Muchachos, nos vamos a casa


Alexander V. O'Hara

4 de noviembre de 1915
La situación no podía ser más desesperada. Nos habíamos quedado sin barco y estábamos sobre una capa de hielo de dos metros de espesor que nos separaba de un abismo de agua. Sin embargo, Shackleton supo, sin ocultarnos la gravedad de la situación, inculcarnos la seguridad de que saldríamos de allí con vida. Nunca olvidaré sus palabras y menos su última frase.



Provocaba una profunda pena ver, lo que pocos meses atrás, había sido nuestro flamante buque, convertido ahora en un amasijo de cuerdas y maderas destrozadas.
Es difícil describir nuestros sentimientos cuando tuvimos que abandonar el Endurance. Supongo que cada una de las 28 personas que allí estábamos vivíamos las cosas de forma diferente. Para Shackleton y los expedicionarios aquello era el final de su aventura antártica, ya no iba a ser posible que atravesasen la Antártida y su regreso como héroes se había esfumado.

Para los marineros había ocurrido lo que más habían temido en toda su vida en el mar: naufragar. Aunque ahora la tragedia quedaba amortiguada por el hecho de que el hielo que nos rodeaba, y sobre el que estábamos, les ofrecía una extraña impresión de solidez. Parecía que estaban sobre un suelo nevado, aunque bien sabían que era una costra que nos separaba de un abismo de agua.

Para mí, un pobre reportero que pensaba que iba a conseguir el gran reportaje de su vida al acompañar, aunque fuese por unas semanas a la expedición del gran explorador inglés, aquello era una pesadilla de la que incluso pensaba que podría despertar de un momento a otro.

De entre estos grupos no sabía dónde encajar a Worsley, para un capitán su barco es algo más que su hogar, como le pasaba a sus marineros y a todos nosotros. Para él el barco es su razón de ser, su responsabilidad, su motivación. Daba pena ver cómo miraba su barco retorcido por los hielos, doblegado por la presión, destrozado por aquellas fuerzas inclementes hasta convertirlo en poco más que astillas.

Para todos, el pisar el hielo donde nos encontrábamos era, en cierto modo, como sentir a nuestro salvador, dado que nos parecía mantener una sensación de normalidad. Pero el capitán parecía recordar en cada pisada que aquel hielo era el sádico causante de las heridas mortales que habían llevado a la muerte a su barco.

Acampados en el hielo
La primera noche la pasamos como pudimos. Montamos las tiendas y nos metimos en ellas de cualquier manera. Estábamos agotados físicamente y hundidos psicológicamente. Yo traté de cumplir mis tareas de periodista y me mantuve levantado algo más que el resto. Eso me permitió ver que Shackleton no debió de dormir en toda la noche. Paseaba con expresión grave por entre las tiendas y no perdía de vista ni al barco ni al hielo.

Eso le hizo advertir que una grieta en el hielo crecía desmesuradamente muy cerca de las tiendas. Dio la voz de alarma y pese al cansancio todos nos levantamos y cambiamos la ubicación del campamento, alejándonos del barco y buscando el refugio del interior del témpano donde nos encontrábamos.

A la mañana siguiente volvió a despertarnos. En compañía de Wild habían subido al barco y recogido algunas cosas de comer, luego improvisaron un fogón y después de calentar leche, pasaron tienda por tienda repartiéndola.

Los hombres acogieron esto con tal naturalidad que hizo que Wild, con esa sorna con la que suele hablar, comentase en alta voz: “caballeros, si alguno quiere que también le limpiemos las botas, sólo tiene que ponerlas fuera.”

Unas sentidas palabras
Poco después, posiblemente para servirse del estado bienestar fisiológico que siempre produce la comida, nos reunió. Sin ambages, nos describió la situación en que nos encontrábamos y enumeró los distintos lugares a los que podríamos dirigirnos en busca de ayuda, que evidentemente no eran muchos.

Estaba claro que las corrientes del mar de Weddell nos estaban moviendo hacia el Norte. Su plan era caminar nosotros también sobre el hielo en esa misma dirección para así acelerar el proceso y antes de que terminase el verano poder alcanzar alguna de las estaciones balleneras de la Península Antártica.

Nos comentó que nos llevaríamos algunos botes, aunque eso significase que tuviéramos que subirlos sobre trineos y tirar de ellos, porque estaba convencido que tendríamos que utilizarlos cerca de la costa cuando el hielo se fuese derritiendo.

Tenía el gesto serio. No ocultó los sinsabores que nos esperaban, pero en su voz había una seguridad que despertó nuestra confianza en que conseguiríamos salvarlos. Terminó con una frase que nos emocionó a todos porque no había ni un ápice de duda cuando exclamó:
“Muchachos, nos vamos a casa”.

Le vitoreamos a rabiar.