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CONO SUR: J. R. Elizondo

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RECUERDOS DESCLASIFICADOS (I) José Rodríguez Elizondo

No tengo el orgullo de ser peruano, como dice la canción. Pero, gracias a mis amigos y parientes políticos de ese país, superé ese déficit. Por eso, aquí me tomo la licencia de desclasificar algunos recuerdos, vinculados a mis años en esa linda tierra del sol.


Publicado en La República, 11.4.2021

 
BENEFICIARIO INGRATO
 
Viví el Perú como periodista, desde la segunda fase de su revolución militar hasta inicios del primer gobierno de Alan García. Luego lo seguí desde España, como informador de la ONU, bajo el liderazgo de Javier Pérez de Cuéllar. Retornado a Chile, mantuve el contacto como director de Cultura de la Cancillería y después, como académico y escribidor.

Gracias a esas vivencias querendonas, hasta podría responder la interrogante del lisuriento Zabalita, sobre el enigmático peor momento peruano. Según mi versión, se produjo cuando Alan García le birló la Presidencia a Mario Vargas Llosa, promoviendo la elección en 1990 de un desconocido ingeniero, descendiente de japoneses. Pensó, quizás, que un agradecido Alberto Fujimori le cuidaría el sillón hasta el próximo período.

Fue el mayor error político de su vida. Cuando Fujimori dio su autogolpe de Estado, Alan debió esconderse para luego exiliarse. Como única manera de dar cuenta de su traspié, escribió El mundo de Maquiavelo, una digna novela autobiográfica que leí al toque. Allí se autodescribe escabulléndose por los techos, con dos pistolas en sus bolsillos y la siguiente reflexión en su mente: “El fin último de toda persecución política es el suicidio material del perseguido”.

CARIÑO ERRÓNEO

La mayoría de los gobernantes peruanos ha tenido cancilleres de Torre Tagle. Durante su “dictablanda”, el general Francisco Morales Bermúdez reclutó a tres de nivel estelar: Carlos García Bedoya, José de la Puente y mi entrañable amigo Arturo García. Fujimori fue una excepción. Para demostrar que privilegiaba las relaciones económicas y subestimaba el peso institucional de esa casa diplomática, designó canciller al ingeniero Augusto Blacker Miller, aplicado discípulo de la escuela de Chicago. Entre las prioridades que le asignó, estuvo la de iniciar conversaciones con  su homólogo chileno, el gran jurista Enrique Silva Cimma. Objetivo: terminar con los temas pendientes del tratado de 1929.

Hubo entonces, me consta, empatía y cariño rápido. Así se desprende del siguiente párrafo (reconstruido) de una charla informal que sostuve con don Enrique, quien fuera mi profesor en la Universidad:
  • Estará contento, Pepe. Con Augusto acordamos limpiar la agenda con Perú.
  • Sorprendente y grato, maestro.
  • Incluso acordamos convertir El Chinchorro en el Parque de la Paz y la Amistad Javier Pérez de Cuéllar..
Ahí le puse cara de emoticón dudoso. Me sorprendió que Blacker hubiera actuado sin previa consulta. Y no sólo porque ese terreno peruano, enclavado en Arica, tuviera un expediente polémico. Además, porque Pérez de Cuéllar era una gloria indiscutida para el Perú… pero no para Fujimori. Este ya lo percibía como el otro gigante que debía abatir, después de Vargas Llosa. Opté por comentar que, quizás, ese cariñoso proyecto no sería aceptable para el jefe de Blacker.
Y así nomás fue.

BOFETÓN DIPLOMÁTICO

El 5 de abril de 1992, Fujimori produjo su autogolpe y Patricio Aylwin suspendió las negociaciones iniciadas por Blacker. Sólo se reanudaron tras la aprobación de una nueva Constitución peruana, que “reconstitucionalizó” al autogolpista. Bautizadas como Convenciones de Lima, fueron firmadas en 1993, en ceremonia solemne en Palacio Pizarro y enviadas al Congreso para su aprobación.

Pero, ante la proximidad de nuevas elecciones, se liberó la crítica de los internacionalistas peruanos sobre sus contenidos. En paralelo estalló la guerra del Cenepa con Ecuador, se intensificó la guerra interna contra Sendero Luminoso y emergió la candidatura presidencial de Pérez de Cuéllar. En ese contexto, Fujimori optó por retirar del Congreso las Convenciones, sin previo aviso a Aylwin ni a su embajador Carlos Martínez Sotomayor. Fue el equivalente a un bofetón diplomático.
Entonces hice una apuesta electoral con mi recordado y talentoso amigo Manu D’Ornellas, Por señorío, cultura y afecto, mi candidato era Pérez de Cuéllar en segunda vuelta. Manu, mejor conocedor, pronosticaba mayoría absoluta para Fujimori en la primera. Agregó una coletilla tipo caramelo: tras su triunfo abrumador, repondría a tramitación las Convenciones de Lima.  

Resultado: Fujimori ganó en pruimera, pero nunca repuso las Convenciones. Gracias a la coletilla, Manu, caballeroso, terminó reconociendo un empate en la apuesta.

MISTERIOSO INTERMEDIARIO

Por lo recordado, Fujimori se me convirtió en un sujeto para entrevistar, en un libro en desarrollo. Pero ya no podía contar con el patrocinio de mis amigos políticos, casi todos hostilizados o perseguidos. Los apristas, en especial, me cobraban cuentas por haber Chile negociado con un dictador. Recurrí a periodistas influyentes, quienes me dieron sus contactos con la burocracia presidencial. Allí me respondieron con amabilidad limeña, pero con cero señales de aceptación.

De improviso surgió una posibilidad, desde el mundo de la cultura. Almorzando en Costa Verde con mi amigo Pedro Gjurinovich, éste me presentó a Renzo Francescutti, arqueólogo, exempleador de Fujimori y secretamente encargado de su imagen. A la hora del café, éste me ofreció una entrevista exclusiva con su exempleado y, días después, me invitó a un almuerzo bilateral.

Nos juntamos en un edificio barranquino con escenografía misteriosa. Evidentemente deshabitado, en sus pisos se veían televisores enormes, equipos de sonido y grandes pantallas. Un comedor improvisado, en una especie de penthouse, era atendido por un mozo de librea. Ahí, desde una cocina invisible, surgió lo mejor de la comida peruana, amenizada con el mejor vino chileno.

Mientras comíamos y bebíamos sin austeridad, fue quedando en claro que la entrevista estaba en suspenso y Francescutti trataba de redefinir sus ventajas y peligros. Obviamente, su exempleado quería obtener un buen publirreportaje y él sabía que yo no era un periodista “mermelero” (sobornable, en la jerga peruana).

Pasaron los días, hice varias otras entrevistas para mi libro y de mi curioso anfitrión nunca más supe.

SU ULTIMA FRASE

Muchos años después, para la recepción limeña del día nacional de Chile, en la residencia del embajador Fabio Vio, hice contacto visual con el doble expresidente García. Estaba con su excanciller Joselo García Belaunde y me hizo un gesto admonitorio. Algo así como “tenemos que ajustar cuentas”. Fue su invitación a acercarme y lo hice, adivinando de qué se trataba. La noche anterior, entrevistado en televisión por Chichi Valenzuela, yo había aludido a sus destrezas “maquiavelianas”.

Usted me ha acusado de maquiavélico. (Me lo dijo con tono grave, pero con la cara llena de risa).
- No, presidente. Dije que Alan García era el mejor intérprete de Maquiavelo en América Latina y usted lo sabe.
 
Rió satisfecho y aproveché para recordarle que siempre quise hacerle una entrevista, pero que nunca me respondió. Se fingió sorprendido, nadie se lo había dicho. Quiso agendar un encuentro de inmediato y, como otros invitados comenzaban a interrumpir, alcancé a responderle que me iba al día siguiente. Mientras me alejaba entre la muchedumbre, Alan lanzó la última frase absoluta que yo le escuché: Tenemos que conversar, Elizondo.

Me hizo gracia, porque era una salida muy chilena
 
 
 
 
 
 

José Rodríguez Elizondo
Martes, 13 de Abril 2021



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SEIS LIBROS PARA ENTENDER EL PERU José Rodríguez Elizondo

Con miras a las elecciones generales que se realizarán en el Perú -a la que se presentan 18 candidatos a la presidencia-, propongo a mis lectores algunos libros que les permitan decodificar tan rico y complejo país.


 
Déjame que te cuente, limeño
Déjame que te diga la gloria
Del ensueño que evoca la memoria.
-Chabuca Granda
En vísperas de las elecciones peruanas una colega me pide “algunos libros para entender la política de ese país”. Misión imposible, respondo, pues ni los peruanos la entienden. Se debe, agrego, a que están viviendo en la antipolítica, igual que nosotros.

En subsidio propongo libros de acercamiento, que permitan entender el Perú (así, con artículo antepuesto), como un país mucho más complejo que el nuestro. Okey, ya sé que decirlo así es como lanzar al aire un lugar común llenó de vacío: no existen los países simples. Pero, su rica excepcionalidad obliga a redescubrir la rueda.

Por tener una prehistoria a la altura de las mayores de Eurasia y una historia virreinal, que lo distinguió de las meras colonias, sus grandes ciclos fueron percibidos como cataclismos. El euroaporte del imperio español fue eclipsado, durante siglos, por la decapitación del imperio de los incas, la última de las culturas autóctonas. Luego, cuando el virreinato devolvió la autoestima a criollos y mestizos, la independencia instaló la perplejidad del nuevo estatus perdido. La gesta de los patriotas -apoyada por Bolívar, O’Higgins y San Martín- se escribió sobre los papiros del inca y del virrey, a la manera de un palimpsesto.

En ese contexto, la derrota ante Chile en la Guerra del Pacífico vino a percibirse como el tercer cataclismo… y el peor. Sin el estatus imperial de España ni la épica de los libertadores, la fuerza de una excapitanía general dejó sin piso el estoico aforismo atribuido a Atahualpa: “usos son de la guerra vencer y ser vencidos”. Para los patricios limeños, bárbaros sin solera habían puesto fin al ensueño de una primogenitura republicana.

Esa cascada de cataclismos me explica tres rasgos concomitantes del Perú. Uno, el amor nostálgico a sus tradiciones expresado por los artistas populares. “Tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz”, dice una canción tradicional. Otro, el sesgo autoflagelante de sus intelectuales mayores, para quienes es un “país de desconcertadas gentes”, que “hiede a muerto” y que los lleva a preguntarse “cuándo se jodió el Perú”. Tercero, la calidad de sus élites y su efecto sorprendente: la producción de figuras de gran relieve, regional o global, como el poeta César Vallejo, el tenor Juan Diego Flórez, la gran Chabuca Granda, el periodista Enrique Zileri, el chef Gastón Acurio, el teólogo Gustavo Gutiérrez, el diplomático Javier Pérez de Cuéllar, el escritor Mario Vargas Llosa y políticos como Victor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, los únicos pensadores creativos de las izquierdas latinoamericanas. Ese sorprendente altorrelieve también incluye a peruanos de la oscuridad, como Abimael Guzmán, un terrorista sólo comparable al camboyano Pol Pot.

Actores civiles

Con lo dicho parece claro que la política y la antipolítica del Perú exigen asomarse a su historia. No pretendo -soy realista- que el lector chileno se asome a los 18 tomos de Jorge Basadre, historiador-insignia. Pero sí aconsejo leer textos más amigables, como los escolares o los de Pablo Macera. A partir de esa base, me atrevo a recomendar algunos libros sobre políticas públicas.

En lo internacional, expertos y aficionados deben tener a mano los dos tomos de Perú: entre la realidad y la utopía, de Juan Miguel Bákula (Fondo de Cultura Económica, 2002). Es una mirada en profundidad a la política exterior peruana, escrita con excelente pluma, tras una investigación exhaustiva y con larga experiencia diplomática. Entre sus temas están los ciclos de confianza y desconfianza entre el Perú y Chile, los errores no forzados de ambos gobiernos y la soslayada incidencia de Bolivia. Es el legado de un gran intelectual, a quien algunos chilenos malquisieron (sin leerlo), por haber sido demasiado inteligente en el tema de la frontera marítima.

En política a secas, es gratísimo leer Visto y vivido en Chile, de Luis Alberto Sánchez (Tajamar Editores, 2004). Su autor es el intelectual peruano más prolífico y multifacético que se recuerde. Entre otras actividades de su larga vida, fue cofundador del Apra, rector de la Universidad de San Marcos, presidente del Senado, escritor caudaloso, columnista de la revista Caretas y comentarista radial. En este libro, fruto de su exilio en Chile, expone una especie de simbiosis binacional (“profunda y grata”), con políticos, artistas e intelectuales de mediados del siglo pasado. De ahí surge una tácita proyección hacia el orden de la Guerra Fría, con sus dictadores, sus gobernantes democráticos y la áspera lucha entre las izquierdas sistémicas y las insurgentes. Pablo Neruda, que se asomó al manuscrito, dictaminó en su mejor estilo profético: “será un libro indispensable para conocernos mejor nosotros mismos”.

Actores de uniforme

La revolución militar peruana, que quiso construir una “democracia social de participación plena”, está muy bien sintetizada en La caída de Velasco, del historiador Antonio Zapata (Taurus, 2018). Con base en el currículo de su líder, el general Juan Velasco Alvarado, destapa la infrahistoria de un proceso de orientación socialista que, entre 1968 y 1975, remeció el estatus de la Guerra Fría. En la región, terminó con la fe conservadora en los militares guardianes del statu quo. En Cuba, Fidel Castro alentó la esperanza de un aliado con ejército profesional, que reemplazara sus fracasados “focos guerrilleros”. La Unión Soviética descubrió un nuevo mercado para vender sus armas, en abierto desafío geopolítico a los Estados Unidos. En Chile se avizoró la amenaza de una revancha bélica, con armamento soviético sofisticado y apoyo de Cuba. En definitiva, fue un proceso interruptus, pues la Casa Blanca lo bloqueó, la economía se derrumbó, la institucionalidad castrense no estaba unida, las élites civiles exigían volver a la democracia y Velasco enfermó, Pese a ello, dejó un país distinto.

Como segunda parte de aquel proceso, recomiendo Mi última palabra reportaje de Federico Prieto Celli, presentado como “testamento político del general Francisco Morales Bermúdez” (Ediciones B, 2018). Se trata del jefe militar que “retiró” del poder a Velasco, en 1975, para iniciar lo que llamó, de manera táctica, “segunda fase de la revolución peruana”. Este libro cuenta como, de hecho, inició un proceso nuevo, orientado a deshacerse de los mandos velasquistas y los agentes cubanos, normalizar la economía con inyecciones de mercado, recuperar la confianza de los Estados Unidos, desalentar las expectativas de una guerra vecinal y ejecutar, en paralelo, una estrategia de transición a la democracia. Esta comprendió el retorno de los líderes exiliados, mayor libertad de expresión, una Asamblea Constituyente elegida democráticamente y una inteligente coexistencia con Haya de la Torre, presidente de la Asamblea y fundador del Apra (considerado enemigo histórico de las Fuerzas Armadas). Cabe agregar que en las elecciones de 1980 fue elegido Fernando Belaunde, el mismo al cual Velasco había desalojado de la presidencia en 1968. Todo esto muestra una transición conducida por un estadista de uniforme, más compleja que “la modélica” de España.

Transición al terrorismo

Penosamente, la democracia recuperada no se afirmó. Para entender por qué, es obligatorio leer Sendero, historia de la guerra milenaria en el Perú, del periodista de investigación Gustavo Gorriti (Editorial Apoyo, 1990). Es una obra ya canónica sobre Sendero Luminoso, con (según su autor) “el relato de la mayor insurrección de la historia en el Perú”. Sendero fue un proyecto político subversivo con ideología maoísta, metodología terrorista y un líder carismático, que se incubó en las dictaduras militares, desbordó a la democracia de Belaunde e indujo la intervención militar. Durante el siguiente gobierno el proceso devino en guerra interna, catalizó el autogolpe de 1992 de Alberto Fujimori y terminó con un balance macabro: una nueva dictadura y más muertos que en cualquier guerra convencional. Todo esto se historiza con datos duros sobre Sendero y la captura de su líder, que puso fin a la guerra. La paradoja, como apunta el autor, es que tal captura no fue fruto de la lucha armada, sino de la inteligen
cia policial.

Colofón

Cierro mi aporte lector con el libro La década de la antipolítica, del sociólogo Carlos Iván de Gregori (IEP, 2000), sobre el auge y caída de Fujimori. Mi sintético agregado es que esa década dejó una secuela que se prolonga hasta hoy y lecciones que todos los demócratas debemos procesar.

José Rodríguez Elizondo
Sábado, 3 de Abril 2021



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El terrorismo no tiene ideología compleja sino objetivos simples. Su gran ventaja es que los gobernantes democráticos demoran demasiado en diagnosticarlo y dejan el espacio necesario para que se esparza. Sobre eso trata este texto


 
Publicado en La República 14.3.2021

En el caso del terrorismo la información de que se dispone

es escasa, pues el adversario es anónimo, sus motivos son cambiantes
y sus capacidades desconocidas.
JESSICA STERN
 
 
A fines de enero, el presidente de Chile Sebastián Piñera se apartó del tema Covid-19, para condenar “los graves hechos de violencia y de terrorismo que han ocurrido desde hace ya algún tiempo en las regiones del Sur”. Así desglosó de la violencia la palabra “terrorismo”, la más difícil de pronunciar para cualquier gobernante democrático.

Algunos recordaron contactos electrónicos entre jefes de las FARC colombianas y militantes comunistas chilenos. Otros aludieron a agentes venezolanos de Nicolás Maduro. Los más memoriosos -es decir, los más antiguos- descubrimos semejanzas entre lo que está sucediendo en la Araucanía y lo que sucedió en Ayacucho en los años de Sendero Luminoso (SL). Uno de estos me consultó y yo dije “bingo”.

Sí, ya sé que ni en la sociedad ni en la naturaleza funciona el copy and paste. Pero tampoco está de más comparar fenómenos como el terrorismo, en países contiguos y con sistemas democráticos. Hacerlo, sin pretensión pontifical, permite entender mejor a quienes inician o avivan el fuego purificador.

COINCIDENCIAS ESTRUCTURALES

Como testigo de la emergencia del terrorismo senderista y del que está activándose en Chile, anoto las siguientes coincidencias estructurales.

La primera es una prehistoria común. En el origen remoto del tema están las polémicas intramarxistas de la Guerra Fría, que llegaron a su clímax en los años 60. SL fue fruto de escisiones en cadena del Partido Comunista prosoviético, en el contexto del conflicto China-URSS y, luego, de la Revolución Cultural china. La retórica de quienes realizan acciones terroristas en Chile revela una genealogía similar. Es la que empleaban las minorías trotskistas, anarquistas, castristas y maoístas, dentro y fuera de los partidos de la Unidad Popular (lo más seguro es que sólo los ancianos de esas tribus estén enterados).

La segunda dice que, en ambos países, las acciones prototerroristas comenzaron a gestarse lejos de las capitales respectivas y bajo dictaduras militares. Esto las abrigó con la indiferencia centralista y les dio una especie de pasaporte político. Para disidentes poco ilustrados podían ser una “vía corta” para derribar a los dictadores… y después se vería.

Tercera, en cuanto contraélites minoritarias, los terroristas buscan una plataforma social amplia. En el Perú fue el campesinado, con base en las tesis neomaoístas de Abimael Guzmán y con epicentro en Ayacucho. En Chile, es el pueblo mapuche de la Araucanía, en función de tesis sin firma conocida, que antagonizan a los nacionales con los “pueblos originarios”.

Cuarta, el mutuo recelo bloqueó el traspaso a los gobiernos de la transición democrática de la información de inteligencia -sesgada o no- acumulada por las dictaduras. Como efecto inmediato, los gobiernos peruano y chileno no contaron, de inicio, con ese instrumento indispensable.

Quinta, por añadidura, hubo retardo en el diagnóstico. Antes de hacer visible la realidad terrorista, el presidente Fernando Belaunde optó por atribuirla a la violencia sin apellidos, la delincuencia común, la delincuencia rural o la delincuencia narco. Fue un escapismo con causa que, en el mediano plazo, conduciría a un punto de no retorno. Es posible que, también en el mediano plazo, el reconocimiento del presidente Piñera se haya producido con retardo. 

Sexta, con esos antecedentes, los terrorismos que se comparan parten con una ventaja importante: sus estrategias insurreccionales, propias de minorías coherentes, se ejecutan contra gobiernos que representan mayorías electorales, pero sin estrategias idóneas para concitar una unidad nacional consistente.

Séptima, con base en la ventaja anotada, los terroristas tienden a profundizar las divisiones internas, provocando a las fuerzas constitucionales. Suponen que el desborde de las policías, en cuanto encargadas del orden y seguridad, expandirá el pánico social y conducirá a la intervención castrense. Esto es, a la aplicación de una fuerza sin entrenamiento policial, que evoca las polarizantes dictaduras del pasado reciente.

Octava, en su crecimiento, el terrorismo concita el apoyo de antisociales varios y jefes del crimen organizado, entre los cuales destacan los narcos. Es un sistema de seguridad mutua, con alto poder corruptor, que impone peajes extorsivos a la población. Esto aún se percibe en el VRAE peruano y hay indicios de que el fenómeno se estaría manifestando en la Araucanía chilena.

Novena, entre 1980 y 1992, el terrorismo de SL instaló en la opinión pública la idea de que su desarrollo se debía a la debilidad de los gobiernos democráticos. Lo propio estaría sucediendo en la opinión pública chilena, en el marco de una clase política desprestigiada, un gobierno de bajo rendimiento en las encuestas, heridas no cerradas tras la represión y una prolija desinformación periodística.

Décima, la plataforma de todas las semejanzas es el subdesarrollo democrático -mayor o menor- de nuestros países. Su paradigma está en los políticos sistémicos que no se asumen como defensores del Estado democrático de derecho, que tanto costó recuperar y que tanto los privilegia. Soslayando la violencia terrorista o estimándola como un atajo para sustituir a un gobierno débil, elevan los costos de combatirla dentro de la ley y con respeto a los derechos humanos.

EPÍLOGO PARA PERUANOS

Tras la dictadura militar bicéfala, Fernando Belaunde es reconocido como el único mandatario peruano, democráticamente elegido, que se retiró con dignidad.

Hoy parece claro que no podía levantar una estrategia antiterrorista en tiempo oportuno, pues SL se hizo visible justo cuando volvía a Palacio Pizarro. A partir de ahí, llamar “abigeos” a los terroristas no fue simple debilidad suya. Fue conciencia de que el problema, aparentemente intempestivo, no tenía solución en el marco de la democracia recién recuperada.

El APRA, la gran fuerza política de ideología revolucionaria, ya no estaba bajo la influencia sabia y moderadora de Víctor Raúl Haya de la Torre. Los indicadores económicos del país apuntaban hacia el sótano. La policía no era competente para mantener la seguridad en la sierra. En cuando a los militares -que lo habían golpeado en 1968-, algunos pretendían supeditarlo y otros protagonizaban pleitos internos muy serios. Además, condicionados por su éxito contra una guerrilla de tipo castrista, ignoraban las complejidades de una insurgencia de tipo maoísta.

Mi hipótesis es que Belaunde se percibió, nuevamente, ante una opción perversa. En 1968 fue la de disolver el Congreso para convertirse en dictador. En 1980, la de delegar en las Fuerzas Armadas la lucha contra SL. La primera le pareció inaceptable. “Preferí llevar una cruz democrática que un símbolo totalitario”, dijo en 1987. La segunda lo indujo a postergar decisiones y a emitir un ultimátum escapista: “otorgué a los terroristas un plazo de 72 horas, durante los cuales no debían cometer ningún acto subversivo”. 

Fue su tácita confesión de que no tenía opción ganadora y la gestión de sus sucesores lo confirmó. El terrorismo mutó en guerra interna, los militares admitieron una situación de “empate”, ese equilibrio socavó la institucionalidad y SL sólo fue derrotado cuando su líder carismático cayó detenido.

Por un sarcasmo del destino, la detención de Guzmán fue obra de la inteligencia policial, pero ya en el marco de una dictadura. La experiencia sufrida costó entre 50 y 70 mil vidas y dejó una herida en el sistema político que hasta hoy sigue sangrando.
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José Rodríguez Elizondo
Domingo, 14 de Marzo 2021



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Terrorismo comparado. Entrevista José Rodríguez Elizondo

El periodista Pedro Schwarze, del medio online Ex-Ante, me sometió a un interesante interrogatorio sobre mi experiencia peruana con el terrorismo de Sendero Luminoso, a propósito del reconocimiento de que en el sur de Chile hay síntomas de terrorismo en desarrollo


 
José Rodríguez Elizondo. Crédito: IES Chile.


Para el periodista y escritor José Rodríguez Elizondo, los políticos tienen una “tremenda responsabilidad” cuando se demoran en asumir que los fenómenos de violencia incontrolada son temas de Estado, como es el caso de la Arucanía. En su exilio de la dictadura de Pinochet trabajó como periodista en importantes medios de Perú (1976 y 1986), y  presenció el surgimiento de Sendero Luminoso y la escalada terrorista y represiva que duró más de una década y dejó casi 70.000 muertos.

 

¿Es posible tomar algo de la experiencia peruana para buscar salidas o soluciones a la situación de violencia que se está viviendo en la Araucanía?

No sólo es posible. Es obligatorio. La historia de Sendero Luminoso es un paradigma en cualquier país democrático en que se perciban síntomas de una escalada violencia-terrorismo. Me explico: Sendero Luminoso germinó, silencioso, durante la segunda fase de la revolución militar peruana, explosionó durante los gobiernos democráticos sucesivos de Fernando Belaúnde y Alan García. Entonces llegó a una especie de empate estratégico con el Estado y sólo fue derrotado por el autogolpista Alberto Fujimori. Es decir, con la democracia abolida y los derechos humanos desconsiderados.

Desde la primera acción de Sendero Luminoso, la quema de unas urnas de votos en 1980, hasta que Belaúnde Terry declaró el estado de emergencia y puso a las fuerzas armadas a luchar contra Sendero, pasaron dos años. ¿Fue una decisión tardía? ¿Fue la decisión correcta?

Nunca hay respuestas simples para problemas complejos. Si fue una decisión tardía no fue una decisión correcta y discutirlo puede ser escapista. Como testigo-periodista de las primeras fases, creo que el centralismo limeño llevó a subestimar los hechos de carácter violento que sucedían en Ayacucho. La primera acción senderista en la capital, en 1982, fue considerada un happening macabro: ¡¿perros colgados de las luminarias callejeras con letreros alusivos a Deng Xiaoping y otros “revisionistas” chinos!?… Cosa de maoístas locos.

¿La demora en lanzar la lucha más directa se debió a que se ignoraba qué era Sendero y qué alcance podían tener? ¿Faltó inteligencia?

Hubo una mezcla de ignorancia de la historia política comparada, en los políticos; de falta de inteligencia estratégica en el terreno, por parte de las fuerzas de seguridad, y de normalización de las polémicas entre las izquierdas extremas en el sistema. Esto hizo que nadie entendiera las complejidades del impacto de la Revolución Cultural china en esas izquierdas. Sendero parecía, entonces, un fenómeno entre pasajero y exótico. No podía tomarse en serio a su líder, Abimael Guzmán, cuando se autoproclamaba “cuarta espada de la revolución mundial”. Es decir, legatario directo de Marx, Lenin y el propio Mao.

¿No bastaba con la policía para reducir a Sendero Luminoso?

Cinco violentistas pueden ser una pandilla de abigeos, pero mil militantes ideologizados, armados y con estrategia clara son un ejército. Eso pasó con Sendero. Ante una autoridad perpleja, sus efectivos aumentaron en números y sus acciones terroristas en ubicuidad e intensidad. Incluso llegaron hasta Lima y fue entonces cuando se asumió que la policía estaba desbordada. La opción gubernamental fue la intervención militar progresiva. Primero como apoyo logístico a la policía y luego, con la policía detrás. Ayacucho, de teatro de operaciones único y lejano, se convirtió en escenario matriz de la insurrección.

¿Esa inacción inicial del gobierno de Belaúnde Terry posibilitó la aparición de otros grupos como el MRTA en 1982?

Así como el guerrillerismo castrista de los años 60 —dictadura militar de Juan Velasco Alvarado— fue una alternativa a otras organizaciones de izquierda revolucionaria, Sendero produjo una alternativa revolucionaria de otro signo ideológico: el MRTA que, a mi juicio, oscilaba entre el aprismo primigenio y el guevarismo.

¿Los militares, por su formación en una guerra convencional contra otro Ejército, están preparados para la lucha contrainsurgente? ¿Lo estaban entonces los militares peruanos?

Yo creo que entonces no lo estaban, por la especificidad de una guerra interna con base campesina, inspirada en los textos de Mao y con un líder creativo. La mejor prueba es que esos mismos militares habían derrotado, en cuestión de meses, la guerrilla castrista de los 60. Por eso, trataron de enfrentar la nueva complejidad con métodos equivalentes a los de una guerra convencional… y eso era impensable en un Estado democrático. De ahí que durante los gobiernos de Belaúnde y García se llegara a un empate estratégico. Sendero solo fue derrotado por la dictadura de Alberto Fujimori, que permitió a los militares operar con libertad casi total.

¿Están preparados ahora los militares chilenos?

En cuanto militares modernos no solo están preparados para su función histórica de defender al país propio, en una guerra convencional. También lo están para actuar en otros y muy variados tipos de guerra. Además, tienen el precedente de las guerras campesinas asiáticas y la muy especial de Sendero Luminoso. Pero, permítame decir que, en todas las hipótesis de contrainsurgencia, el problema es el costo en potencial disuasivo.

¿En qué consiste ese costo?

Combatir contra enemigos extranjeros suele tener una lectura épica. Produce un momentum de unidad nacional. Combatir contra connacionales que se pretenden representativos de una parte del país, confirma una división interna de carácter dramático. Además, si el proceso es de larga duración, puede darse un costo adicional: desmoralización y/o división en las propias fuerzas armadas y policiales. En todos los casos, se reduce el potencial nacional de disuasión. Un literal circulo vicioso.

Entonces, ¿tampoco hay solución militar?

En rigor, cuando se deja madurar la violencia más allá de lo prudente, no hay solución político-militar-policial que mantenga incólume el Estado democrático de derecho e intangibles los derechos humanos. Entonces, intervenir o no intervenir tiene costos negativos y los chilenos lo sabemos por experiencia. Por lo dicho, no cabe soslayar la tremenda responsabilidad de los políticos que “se atrasan” en asumir que los fenómenos de violencia incontrolada son temas de Estado. Y, peor, todavía, si estiman que son una buena oportunidad para desestabilizar al gobierno.

¿Se puede afirmar que todos saben cuándo entran las fuerzas armadas en la lucha contrainsurgente pero nadie sabe cuándo es el momento apropiado para retirarlas? ¿Es difícil hacer volver a los militares a los cuarteles?

Estamos en otro momento histórico-político. En síntesis taquigráfica, creo que después de la Guerra Fría y ante la experiencia venezolana, hoy lo difícil es sacarlos de sus cuarteles.

¿Qué lecciones del caso Sendero Luminoso se pueden rescatar para Chile?

Podrían esbozarse las siguientes:

  1. La violencia tiene una dinámica propia, marginal a los sistemas políticos, y no asumirlo tiene costos incrementales.
  2. El déficit de los liderazgos civiles tiende a inducir o mantener una relación defectuosa con las fuerzas legítimas del Estado, militares y policiales. Esto dificulta o impide una planificación estratégica oportuna respecto a los focos de violencia.
  3. Los servicios de inteligencia son estratégicamente imprescindibles y deben tener un nivel de profesionalidad que les permita transferir su masa informativa a los gobiernos sucesivos.
  4. Establecer una divisoria estática entre una masa social con carencias históricas diferenciadas y grupos políticos extremistas que dicen representarla, es una actitud escapista por parte de la autoridad legítima.
  5. La crisis de las ideologías totales, más la falta de vocación democrática de los políticos extremistas y la ignorancia de otras realidades por parte de los políticos sistémicos, favorece la polarización y ésta contribuye a mutar la violencia en terrorismo.
  6. En el caso de la lección anterior puede llegarse a un punto de no retorno, con estallidos recurrentes y desborde total del Estado democrático de derecho.

¿Qué opina sobre rechazo de la presidenta del Senado, Adriana Muñoz, a la incorporación de los militares a combatir la violencia en la Araucanía?

Me parece un poco simplista. Una visión estática. La eventual militarización, como fue el caso peruano, es el efecto de la polarización o del bloqueo político previos, con responsabilidad de los actores políticos variopintos. Me habría gustado escucharla sobre lo que podría hacer ella, como líder del senado, para impedir que se llegue a esa última ratio del conflicto.


José Rodríguez Elizondo
Lunes, 1 de Marzo 2021



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EE.UU. DESPUES DEL AUTOGOLPE QUE NO FUE José Rodríguez Elizondo

La decadencia del bipartidismo norteamericano golpeó al sistema de equilibrios y controles y, siguiendo esa línea, Donald Trump golpeó a la democracia misma. En estos momentos, la recuperación de la gran potencia depende no sólo de la gestión que inicia el Presidente Joe Biden. Además y quizás más importante, es que el Partido Republicano no rompa lanzas por la impunidad del primer autogolpista en la historia del país.


Publicado en El Libero 6.2.2021 (*)

En los Estados Unidos la elección de un presidente equivale a una apuesta sobre un hombre.
Raymond Aron. 1984.

 
Desde que consolidara su independencia en el siglo 18, Estados Unidos supo comunicar, a través de sus élites, que la democracia y la libertad no sólo eran sus principios domésticos. Además, eran la esencia de su destino manifiesto, que ejecutaría ante el mundo como una misión autoasignada.

La plataforma jurídica de esos principios fue una Constitución enmendada pero nunca sustituida, un sistema de equilibrios y controles entre los poderes del Estado y una cortés alternancia en su sistema político bipartidista. Con esa configuración la potencia emergente respaldó intereses cada vez más globales, lo que indujo al filósofo francés Raymond Aron a definirla como una “república imperial”.

Sólo una guerra civil pudo suspender, en el siglo 19, esa estructura jurídico-político-ideológica. Luego, en el siglo XX, su participación en dos guerras mundiales planteó a Estados Unidos el dilema de la mayor o menor consecuencia con sus principios. Explicable porque, invocando el interés nacional, eventualmente apoyó a dictaduras ominosas y, en el campo de los derechos humanos, desestabilizó más a sus aliados que a sus enemigos. Lo que para sus gobernantes era una política exterior pragmática, para sus contrapartes afectadas era una política imperialista.

Notablemente, la consistencia democrática interna prevaleció, incluso en el plano del soft power o prestigio estratégico. La opinión pública mundial asumía que Estados Unidos, pese a ser amistoso con algunos dictadores, no se contaminaba con las dictaduras. Desde esa perspectiva, el mundo agradeció su decisiva contribución a la derrota del nazifascismo en la segunda guerra y reconoció su victoria contra la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría.

Lo anterior está escrito en pretérito, pues el asalto al Capitolio, dispuesto por el expresidente Donald Trump, fue un estallido en el corazón del sistema. En lo inmediato, puso entre paréntesis el respeto global por su democracia. Quienes criticaban a Estados Unidos por su tolerancia con dictaduras amistosas, comenzaron a percibir la posibilidad de una dictadura en la propia Casa Blanca, a cuya sombra difícilmente podrían sobrevivir los regímenes democráticos. Además, perfiló la posibilidad de un escenario antes inimaginable: el de un dictador estadounidense insensato, con mando sobre un ejército poderoso y con un enorme arsenal nuclear. Una obvia amenaza para la paz y la seguridad internacionales.

Con base en ambas percepciones fue sorprendente el silencio de todas las cancillerías y, en especial, el de los organismos multilaterales encargados de afirmar la paz, proteger la democracia y velar por los derechos humanos. Afortunadamente, el sistema fundacional de equilibrios y controles pudo sostenerse. Aunque Trump tenía aliados internos con poder, la institucionalidad judicial mantuvo su independencia y los militares no se plegaron a su comandante en jefe presidencial. El autogolpe fracasó y el presidente Joseph Biden está reiniciando la andadura democrática, con un fuerte sesgo recuperacionista en lo interno y propósitos de reinserción en el abandonado espacio internacional.

Está bien lo que bien termina pero, como el susto queda y Trump lucha por quedar impune, es bueno recurrir a la parábola histórica. Esa según la cual un agitador alemán, tras una asonada sangrienta y algunos años de cárcel, llegó a gobernar con mayoría parlamentaria, indujo el incendio del Reichstag, se hizo dictador con apoyo militar, provocó una guerra mundial que dejó 60 millones de muertos y terminó liquidando a su país.
(*) Editorial de revista online Realidad y Perspectivas (RyP) del mes de enero

José Rodríguez Elizondo
Sábado, 6 de Febrero 2021



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José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar", “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, ha vuelto a publicar la revista Realidad y Perspectivas (RyP), que fuera inexplicablemente suprimida por un Decano que no supo prestigiar su cargo. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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