Yaiza Martínez
Calle Aristóteles, por Jesús Ortega
ME PREGUNTAS CÓMO era Salónica en mis tiempos, pues te diré, moromu, que no se parecía en nada a esta mierda de ciudad que ves desde aquí arriba, no había este espanto de coches y ruidos que lo amarga todo, podíamos caminar tranquilamente sin temor a que nos robaran, no había droga ni prostitución, bueno, prostitución sí, pero en el puerto, y droga también, en los bouzukis y en las tabernas donde íbamos Pavlos y yo a oír el mejor rebétiko del mundo, el de Tsitsanis y Bambakaris, tómate conmigo otra copita de aguardiente y te lo cuento, mi dulce, me ha dado tanta alegría que vengas, hace meses que no me visita nadie, ¿quieres un cigarrillo?, a mi edad puedo hacer lo que me venga en gana, si ya lo hacía de jovencita no lo voy a dejar de hacer ahora que me queda tan poco, mira, mira estas fotos mías en Jalkidikí, la playa todavía era virgen y no el basurero de turistas y hoteles de ahora, la que no era virgen era yo, a ti no te voy a mentir, había algo en mi manera de moverme y de mirar que atraía mucho a los hombres, las fotos son de la época en que conocí a Pavlos, él llevaba diez años casado con Eleni, malcasado más bien, pero de verdad, no como dicen que están todos los hombres que se quieren acostar con una mujer, y como era ingeniero industrial y daba clases en la universidad no tardó en echarme el ojo por los pasillos, yo era licenciada en Filología Helénica y trabajaba de administrativa, en aquellos tiempos tener carrera siendo mujer era toda una rebeldía, y una rebelde fui, siempre hice lo que me vino en gana, si no me hubieran dado igual las convenciones no me habría liado con mi Pavlos, ¿no crees?, figúrate, un hombre casado, pero tan guapo, el más guapo de toda Alejandría, porque él nació en Alejandría, era un crío de siete años cuando su padre, que era médico, lo llevó a conocer a Kostantinos Kavafis, y el poeta le leyó aquello tan triste que Pavlos me recitaba, Por las mismas calles vagarás / y en los mismos barrios llegará tu vejez... / pues la vida que aquí arruinaste / la has destruido en toda la tierra, ay, me dan ganas de, pero como te estaba diciendo: un semental mi hombre, el único que probé en cuarenta y cuatro años, antes había probado otros pero desde que apareció él se acabó la variedad, estuvimos viéndonos a escondidas en unos cuartuchos que alquilaban por horas cerca de Modiano, a mí me daba igual, estaba tan loca por él que no me hubiera importado ser su amante toda la vida.

Si comes un poquito de bugacha con el aguardiente no te emborracharás. Bueno, haz lo que quieras, ponme otra copita, moromu. Quedé huérfana siendo niña y mi tío Yannis me recogió y me dio amor y educación. Qué buena persona era, un patriota, luchó contra los turcos en el veintidós y contra los nazis en el cuarenta y uno, valía tanto que lo hicieron Ministro para los Asuntos de la Grecia del Norte, míralo en esta foto, es de un veinticinco de marzo, el día nacional, parece muy serio pero es por el desfile, mi tío era un hombre recto que nunca robó al Estado, a ver quién puede decir lo mismo, su única maldad consistía en no dejarme volver a casa después de las nueve, por eso cuando Pavlos se fue a París a hacer el doctorado tuve que contarle a mi tío que me mandaban a Lárisa a hacer unas gestiones que iban a durar diez días, me costó mucho convencerlo pero mi tío no imaginaba que yo pudiera mentirle y sentía un gran respeto por el trabajo, de modo que me dejó marchar a condición de que le escribiese una carta diaria desde Lárisa, y escribí las diez cartas de golpe y se las hice llegar a un amigo que vivía allí con el ruego de que las fuera echando día tras día en el buzón, eso ya estaba hecho pero faltaba el pasaporte, tuve que engatusar a unos cuantos policías para que me lo dieran, cuántas mentiras no hube de inventar en aquellos tiempos, cosas que ni Pavlos supo ni tenía por qué saber, por fin llegué a Atenas y subí al avión, tenía tanto miedo y me sentía tan sola que me eché a llorar y un señor muy amable que estaba sentado a mi lado me estuvo consolando todo el viaje, Jean Calmet se llamaba, Presidente de la Cámara de Comercio de Montpellier, esta es su tarjeta, todavía la guardo, la he mirado mucho pero hace años que no se la enseño a nadie, el señor Calmet mandó que trajeran vino y pasteles y me dijo que su destino final era Roma pero que estaría dispuesto a quedarse conmigo unos días en París si yo...

A mi regreso mi tío solamente comentó: Dafne, tus cartas me han gustado mucho, están muy bien escritas pero tienen un defecto que una señorita no se puede permitir, les falta la fecha, no has puesto ni una sola fecha, pobre tío mío, a los pocos días murió de un infarto cerebral, menos mal que no le dio estando yo en París, todo el mundo me hubiera buscado en Lárisa, pero quien no arriesga no gana, moromu, échame aguardiente que tengo la boca seca de tanto hablar, y me preguntas cómo era Salónica en mis tiempos, un lugar tan bonito que no te lo podías creer, a Pavlos le pudo el miedo o la culpa y dejó de verme, yo estaba convencida, fíjate, convencida de que era un cobarde de esos que nunca dejan a sus mujeres, pero al cabo de los dos años va y me dice uno que trabajaba conmigo: ¿te has enterado que Pavlos Kauzis se ha separado de su mujer?, y a mí me dio un vuelco el corazón, salí corriendo y en la puerta de mi casa estaba él esperándome, hecho un galán perfumado, un cantante de rebétiko antes de emborracharse, nunca lo podré olvidar, fue muy cerquita de aquí, en la calle Aristóteles, aún no había edificios altos y la brisa llegaba desde el puerto sin encontrar resistencia, nos envolvía la luz blanca y borrosa de Salónica, esa luz como de niebla encendida, no sé cuánto tiempo estuvimos abrazándonos y besándonos y la gente nos miraba al pasar y decía qué vergüenza, qué vergüenza, aquí están las fotos, cuarenta y cuatro años juntos, y ahora estoy vieja y enferma, desde que Pavlos murió no he pisado la calle, me traen la comida, las medicinas, eso no es problema, lo puedo pagar, lo malo es estar tan sola, y en los mismos barrios llegará tu vejez, las mañanas las paso, pero las noches me echo a llorar como una tonta, para qué voy a salir si esta ciudad ya no me dice nada, si ya no puedo comprar flores en el mercado ni subir a la muralla ni pasearme por la orilla del mar allá donde la Torre Blanca, cuarenta y cuatro años de amor, a ver si tú puedes decir lo mismo con este que te has traído de fuera, ¿tiene dinero?, ¿ni un dracma?, pues si no tiene dinero para qué lo quieres, lo querrás por lo otro, ¿no?, ¿y cómo se porta?, ¿cumple igual que cumplía mi Pavlos?, ay moromu, qué más le dará a él lo que digas si no sabe griego, dile que aprenda griego, que aprenda nuestro idioma, que si no lo aprende no dejará nunca de ser un xenos, anda y dile que deje de sonreír como un imbécil y baje a por tabaco.
Jesús Ortega
Jueves, 21 de Febrero 2013

Dos relatos del libro "Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza", de Luis Miguel Rabanal

EL ABUELO TENÍA RAZÓN

A la sombra feliz del cerezo la siesta cubría de bondad su cuerpo grande y las abejas huían de él como si el verano no poseyera más sentidos, ni más rincones olvidados la memoria. O se posaban mansamente sobre sus manos ya vencidas, al igual que el tiempo, es decir, esa pátina descolorida y atroz a la que llamamos tiempo sin querer, sin precisar su descalabro. Dormido junto a las fresas que alguien le robaba, metódicamente, cada día, aún le guarda la boina que de niño le dio para mejor
asirse al sueño de sus cabellos blancos, de hombre que regresa muy cansado al origen y se ve desnudo, con sangre antigua cortada en las muñecas.

Pero el niño vendría muchísimo después de aquello. Y volvían a casa con puñados de cerezas para decirles que el coche, el único de entonces, se había llevado por delante a Sol, el perro de caza de su padre. O jamás lo dijeron. Volvían de una edad incruenta y cerca de ellos el deber los reclamaba a gritos. Serás boticario, le asegura desde su torpeza, cortándole el pelo que sobraba o leyendo del periódico para él noticias de un país enorme donde vivió con ansiedad de funesto y agredido:
Argentina.

Juntos confiaban en pertenecer a alguien que reparara la vida sin ningún entusiasmo. Y por la tarde el pequeño supo de la frialdad de un rostro que amó y se perdió en la noche. Sobre la cama, al igual que en las siestas, un anciano, con certeza, contaba las veces que el niño de manos muy sucias ensangrentaba sus rodillas...

Miguel era un buen hombre.
Yaiza Martínez
Jueves, 26 de Mayo 2011



Relatos

Despierta
Por Valeria Chaos

-Cuando cuente hasta tres, te despertarás ¿lo has comprendido?
-Sí -dijo la chica hipnotizada- lo he comprendido. Pero no quiero.
-¿Cómo que no quieres? Si lo has comprendido, cuando cuente hasta tres te despertarás.
-Un momento. ¿De verdad tengo que despertarme?
-Sí, vas a despertarte en cuanto cuente tres. Uno, dos,
-pero disculpe, antes de despertarme me gustaría saber qué ocurriría si no me quiero despertar.

Ahora mismo soy consciente de lo que hablo con usted. Seguro que podría llevar una vida normal y nadie notaría nada.
-Pero esto no es así. Sé un poco razonable, mujer. Tienes que despertarte.
-¿Por qué?
-Porque eso es lo normal. Se hace así, a uno le hiptonizan y le deshipnotizan. Así es como funciona.
-Ya, pero eso es porque la gente quiere despertarse. A mí no me está dando la gana. Y me voy a quedar así. Cuente hasta tres o hasta diez, pero no cuente conmigo. Me quiero quedar aquí.
-Está bien, pero no lo harás. ¿No ves que no es algo malo? No tengas miedo a despertar. Es como despertar de un sueño; estarás relajada y tranquila, y volverás a tu vida normal como si no hubiera pasado nada. Ahora mismo voy a contar hasta tres, y aunque no quieras, repito, aunque no quieras, te despertarás y no recordarás nada de lo que ha ocurrido. ¿Entendido?
-No.
-¿Lo has entendido?
-He dicho que no.
-Da igual. Vas a despertarte. Jamás he hipnotizado a alguien que no se haya despertado. Voy a contar hasta tres y te despertarás. Uno, dos, tres. Despierta.

Silencio.

-A ver, mírame. ¿Cómo te encuentras? ¿Recuerdas algo?
-No...¿qué ha pasado?-fingió.


Relato tomado del blog Mala perra, de Valeria Chaos.
Yaiza Martínez
Domingo, 20 de Junio 2010



Relatos

La Espera
Por Laia López Manrique

Estación de Sants, un jueves de abril de 2004. Alberto fuma un pitillo en el área de no fumadores, espanta a una mosca que le espía la oreja, se mira en el escaparate limpio de una tienda de souvenirs. Crece, se hace pequeño, silba una canción antigua. La destroza. Esperanza, esperanza, sólo sabe bailar cha cha chá.

(En esa misma estación, hace muchos años, la vio llegar, de la mano de su madre. Llevaba un vestido rojo con una mancha en el cuello, y su madre sostenía una maleta de piel gastada. Avanzaban despacio. Lo recuerda. Ésa es mamá, dijo su padre, y ésa es la hija de mamá. Se llama Marina. Cuando estuvieron cerca, él le tendió la mano. Ella lo abrazó. Sus manos sudaban. Las manos de las mujeres, a veces, sudan. Su madre lo tomó en brazos, le arrugó la cara con sus besos. La distancia muele el amor. Un perro ladraba, seguro, en alguna parte.)

Si Adelita se fuera con otro. Alberto se rasca la pierna. Quiere verla otra vez envuelta en un vestido rojo, como la primera vez. Parecía una muñeca, pero tan viva, flotando en celofán. La mosca vuelve. Ya no es una niña. El tren llegaba a las cinco, y ya ha pasado media hora. No le ha comprado bombones. Recuerda que le gustan los bombones de licor, se lo dijo una noche, la última, en la habitación, tumbada en la litera de arriba. Cómo ha podido olvidarlo. No se lo perdona.

(Con los ojos prietos, el cuerpo tenso sobre la almohada, la espera. Ella se acerca. No quiere mirarla. Cree que va a morir si la mira. Cree que está enfermo. Ella se tiende sobre él. Las manos le sudan, las pasa despacio por el torso, los brazos, el vientre, las piernas. Siente su cuerpo hostigado por la densidad del otro cuerpo. Tan graciosa pero no eres buena. Encima de él, ella levita. Es mi sudario, piensa Alberto. Debería vestirse. El rojo siempre le sentó tan bien.)

Un tren de mercancías. Un tren de pasajeros, sin pasajeros. Una mujer que pasa del brazo de un tipo con corbata le saluda. Todas las miradas le parecen un plagio de la suya. Le gustaría tocar el piano, le gustaría llevarla al mar. Marina, tú me conduces, nos ahogamos juntos, como dos peces traidores. La seguiría por tierra y por mar. Lo haría. Empachado de deseo, los relojes no existen. Ya es tarde. El tren llegaba a las cinco. Al menos podría haber avisado.

(La noche de la cena de fin de curso, hundido en una butaca, la espera. La televisión emite anuncios de televenta. Son las tres. Sus padres duermen, el gato ronca en la cama. Por primera vez, siente miedo. Su padre suele decir que son las mujeres las que esperan a los hombres, y no al revés. Pero con ella, él ha dejado de ser un hombre. Ahora es otra cosa. Es un loco. Un animal obsceno, mordido por un pánico atroz. Tiene que inventar un nombre falso, ocultarse en las faldas del sofá, pactar con algún diablo que le facilite las cosas. Está envenenado. A las cuatro y diez, ella abre la puerta, tambaleándose. Tiene los ojos rojos. Está borracha. Le pone un dedo en la boca para que no proteste. Se acompañan al cuarto, tomados de la mano como dos amantes. El gato huye.)

Si es por tierra en un tren militar. No le gusta la canción. A ella no le gustaría. Quiere que la vida sea simple, que no haya gritos, que no haya mendigos por las aceras. Quiere apartarse, como ahora le aparta un hombre con prisas, le quita de en medio. Son las seis de la tarde. El tren llega con retraso. Es costumbre en ella retrasarse, retraerse, recapitular. Se dirige al mostrador de un café, pide un cortado. Entonces dan el aviso. Tren con destino a Barcelona-Sants, procedente de Asturias, estacionado en vía 3. Sale del café sin pagarlo. La camarera le llama, pero él ya no escucha. Baja las escaleras de dos en dos. La garganta le hierve. Vía 3. En el andén localiza su cintura erguida, fina, bajo una americana beige. Hay una mano rodeándola. Se detiene en seco. Esa mano. No la conoce.

El corazón bombea sangre descreída. Qué sed de esos labios, y es otro quien la besa. Otro, el dueño de esa mano. Ella tiene los ojos cerrados. Olvidé los bombones. Todos los perros lloran.

Laia López Manrique (Barcelona, 1982). Es licenciada en Filosofía y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Ha publicado textos críticos, poemas, relatos y microrrelatos en diversos medios y soportes. En 2005 obtuvo el segundo premio del concurso de microcuentos “El Basar” por su relato Tres, publicado en el volumen colectivo Microvisions (Montcada Comunicació, Ajuntament de Montcada i Reixach, 2005). En 2009 obtuvo el Premio Voces Nuevas de poesía de Ediciones Torremozas y participó en las antologías poéticas Voces Nuevas XXII Selección de Ediciones Torremozas y Aldea Poética IV SXO-Poesía Lúbrica de Ediciones Opera Prima. Se puede encontrar más información sobre la autora en su blog Pálido Fuego.
Yaiza Martínez
Lunes, 7 de Diciembre 2009

Fuente: everystockphoto.
Por María José Cano Guitarte

La única vez que Pedro la invitó al cine vieron una horrorosa película protagonizada por el que entonces era el ídolo de Elena, un cantante británico cuya fotografía empapelaba las paredes de su habitación. Pedro ignoraba incluso la existencia de tal individuo pero amaba perdidamente a aquella chica, tanto como para mentir a sus amigos o dilapidar en unas horas los ahorros de un mes, todo a cambio de compartir con ella un pedazo de tarde a solas. Elena, por su parte, no dudó un segundo en aceptar la oferta de Pedro, convencida de que cualquier sacrificio, incluso soportar una tarde entera al chico más feo y pesado del instituto, sería minúsculo si con ello podía admirar a su amado sin interrupciones.

Ninguno de los dos habría imaginado entonces que, muchos años después de aquella cita, al ver la misma película en televisión, Pedro sólo la recordaría por haberle servido para conocer al que, con el tiempo, se convirtió en uno de sus intérpretes favoritos y tendría que esforzarse para sacar del olvido la imagen difusa de cierta muchacha que entonces le acompañó. A Elena, por su parte, le sorprendería reconocer que, durante años, ni siquiera había recordado el nombre de aquel individuo de pelo verdoso que ocupó sus sueños y su corazón y se sentiría arrebatada por una tristísima nostalgia al comprobar que, en cambio, era capaz de reconstruir las facciones, los gestos y hasta el timbre de voz del único hombre que, alguna vez, habría estado dispuesto a darlo todo por ella.

María José Cano Guitarte (Madrid, 1964) es autora del libro de relatos "Apuntes de Antropología", que acaba de ser publicado en la colección Tid, de Ediciones Idea. El texto reproducido con autorización de su autora pertenece a esta misma obra, que se presenta mañana, día cinco de noviembre, a las 19.30, en el Ateneo de La Laguna (Tenerife).
Yaiza Martínez
Miércoles, 4 de Noviembre 2009


Editado por
Yaiza Martínez
Yaiza Martínez
© Mamis & Mimos
www.mamisymimos.es

"Parten los Viajeros hacia la restauración de la Frondosa"


Cuaderno de campo vinculado al poemario "Tratado de las mariposas", de Yaiza Martínez. Imagen: Eva Lí.



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