Método segundo

SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR, de Miguel de Unamuno (1864-1936)

Redactado por Alfonso López Quintás el 07/12/2013 a las 12:29

Quiero terminar este Segundo Método acerca del poder formativo de la obra literaria con el análisis de una obra señera de Miguel de Unamuno que no siempre fue, a mi entender, debidamente interpretada y valorada.


1. Argumento de la obra

En Valverde de Lucerna, aldea situada entre una montaña ‒a menudo nevada‒ y un lago, se afana por sus feligreses un párroco, don Manuel, que comparte toda su vida con el pueblo, excepto –a su entender‒ en un punto: la creencia en la vida del más allá. Al recitar el Credo en la iglesia junto a sus feligreses, la voz potente del párroco enmudece al llegar al versículo: «Creo en la resurrección de los muertos y la vida perdurable». El pueblo, desconocedor de esta circunstancia ‒que don Manuel oculta para no perturbar la serenidad de la vida de fe de sus feligreses y no hacer imposible su felicidad‒, acoge a su párroco en el seno de su ámbito de fe. La portavoz consciente de esta actitud de acogimiento es Ángela, la «mensajera de la buena nueva», una joven medianamente instruida, que, al llegar del internado, pronto adivina la zozobra interior del párroco. Éste le confía su delicado secreto y le ruega que lo «absuelva», es decir, lo admita en la comunión de fe que ella representa.

Lázaro, el hermano de Ángela, librepensador prepotente que llega al pueblo desde la progresiva América con espíritu crítico frente a la sencilla religiosidad de las gentes, acaba rindiéndose al poder de convicción que posee la actitud generosa del párroco hacia sus feligreses, y decide participar en la comunión eucarística ‒símbolo de la participación en la fe‒, a pesar de su íntimo convencimiento de no poder creer. Su afán es continuar la obra de don Manuel, una vez desaparecido éste, y hacer que perdure una parte de su ser.

El párroco fallece a una con Blasillo el bobo, el que había repetido como un eco por el pueblo el grito de Jesús «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», que don Manuel proclamaba el día de Viernes Santo con un acento peculiar, sorprendentemente emotivo. Lázaro, que se siente «resucitado» por don Manuel a una vida nueva, recoge la antorcha de éste ante el pueblo. Desaparecido Lázaro, será Ángela quien se esfuerce en seguir fundando con el pueblo formas acendradas de unidad. Al ver en conjunto la vida de su hermano y de su párroco, estima que «Dios Nuestro Señor, no sé por qué sagrados y escudriñadores designios, les hizo creerse incrédulos», «y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venta» (1).

2. Tema de la obra

El tema básico presenta dos aspectos complementarios:

1. ¿Hay que decir siempre la verdad aun a costa de la felicidad? En El pato salvaje, Henri Ibsen nos muestra a un matrimonio joven que se siente feliz con su hija. Alguien sabe que la pequeña no es hija del esposo sino del jefe de la esposa, y decide hacérselo saber. Cuando se le indica que esto supondrá la desdicha de ambos jóvenes, rearguye diciendo que éstos deben montar su felicidad futura sobre la verdad, no sobre la mentira. Con un argumento muy distinto, Unamuno aborda este mismo tema y le da una solución diferente. Decir la verdad es necesario como norma general. Pero las normas generales deben ser aplicadas de modo prudente, sabiendo esperar, confiando en que «el corazón tiene razones que la razón no conoce» (Pascal). Un guía que pierde el camino en la hosquedad del desierto puede no revelarlo de momento a los caminantes para no entregarlos a un desánimo que sería suicida, y continuar la marcha en la confianza de que «todo sendero lleva a alguna parte» (Unamuno) y siempre es posible encontrar una ruta certera.

2. La fe religiosa ¿es una mera cuestión de asentimiento intelectual o implica una adhesión personal? Si se piensa lo primero, es posible que alguien estime que no cree porque su entendimiento, tal vez por impericia o por la fuerza de ciertos malentendidos, no encuentra razones decisivas para dar su asentimiento a algunas verdades o dogmas, pero se halle inmerso en una comunidad de fe pues vive vinculado a los demás y a Dios conforme al precepto evangélico del amor y la unidad.

3. Contextualización

Unamuno vivió hondamente preocupado por el problema de la pervivencia propia. El mero pensamiento de que algún día habría de perecer y pasar a la nada le producía escalofrío, pues, si la muerte supone la aniquilación absoluta de la persona, la vida humana carece de sentido. En una noche de insomnio se puso a imaginar que regresaba hacia la niñez, que volvía al seno materno, que pasaba en él nueve meses..., y, al llegar a este punto, se estremeció en tal forma que su mujer se despertó y le dijo sobresaltada: «¡Hijo mío! ¿te pasa algo?».

«Quedémonos ahora -escribe Unamuno- en esta vehemente sospecha de que el ansia de no morir, el hambre de inmortalidad personal, el conato con que tendemos a persistir indefinidamente en nuestro ser propio (...), eso es la base efectiva de todo conocer y el íntimo punto de partida personal de toda filosofía humana, fraguada por un hombre y para hombres (...), y este punto de partida personal y afectivo de toda filosofía y de toda religión es el sentimiento trágico de la vida» (2).

Esta necesidad de asegurar la inmortalidad insta a Unamuno a buscar en los libros y en los hijos una especie de prolongación de la propia vida. Pero no tarda en comprender que esta forma de pervivencia es precaria. Los libros se olvidan, los hijos perecen, la memoria de los descendientes se difumina... Sólo un ser que sea Infinito puede garantizar de forma eficaz la inmortalidad del hombre. De ahí su ansia febril de asegurar la existencia de Dios y dar un fundamento sólido a su fe. De joven, en Bilbao, había vivido con bastante intensidad la piedad religiosa. Asistía a retiros espirituales y gustaba de quedarse a solas en la iglesia, meditando, al tiempo que oía a lo lejos el sonido pastoso del armonio. Pero, al iniciar los estudios filosóficos en Madrid, sintió que su fe religiosa se desvanecía. La vida intelectual ‒entendida, al modo de la época, como un ejercicio de análisis, desmenuzamiento lógico, categorización... ‒, no era capaz de llegar de modo convincente a demostrar la existencia de Dios.

«Es una cosa terrible la inteligencia –escribe-. Tiende a la muerte, como a la estabilidad la memoria. Lo vivo, lo que es absolutamente inestable, lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible. (...) Para comprender algo hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente» (3).

Pero tampoco nos convence y da seguridad de que Dios existe el sentimiento, esa sensación íntima y acogedora de que lo religioso nos envuelve y ampara. El sentimiento es incapaz de dar razones y ofrecer un conocimiento demostrativo sólido de aquello que lo hace vibrar.

Unamuno se vio incapaz de asentar sobre bases firmes la idea de que existe lo que necesitaba vitalmente: el Ser Infinito. En esta situación desesperada, pudo instalarse en el agnosticismo, la convicción de que el hombre, con sus potencias intelectuales y sentimentales, no puede acceder a Dios, de modo que la actitud más seria y digna es abstenerse de toda afirmación o negación respecto a su existencia. Pero, debido a las razones vitales antedichas, no podía resignarse a ese estado de oscuridad e indecisión. Por imperativo no lógico sino vital, necesitaba a Dios como garante de su inmortalidad. La vida humana necesita creer; por eso Unamuno quiere creer y se decide a afirmar, desde el fondo de la existencial personal, la existencia de Dios.

Pero, inmediatamente, la razón le reprocha esa arbitrariedad y le conmina a renunciar a toda afirmación que exceda las facultades humanas de conocer. La voluntad rearguye que no se trata de una cuestión intelectual sino vital, y que, por así decir, la sed prueba la existencia de la fuente. Esta vibrante decisión de la voluntad a favor de la existencia de Dios instaba a Unamuno a quedarse en la posición «fideísta», intelectualmente ciega, y buscar en ella su amparo espiritual. Pero no estaba dispuesto a acallar la voz de su inteligencia, y optó por la solución más difícil, la de acoger en su interior esas dos fuerzas encontradas: el entendimiento y la voluntad. Ese enfrentamiento constante entre dos instancias supuestamente inconciliables da lugar al «agonismo», la lucha espiritual por superar la inquietud básica de un ser nacido para la muerte pero ansioso de inmortalidad.

«Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana –escribe- halla confirmación racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a ésta. Mas he aquí que en el fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo racional frente a frente, y se abrazan como hermanos (...). La paz entre estas dos potencias (la razón y el sentimiento) se hace imposible, y hay que vivir de su guerra. Y hacer de ésta, de la guerra misma, condición de nuestra vida espiritual» (4).

En el Diario íntimo (5), obra que recoge las reflexiones ‒no destinadas a la publicación‒ que le sugirió su conmoción religiosa de 1897, Unamuno intuye que, cuando se trata de conocer realidades o acontecimientos de alto valor, como es la vida personal ‒sobre todo en su manifestación religiosa‒, hay que vincular el conocimiento con el amor, el compromiso, la creatividad..., todo lo que implica el encuentro, entendido de modo cabal. Unamuno fue entreviendo un día y otro, a lo largo del Diario íntimo, que es posible superar la actitud «agónica» ante el problema de Dios si se cumplen las condiciones del encuentro interpersonal.

En 1930, Unamuno expresa esta esperanza en las páginas de una novela, San Manuel Bueno mártir, que es en todo rigor una fuente de conocimiento. Podía haberlo hecho en un ensayo, al modo de La agonía del Cristianismo o Del sentimiento trágico de la vida. Pero prefirió el clima sugestivo y ambiguo de la obra literaria. Tal vez, el estado embrionario de su intuición le llevó a acogerse a este medio y dejar sus ideas en un estado de suspensión y ambigüedad. Es tarea de los intérpretes poner de manifiesto la intención de largo alcance que tuvo el autor al escribir esta breve obra, en la que quiso expresar, según propio testimonio, una experiencia interior especialmente dramática.

Ciertamente, las obras literarias deben ser interpretadas desde ellas mismas, a la luz que desprenden, pues todo campo de juego es un campo de iluminación. Tal interpretación implica rehacer las experiencias básicas de la obra. Las de San Manuel Bueno, mártir figuran en el Diario íntimo en estado de esbozo, apenas insinuadas pero intensamente vividas. Leer a fondo las páginas de este librito supone la mejor preparación para re-crear debidamente aquella obra. En ésta, el lector atento se siente apelado a reconsiderar las relaciones entre conocimiento y adhesión personal, fe y amor, felicidad y verdad... Sólo si responde a tal llamada, haciendo la experiencia profunda de esa múltiple interrelación, puede leer la obra entre líneas y descubrir el sentido de lo que en ella se sugiere. Para Unamuno, «la novela es la más íntima historia, la más verdadera». Es la «intrahistoria» de los ámbitos de realidad que el hombre va creando en vinculación al entorno a medida que desarrolla su personalidad. Unamuno describe con suma parquedad tales ámbitos, los sugiere al lector, a fin de adentrarlo en su trama y comprometerlo en el riesgo del juego existencial. Ello explica que, al final de la obra, pueda escribir esta frase enigmática: «Bien sé que en lo que pasa en este relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda» (p. 82).

Unamuno revitalizó un argumento tejido por otros autores ‒entre ellos, su admirado Juan Jacobo Rousseau‒ y lo reelabora con el fin de plasmar en él su «sentimiento trágico de la vida cotidiana», según confiesa en cartas particulares y en el prólogo a la edición de 1933. Según veremos, ese sentimiento cobrará al final de la obra una coloración optimista.

4. Trama de ámbitos que teje la obra

La experiencia de la unidad y la experiencia de la fe

La primera gran experiencia que nos sugiere el texto es la de la unidad, una unidad de entrelazamiento de ámbitos de vida que potencia a quienes se unen y les confiere sentido. La relatora, Ángela Carballino, comienza su descripción presentándonos, aureolada de fama de santidad, la figura del párroco don Manuel, «varón matriarcal» que llenó toda la más entrañada vida de su alma y a quien «todo el pueblo adoraba» y, de modo singular, su madre. Don Manuel estaba tan unido con el paisaje y con el pueblo que Ángela lo describe físicamente con símiles tomados de la naturaleza en torno y lo muestra espiritualmente trasfundido en el alma del pueblo.

«Era alto, delgado, erguido, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta, y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago». «Se llevaba las miradas de todos y, tras ellas, los corazones, y él, al mirarnos, parecía, traspasando la carne como un cristal, mirarnos el corazón. Todos le queríamos, sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas, no palabras. Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentía lleno y embriagado de su aroma» (8).

Los términos «varón» y «matriarcal» constituyen en Unamuno un contraste, no una contradicción, pues expresan vertientes complementarias del ser humano: la que fecunda y la que engendra mediante una actitud acogedora. Don Manuel era, en el pueblo, el impulso y el amparo. Merced a su vida de entrega y amor a los demás ‒entre los que sólo distinguía a los más desgraciados y díscolos‒, polarizó en forma tal a los feligreses en torno a su persona que, cuando Ángela volvió del colegio a los quince años, advirtió que toda la parroquia «era don Manuel», «don Manuel con el lago y la montaña» (p. 12). No es extraño que también ella se manifestase ansiosa de conocerle, de ponerse bajo su protección para que le marcase el sendero de su vida (12).

Debido a esta capacidad de convocatoria de don Manuel, todo el pueblo acudía a misa y, en perfecta unidad con el párroco y bajo su guía, solía recitar el Credo al unísono, con una voz simple y aunada, que se elevaba como una montaña, cuya cumbre, perdida a veces en las nubes, era don Manuel. La nube que velaba la figura del párroco era el enigma que nos revela desde el comienzo Ángela. Al llegar al versículo «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable», «la voz de don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba» (p. 18). Pero este silencio de don Manuel no era pasivo, sino dramáticamente activo. En ese momento hacía un acto de comunión con la fe del pueblo, con el que se sentía hermanado en una verdadera «comunión de vivos y muertos». Para don Manuel, el pueblo era el depositario fiel de la fe de los mayores, cuyo espíritu pervive en las generaciones que va engendrando espiritualmente. Por eso, al observar cómo don Manuel se inmergía en el ámbito espiritual del pueblo, es decir, en su campo de juego espiritual, Ángela «oía las campanas de la villa sumergida; la villa que se dice aquí que está sumergida en el lecho del lago [...], y eran las de la villa sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo; oía la voz de nuestras muertos que en nosotros resucitaban en la comunión de los santos» (p. 18).

Interpretado el silencio de don Manuel de esta forma ambital y lúdica, tiene plena coherencia la comparación que establece Ángela seguidamente.

«Después, al llegar a conocer el secreto de nuestro santo (6), he comprendido que era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el caudillo al acercarse al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida en la tierra de promisión» (p. 18).

Esta bella imagen la había anticipado Unamuno en un artículo periodístico publicado en 1908: «El guía que perdió el camino».

«Si el guía de una caravana ha perdido el camino y sabe que, al saberlo, se dejarán morir los caminantes de aquella, ¿le es lícito declararlo? ¿No debe, más bien, seguir adelante, puesto que todo sendero lleva a alguna parte?».

Don Manuel seguía adelante, aun después de cobrar conciencia de que había perdido la meta del caminar, y en esto consistía su desgarramiento interior, su sentimiento de soledad y abandono. Con tal energía hacía propio el grito de Jesús «¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!» que, un Viernes Santo, la madre de don Manuel, al oírselo repetir, exclamó conmovida: «¡Hijo mío!». La importancia, para Unamuno, de esta exclamación de Jesús resalta en una meditación del Diario íntimo, en la cual vincula el abandono de Jesús, su lucha por vencer la debilidad humana y la necesidad de entregarse al amor del prójimo.

«Qué hermoso y grande es esto de un Dios luchando con su humanidad, conociendo directa y personalmente su miseria toda, encerrado voluntariamente en la miseria humana y sufriendo sus angustias. ¿Cómo ha podido ocurrírsele esto a los hombres? ¡Qué pasaje ése de la pasión! ¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado! (...). Tenemos que vencer lo humano nuestro para que resucite y viva lo que de divino tenemos (...). Tengo que cultivar los gérmenes de amor al prójimo, mis cariños amistosos, los impulsos que me han llevado a las labores anónimas. Y cuando me haya despojado de mí mismo podré, trabajando para los demás, trabajar para mi salud (...)» (págs. 147-148).

El grito patético de Jesús y de don Manuel fue recogido por Blasillo el bobo, que lo fue repitiendo como un eco por todo el pueblo, llenando a todos de una profunda congoja. La figura penosa de Blasillo viene a ser la plasmación sensible de la vertiente espiritual de don Manuel que el pueblo no veía. El pueblo sólo captaba la figura adorable de don Manuel. Blasillo pone al descubierto, descarnada, la figura dolorida del don Manuel que repite mecánicamente una doctrina aprendida y no creída, que prosigue su labor de guía con decisión, pero sin convicción interna, que siente la humillación de verse sin sentido, incoherente, mero repetidor de frases hechas, como “el tonto del pueblo”, según la desafortunada expresión popular. A este ser humillado, don Manuel lo acaricia más que a los otros desventurados de la parroquia (p. 15), pues, sin duda, constituye para él la suma de todas las desgracias. Cuando don Manuel esté a punto de morir, Blasillo lo tomará de la mano y, al son de las oraciones de los fieles, se irá durmiendo. Al morir don Manuel, Blasillo se dormirá en el Señor para siempre. «Así que ‒comenta Ángela‒ hubo que enterrar dos cuerpos» (p. 68). Blasillo es, más que un personaje, la imagen del párroco que se siente en estado de abandono espiritual, como Jesús en la cruz.

Don Manuel se nos presenta como un párroco profundamente unido a su pueblo, con el que comparte toda su existencia, salvo algún punto de la fe. Esta necesidad de reservarse en lo tocante a cuestiones decisivas de la vida humana resulta extraordinariamente penoso a todo espíritu sensible a la amistad. Don Manuel está inmerso en el pueblo, pero no entrevera del todo con él su ámbito religioso. El pueblo, sin embargo, lo acoge en el suyo, lo instala en su campo de luz.


La unión de Don Manuel con su pueblo

Tenemos ya centrado el drama de la existencia de don Manuel. Para profundizar en él debemos responder a dos preguntas: ¿Con qué tipo de unidad está unido don Manuel a sus feligreses? ¿Cuál es la verdadera finalidad de tal unión?

1. Ángela se percató pronto de que don Manuel se entregaba sin pausa a la acción para no quedarse a solas con algún pensamiento que le perseguía. Parecía querer huir de sí mismo, de su soledad. «Le temo a la soledad», solía repetir (p. 26). «La soledad me mataría el alma (...). Yo no debo vivir solo; yo no debo morir solo. Debo vivir para mi pueblo, morir para mi pueblo. ¿Cómo voy a salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?» (p.27).

Cuando Ángela le recuerda que ha habido santos ermitaños solitarios, don Manuel deja caer unas frases un tanto enigmáticas que ‒rectamente entendidas‒ nos facilitan una clave de toda la obra. «Sí, a ellos les dio el Señor la gracia de soledad que a mí me ha negado y tengo que resignarme. Yo no puedo perder a mi pueblo para ganarme el alma. Así me ha hecho Dios. Yo no podría soportar las tentaciones del desierto. Yo no podría llevar solo la cruz del nacimiento» (p. 27).

Este activismo de don Manuel, ¿significa una simple entrega al vértigo de la acción por la acción, o es inspirado e impulsado, más bien, por una voluntad creadora de formas eminentes de unidad? Don Manuel se entrega a los demás para hacerlos felices, pero, ¿con qué tipo de felicidad? ¿Con una felicidad que se deriva de la inconsciencia, del olvido de las cuestiones más inquietantes de la existencia humana? En San Manuel Bueno, mártir parece sugerirse esta idea. En el Diario íntimo, sin embargo, Unamuno subraya que, si el hombre no piensa hasta el fin lo más desazonante, no hará sino soñar la vida, pero no vivirla (7) .

Cuando se vive despierto, asumiendo conscientemente la propia vida y la propia muerte, sin convertir el fenómeno de la muerte en un acontecimiento universal, impersonal, se siente una profunda desazón ante la posibilidad de que nuestra existencia aboque un día fatalmente a la nada absoluta. Unamuno invita con frecuencia, en su Diario íntimo, a los lectores a hacer la experiencia de la aniquilación del propio ser, figurándose con la imaginación que va uno perdiendo los sentidos y la capacidad de recordar, de pensar, de querer... El ansia de eternidad, como queda dicho, constituye la quintaesencia de la personalidad de Unamuno. Cómo conseguir la eternidad fue el eje del drama unamuniano, en su vida personal y en su actividad literaria. Si no se supera la precariedad de la existencia y se consigue la eternidad, la lucha por la felicidad de los otros carece de sentido. «Es inútil darle vueltas; si creemos que volvemos a la nada y que los demás también vuelven a ella, ese pelear por la redención de los demás es una triste tarea» (8).

La entrega a los demás para hacerlos felices constituye un sinsentido si no se evita que estos hombres, cada vez más integrados en una existencia acogedora, permanezcan asediados por la conciencia de la próxima aniquilación. La cuestión de la muerte y el deseo de inmortalidad se vinculan internamente con la necesidad de la fe. Si no se cree en la vida perdurable, el deseo de evitar la caída en el vacío sume al espíritu en una infinita congoja.

Pero este temor al vacío procede de haber adoptado una actitud egoísta, que lleva a polarizarlo todo en torno al propio yo. «Yo era el centro del universo -escribe Unamuno-, y es claro, de aquí ese terror a la muerte. Llegué a persuadirme de que, muerto yo, se acababa el mundo» (9). Para evitar el temor a la muerte, debemos comenzar por adoptar una actitud de apertura, que nos permita, llegado el caso, polarizar toda nuestra existencia en torno al Ser que perdura. «Aprende a vivir en Dios y no temerás la muerte, porque Dios es inmortal» (10).

Estas confesiones de Unamuno nos abren un horizonte de comprensión lo suficientemente amplio para aclarar la segunda de las cuestiones formuladas anteriormente, a saber: la finalidad que persigue don Manuel al unirse íntimamente al pueblo.

2. Unamuno subraya que la meta primordial de don Manuel era conseguir que todos estuviesen contentos de vivir. «El contentamiento de vivir es lo primero de todo» (p. 23). Para don Manuel, alegrar a los demás es tarea propia de santos. Al payaso que había hecho las delicias del pueblo mientras su mujer agonizaba le dice estas palabras:

«El santo eres tú, honrado payaso; te vi trabajar, y comprendí que no sólo lo haces para dar pan a tus hijos, sino también para dar alegría a los de los otros, y yo te digo que tu mujer, la madre de tus hijos, a quien he despedido a Dios mientras trabajabas y alegrabas, descansa en el Señor, y que tú irás a juntarte con ella y a que te paguen riendo los ángeles, a los que haces reír en el cielo de contento» (p. 24).

Esta alegría o contentamiento no se reduce a mero sentimiento individualista de satisfacción. Las notas del Diario íntimo nos permiten precisar de modo radical el sentido que tiene para Unamuno el fomento de la alegría. No se trata de incrementar el gozo de vivir y hacer, así, más intolerable la conciencia de la aniquilación final en la muerte. Lo que en el fondo ansía don Manuel es ser bueno, querer al menos serlo constante y ardiente¬mente. La bondad consiste en entregarse de modo sencillo y humilde a las realidades con las que podemos fundar modos elevados de unidad. La teoría de la creatividad nos enseña que estas formas de unidad constituyen un campo de juego, y éste es un campo de iluminación, pues todo juego se realiza a su propia luz, a la luz que él mismo alumbra. La unidad instaurada por la caridad es fuente de luz y de fe. Fe y comunión de espíritus se implican. A Unamuno le impresionó sobremanera el hecho de que los discípulos de Emaús sólo hayan reconocido a Jesús al partir éste el pan, gesto simbólico que entraña la fundación de un lazo de amistad.

«Fue preciso que partiera el pan para que lo conocieran y creyeran en él. Tal vez sólo la comunión dé fe perfecta, siendo lo demás aspiración a la fe, un querer creer que sólo mediante la comunión recibe la gracia del creer» (11).

Pascal solía decir: «Ponte de rodillas y creerás en Dios». Unamuno escribe: «Toma agua bendita y acabarás creyendo» (12). ¿Se trata, acaso, de un círculo vicioso? Alguien podría argüir: «¿Cómo voy a ponerme de rodillas si no creo en Dios?» Pascal reargüiría: «¿Y cómo intentas, inocente, llegar a creer en Dios sin ponerte de rodillas?». Evidentemente, si pensamos conforme a una lógica propia de acontecimientos regidos por la relación de causa-efecto, parece que nos hallamos ante un inaceptable círculo vicioso. Pero, cuando profundizamos en la articulación interna de los procesos creadores, advertimos que están subtendidos por una lógica muy compleja, según la cual se busca porque en alguna forma ya se ha encontrado lo que se buscaba, y se lo ha encontrado porque se iba a su encuentro. Para ir al encuentro de una realidad valiosa que ofrece al hombre espléndidas posibilidades de juego creador, hay que cumplir determinadas exigencias: disponibilidad, apertura, espíritu de acogimiento, sencillez... Estas disposiciones quedan simbolizadas en el gesto de arrodillarse o tomar agua bendita. Todo el Diario íntimo está inspirado por la lógica de la creatividad que san Agustín sugiere, en el primer capítulo de las Confesiones, cuando dirige a Dios estas preguntas inquietantes:

«Dame, Señor, a entender y conocer qué es primero: si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Mas ¿quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso, más bien, no habrá de ser invocado para ser conocido?» (13).

Si buscamos con inquietud, no es porque sintamos el tirón del vacío, como a menudo se afirma. Es la reacción normal del que se ve lleno de una energía que no procede de él y lo impulsa a encontrar del todo aquello en lo que ya de alguna forma se halla instalado. Una y otra vez destaca Unamuno en su Diario íntimo la existencia de la verdad como una instancia envolvente que nutre al hombre y lo ilumina. «La verdad que profieres no es tuya; está sobre ti y se basta a sí misma» (14). Tener fe es dejarse penetrar y guiar por este tipo de verdad. «La fe es la prueba de la verdad de lo creído. Sólo la verdad puede imponerse con tal evidencia» (15).

Por eso afirma con decisión Unamuno, en diversos lugares, que, si llega a creer en algo, es que este algo existe (16). Unamuno se halla desgarrado por dos fuerzas antagónicas: 1ª) la tendencia a pensar que el hombre está arrojado en la existencia, solo, escindido, atenido a sus propias fuerzas; 2ª) la adivinación cada vez más precisa de que existe algo que sostiene al ser humano y funda su ansia de búsqueda. Si se tiende a pensar que la relación del hombre con el entorno es una relación de sujeto a ob-jeto, a realidades que están a distancia del sujeto y pueden ser sometidas a control y dominio racional mediante la fuerza analítica del entendimiento, es difícil comprender que la plenitud de luz que significa la fe provenga de un sencillo entregarse a esa instancia entrevista que nos sostiene. De ahí la constante e ineludible lucha de Unamuno entre la atenencia a los dictados de la razón y las adivinaciones intuitivas que lo remiten a un tipo de conocimiento distinto y superior. No acaba de ver la posibilidad de aunar fe y razón, plenitud de entrega al Dios que nos sale al encuentro y plenitud de vida intelectual. En sus momentos de mayor lucidez religiosa, opta dilemáticamente por la sumisión de la razón a la fe. «O imbécil o creyente, no quiero que sea mi mente mi tormento y que envenene mi vida la certeza de su fin y la obsesión de la nada» (17).

Esta decisión dolorosa será constantemente anulada por la tendencia gravitatoria de Unamuno al análisis racional. «Esto es insufrible. Pido una señal, una sola señal evidente, y preveo que, si la obtuviera, me metería a analizarla y aquilatarla» (18).

A través de su incesante lucha interior, un dato esencial va grabándose en el espíritu de Unamuno: a saber, que, frente al hecho insoslayable de la muerte, es vana ilusión entregarse al trabajo con el fin de contemplar el mundo y clarificar la historia, fomentar el progreso de la humanidad y aumentar el caudal de felicidad de los demás. Todo esto es un mero sueño si acabamos del todo al morir.

«No se puede vivir así, y no bastan precauciones, ni convicciones filosóficas, ni engaños y fraudes del corazón, ni sentimentalismos; hace falta fe, fe robusta, fe inconmovible. Y ésta sólo se saca del pueblo que nos rodea; tiene que ser la suya, la de los demás, la de los sencillos» (19).

El trabajo, entendido como un recurso para huir del reposo interior que lleva al diálogo con Dios constituye una forma de vértigo que aturde pero no plenifica. Trabajar para producir y producir para consumir es, según Unamuno, el «círculo vicioso de los jumentos». La meta de toda actividad humana debe ser la fundación de modos valiosos de unidad. «Si el género humano es una mera serie de hombres sin sustancia común permanente, si no hay comunión entre los vivos y los muertos, y éstos no viven en la memoria de aquellos, ¿para qué el progreso?» (20). La comunión es la forma suprema de unidad. La comunión «con los vivos y muertos» es de tipo espiritual y viene dada por la fe. «(...) Así como la razón combina y analiza, la fe crea» (21).

NOTAS

(1) San Manuel Bueno, mártir, Alianza Editorial, Madrid 1966, p. 77. Citaré, en el texto, por esta edición.
(2) Cf. Del sentimiento trágico de la vida, en Obras completas VII, Escelicer, Madrid 1967, p. 131.
(3) O. cit., p. 162.
(4) O. cit., 192. Una amplia exposición del agonismo unamuniano y los malentendidos que implica se halla en mi obra Cuatro filósofos en busca de Dios (Rialp, Madrid 1999, 3ª ed.) 61-138.
(5) Cf. O. cit., Alianza Editorial, Madrid 1972, 2ª ed..
(6) Ángela alude a la falta de creencia de don Manuel en la otra vida.
(7) O. cit., p. 25.
(8) O. cit., p. 101.
(9) O. cit.,p. 36.
(10) O. cit., p. 36.
(11) Diario íntimo, p. 57.
(12) O. cit., p. 45.
(13) O. cit., en Obras de san Agustín II, BAC, Madrid 1968, p. 73.
(14) Diario íntimo, p. 37. (15) O. cit., p. 40.
(16) O. cit., págs. 26-41.
(17) O. cit., p. 126.
(18) O. cit.,p. 107.
(19) O. cit., p. 125.
(20) O. cit., p. 47.
(21) O. cit., p. 45.
| Alfonso López Quintás
| 07/12/2013