Cuaderno de Bitácora

Artículo n°87

Redactado por Alfonso López Quintás el 07/07/2015 a las 18:00

Los españoles y la segunda lengua


Los españoles nos hemos insertado con decisión en las organizaciones europeas, y cada día se habla de nuevos proyectos comunes a desarrollar en un futuro próximo. Esta prometedora inserción exige de nosotros una preparación adecuada en todos los aspectos. No basta que los dirigentes políticos manifiesten su loable propósito de no aceptar condiciones humillantes en los convenios a realizar. La igualdad de oportunidades y de trato hay que merecerla. Tenemos que demostrar que somos europeos a todos los efectos, no sólo por razones geográficas e históricas, sino también y sobre todo por nuestra disposición y capacidad de configurar solidariamente un futuro mejor para todos los pueblos de este viejo continente, promotor de tanta y tan excelsa cultura.

Tal capacidad implica, entre otras cosas, una adecuada facilidad de comunicación. Cuando se asiste a una reunión de cualquier tipo en Centroeuropa, sorprende la fluidez comunicativa de que hacen gala muchas personas de los países con quienes vamos a colaborar. Con frecuencia vemos a profesionales jóvenes expresarse correctamente en dos o tres lenguas, y pasar de la una a la otra sin la menor vacilación. Puede decirse que la inmensa mayoría de los profesionales europeos dominan, aparte de la materna, una segunda lengua que les permite expresarse con toda facilidad y precisión en un foro internacional.

Actualmente, en algunos países europeos cuya lengua sólo tiene vigencia en el ámbito nacional, se procura que los niños aprendan bien una segunda lengua que les permita comunicarse de palabra y por escrito a nivel internacional. Holandeses, alemanes, daneses, suecos, noruegos, finlandeses, polacos, rumanos... son conscientes de que necesitan un medio para hacerse entender y abrirse a otras culturas. Todo el que los conoce de cerca sabe que sienten gran apego hacia sus lenguas nativas, pero este amor no les lleva a cerrarse en el ámbito cultural que las mismas abarcan.

Los españoles e hispanoamericanos haríamos bien en aceptar de una vez por todas el hecho de que nuestra lengua, pese a la brillantez de su historia y a la amplitud del círculo de quienes la hablan, no constituye un vehículo de comunicación adecuado a las necesidades que engendra una situación de intenso intercambio cultural. En un congreso internacional no es difícil obtener licencia para expresarse en castellano. Pero nadie le garantiza a uno que la sala no vaya a quedarse medio desierta cuando empiece a leer su ponencia. Por los años 70 y 80, en los congresos mundiales de Filosofía se advertía una gran preocupación entre los hispanohablantes por conseguir que se admitiera el español como lengua oficial. Movido por ello, en una reunión del Comité Director de la Confederación Mundial de Sociedades de Filosofía (FISP) propuse con todo interés que se concediera al español condición de lengua oficial para los congresos mundiales futuros. Fue aceptada unánimemente mi propuesta, pero se me indicó que las razones aducidas por mí podrían también ser aportadas por los representantes de otras áreas culturales: la rusa, la china, la árabe, la india... En virtud de ello, el Comité Director aceptó la oficialidad del idioma español, pero acordó dejar libertad a los comités organizadores de cada congreso para extender o no el servicio de traducción simultánea a lenguas distintas de la inglesa, la francesa y la del país anfitrión. Poco tiempo después, en el magnífico foro del Congreso Mundial de Filosofía celebrado en la ciudad inglesa de Brighton, el rector de una conocida universidad de Iberoamérica se empeñó en utilizar el español para su ponencia en un plenario, a pesar de mi consejo de que no lo hiciera, porque, aun siendo lengua oficial, el español es una lengua minoritaria en tales reuniones internacionales. Fue penoso. No bien comenzó a hablar, empezaron a levantarse algunas personas sueltas, luego grupos enteros, hasta dejar vacía la inmensa sala, que acababa de albergar a 6.000 congresistas. Yo me fui hacia delante, y me senté frente al orador ‒que siguió, impertérrito, su discurso‒ a fin de que, al menos, una persona oyera su conferencia, y pudiera certificar, a efectos oficiales, que había participado activamente en el congreso.

Es cierto que, a veces, se cuenta con traducción simultánea. Pero este tipo de traducciones suelen ser muy deficientes, porque los excelentes profesionales que las realizan no dominan, obviamente, todas las materias específicas de cada congreso. Sólo cuando una traducción fue realizada previamente en colaboración con el autor y es leída por el traductor simultáneo en el momento de ser pronunciada, puede transmitir fielmente el contenido de la alocución a los asistentes que desconocen la lengua original.

Algo análogo cabe afirmar de las traducciones escritas. Con mucha frecuencia, fracasan en los puntos decisivos, allí donde el autor expone los puntos más originales de su pensamiento, los que exigen un lenguaje más singular, más ajustado a las exigencias del pensamiento creador. Haremos bien en reconocer que no podemos mantenernos al tanto de la producción mundial si estamos sometidos al azar de las traducciones.

Conocer bien una lengua que goza de extensión mundial en los medios culturales abre posibilidades inmensas, insospechadas en principio: posibilidades de información, de expresión, de intercambio personal. Una revista científica alemana triplicó sus suscripciones desde que empezó a ser publicada en inglés. Actualmente ‒para seguir con el ejemplo alemán‒, puede observarse en los congresos de Filosofía que los profesores alemanes se expresan casi siempre en lengua inglesa, que suelen conocer bien por el simple hecho de cursarla en la enseñanza media. (Un alto nivel en los estudios medios reporta frutos óptimos en todos los aspectos).

De ser responsable, haría todo lo posible para que los españoles poseyesen una “segunda lengua”. Para ello se requiere empezar su estudio en la escuela primaria y continuarlo con la debida seriedad en la secundaria. En cambio, no obligaría a los niños a aprender lenguas de ámbito muy restringido. Estas lenguas las fomentaría por diversos medios y les dejaría ocupar el lugar que corresponde a lo íntimo, lo que se halla cerca de las propias raíces. Uno, que es gallego y ama la lengua que sus padres hablaban con el mejor acento de la Galicia central, siente escalofrío al observar que ciertos amigos con los que solía conversar en la lengua nativa con motivo de alguna escapada a los lares paternos se niegan ahora a hacerlo. Convertir en objeto de obligación académica una lengua que, por razones sentimentales, resulta entrañable pero que no le abre a uno posibilidades amplias de expresión, resulta arriesgado. Puede tener un efecto contrario al pretendido.

Por una serie de procesos imparables, se están borrando cada día más las fronteras e incrementando las relaciones entre los pueblos europeos. Los intercambios de profesionales no han hecho más que empezar. En pocos años, los españoles vamos a vernos comprometidos en una red de relaciones tan diversas como enriquecedoras. Como un ejemplo entre mil, recuérdese la firma en Bolonia de la Carta Magna de las universidades europeas, con el fin de fomentar el intercambio de investigadores, profesores y estudiantes. Pertenecer de pleno derecho a Europa no es sólo una cuestión de alta diplomacia. Es una circunstancia que afecta a la vida diaria de cada ciudadano en diversos niveles y aspectos.

Para comunicarse de modo solvente y eficaz se requiere un conocimiento de lenguas. Hoy día la única lengua que nos permite entendernos con la mayoría de las personas que asisten a los encuentros internacionales de todo tipo es el inglés. No se trata de una opción personal mía. Dentro de mi parcela filosófica, prefiero expresarme en español, francés o alemán. Pero es un hecho que estas lenguas ‒muy bien dotadas para la investigación y la expresión filosófica‒ están siendo desplazadas por el inglés en los foros internacionales.

Actualmente, en los congresos, las gentes suelen lanzarse a hablar en inglés con la mayor naturalidad, dando por supuesto que toda persona culta domina dicho idioma. El que se mueva en él con indecisión y premiosidad queda fuera de juego, o se ve al menos reducido a una actuación balbuciente.

Todo el que frecuente las reuniones internacionales sabe que ya no es posible hacer un papel digno si no se tiene el inglés como segunda lengua. En el Congreso Mundial de Filosofía celebrado en Brighton (Inglaterra), el corresponsal de Die Welt me preguntó por qué algunos filósofos que gozan en España de popularidad no suelen acudir a este tipo de encuentros. Tal vez, la dificultad de hacer un papel airoso cuando se debe hablar en una lengua extranjera sea una de las causas.

Está bien que cultivemos con todo entusiasmo nuestra lengua y hagamos de ella un instrumento de expresión cada día más perfecto. Pero ello no obsta a que reconozcamos la necesidad de poner en forma un medio de entendimiento universal. Si no lo poseemos, veremos muy mermadas nuestras posibilidades de comunicación en el nuevo campo de actividad europea que se abrió en los últimos decenios y en el que España ha de jugar un papel de primer orden. Esta merma no es un mal privado que uno pueda decidir libremente asumirlo o no. Es un defecto que incide negativamente en la marcha de nuestro desarrollo como pueblo. No preocuparse por superar tal laguna constituye un error de graves consecuencias que, si somos sensatos, no podemos permitirnos.














| Alfonso López Quintás
| 07/07/2015