Método tercero

EL ARTE, LA PALABRA Y EL SILENCIO I

Redactado por Alfonso López Quintás el 24/02/2017 a las 11:57

«La obra de arte sólo existe en acto».
(Paul Valéry)

Mil favorables circunstancias han convertido las exposiciones de toda clase en un ingrediente esencial de la vida contemporánea. Que se hallan aquí en juego muy graves intereses económicos correspondientes a las formas actuales de producción es perfectamente notorio. Pero tal vez sea menos conocido algo mucho más profundo, a saber, que, en ciertos casos, la exposición no es un acontecimiento extraño a la elaboración de los productos expuestos, sino que pertenece a la misma por derecho propio y constituye su perfecto logro y corona. Si los productos industriales requieren la voz de la propaganda para hallar buena acogida y permitir la buena marcha de las empresas, las obras de arte necesitan el diálogo de la contemplación para constituirse en tales, pues la música surge al ser oída, la pintura y la escultura al ser contempladas, la arquitectura al ser habitada.


Lo cual no entraña relativismo alguno ‒es decir, reducción de lo sustantivo a meras relaciones‒, sino instauración de formas superiores de realidad. Las obras de arte no son meros objetos, sino diálogos vivientes, una especie de tercera realidad distinta de lo que solemos entender por sujeto y objeto, y que los engloba a ambos. Por eso bien decimos que el arte no se concibe sin el hombre –creador y espectador–, y el hombre no se logra sin el arte y demás formas de trascendencia.

Si, como se afirma actualmente en amplios sectores, las artes son palabra, y toda palabra humana es creadora de vínculos comunitarios, se deduce que toda forma artística es constitutivamente dialógica. Lejos, pues, de ser un lujo adventicio, las exposiciones ‒como los conciertos‒ son elementos integrantes de esa amplísima realidad que llamamos obra de arte.

Veamos estos puntos con algún detenimiento.

El arte como palabra

Desde que en 1903 publicó Benedetto Croce su famosa obra Estética como ciencia de la expresión y lingüística general, el tema del "arte como palabra" ha constituido un punto de fricción constante entre las diferentes escuelas estéticas.

Con frecuencia se entendió esta proposición de modo superficial, como si el arte no tendiese sino a transmitir meros contenidos significativos, en actitud recíproca ‒por ejemplo‒ a la vieja ilusión de pintar con palabras. Por eso subraya Etienne Gilson la diferencia que existe entre el arte del lenguaje y el arte de la pintura.


«Cuando un cuadro ‒escribe Maurice de Vlaminck‒ puede ser explicado, cuando puede hacérsele entender o sentir por medio de palabras, no tiene nada que ver con la pintura» (1).

En efecto, esta posible versión al lenguaje hablado indicaría que tal obra de arte no es toda ella lenguaje, en todo su ser, sino mero signo de algo perfectamente expresable en palabras. Toda auténtica obra de arte es intraducible e irrepetible, porque aquello que en ella se expresa informa internamente y transfigura los medios expresivos en los cuales se expresa y toma cuerpo.

Una cosa es, pues, hablar y otra crear obras de arte. Pero éstas, en su más pura esencia, son formas diversas de lenguaje, al serlo de expresión. Por eso es el arte un lenguaje cargado de silencio, por ser una forma de atención sinóptica a lo profundo. El arte es palabra que expresa la riqueza de los seres profundos, vistos en contemplación silenciosa. Cuando se requiere silencio para hacerse cargo de una determinada realidad, es que está en juego algo profundo y complejo que debe ser captado en bloque, sin prenderse en la malla de los detalles a los que se aferran las palabras superficiales de lo que suele llamarse "cháchara" y que Heidegger anatematiza bajo el nombre de "Gerede". La comunicación que es apertura en común al mundo siempre expresivo de lo profundo lleva al hombre a la autenticidad del silencio contemplativo, en el que nos abrimos al sentido de las realidades valiosas. Por el contrario, la comunicación que no es sino un dejarse mecer pasivo por un oleaje de palabras que apenas rozan la superficie del alma ‒por faltarles la consagración del compromiso y la penetración de la mirada silenciosa y global‒ no hace sino dispersar al hombre y alienarlo (2).

De ahí el poder sugestivo de las obras de arte que remiten a mundos de realidades profundas, valiosas, que sólo se revelan a través de una experiencia rigurosamente personal, no traducible exhaustivamente en palabras. La descripción de una obra de arte sólo sirve para poner al lector en presencia de realidades que se dan en persona a quien sabe contemplarlas. Todas las formas superiores de experiencia humana se resisten a modos de transmisión impersonales, universalmente perceptibles, como son aquellos que se refieren a realidades superficiales.

En este sentido preciso y hondo se puede decir, con Luigi Stefanini, que «todas las artes, no sólo la poesía, son palabra» (3), por tratarse de la revelación libre de algo que, no siendo sensible, se expresa en los elementos sensoriales a los que transfigura con su presencia. El sonido es elevado en la palabra humana y en la obra musical, el mármol en la estatua, los colores en el lienzo. Esta redención de los elementos expresivos de la opacidad muda de la materia en el seno de un proceso expresivo y por virtud de la fuerza de transfiguración de las realidades suprasensibles es una de las fuentes perennes da la belleza artística.

Contra toda forma de intelectualismo estético, hay que subrayar que no es la mera creación de formas y la expresión de contenidos espirituales el objeto y la meta de las obras de arte. También la llamada materia debe jugar aquí, por derecho propio, un papel decisivo (4). Pero sin desvincularse del aludido proceso expresivo, en el cual lo que se expresa toma cuerpo y los medios expresivos se liberan de la dispersa multiplicidad de lo amorfo para ganar la unidad ‒y, con ello, la luz‒ de aquello que supera el modo de ser de lo meramente físico (5).

Nunca se meditará lo suficiente el hecho de que el lenguaje existe porque el pensamiento es ya de por sí palabra, es decir, autorrevelación de la persona, y, porque, mucho más allá, el ser es ya ‒en su más originaria fuente‒ autoexpresión, es decir palabra. Cada ser dotado de profundidad nace con un nombre propio, y su vida es la autorrevelación del mismo. Uno de los más destacados precursores de la filosofía actual del lenguaje, Wilhelm von Humboldt, escribió hace años esta observación certera:

«Cuando en el ánimo brota el sentimiento de que la lengua no es sólo un medio de intercambio para entenderse recíprocamente, sino que es un mundo verdadero que el espíritu debe poner entre él y los objetos en virtud del esfuerzo de su energía interna, entonces el ánimo está en vías de hallar en la lengua y depositar en ella fuerzas siempre nuevas» (6).


La palabra como autoexpresión

El lenguaje debe ser considerado como una forma de autoexpresión en grado de madurez. Vistos los fenómenos de expresión de modo sinóptico, se advierte que el lenguaje humano es un medio tan vivaz, lábil y elegante por ser el medio expresivo por excelencia de un ser muy profundo y libre: el hombre. Sólo al considerar lo profundo, se hace comprensible lo superficial en que se expresa debido a la prodigiosa dialéctica existente entre lo expresante y el medio expresivo, que, lejos de ser un mero continente rígido de una significación ajena, es constituido por ésta en su especifica unidad, al hilo del proceso expresivo (7).

De ahí que la transparencia y finura ontológica del medio expresivo se halle en proporción directa con la densidad entitativa del elemento expresante. La libertad eminente de éste se revela en la levedad del medio expresivo, que se reduce prodigiosamente a un lábil punto de apoyo de la realidad expresante. La materia objetiva se adelgaza en un maravilloso proceso de transfiguración ante la fuerza luminosa que irradia lo profundo.

La movilidad y aparente artificiosidad del lenguaje es signo de máxima riqueza expresiva, por serlo de libertad, ya que una forma de expresión que, además de verdadera, pueda ser veraz constituye la manifestación más perfecta de un proceso expresivo (8). Un ser que se expresa al vivir, al distenderse en el espacio y en el tiempo, al revelarse a través de toda su existencia, se da a conocer necesariamente; se halla por fuerza expuesto, y su intimidad es, consiguientemente, precaria. E1 ser, por el contrario, que crea una expresión libre a través del lenguaje manifiesta tener a resguardo su intimidad. A mayor intimidad o profundidad ontológica, más alto grado de libertad expresiva: he aquí la primera de las grandes leyes que rigen el fenómeno de la autorrevelación humana.

Por eso es el lenguaje un fenómeno que permite establecer una neta distinción ‒que no escisión‒ entre el elemento expresante y el medio expresivo. Artista se llama al hombre que sabe leer fenómenos de expresión y plasmarlos en un medio objetivo expresivo, confiriéndoles independencia respecto al ser expresante. El lenguaje es, por tanto, de por sí una obra de arte, un proceso expresivo, complejo y simple a la par, que entusiasma a los filólogos. Ello explica que el lenguaje, como la obra de arte, no renuncie nunca a lo sensible por fidelidad a sus valores expresivos ‒que no deben reducirse en modo alguno a meramente significativos de un contenido trascendente‒ y, no obstante esta atenencia a los medios sensibles expresivos, supere ampliamente la rigidez de la expresión natural. Las obras de arte más valiosas son las que glorifican lo sensible poniéndolo al servicio de elevados contenidos de expresión.

Recordemos, al respecto, que grandes artistas como Bach, Mozart y Beethoven fueron simplificando los elementos materiales a favor de una mayor intensidad expresiva a medida que se acercaban a la madurez artística. ¿Estamos ante un signo de cansancio vital, o sucede, más bien, que, en el crisol de la madurez, la personalidad del hombre logra una creciente facilidad para captar lo profundo en los medios expresivos sensibles? ¿No será, tal vez, que bajo la inspiración de un genio en su momento de plenitud adquiere lo sensible un índice mayor de saturación de sentido que le permite albergar mundos más amplios de contenidos expresivos?

La capacidad de expresión libre que tiene el hombre mediante la palabra nos enfrenta con el complejo fenómeno de la originariedad y carácter personal del lenguaje. Excepto los grandes creadores de modos de expresión correspondientes a mundos inéditos de contenido ‒como son los poetas y los grandes filósofos‒, apenas se halla quien hable de modo rigurosamente personal, creando cada palabra al encarnar en ella una significación. Cuando en la mente de un hombre pugna un determinado contenido personalmente vivido por expresarse y halla eco en una palabra, ésta trasmite dicho contenido no de modo mecánico, fatalista y muerto, sino vivo, porque su fuerza expresiva es fruto de un proceso de encarnación, fenómeno “analéctico” que transfigura lo material expresivo al integrarlo en el ámbito de influencia de un elemento expresante situado en un plano superior (9).

El artista encuentra en su entorno una técnica y un estilo determinados, pero sus medios personales de expresión los crea él en una tensa libertad creativa. Asimismo, si el que utiliza el lenguaje para expresarse posee riqueza de vida interior, los elementos lingüísticos recibidos de la tradición son transfigurados por la fuerza creativa de quien se expresa.

Un somero análisis del fenómeno del lenguaje nos revela en éste la existencia de dos planos distintos, pero jerárquicamente vinculados. Al emitir, de forma discursiva, diversos sonidos expresivos, el hombre revela significaciones que trascienden el tiempo meramente puntual. Por eso perduran después de ahogarse el eco de las palabras que las expresaron en un momento dado.

La expresión como objetivación

Ávido de concreción, el hombre se siente incómodo, en una especie de situación penúltima, mientras no logra dar cuerpo a sus ideas y sentimientos. Un mundo tan rico como fluido e impreciso flota en su interior, y el espíritu lucha por hallar la palabra adecuada, la frase debida, la imagen certera que encarnen cada aspecto de ese universo multicolor y vario. Realizado esto, una impresión reconfortante de hacer pie sosiega el ánimo del escritor y del artista, pero esta paz inicial se trueca bien pronto en inquietud al advertir la desproporción que media entre la riqueza del mundo interior, cuajado de múltiples posibilidades, y la realidad escueta y acotada que está ante sus ojos, objetivada e independiente. Toda objetivación es un acto de decisión y, como tal, una severa renuncia.

De ahí la profunda desazón de los grandes espíritus ante sus obras más logradas. Pues el sujeto creador se ve forzado a renunciar no sólo a las infinitas posibilidades que quedan al margen, sino incluso a la propia autonomía y poder de decisión respecto a su obra, que va ganando independencia a medida que toma cuerpo y las ideas van encarnándose en los medios sensibles en que se expresan. A la par que medio de expresión, lo sensible-objetivo es un velo más o menos opaco que cubre la verdadera faz de lo metasensible-superobjetivo que en él se revela. La calidad de los grandes modeladores de la palabra y la materia sensible se manifiesta precisamente en su poder de transfigurar los medios expresivos y reducirlos a una lámina muy fina que se reduce a un mero apoyo de la luz que irradia la realidad expresante. La materia bien trabajada es toda ella expresión, como el cristal puro es todo luz cuando no opone resistencia a los rayos del sol.

En esta condición bipolar del lenguaje se funda la posibilidad de su degeneración formalista. La gran tentación del hombre consiste en fijar la atención en lo que impresiona su sensibilidad por ofrecer contornos suficientemente precisos para ser asible. De ahí el peligro de reducir el lenguaje a la condición de medio transmisor de contenidos objetivos delimitados, y privarlo, así, de su constitutiva e inalienable flexibilidad (10).

La tarea primaria del hombre debe consistir, pues, en lograr un lenguaje viviente, es decir, integral y analéctico. Empeño difícil, por cuanto el espíritu humano, nacido para desplegarse en clima de realidades profundas superobjetivas, debe apoyarse ineludiblemente en el poder expresivo de los seres objetivos, necesidad que orla de prestigio el ámbito de lo sensible por la tendencia humana a considerar lo indispensable como primordial. De aquí se deriva que la vida humana es auténtica cuando, sin abandonar lo sensible, capta lo suprasensible que en él se expresa. Esa forma de captación la expreso con el adjetivo analéctica.

Esta capacidad de penetración analéctica en el mundo de las ideas y los sentimientos más hondos resalta en el lenguaje y en la interpretación inteligente de las obras de arte. Atender a alguien que habla no significa sólo movilizar los medios necesarios para oír los sonidos emitidos, sino escuchar, es decir, tensionar el espíritu y poner en juego la capacidad de recepción en dos niveles: el objetivo y el superobjetivo, el plano de los sonidos que se dan de modo puntual discursivo a lo largo de una línea horizontal y el plano de las significaciones, que forma un ámbito en el que rigen formas superiores de espacialidad y temporalidad.


Interpretar fielmente una obra musical es saturar de sentido cada uno de sus elementos objetivos expresivos hasta el punto de que éstos se autodesplacen de la atención para que resalten los contenidos expresados en ellos. El arte de leer una partitura consiste en situarse, al hacerlo, en el mundo superior de las formas musicales. El intérprete que se prende en los medios expresivos queda sometido a la marcha puntual del tiempo empírico del metrónomo y causa una penosa sensación de premiosidad, ya que incluso el tempo parece más lento. El artista que, mediante una fidelidad perfecta a los medios expresivos, los transfigura al saturarlos de sentido se eleva a un nivel de dominio ‒o mejor: soberanía‒ sobre el tiempo empírico, y este poder se traduce en facilidad, levedad y gracia, cualidades que no sólo combaten el aburrimiento por parte del espectador, sino que son fuente inagotable de profundas emociones. Aunque el tiempo del metrónomo sea más lento, la interpretación produce en este caso una impresión de mayor agilidad, como fue comprobado experimentalmente. No olvidemos que el tempo que imprime el intérprete a una obra musical lo decide él en diálogo con ésta, o ‒si se quiere‒ lo crea dialógicamente. El tempo musical no se reduce al tiempo marcado por el metrónomo.

El lenguaje funda relaciones de diálogo

La libertad del fenómeno del lenguaje muestra todavía una dimensión más amplia merced a su capacidad de fundar ámbitos de presencia dialógica. No sólo expresa el hombre su interioridad libremente y de modo cambiante y en extremo flexible a través del ámbito acotado de su propio cuerpo, sino que, al hacerlo y por la fuerza creativa de su espíritu, funda un ámbito ontológico nuevo: la relación dialógica con los demás. Al revelarse, la intimidad del hombre no se pierde; se gana en el ámbito de intersubjetividad en que surge una relación de cercanía y distancia a la par, es decir de presencia. El lenguaje es indispensable para el encuentro del yo y el tú. Pero su colaboración ha de ser entendida de forma analéctica, pues el lenguaje no es presupuesto del encuentro ni consecuencia del mismo, sino la puesta en acto de este complejo fenómeno, que se da siempre en dos niveles, como todo lo auténticamente humano. Lo vio de modo admirable hace medio siglo el gran precursor de la mejor Antropología actual, Ferdinand Ebner (11).

La palabra remite a un horizonte de sentido mucho más amplio de lo que tal vez sospecha quien la pronuncia. La palabra instala al hombre en un ámbito interrelacional que lo plenifica e ilumina. La palabra es la manifestación sencilla y clara de un acontecimiento poderoso y enigmático: la fuerza de gravitación que vincula a los seres personales entre sí para dar lugar a nuevas entidades relacionales. Al subrayar Ebner que «el mundo existe para el hombre en la palabra, no en la soledad egoica de la conciencia humana […], sino en la “relación del yo al tú” […], cuyo vehículo objetivo es la expresión», quiere indicar que el mundo surge como tal cuando, en la interacción de dos intimidades, se crean ámbitos de convivencia dialógica. Si una idea se vincula a una palabra, se pone en verdad, entra en la plenitud de sus implicaciones, en el ámbito de sentido que abre todo acto humano de conocimiento cuando es fruto de una voluntad de apertura y colaboración. Expresar un pensamiento a través de la palabra no es por tanto alienarlo, sino entrañarlo en el clima fecundante de una comunidad espiritual que debe cuidarse de nutrirlo y desarrollarlo.

La verdad del hombre, como revelación veraz de su interioridad, se da sobre todo en los acontecimientos de encuentro, en los que entran en relación de presencia seres dotados de intimidad. El yo de cada hombre es una realidad abierta, no está cercado por límites rígidos; y se abre a los demás con intención de crear ámbitos de interrelación, regidos por el esquema "apelación-respuesta".

La revelación de la intimidad personal se realiza a través del diálogo, en el cual se conoce lo que aquélla es no sólo por lo que voluntariamente expresa, sino por la reacción de los demás ante este fenómeno expresivo. La unidad del hombre y, correlativamente, la verdad de su expresión se da en el diálogo intersubjetivo. Como todas las realidades profundas, el lenguaje no se da en el nivel 1 ‒el de la posesión y manejo de objetos‒, sino en el nivel 2, el de la creatividad y el encuentro, acontecimiento que supone una actitud mutua de admiración, acogida y reconocimiento (12).

El arte como diálogo

Estas consideraciones antropológicas, necesariamente fragmentarias, acerca de la vertiente expresiva del lenguaje nos ponen en disposición de adivinar el largo alcance humanista de las exposiciones, que, lejos de implicar una alienación profanadora del arte, significan su más perfecto logro.

La obra de arte se revela, a un tiempo, como algo dotado de personalidad y como dependiente de su creador. «El artista ‒decía Gustavo Flaubert‒ es, en su obra, como Dios en su creación: se lo siente en todas partes y no se lo ve en ningún lugar». El Arte debe su virtud catártica a la doble condición de su principio informante, que es, a la vez, presente y trascendente a cada obra artística. La obra de arte existe como tal merced a un principio de vida que en ella alienta y que pertenece al nivel de lo profundo-valioso. Pero en este nivel sólo pueden moverse los seres que poseen este voltaje o tensión vital que llamamos vida en el espíritu. Las más bellas formas se diluirían en un polvo atómico de impresiones sensibles si no estuvieran sostenidas por la fuerza de cohesión que significa la presencia del espíritu creativo (13).

Hasta tal punto es esto así, que la obra de arte, una vez separada de su artífice, se reduciría a una mera cosa física sin relevancia alguna si no fuese asumida por un espíritu capaz de infundirle un hálito de vida. Todas las artes necesitan, como la música, un intérprete que las ponga en acto. Silvio D'Amico ha llamado la atención sobre la importancia de “la cuarta pared” de la escena, la que está abierta hacia e1 público, colaborador principal de la obra. Los trágicos griegos adivinaron este complejo de ideas al dar voz al pueblo en el canto del "coro".

«Todas las artes ‒afirma Luigi Stefanini‒ son una escena con una pared abierta sobre el autor, o sobre el lector, o sobre el intérprete, o sobre el crítico […]. Incluso la belleza de Asís está pendiente de quien interpreta esta ciudad. Las piedras agrupadas en una hora de intenso fervor caerían en la banalidad si no volviésemos a encender en ellas la luz que las iluminó en un principio. Cuanto más se avive en nuestro ánimo la caridad, la humanidad, la pobreza de San Francisco, tanto más en disposición estaremos de entonar a través de estas pobres cosas el himno de la perfecta alegría cristiana» (14).

La obra de arte no existe sino en acto (Paul Valéry), y el acto es su apertura a todo espíritu capaz de alcanzar la tensión espiritual que el diálogo artístico implica. De ahí el ambiente de expectación y gozo profundo que acompaña a toda forma de exposición en que se alumbra una obra de arte hasta entonces desconocida. Recuérdese, por ejemplo, el reestreno de la Pasión según San Mateo de Bach, "descubierta" por Félix Mendelsohn después de un largo período de práctico desconocimiento de la misma provocado por un defecto de comprensión.

Si el arte es una expresión y comunicación interpersonal merced a la fuerza expresiva de lo valioso, el máximo gozo estético se da necesariamente en la captación comunitaria del arte.

«No hay placer más grande, escribe Etienne Gilson, que compartir el privilegio de la experiencia estética con otros. Admirada en común, la belleza llega a la plenitud de su vocación que es, por participar de la naturaleza del bien, difundirse y comunicarse en virtud de una innata generosidad» (15).

NOTAS

(1) Apud Etienne Gilson: Pintura y realidad (Aguilar, Madrid 1961) 177.
(2) Sobre la importancia del silencio, entendido en el sentido positivo que adquiere en el nivel 2, puede verse mi obra La ética o es transfiguración o no es nada, o.c., 141ss, 153ss, 176.
(3) Cf. Personalismo filosófico (Morcellliana, Brescia 1960) 79.
(4) Sobre el papel de la materia en la obra de arte son interesantes los puntos de vista expresados por el artista esloveno Iván Rupnik en la obra La Capilla “Redemptoris mater” del Papa Juan Pablo II (Monte Carmelo, Burgos 2002) 179-180. Este texto fue citado en el capítulo La belleza y su poder transfigurador.
(5) De este poder que lo expresante tiene sobre los elementos expresivos se deriva la libertad interna de todo gran estilista frente a los problemas planteados por los medios de expresión. Buscar la originalidad en la mera ruptura de los métodos consagrados puede ser, por tanto, signo inequívoco de debilidad creativa, es decir, de espíritu decadente.
(6) Apud Luigi Stefanini: Trattato di Estética (Morcelliana, Brescia 1960) 79.
(7) Cf. Hans Urs von Balthasar: Wahrheit (Benziger, Einsiedeln 1947). Versión española: La esencia de la verdad (Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1955). Reedición, en 1997, con el título Verdad del mundo, dentro de la trilogía que, con el título Teológica, abarca ‒además de este volumen‒ los dos siguientes: Verdad de Dios y El espíritu de la verdad (Encuentro, Madrid 1997).
(8) Cf. Wahrheit, o.c., 176.
(9) Considero como “analéctica” la relación entre dos realidades de distinto rango que se enriquecen mutuamente.
(10) Es mérito de August Brunner haber hecho notar, con precisión admirable en temas tan ambiguos, que este riesgo de objetivización (Verdinglichung) de la vertiente superobjetiva del lenguaje se debe radicalmente a la difracción operada en el proceso cognoscitivo por la mediación del cuerpo. Cf. La personne incarnée (Beauschesne, Paris, 1947).
(11) Una exposición amplia de este fértil tema se halla en mis obras El poder del diálogo y del encuentro (BAC, Madrid 1997) 3-91; Cuatro personalistas en busca de sentido (Rialp, Madrid 2009) 55-89.
(12) Actualmente concedo suma importancia en el estudio del desarrollo personal del hombre a los ocho niveles de realidad y de conducta en que puede vivir. Una amplia descripción de los mismos puede verse en mis obras Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao 22011) 93-133; La ética o es transfiguración o no es nada (BAC, Madrid, 2014) 485-569.
(13) Sobre este sugestivo tema puede verse mi obra La ética o es transfiguración o no es nada, o.c., 325-357.
(14) Cf. Personalismo filosófico, o.c., 175.
(15) Cf. Pintura y realidad (Aguilar, Madrid 1961) 178.
| Alfonso López Quintás
| 24/02/2017