Chile, Vol. XL, diciembre 2021.


 

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 4 de Abril 2022



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos, reportajes y memorias. Entre esos títulos están “El día que me mataron”, La pasión de Iñaki, “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, dirige la revista Realidad y Perspectivas (RyP). Ha sido distinguido con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2021), el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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