El día más corto


Alexander V. O'Hara

22 de junio de 1915
Es paradójico hablar del día más corto, dado que lo único que tenemos es una cierta luz crepuscular. Pero en cualquier caso, hoy es el solsticio de invierno, el día en que se da la máxima diferencia entre la duración del día y la noche. Una fecha significativa para todas las culturas y que se asocia a fiestas. Como hemos hecho nosotros.



 Supongo que deberíamos temer la llegada del invierno y, por lo tanto, ponernos en guardia para ese periodo tan duro -por la oscuridad, frialdad y hambre- para la mayoría de las regiones del planeta. Sin embargo, hoy reina en el barco un aire festivo. Las razones son dos, o incluso tres y quisiera explicárselas a continuación.

Por una parte, ya hemos tomado conciencia de lo que nos espera. Para nosotros, el futuro tiene muchas incertidumbres, pero el miedo no va a hacer que desaparezcan. Incluso yo diría que hay como un espíritu de desafío: cuanto antes lleguen… antes nos enfrentaremos con ellas.

Además, cada día que pasa es un día menos de esta condenada de oscuridad e inactividad de la que estamos prisioneros. Hoy he escuchado a muchos comentar que ya llevamos atrapados más de cinco meses, luego –posiblemente- ya hemos pasado más de la mitad del tiempo que tendremos que permanecer encerrados por el hielo.

Nos desplazamos veloces
Otra de las razones para nuestro optimismo es que una brisa procedente del Sur está haciendo que toda la masa de la banquisa, con el Endurance incluido, derive de forma inusualmente rápida hacia el Norte.

De hecho, Worsley nos ha comentado, que en los últimos cinco días nos hemos movido más de 70 kilómetros en dirección Norte. E ir hacia el Norte, hacia arriba, como yo suelo decir con gran diversión de todos, significaba llegar a aguas más cálidas donde el hielo terminará por resquebrajarse.

Hablando de brisas, precisamente Shackleton me comentó hace un par de días, que una de las cosas que más le estaba sorprendiendo, del tiempo que llevamos entre los hielos en el mar de Weddell, es la ausencia de grandes temporales.

Según él, en sus anteriores expediciones a la Antártida, en el mar de Ross, los fuertes vientos y las ventiscas habían barrido día tras día la superficie del mar helado. Y aquí no hay más que brisas, que si llegan a la fuerza de un vendaval, no lo hacen por mucho tiempo.

Gran fiesta en el Ritz
La tercera de las razones para el ambiente optimista de hoy es la gran fiesta que hemos estado preparando para celebrar el solsticio de invierno. El cocinero preparó una de las mejores cenas que hemos probado en el barco y después, toda la tripulación reunida en el Ritz, montamos una juerga por todo lo alto.

Hubo discursos, canciones y brindis durante horas, y con la llegada de la media noche todos puestos en pie cantamos el “Dios Salve al Rey” y nos deseamos éxito en los días de oscuridad y esfuerzo que todavía nos esperaban.

Yo no pude dejar de recordar que en la antigua Roma en el solsticio de invierno se desarrollaba la Saturnalia, unas de sus grandes celebraciones o puede que la mayor. Durante la misma, la gran sacerdotisa pronuncia las siguientes palabras:

"Esta es la noche del solsticio, la noche más larga del año. Ahora las tinieblas triunfan y aún así todavía queda un poco de luz. La respiración de la naturaleza está suspendida, todo espera, todo duerme. El Rey Oscuro vive en cada pequeña luz. Nosotros esperamos al alba cuando la Gran Madre engendrará nuevamente al sol, con la promesa de una nueva primavera. Así es el movimiento eterno, donde el tiempo nunca se detiene, en un círculo que lo envuelve todo. Giramos la rueda para sujetar la luz. Llamamos al sol desde vientre de la noche."

Que así sea, porque nos esperan momentos oscuros y duros.