Método segundo

Artículo n°79

Redactado por Alfonso López Quintás el 21/11/2014 a las 12:21

Randa Haines (Estados Unidos, 1945) se hizo un nombre en 1984 con un film para la televisión –Something About Amelia- y en 1986 con la película Children of a Lesser God. En 1991 abordó, en la película The doctor, un tema de largo alcance personal y social, con la colaboración estelar de su conocido actor, el galardonado William Hurt.

Esta película no se limita a narrar la historia de un cirujano que se pone enfermo, se cura y vuelve al antiguo puesto directivo. Nos insta a no tratar a las personas en el nivel 1, sino en el 2, otorgándoles la debida dignidad, sobre todo cuando se trata de seres tan desvalidos como son los enfermos graves.
EL DOCTOR , de Randa Haines (1)


Análisis de la obra

El doctor Jack Mckee, celebrado cirujano de un hospital neoyorquino, aparece al principio de la película llenando toda la escena. Exhibe su buena figura por los pasillos del centro con cierta arrogancia, inspirada en una gran confianza en sí mismo, en el éxito profesional, en su excelente situación económica. Con los enfermos actúa con la eficacia de quien conoce el oficio y le gusta ostentar seguridad. Por eso procede de forma expeditiva, al ritmo de una música desenfadada, pero dejando a un lado la cordialidad y el buen tacto. Estima que ante un enfermo es más eficaz una técnica certera que una actitud tierna.

«La misión de un cirujano es cortar. Tienes una oportunidad: entras, lo arreglas y te largas. Encariñarse es una cuestión de tiempo. Cuando tienes 30 segundos antes de que se desangre el tío, más que el cariño importa un corte limpio».

No se detiene el doctor a reflexionar si es posible coordinar ambos aspectos: la cordialidad y la eficacia, que se hallan en niveles distintos e integrables. En definitiva, el corte limpio se hace para curar a una persona enferma (nivel 2). Sin prestar demasiada atención a lo que afirma, prosigue:

«Es peligroso encariñarse demasiado con los pacientes. No conviene volcarse demasiado. La cirugía es cuestión de juicio, y para juzgar no puedes atarte».

Ve la cirugía como una actividad artificial, fruto de una serie de técnicas muy complejas, que alteran el ritmo normal de la vida humana. En cambio, encariñarse con alguien cuando se lo trata y se congenia con él es perfectamente natural. Resulta vano, pues, intentar unir el cariño del amigo y la frialdad del cirujano.

«No hay nada natural en la cirugía. ¿Abrir el cuerpo de un hombre es natural? Un día tendrás en las manos un corazón humano y estará latiendo y te dirás: ¡Bah! ¿Por qué estaré yo aquí?»

Pero no sólo no dispensa el doctor a los enfermos un trato cordial; los trata a distancia, incluso a veces de forma pseudograciosa que a ellos, atenazados por la preocupación y, a veces, por la angustia, está lejos de agradarles.

• Un hombre ya maduro que intentó suicidarse exclama, desconsolado: «Esperaba no despertar jamás. Me siento ridículo...». Jack rebaja drásticamente la situación dramática del paciente con unas palabras desconcertantes: «¿Me permite un consejo? Cuando quiera usted castigarse de verdad, juegue al golf: no hay tortura peor». El enfermo se quedó conturbado, sobre todo al oír las risas de algunos sanitarios presentes...Tomar a broma algo para uno dramático supone una falta de atención, pues significa rebajar la cuestión tratada a un nivel inferior. Ya sabemos que la comicidad brota casi siempre de la súbita e imprevista caída de un nivel superior a otro inferior. Convertir a otra persona –sobre todo, a un enfermo– (nivel 2) en objeto de broma (nivel 1) constituye un tipo de comicidad inaceptable, pues implica un género de reduccionismo violento que hace injusticia al ser humano. A este enfermo le había salvado la vida el doctor en el quirófano, pero luego no supo tratarlo con la dignidad debida.

• Una enferma operada del pecho estaba preocupada por la cicatriz de la herida, ya que a su esposo le impresionaba verla. Al manifestárselo al doctor, éste podía haberle indicado que la cicatriz se iría desvaneciendo o que podrían hacerle una reparación estética. Ello hubiera significado tomar en serio a la enferma y su problema, que era real y grave. En su línea habitual de desenfado, se limitó a decirle, medio en broma: «Dígale a su marido que es usted un desplegable del Play Boy».

La actitud de prepotencia conduce al alejamiento

En cuanto al trato con los demás, su lema fue siempre “adelantar el brazo con la mano abierta”, para marcar las distancias. Esta actitud de reserva la adoptaba también con su esposa, Anne. Ahora, al verse desvalido debido a la enfermedad, se siente solo y se percata de que las relaciones que ha creado no son capaces de consolarle y serenarle. Por hallarse recluido en sí mismo, no vive en un ámbito de encuentro, es decir, de comprensión, ayuda y enriquecimiento mutuo. Ello resalta penosamente en la siguiente anécdota. Al saber que la causa de su afección de garganta es un tumor maligno, se lo comunica a su esposa. Ésta, tras un momento de desconcierto, intenta animarle y exclama: «¡Saldremos adelante! ¡Ya verás!». Él le contesta, desabrido: «¿Saldremos? ¡Tú no tienes nada, Anne! No tienes que hablar en plural. ¡Esto no es un juego en equipo!». Parece ignorar el doctor que sí debe serlo, pues la vida matrimonial es un estado de encuentro, y el encuentro implica un campo de juego común.

Con los colaboradores parece tener buenas relaciones, pero son relaciones de alguien que se siente superior y habla de modo autosuficiente con quienes forman su corte. Al médico otorrino judío lo reconoce como un profesional valioso, pero interpreta su afabilidad con los pacientes como signo de debilidad, y se mofa de él.

Con Anne, su esposa, no es atento, aunque, en apariencia, la vida les va bien pues se agradan mutuamente. Ella le quiere, pero apenas intima con él a causa de su retraimiento egoísta.

• Un día le indicó el doctor que debía ponerse muy guapa para embellecer el acto en que él iba a actuar... Su intención no era ofrecer a su mujer una buena ocasión de lucimiento, sino que ella contribuyera a enaltecer su actuación. A su entender, “tenía” una mujer hermosa y debía lucirla en esta ocasión solemne. Obviamente, tal actitud no supera los límites del nivel 1.

• En una ocasión se olvidó de que debía ir a un encuentro de padres en el que Anne debía intervenir. Siempre se veía forzada a acudir sola. Cuando su marido le confiesa que fue a visitar a su amiga June, Anne le dice:

«Lo que me duele es que necesites tener una amiga a quien acudir. Tú eres mi amigo y no puedo acudir a ti. Me despierto todas las mañanas con una sensación muy extraña. Estoy muy sola»

Hasta tal punto está sola y anda sola, que los niños la creen soltera y le llaman “señorita”. Esta soledad no es sólo física sino espiritual, y se manifiesta en forma de desconcierto: no sabe cómo comportarse con su marido. En un momento de desconsuelo, le dice:

«¿Cómo estamos? ¿Somos felices o no lo somos? ¿Estamos unidos o no lo estamos? ¡Dime lo que debo hacer y lo haré!»

La enfermedad, un trauma de crecimiento

Así las cosas, tuvo lugar en la vida del doctor una experiencia decisiva: la gran prueba de la enfermedad. Una enfermedad grave nos priva súbitamente de la seguridad que nos otorga la holgura económica, el prestigio, el poderío, la autoestima... Esta privación nos sume en un vacío y soledad tales que podemos experimentar una sensación de angustia.

• Al principio, el doctor aborda esta situación desde el nivel 1, debido a su actitud autosuficiente. Por eso rechaza las muestras de solidaridad que le dan sus colegas de departamento. Le cuesta aceptar que, en su propio hospital, le traten “como a uno más del rebaño”, de forma impersonal y burocrática. Protesta, en varias ocasiones, contra esta forma estandardizada de trato, pero tropieza contra el muro gélido de las normas que él mismo había impuesto en el centro. Con el fin de agilizar y simplificar las gestiones, le dice a una administrativa con tono altanero: «Soy médico cirujano de este centro desde hace once años...». La joven le contesta, muy decidida: «Entonces sabrá usted cómo rellenar este formulario...». Se niega a usar la silla de ruedas para trasladarse dentro del hospital, aunque el enfermero le recuerda que es algo preceptivo.

• Le impresiona hondamente que su hijo apenas se inmute cuando le comunica su enfermedad. El niño se aleja tranquilamente en su bicicleta, pues le espera un amigo. Jack reconoce que ha dedicado poco tiempo a su hijo y ahora sufre las consecuencias.

El punto de inflexión en la conducta del doctor viene dado por la relación amistosa que establece con June Gates, la joven enferma de cáncer que destaca en el hospital por llevar el pelo al cero y mostrar buen temple ante la adversidad. A Jack le impresiona la madurez espiritual que revela esta joven en su comportamiento diario y, para ayudarle en algo, quiere satisfacer su deseo de ver a unos bailarines indios de América. La lleva en coche, y, al llegar a un lugar desértico, ella le pide que pare. El le pregunta si quiere descansar, y ella contesta que su afán es retener el tiempo, no dejarle que se vaya.

«El tiempo se me escapa de las manos. No quiero que se me escape nada nunca más».

En la conversación advierte que el doctor se halla desanimado y le anima a no perder la esperanza: «¡Usted luche, luche!», le dice con apremio.

En busca de un asidero para esperar ella misma, le pregunta a Jack cómo está el conocido suyo que –según le contó un día– había tenido la misma enfermedad que ella y se había curado. Él le confesó que fue una invención suya. Ella no dudó en reprocharle esa conducta: «¿Por qué miente? No vuelva a mentirme nunca».

Haciendo gala de serenidad y coraje ante la enfermedad, le dice al doctor: «Me muero. No me haga perder el tiempo». Él admira este buen ánimo y le pregunta: «¿Tú rezas? ¿Es eso lo que te sostiene?». Ella responde, lentamente, como meditándolo: «Rezo, medito, como chocolate, voy a bailar...». El doctor, entonces, le ofrece el consuelo de vivir el encanto de un baile reposado, íntimo, en amable conjunción con una naturaleza acogedora. Jack está viviendo estas últimas horas cautivado por la presencia de June, joven reflexiva que se despide serenamente de la vida. Al llegar la noche, reflexiona y recuerda que salió de casa sin avisar a su mujer. La despierta para indicarle que se halla fuera de la ciudad, en plena campiña, acompañado de su amiga. Y le dice que seguirá hasta el día siguiente con ella. Al regresar a casa, al día siguiente, se cruza con su mujer en la calle. Sin perder la compostura, ella le dice, muy conmovida:

«Me estás rompiendo el alma».

Es una escena conmovedora, por su sencillez, su contención, su profundo sentimiento.

Un día, June invita a Jack a subir a la terraza del hospital. Ella le explica que en cierto momento quiso suicidarse allí, tirándose a la calle. Se desahogó gritando. De repente vio que un pájaro se posó junto a ella, la miró fijamente y pareció decirle:

«¡Oye, chica, ¿cuál es tu problema?».
«Creo que era un ángel», agregó.

Al encontrar muerta a June en su cama del hospital, Jack, muy conmovido, le dice estas palabras:

«June, soy Jack. Mañana es mi operación, y yo, tan egoísta, quería que estuvieras allí para ayudarme. Estoy aterrorizado. Es la verdad que aprendí de ti, la verdad. Lo curioso es que apenas sé nada acerca de ti. Sé que amas la vida y te gusta bailar. Desearé que vueles por encima de mi casa, con tus largos cabellos al viento…».

Al poco tiempo, Jack le comunica a su mujer, con inmensa tristeza, que su amiga ha muerto. Ella no lo rechaza; más bien lo acoge. Esta reacción un tanto enigmática nos revela su profundo amor al marido enfermo.

Cuando realiza los trámites para su operación de laringe, el doctor se siente muy mal.

• No quiere dejar las riendas de su departamento, pero sus colegas le hacen ver que debe limitarse a cuidar su salud.

• Sus colegas más allegados lo tratan con delicadeza compasiva, pero él rechaza esa actitud, que parece humillar su orgullo. «¡Dejad de mirarme con cara de pena, si es posible, porque me tenéis harto!».

• En la realización de las pruebas debe someterse a las exigencias del reglamento como cualquier enfermo. Quiere tener el control de cuanto realizan con él los médicos y enfermeros, pero éstos le invitan amablemente a seguir sin más sus instrucciones.

• Reclama una habitación individual, pero no se le concede porque en el hospital no hay ese tipo de habitaciones. Hace notar su condición de médico cirujano, pero una vez y otra es tratado como “un” enfermo más, un mero paciente anónimo sometido al cauce prefijado de un reglamento sanitario. Así, viene a “probar la medicina que él mismo había recetado”, como dice el título de la novela de D. Rosenbaum en que se basa el guión.

• Cuando se irrita con los enfermeros, levanta la voz. June se lo recrimina y le hace ver que, al estar guardando cola en una sala de espera, no tiene más opción que atenerse a las normas generales.

Dentro del clima dramático de la espera resalta, como nota de humor, el breve diálogo que sostiene Jack con Eli, el colega hebreo al que desea encomendar su operación. Jack comienza pidiéndole disculpas por haberlo “tratado de forma ofensiva durante un tiempo”. El colega reflexiona un momento y acepta, añadiendo con tono amable: «Siempre había deseado cortarte el cuello y ahora tengo ocasión de hacerlo...». Ambos se ríen amistosamente.

Cuando se halla tumbado en la mesa del quirófano y ve que le inmovilizan la cabeza, Jack aparece particularmente pálido, y sólo dice una frase: “Estaría mejor jugando al golf “, en referencia sin duda a la sugerencia que hizo en su día al paciente que había intentado suicidarse... No vio mejor forma de disimular el miedo que haciendo una broma. Eli, el cirujano, le dijo que le tenían preparada una sorpresa, y empezó a sonar la música preferida de Jack en las operaciones. El enfermo esbozó una sonrisa...


El ascenso al nivel 2, el del amor y el encuentro

Imposibilitado, tras la operación, para hablar, se empeña en que su mujer lea la frase que le ha escrito en una tablilla: «Te necesito». Se disculpa por lo pasado y le propone empezar de nuevo. Pedir perdón equivale a subir al nivel 2 e iniciar una nueva forma de configurar la vida. Implica la decisión de superarse, venciendo la tendencia al egoísmo y la altanería –expresión hosca de la voluntad de dominio– y consagrando la vida a crear verdaderos encuentros. Ella no puede fiarse de él y rehúye entrar en el juego de renovaciones que le sugiere.

«Estaba ahí a tu lado –le dice–, pero no acudiste a mí».
«Lo siento», contesta él.
«Yo también», agrega ella.

Tras un forcejeo, Jack logra acercarse a ella y decirle con un hilo de voz ronca: «¡Te quiero!».

Esta confesión mueve a Anne a creer que de veras ha cambiado, y lo celebra exultante, dejando desbordarse todo el afecto contenido que sentía hacia él. Es una escena muy lograda, rica en matices psicológicos.

Una vez que Jack, ya curado, se reincorpora a su trabajo de médico cirujano, adopta una actitud complaciente, cercana, interesada por los problemas de los demás.

• Trata con delicadeza a un paciente mientras le trasplanta el corazón.

• Protesta porque la Dirección sanitaria no permite a los médicos realizar las pruebas màs caras, por ejemplo las resonancias magnéticas, que tal vez hubieran detectado a tiempo el tumor cerebral de June Gates.

• Sigue poniendo música festiva en algunos momentos de las operaciones, pero lo hace como señal de alegría por haber logrado superar algún momento difícil.

• Exige a los médicos y enfermeros que llamen a los enfermos por su nombre. Un médico de su equipo le dice algo sobre “el terminal de la 1217”. Él le responde:

«- ¿Terminal? ¿Terminal de qué? ¿De autobuses?
- No... El moribundo de la 1217.
- ¿Cómo se llama el enfermo?
- No sé.
- (Otro médico dice) Sr. Winder.
- Bien. El Sr Winder está o vivo o muerto. Así que el Sr. Winder o está vivo o avisamos al depósito. Llama a otro enfermo “terminal” y estarás describiendo el fin de tu carrera».

• Se niega a testificar en falso, y rompe con el colega que quiere sobornarlo.

• Reconoce que, respecto a su mujer, tuvo siempre el brazo extendido en señal de distanciamiento, y ahora no sabe quitar el brazo. De hecho, ella le reprocha que nunca se entera de sus actividades directamente sino a través de su secretaria.

• Rechaza a la especialista que le había descubierto el tumor y que iba a operarle, y le dice: «Todo médico se convierte en paciente algún día, y entonces sufre como ahora sufro yo».

Al reflexionar sobre el cambio de actitud que ha experimentado, el doctor se convence de que sólo haciendo la experiencia de una estancia como enfermo en el hospital puede un médico descubrir la necesidad de respetar la dignidad de los pacientes y no reducirlos a un mero número. Por eso somete a los miembros de su equipo a una dura prueba. Los reúne en una sala y les dice:

«Siento haberos hecho esperar. A ver. Ahora vais a desnudaros y a poneros batas de enfermos. En seguida...
(Algunos se ríen pues lo toman a broma. Él prosigue)
Hablo en serio...
Doctores, habéis dedicado mucho tiempo a aprender los nombres latinos de las enfermedades de vuestros pacientes. Ahora vais a aprender algo mucho más sencillo: tienen nombres... Se sienten asustados, azorados y vulnerables..., y se sienten mal. Lo que más desean es ponerse bien, y con esa esperanza nos confían sus vidas. Podría intentar explicároslo hasta quedarme ronco, pero creo que no serviría de nada. Yo no lo entendía tampoco. Durante las 72 horas próximas, os voy a asignar a cada uno una enfermedad concreta. Dormiréis en camas de hospital, comeréis comida de hospital, se os harán todas las pruebas necesarias. Pruebas que algún día prescribiréis. Ahora ya no sois médicos, sois enfermos de un hospital. Buena suerte. Os veré en las visitas”.

En una carta póstuma, June ofrece a Jack una clave decisiva de orientación en la vida:

«Querido Jack: Yo estoy aquí sentada, pensando en ti. Me has hablado de Anne y de tu dificultad para sentirte cerca de ella o cerca de alguien y he pensado en un cuento para ti. Espero que puedas leerlo antes de tu operación. Había un granjero que tenía muchas tierras y, para que los pájaros y los animales no le estropearan las cosechas, puso toda clase de vallas y trampas. Consiguió lo que quería, pero se sentía muy solo. Así que un día se puso en medio de sus tierras para recibir a los animales. Se quedó allí todo el día con los brazos extendidos, llamando a los pájaros..., pero no se acercó ni uno solo, no apareció ni una sola criatura. Estaban aterrorizados ante el nuevo espantapájaros del granjero. Querido Jack: sólo tienes que retirar el brazo y todos nos acercaremos a ti».

Muy complacidamente, el doctor asumió, una a una, las ideas que le quiso sugerir June a través de la parábola del granjero: para crear relaciones de encuentro hay que superar la soledad egoísta, respetar a los demás, vibrar con sus sentimientos, abrirse, escuchar, confiar, amar sinceramente y entregarse de forma solidaria, es decir: “retirar el brazo”...

Meditando las palabras de su amiga, Jack sube a la terraza, contempla el horizonte con espíritu acogedor y no puede sino sonreír, complacido, al observar que varios pájaros se posan ante él confiadamente... Con esta simbólica escena concluye la película.

VALORACIÓN DE LA OBRA

Esta obra nos pone ante los ojos, de forma dramática, las consecuencias de plantear la vida en el nivel 1, de forma despegada, impersonal, un tanto altanera y egoísta. En el interior de su familia, el prestigioso cirujano se comporta con su esposa de forma distante, poco afectuosa y atenta, y a su niño apenas lo trata. En el hospital considera a los enfermos como meros pacientes a los que ha de operar sin contemplaciones, cuidándose sólo de ser eficaz.
Al verse convertido en paciente, el doctor “prueba su misma medicina” y se hace cargo de la injusticia que implica tratar así a las personas. No se trata de una infracción legal, ni de un pecado -en sentido religioso-, sino de un planteamiento falso del modo de convivir: en vez de tratar a las personas con la actitud de respeto propia del nivel 2, se limita a manejarlos como si fueran utensilios averiados, pertenecientes al nivel 1. La teoría de los niveles de realidad y de conducta nos permite delatar con precisión los errores que podemos cometer en nuestra relación con las realidades del entorno.
Una vez curado, muestra el doctor que ha aprendido la lección: se dirige a los pacientes llamándolos por su nombre propio, no por el número de su cama; somete a los colaboradores a la prueba de vivir durante 72 horas la vida de los pacientes, para que también ellos realicen la experiencia de verse infraestimados; inicia una relación afectuosa con su mujer y aprende de una joven enferma el arte de “retirar el brazo” para hacerse más cercano a las gentes. Entonces, éstas se le acercan, confiadas, como los pájaros que acuden a él en la azotea.
La teoría de los niveles de realidad y de conducta cobra cuerpo en esta obra, adquiere rostro, muestra de forma palpable toda su expresividad y fecundidad, para adquirir al final, en la carta póstuma de la amiga June, una conmovedora tonalidad poética.

CUESTIONES A MEDITAR

1. Anne le dice a Jack, cuando le revela que está enfermo: «¡Saldremos adelante. Ya verás!». Él le contesta de forma desabrida: «¿Saldremos? ¡Tú no tienes nada, Anne! No tienes que hablar en plural. ¡Esto no es un juego en equipo!». ¿En qué nivel de realidad y de conducta se mueven ambos?

2. El hijo se queda impávido cuando el padre le revela que está muy enfermo. Se ve que este problema lo ve como exclusivo del padre, no suyo. ¿Cuándo suele pasar esto?

3. Anne le dice a Jack: «¿Cómo estamos? ¿Somos felices? ¿Estamos unidos? ¿No lo estamos?». Comentar esta vinculación entre unidad y felicidad.

4. Antes de ponerse enfermo, Jack Mackee, el doctor, “tiene” una mujer bella, una situación social brillante, energía y éxito, pero no parece sentirse muy feliz. Después de la enfermedad se vuelve más afable con todos, y su rostro adquiere una expresión más dulce, que sin duda expresa un cierto estado de felicidad, siquiera incipiente. ¿A qué se debe, exactamente, este cambio?


FECUNDIDAD DE LOS ANÁLISIS DE PELÍCULAS REALIZADOS

• Hemos descubierto que las películas de calidad constituyen una ficción si las vemos en el nivel 1 y atendemos sobre todo a su argumento, pero muestran una realidad eminente si las contemplamos en los niveles 2 y 3, y penetramos, así, en su tema.
• Hemos experimentado que, si hacemos juego con una película de calidad y rehacemos sus experiencias básicas, captamos lúcidamente los diversos niveles de realidad y de conducta en que se mueven los personajes y adquirimos lúcidas claves de orientación de la vida, aprendemos a prever y a prevenir, y nos convertimos así en guías de nosotros mismos y de otros.
• Hemos visto por experiencia, que, al vivir de esta forma intensa las películas, éstas nos otorgan una especial energía para orientar nuestra vida hacia los niveles superiores, evitando así la caída en los niveles negativos. Esa singular eficiencia supone una forma peculiar de realismo.


NOTA

(1) Original: The doctor, USA, 1991. Guión: Robert Caswell, sobre la base del libro A taste of my Own Medicine, de D. Rosenbaum
| Alfonso López Quintás
| 21/11/2014