Esto es más peligroso de lo que pensábamos


Alexander V. O'Hara

2 de marzo de 1915
En la Antártida el tiempo cambia tan rápidamente que una placida excursión para abastecernos de focas se puede convertir en una trampa mortal si no estás preparado.



Las partículas de nieve volaban a tal velocidad que cuanto te impactaban en la cara se clavaban como agujas
El mes de marzo ha comenzado con un fuerte vendaval del noroeste y una bajada de las temperaturas que han alcanzado los 22ºC grados bajo cero. Todo ha sucedido tan rápidamente que a punto hemos estado de tener una desgracia. Ayer por la mañana salió un grupo a cazar. El tiempo era bueno y nada hacía prever que fuese a cambiar en pocas horas.

La cacería fue bien y pronto había abatido cinco focas de Weddell y dos cangrejeras. Aquello era suficiente y, afortunadamente, decidieron cargar los trineos con las focas y regresar al Endurance. Pero a punto estuvieron de no lograrlo, mientras los hombres arrastraban los trineos de vuelta estalló se levantó una ventisca que levantaba la nieve y la proyectaba con una virulencia que muchos no habían podido ni imaginar.

El retorno se convirtió en una odisea, tanto para los del buque, que aterrorizados trataban de vislumbrar a sus compañeros en la tempestad, como los cazadores que tuvieron que abandonar  los trineos cargados con su preciado botín para salvar algo todavía más importante: sus vidas.

El susto fue mayúsculo para todos, aunque la alegría de recibirles a bordo, con las bromas características de estos momentos, nos hizo olvidarnos inmediatamente el mal rato pasado. A todos no. Vi como Shackleton llamaba al capitán Worsley e intercambiaban unas palabras.

Poco después, Worsley prohibió que nadie abandonase el barco sin autorización previa. En un barco nadie contradice las órdenes del capitán, pero en este caso mucho menos. Menos mal que entre los cazadores estaba Frank Wild que, en cuanto vio que la cosa se ponía fea, ordeno dejar los trineos y regresar al barco.