Por territorio desconocido


Alexander V. O'Hara

12 de enero de 1915
Después de un par de días de navegar siguiendo los acantilados de hielo, hemos sobrepasado la costa conocida y nos hemos adentrado en lo desconocido. Ahora sí somos descubridores.



En los libros de viaje de los exploradores, había leído la emoción que se siente al contemplar por vez primera unos paisajes que nunca antes habían sido observados por otros seres humanos. Y eso es lo que nos ha pasado a nosotros. Hemos descubiertos nuevas tierras.

Aunque en un sentido estricto habría que decir que nuevos hielos dado que sólo la pendiente del hielo hace pensar que debajo de una capa, que algunos estiman en casi 300 metros, se encuentran el manto rocoso.

El paisaje impresiona por su belleza. Laderas de un azul borroso se perdían en la distancia, acentuando las bocas negras de las grietas que se entrecruzaban en todas direcciones. Pero también producía una cierta desolación interna, pues que los animales eludían el adentrarse en su interior, limitándose, incluso las aves, a poblar su costa.

Durante un par de días hemos tenido que soportar nieblas y tormentas de nieve, pero hemos seguido avanzando, entre trozos de hielo de distinto tamaño, junto a los acantilados de hielo de la costa.

Y después de recorrer unos doscientos kilómetros la posición del sextante nos situó más al Oeste que el último punto sobre el que William Bruce había navegado. Estábamos en una zona inexplorada de la costa antártica y Shackleton ha decidido bautizarla como “Costa de Caird ”, en honor de Sir James Cairn, el principal patrocinador de la expedición.

En el Endurance todos estamos felices, incluidos los dos cerdos que compramos en Georgia del Sur (a los que les hemos puesto de nombre: Sir Patrick y Brígida Dennis) y que, lógicamente, no saben cuál va a ser su siniestro destino.