Bitácora

O’HIGGINS: PATRIOTA DE DOS PATRIAS

José Rodríguez Elizondo

Cuando los países entran en modo estallido y algunos quieren refundarlos, resulta oportuno recordar a quienes los fundaron. Es el caso, por, ejemplo, de don Bernardo O'Higgins, el tercer (y olvidado) gran libertador de América del Sur.


Publicado en El Libero, 8.8.2021

Que los chilenos somos mal agradecidos con nuestros próceres vivos, es historia vieja. A Bernardo O’Higgins sus contemporáneos le cobraron todos los agravios del poder, indujeron su abdicación como gobernante y lo dejaron morir como exiliado en el Perú. Décadas después repatriaron sus restos y hoy tiene monumento con cripta incorporada, frente a La Moneda, como Padre de la Patria. Según los que saben, de ahí viene nuestro sarcasmo tradicional sobre el “pago de Chile”.
Recordé el tema cuando el diplomático peruano Luis Mendivil me fichó como expositor para el programa del Bicentenario. Opté por evocar a O’Higgins porque, como ex-exiliado en el Perú, me identificaba con su experiencia y, en especial, con el párrafo de una carta suya donde se menciona como chileno por nacimiento y peruano por gratitud. Además (quizás en lo principal) porque creo que, aunque post mortem, también los peruanos fueron un pelín ingratos con él. En su caso, por causa sobreviniente, como dicen los abogados.
 Hace algunas décadas conversé el tema con el sabio peruano Juan Miguel Bákula, quien conocía nuestras historias al dedillo y solía decir que Chile era el país de  región más afín cob el suyo. El aceptó plenamente mi percepción. Sabía que José de San Martin encabezó la Expedición Libertadora a contrapelo del gobierno argentino, con soldados mayoritariamente chilenos, como enviado de O’Higgins y a un alto costo económico y político interno para éste. También aceptó que, en la señalética urbana, el Perú había sido ingrato, pues sólo había una plaquita en la casa limeña donde vivió. A su juicio, ese desperfilamiento fue consecuencia de la Guerra del Pacífico. “Está pendiente un reconocimiento nuestro”, agregó.
BIOGRAFÍA DE TELENOVELA
Para conocer al O’Higgins profundo hay que asomarse a su amargura existencial, que el cineasta Ricardo Larraín captó muy bien en su filme “Niño rojo” y Neruda supo sintetizar en tres versos.  Uno, para aludir a su infancia de “niño triste, roble solo” y los otros, para ilustrar su condición de expatriado: “Te veo en el Perú escribiendo cartas” / “No hay desterrado igual, mayor exilio”
Es que su vida tuvo un guión truculento, de telenovela. Muestra a un niño colorín en territorio mapuche, hijo oculto de Ambrosio O’Higgins - sesentón funcionario irlandés de la corona-, que seduce a Isabel Riquelme, joven criolla de 18 años. Continúa con sus cuatro primeros años alejados de una madre que debe ocultar su “desliz” y con un padre que no quiere reconocerlo, pues afectaría su ascenso en el escalafón burocrático (ya dificultado por su origen foráneo). Luego, ese padre es virrey del Perú y, aunque sigue marginando al hijo, le financia una buena educación en Lima y en Londres. A continuación, una morisqueta del destino hace que el joven Bernardo se integre en Europa al clan de los precursores de la independencia, atornillando contra la lealtad imperialista de su padre. Termina la primera temporada de la serie con intrigas limeñas que inducen la destitución del virrey O’Higgins y la decisión póstuma de éste: deja una fortuna a Bernardo, pero se niega a legarle su apellido.
Con base en ese guión estrambótico, el prócer quedó habilitado para una segunda temporada, que lo mostraría como gran actor de la política chilena y regional. Tenía las ventajas de su mejor educación, su fortuna y sus contactos externos, pero, como contrapartida, sufriría la discriminación social de una aristocracia en formación. Para la mayoría del notablato criollo siempre sería “el huacho Riquelme”. Un usurpador y un resentido.
Pero él no puso la otra mejilla y una de sus primeras medidas como gobernante fue abolir los títulos de nobleza. “Detesto por naturaleza la aristocracia y la adorada igualdad es mi ídolo”, dijo, profundizando la desconfianza mutua. Fue la primera gran polarización política de la república de Chile, incluso con sangre patricia de por medio.
TRISTEZA PATRIÓTICA
El Perú fue su espacio de reinvención. Cuando adolescente, sus compañeros del colegio San Carlos fueron amigables y hasta simpáticos. Tal vez sus padres sabían, gracias a las informadas “bolas limeñas”, que ese chilenito tenía santos en la corte. Como gobernante, gestó la Expedición Libertadora y soñó con la integración chileno-peruana. Poco antes de su abdicación, patrocinó un tratado de integración binacional -que nunca se publicó-, cuyo artículo quinto decía que, para asegurar la buena amistad entre ambos Estados, “los peruanos serán tenidos en Chile como chilenos y éstos en el Perú por peruanos”. El gobierno peruano, por su lado, supo responder a ese cariño. No sólo reconoció su rol en la empresa libertadora, designándolo mariscal del Perú. Luego, al recibirlo como exiliado, le asignó fértiles tierras en Cañete y le dio hasta su muerte un tratamiento “vip”.
Es elocuente el apunte de O’Higgins que hace el historiador Francisco Antonio Encina, en la previa de la guerra entre Chile y la Confederación peruano-boliviana: “quiere a Chile y quiere al Perú. Un conflicto entre ambos países es para él doblemente fratricida y doblemente doloroso (…) son dos patrias que ama por igual”. También fue elocuente el canciller peruano José Antonio Barrenechea, cuando despidió sus restos en el Callao, ante autoridades de Chile: “Vuestro Capitán General nos pertenecía, pero él era ante todo vuestro / por eso os lo devolvemos / Sus cenizas están naturalizadas en el Perú”.
Por eso confieso una tristeza patriótica de mis años peruanos: el reconocimiento público a O’Higgins ya no era el que fue. Además, estaba claramente descompensado, pues San Martín, su gran amigo y jefe designado, tenía el patrimonio simbólico mayor, con plazas, monumentos, hoteles, cines, departamentos. Yo mismo vivía en la calle San Martín, de Miraflores. Incluso Simón Bolívar, equilibrando la secesión del Alto Perú con sus victorias guerreras en Junín y Ayacucho, había conquistado un monumento frente al Cogreso.
Y yo no descubría ningún homenaje visible al tercer gran libertador. Apenas esa plaquita en su casa limeña del Jirón Unión.
FLASHBACK HACIA 2001
En noviembre de 2001 viajé a Lima, en plan de entrevistar personalidades para un libro sobre la compleja relación bilateral. Empecé con el general Francisco Morales Bermúdez, bajo cuya “dictablanda” viví mis primeros años peruanos y a quien sigo considerando uno de los políticos más inteligentes del país.
Atravesando la Avenida Javier Prado, rumbo a su casa en Flora Tristán, descubrí un monumento con la noble estampa de un patriarca en su tercera edad y sentado en un sillón. Para mí alegría, era don Bernardo O’Higgins, sin uniforme, sable ni caballo. Una imagen que no reconocerían los escolares de Chile. Tal descubrimiento me inspiró el siguiente “arranque” de la entrevista:
JRE. Al llegar a su casa, general, pasé frente al monumento a O’Higgins y me dio gusto verlo instalado en la avenida Javier Prado FMB. Es un personaje histórico. Muy reconocido en el Perú. Aunque fue una respuesta parca y evasiva no quise soltar el tema. Le dije que, a mi juicio, nuestro prócer descendió en el aprecio histórico tras la ruptura de la contigüidad territorial chileno-peruana, dispuesta por Bolívar. Un cambio geográfico cuyos efectos, como geopolítico connotado, él no podía desconocer.
 El general no eludió el desafío. Aunque sin enfrentar el complejo tema bolivariano, asumió lo que informalmente me había reconocido Bákula. A su juicio, O’Higgins había descendido al sub-reconocimiento, tras una guerra de larga duración, en la cual las tropas chilenas llegaron hasta Lima. Los tratados posteriores no habían eliminado “una aversión natural en un país que fue invadido” (sic).
Despejado ese tema de apertura, siguió un repaso de historias y coyunturas, desde la presunta revancha bélica dispuesta por su predecesor, general Juan Velasco Alvarado, hasta el “aberrante” control de las cúpulas militares peruanas por Vladimiro Montesinos, a quien FMB asumía como traidor a la patria. Nos despedimos con intercambio de libros y yo me fui con dos sensaciones claras. Una, que todavía faltaba mucho para pasar, desde la amistad jurídica de los tratados, a la amistad real que nos exige el desarrollo mutuo. La otra, que aquella transición exigía iniciativas que recogieran el talante de O’Higgins, ese patriota de dos patrias.
Su monumento en la Javier Prado me decía que seguía siendo el mejor anclaje para una mejor relación.
EPILOGO PARA NIETOS
En medio de la coyuntura de crisis con estallidos que recorre el mundo y la región, pienso que chilenos y peruanos podríamos aprovechar los recuerdos de este Bicentenario y de los próceres comunes. Ello facilitaría subordinar las partes duras de la memoria, desbaratar los eventuales revanchismos y potenciar los proyectos de un desarrollo compartido.
En esa línea, he instalado una esperanza simbólica que delego en mis nietos. Sueño que, en un futuro sin pandemia, con democracias renovadas y libertades consolidadas, ellos visiten Lima, vayan a la rebautizada plaza San Martín-O’Higgins y depositen dos ofrendas en nombre del abuelo. Una, ante el Libertador argentino, en su caballo y la otra, ante el Libertador chileno en su sillón.

 
José Rodríguez Elizondo
| Martes, 10 de Agosto 2021
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