CONO SUR: J. R. Elizondo

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La coyuntura latinoamericana está marcada por la nueva utopía de la plurinacionalidad, como Historia rectificada y revolución socialista sustituta. Es lo que me ha tentado a sentar las bases de su eventual teoría.


Las claves de una vida humana digna, rica, honorable y feliz, no está en la constitución o en el código penal.
Václav Havel

Hay distintos contextos para la plurinacionalidad, en las sucesivas versiones y armonizaciones del borrador constitucional. La principal está en la última versión de la definición de Chile: “Es un Estado social y democrático de derecho. Es plurinacional, intercultural y ecológico”.  Anoto que en el camino desapareció el adjetivo “regional”.

Dado que tenemos más de 200 años como miembros de una sola nación y aprendimos desde niños que la genialidad de Portales fue haber impuesto el “Estado en forma” -un Estado nación en singular- exigir una aclaración habría sido lo más natural del mundo.

Sin embargo, ningún convencional ha dicho qué debe entenderse por “Chile plurinacional” ni por qué es conveniente que lo sea. Lo más cercano a una explicación es que se trataría de “un concepto en construcción”.

Por lo mismo, el tema estuvo pasando colado. Costó mucho que se captara la importancia y alcances de que Chile cambie su identidad y mute en un Estado de naciones. Y, ahora, cuando por fin el tema está en la agenda pública, sorprende que, en lugar de una explicación pormenorizada de quienes lo inventaron, haya soslayamientos, eufemismos. autocríticas vagas o, peor, recusaciones ideológicas.

Sobre parentescos

Por lo dicho, me permito algunos rellenos para mis análisis sobre el tema, comenzando con una “tesis en construcción”: la plurinacionalidad, concebida como la incorporación constitucional de comunidades y pueblos originarios al Estado nacional, es un pariente lejano de la utopía de Simón Bolívar, un pariente raro de la revolución continental castrista y un pariente subversivo de los proyectos integracionistas oficiales de los años 60. Esos que llenaron el paisaje con nuevos organismos internacionales. 

Tanto empeño frustrado se debe a que no son las cosmovisiones jurídicas, ideológicas o antropológicas, las que definen a las naciones y a los Estados nacionales. Ortega y Gasset lo dijo  hace un siglo en su España invertebrada: “La identidad de raza no trae consigo la incorporación en un organismo nacional (…) es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre”. En el Perú, José Carlos Mariátegui -reconocido teórico del marxismo indigenista-, advirtió contra la tendencia a  pasar del prejuicio de la inferioridad de las etnias originarias, al ingenuo misticismo  del “racismo inverso”. Esa idealización del pasado fue definida por el historiador peruano Jorge Basadre como nostalgia del “paraíso destruido”

Invención del nuevo Estado

Lo decisivo no es la constitucionalización, entonces, sino el proceso histórico que ha instalado a los pueblos indígenas en su situación actual y concreta. En el Perú, donde construyeron culturas y hasta civilizaciones, la Constitución es enfática en declarar la singularidad de la nación y el carácter unitario e indivisible del Estado. En Bolivia y Ecuador, donde tienen amplia densidad demográfica, pudo ser plausible incorporarlos como naciones del Estado. Pero, esa invención -que algunos tildan como “retórica”- se hizo con muchos resguardos y no está claro que haya contribuido a un mejor  desarrollo para todos.

Por eso en Chile, donde la densidad demográfica de los originarios es comparativamente mínima, la plurinacionalidad emerge como una rareza mayor. Todo indica que surge desde grupos antisistémicos, durante el gobierno Sebastián Piñera, con base en cinco macrofenómenos: el colapso de la clase política; la clásica “cuestión social”, potenciada por desigualdades y corrupciones; la exasperación de la “cuestión mapuche”, tras largas décadas de administración de su problemática; la desconfiada relación político-militar-policial, incrementada por un déficit de políticas específicas, y el “estallido social” o “de la revuelta”, de 2019.

En ese contexto, políticos juveniles, influidos por ideólogos neomarxistas -entre los cuales el boliviano Álvaro García Linera-, comenzaron a construir una estrategia “refundacional”, con proyección regional, motivación en la impopularidad del gobernante y confianza en la seducción de líderes mapuches. Sincerando términos, apuntaban en lo inmediato al desborde revolucionario del Estado vigente, concebido como la nación jurídicamente organizada.

El mismo Estado chileno que -bien o mal- ha venido encuadrando la diversidad social interna, compatible  con la multiculturalidad.

Revisionismo marxista

La Historia dice que el desborde del imperio-plurinacional de los zares estuvo en la agenda estratégica de los revolucionarios bolcheviques. Sinópticamente, lo apoyaban o rechazaban según fuera “el interés de la clase obrera”. En 1914, Stalin trató el tema como una contraposición  simple entre el internacionalismo proletario y “la ofuscación nacionalista” de la burguesía, que se debía solucionar “según las circunstancias históricas concretas que rodeen a la nación de que se trate”. Lenin pulió esa tesis un año después, planteando que  a) “Estados abigarrados” son los que contienen más de una nación, b) que autodeterminación significa “el derecho a la separación” y c) que “sin jugar a las definiciones jurídicas” (…) separación es la formación de un Estado nacional independiente”.

Esta información permite decodificar las tesis marxista-indigenistas que hoy se están implementando. Vistas en su propio  mérito, nacieron como “revisionistas” pues, tras convertir a los pueblos indígenas en naciones, dictaminaron que éstas eran la fuerza motriz de un proyecto de revolución continental, en reemplazo de la ortodoxa clase obrera industrial. Vistas desde la realpolitik, ignoran las especificidades de cada país, con una lógica similar a la del fracasado “foco guerrillero” que impulsara Fidel Castro el siglo pasado. Vistas desde la geopolítica, contienen un paradójico interés mononacional y hasta personal. La denuncia peruana de Runasur -ya comentada en columnas anteriores- sugiere que son  una vía para  cambiar la configuración de los países andinos, mejorando la condición marítima de Bolivia y revitalizando el liderazgo del expresidente Evo Morales.

Problema bicentenario

En Chile es muy difícil que el marxismo-indigenista-regionalista pueda encarnar, de manera ecuánime, en los pueblos originarios. Primero, porque igualarlos es una ficción jurídica, que no consigue ocultar la hegemonía demográfica del pueblo mapuche.  Además, porque contradice el ethos histórico de los mapuches, épicamente descrito por los conquistadores españoles. En La Araucana, Alonso de Ercilla contó que “a ningún rey obedecen” y que jefes guerreros como Lautaro instrumentalizaron a quienes presumían ser sus protectores.

Coherentes con su historia, los mapuches siempre plantearon sus demandas como de autonomía respecto a Chile republicano y no como afán de asimilarse a la nacionalidad ni, menos, a la estadidad. Ese talante hoy se manifiesta en las diferencias que muestran sus comunidades -en especial las de acción armada- entre ellas y respecto a los constituyentes mapuches.

Por lo dicho, no  es realista pensar que la concreta “cuestión indígena” pueda resolverse mediante la simple dación de normas constitucionales. En 1818, Bernardo O’Higgins dispuso, por decreto, que respecto a los indígenas “no debe hacerse diferencia alguna, sino denominarlos chilenos”. En 1819, en su discurso ante el Congreso de Angostura, Simón Bolívar dijo que “disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer” era el tema “más extraordinario y complicado”.

Cuesta mucho asumir que ese conflicto bicentenario pueda resolverse por la magia de una plurinacionalidad indefinida, inserta en una Constitución sin consenso.

Aliados inseguros

Las historias y leyendas de líderes indígenas como Lautaro y Caupolicán dan cuenta del dilema básico de los conquistadores: hasta qué punto podían contar con los autóctonos para asimilarlos al criollaje en formación. Correlato, por cierto, del dilema de esos autóctonos: hasta qué punto podían colaborar con los españoles, sin ser asimilados por su imperio.

Siglos después, como en una narrativa de García Márquez, el dilema se reproduce en lo fundamental. En el Perú, ya hay señales de que la estrategia constitucionalista está en la agenda del presidente Pedro Castillo. En Chile, gobernantes, convencionales e ideólogos dan todo tipo de señales cariñosas a los mapuches, para incorporarlos a su proyecto político. Por otra parte, jefes, convencionales y machis de las distintas comunidades mapuches, fieles a su tradición, rechazan los símbolos nacionales de Chile y algunos hasta recurren a acciones terroristas

En resumidas cuentas, “abigarrar” de naciones nuestro Estado unitario hoy luce como una mezcla de utopismo, indigenismo desinformado y revolucionarismo contrafactual. Un constructo que, al parecer, pretende instalarnos en una variable inédita del socialismo comunitario.

La pregunta pertinente, en este contexto, es ¿quién está tratando de instrumentalizar a quién?

Colofón

A esta altura, creo que está empíricamente claro que la plurinacionalidad es el concepto eje del borrador constitucional. A su alrededor giran una nueva configuración de los poderes clásicos, una justicia diferenciada por etnias, sistemas especiales de propiedad, modificaciones drásticas del sistema electoral, cambio en la estatura estratégica del país y la posibilidad de introducir elementos de la “diplomacia de los pueblos” en la diplomacia institucional.

Al margen de ideologismos y voluntarismos, dicho eje tiene como plataforma el tradicional idealismo jurídico chileno.  En su virtud, los convencionales mayoritarios han creado sinonimias arbitrarias entre conceptos sociológicamente tan complejos como “pueblo”, “nación” y “Estado-nación”, que son el fruto de evoluciones históricas de larga o larguísima duración.

Aquello significa que no son los hechos los que están creando el nuevo derecho, sino  al revés. Es el derecho -las normas de una nueva Constitución- el que crea pueblos donde había pequeñas comunidades étnicas y muta pueblos en naciones. Y no sólo eso, también deja abierta la posibilidad de crear nuevos pueblos o naciones por ley. Todo lo cual sobrepasa, con largueza, el rol funcional del sistema de ficciones propio del derecho: dar certezas respecto a su conocimiento y aplicación.

Con el mérito de lo señalado, el tardío reconocimiento de la importancia estratégica de la plurinacionalidad hoy está incidiendo en el destino del borrador. Si se aprueba o se rechaza. Para muchos de quienes aprobaron el proceso constituyente, el peligro existe pero ya no cabe retroceder. Otros se consuelan penando que en el camino de las leyes se puede aliviar la carga. Para un tercer sector, aprobar un texto con tamaña carga explosiva sería como dispararse a los pies.

Esas son las opciones básicas, a juicio de este servidor. Y, si no fuera utópico plantearlo, debieran ser abordadas no como planteos ideológicos ni generacionales, sino desde el propósito de recuperar la promesa de un Estado democrático y social de derecho.

Un Estado cuyo “mínimo común” sea el interés nacional del Chile en que nacimos.


José Rodríguez Elizondo
Lunes, 16 de Mayo 2022



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VIA CONSTITUCIONAL A LA REVOLUCIÓN José Rodríguez Elizondo

De repente en el otoño, comenzó la opinión pública chilena a asumir que la Plurinacionalidad no era un simple sinónimo de la multiculturalidad ni una obviedad antropológica, sino un recurso estratégico para modificar cualitativamente el Estado. Y no sólo focalizado en un país, sino a nivel regional y con sesgo indigenista. Mi hipótesis, ya esbozada en este blog, es que estamos en presencia de una distopía contrafactual, orientada a ambientar una nueva manera de hacer la revolución en América Latina


    

En 1999, cuando Hugo Chávez asumió la Presidencia de Venezuela, lo hizo en su más histriónico estilo. Con una mano sobre el texto, juró el cargo “por esta moribunda Constitución”.
Tuvo un gran éxito antidemocrático, pues no sólo hizo una Constitución a su pinta. Las nuevas normas le permitieron acumular todo el poder y lo legitimaron como el más notable de los dictadores elegidos y reelegidos de la región. Incluso pudo designar a dedo a su sucesor.
Fidel Castro debió mirarlo con alguna envidia. Ni en su más gloriosa época de guerrillero triunfante osó someterse a una elección popular.
 NACION CHILENA RESIDUAL
En lo que fuera Santiago de Nueva Extremadura, a pocas cuadras del cerro Huelén, un centenar de convencionales de pueblos originarios, de la izquierda radical y de independientes afines, está liderando la propuesta de una nueva Constitución Política para Chile.
Desde la Comisión sobre Principios Constitucionales, ya aprobaron su artículo primero que -entre otras características- define al Estado como “plurinacional”. De manera tácita, pero coherente, desaparece el calificativo “unitario” del artículo tercero de la Constitución vigente.  
En lo literal, esto implica convertir en naciones estatales a una decena de comunidades y pueblos originarios, precolombinos o poscolombinos, que configuran un 12.8% de la población. En lo motivacional, es un marco general para el postergado reconocimiento al combativo pueblo mapuche, cuya densidad demográfica es de un 10%.
Debido a esa implicancia vernacular, la importancia estratégica de la plurinacionalidad pasó inadvertida. Pocos pensaron que convierte a la chilena en una nación residual ni que, en términos geopolíticos, debilita al Estado histórico. Por default, muchos la identificaron con la interculturalidad o con un mixto de descentralización con autodeterminación territorial. Los más prolijos detectaron otras normas aprobadas  que garantizan la integridad territorial de Chile. Sólo unos ancianos lectores de Lenin sabían que éste llamaba “Estados abigarrados” a los que contenían varias naciones y definía la autodeterminación como su derecho a la separación, para formar Estados nacionales independientes.
En ese vacío cultural-conceptual-informativo, la crítica ciudadana se concentró en las otras innovaciones polémicas del borrador o en sus notorios déficit de técnica jurídica.
VUELTA A LA COLONIA
Pero, como no hay distracción que dure cien años y algunas advertencias razonables permearon la opinión pública, hoy el interrogante estratégico apunta, precisamente, a la plurinacionalidad. Y sucede que no hay quien responda.
Para algunos su presencia es inocua, dado que el proyecto constitucional contiene normas que garantizan la indivisibilidad del territorio. Otros, asumiendo que hay distintas formas de entenderla, se remiten a las injusticias cometidas contra “las naciones originarias existentes en su hábitat natural”.  Ni siquiera los convencionales más ilustrados pueden explicarla. En subsidio, aluden a la necesidad de “refundar” Chile. Uno optó por sincerarse: “es un concepto en construcción”, dijo.
Por lo señalado, hasta podría pensarse en una distopía contrafactual: si el Estado republicano unitario maltrató al pueblo mapuche, habría que refundar Chile, redescolonizarlo con equidad y reconocer a ese pueblo como nación privilegiada de un Estado nuevo.  
EL VIEJO EXCEPCIONALISMO
Es posible que esa vuelta de la Historia a fojas cero esté en la mente de algunos convencionales. Pero, asumirla en serio sería algo más que una irracionalidad. De partida, porque está claro que el borrador constitucional no se agota en una retardada justicia para poco más de un 12% de la población.
Creo (es mi opinión) que el sesgo indigenista del Estado plurinacional apunta a un fin más ambicioso y casi diría escatológico, si esta palabra fuera más comprensible. Dicho en síntesis, para que una izquierda novedosa y juvenil asigne a una fuerza social significativa y con tradición de combate, la misión de vanguardizar una alianza política que construya un Estado nuevo para  todos. Incluso para los chilenos  del 78%.
La pregunta de rigor, entonces, es qué tipo de Estado será ese. Y la respuesta aproximada -derivada de otras normas ya aprobadas- muestra un Estado socialcomunitario o socialista a secas, con gran porosidad fronteriza, comnprometido a proveer a sus nacionales variopintos todos los bienes y servicios necesarios para “el igual goce de los derechos y la integración de las personas en la vida política, económica, social y cultural para su pleno desarrollo”.
En otras palabras, en Chile estaría perfilándose una  segunda nueva manera de hacer la revolución social, que deja atrás la inédita vía transicional liderada por Salvador Allende, critica duramente lo obrado por los gobiernos centroizquierdistas de la Concertación y soslaya los fracasos socioeconómicos de castristas y bolivarianos.
El detalle prosaico  es que, a contrapelo de nuestra alta vocación excepcionalista, esto que nos está sucediendo tiene precedentes que es necesario considerar.
AMERICA LATINA PLURINACIONAL
Tras el fin de la guerra fría y con el desprestigio ecuménico de los políticos, la fórmula chavista se normalizó en las izquierdas duras de la longitudinal andina. Hoy induce a surfear sobre las calamidades nacionales, negar el libre debate democrático, imponer un cambio de Constitución y concebirla como el equivalente a un programa político  de alta densidad ideológica.
Quien llegó más lejos por esa vía fue el expresidente boliviano Evo Morales, devoto admirador de Castro y Chávez. Su Constitución de 2009 se llenó de alegorías andinas y derechos sin deberes, muy funcionales para su reelección indefinida. Además, desconoció unilateralmente tratados internacionales y, con base en el 60% o más de pueblos originarios, cambió la definición del Estado de Bolivia. Aunque conservó el calificativo “unitario”, éste hoy es un Estado plurinacional.
Alvaro García Linera, ideólogo y exvicepresidente de Morales, ha explicado que ese nuevo Estado es el instrumento necesario para romper con el “neoliberalismo” y reivindicar el socialismo, con los indígenas como “fuerza motriz”. También reconoce que el parto fue difícil y que “ninguna Constitución fue de consenso”.
Los porfiados hechos dicen que la nueva  Constitución no trajo la felicidad de todos los bolivianos y que Morales debió abandonar la Presidencia en modo traumático. Sin embargo, él no ha abandonado su ambición de líder permanente, sólo que hoy la está ejecutando a escala región. Con el proyecto Runasur en ristre, busca convocar a una América Latina plurinacional, con plataforma en los distintos pueblos originarios del continente y eventual alianza con gobiernos ideológicamente afines.
En marzo quiso proclamar esa nueva América en el Cusco, con la anuencia de su homólogo Pedro Castillo, pero debió retroceder ante la denuncia de diplomáticos peruanos de gran prestigio. Estos dejaron en claro que Runasur violaba la soberanía nacional e implicaba la ruptura de la contigüidad geográfica chileno-peruana, jurídicamente consolidada en el tratado de 1929.
Para los más suspicaces, Morales trataba de obtener una salida soberana al Océano Pacífico, por interpósita integración de comunidades aymaras de Bolivia, Perú, Chile y Argentina, para así volver al sillón presidencial, en loor de multitudes.
NUEVA PUERTA DE ESCAPE
Con ese mar de fondo, el domingo antepasado leí la siguiente y destacada noticia procedente del Perú: “el presidente Pedro Castillo presentó ayer ante el Congreso un proyecto de ley para una reforma constitucional que permita la convocatoria de una Asamblea Constituyente, así como un referéndum para consultar a los ciudadanos si desean una nueva Carta Magna”.
Según la bajada, dicha Asamblea tendría carácter plurinacional, con una minoría de candidatos de partidos políticos y una mayoría de independientes, miembros de pueblos indígenas y de comunidades afroperuanas, porcentualmente calificados. Se calcula que los  originarios peruanos, con quechuas y aymaras a la vanguardia, alcanzan un 25% de la población.
Al margen de la mayor o menor viabilidad del proyecto presidencial y de su inspiración evo-chavista, lo que importa, para este análisis express, es que muestra un momento de coincidencia estratégica entre los viaconstitucionalistas chilenos, bolivianos y peruanos. 
En paralelo, refleja una estrategia supranacional compartida, diseñada por los que Gramsci llamaba “intelectuales orgánicos” y ejecutada por políticos de nuevo cuño, que buscan una puerta de escape para salir de nuestra aporreada realidad.
PEPE Y EL SOCIALPATRIOTISMO
A fines de febrero, acompañando a Iris Boeninger, entonces embajadora de Chile en Uruguay, fui a visitar al expresidente Pepe Mujica, en su chacra mítica. Fue una buena oportunidad para recibir, en vivo y en directo, una de sus lecciones de socialismo  democrático, que tanto han beneficiado a su país.
Nos contó que, días antes, había conversado con nuestro presidente Gabriel Boric. Le llamó la atención su juventud y lo encontró simpático, pero pronto llevó la conversación a su experiencia política. Que a recogerla iba yo.
Según mi memoria y apuntes, contó cuánto leyó en la cárcel y cómo lo aprendido catalizó el abandono de sus dogmas ideológicos. En especial, aludió a su comprensión de que el liberalismo no era idéntico al “neoliberalismo” ni tampoco era el taparrabos de la explotación capitalista. Reconoció la importancia de la formación militar de Liber Seregni, el fundador del Frente Amplio: “hablaba poco, escuchaba mucho, organizaba nuestras ideas dispersas y luego trazaba la línea estratégica”. Habló de su relación civilizada con quienes fueron sus carceleros. Explicó la corrupción en las izquierdas como una falla ideológica y justificó su austeridad citando a Séneca: “pobre es el que precisa mucho”.
Esta semana, rebuscando entre sus entrevistas publicadas, rescaté esta cita que refleja bien lo conversado y viene a punto para nuestra coyuntura: “cincuenta alucinados no hacen una revolución, pero pueden hacer un relajo de la puta madre”.
Glosándola, pienso que estaríamos mucho menos nerviosos si sólo cincuenta líderes paritarios y con liderazgo real, políticos, diplomáticos, académicos, artistas, intelectuales y deportistas, asumieran públicamente:
  • Primero, que un Estado de naciones es menos potente que un Estado unitario.
  • Segundo, que una Constitución no debe ser un manifiesto ideológico, sino una hoja de ruta para todos.
  • Tercero, que sigue vigente el decreto del 3 de junio de 1818, de don Bernardo O’Higgins, según el cual, respecto a los mapuches “no debe hacerse diferencia alguna, sino denominarlos chilenos”.
Hoy por hoy parece una utopía. Pero ¿quién sabe si de repente se puede?
 
 
 
 

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 4 de Mayo 2022



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UCRANIA Y LA DISTOPÍA PLURINACIONAL José Rodríguez Elizondo

El tema del Estado de naciones, contrastado con el del Estado-nación, está en la base de la Guerra de Ucrania y de la estrategia de los Estados plurinacionales en América Latina, que viene liderando el expresidente boliviano Evo Morales. Es lo que trato de probar en el siguiente ensayo



 
Por autodeterminación de las naciones se entiende
la formación de un Estado nacional independiente
                                                                    Lenin
No es el ayer, el pretérito, lo decisivo para
que Puna nación exista.
                                             José Ortega y Gasset
 
Cuando Vladimir Putin inició la invasión a Ucrania, adquirió un notorio parecido con  Hitler. En la precuela de la Segunda Guerra Mundial, éste dispuso la invasión de los Sudetes checoslovacos, porque allí había muchos germanoparlantes. Luego, cuando mentó su panoplia nuclear y mostró su poder hipersónico, su agresión lució como secuela del “equilibrio del terror” de la Guerra Fría.
Ambas percepciones ominosas tienen al  mundo en alerta roja. Los líderes democráticos, en especial, asumen que el presidente ruso -como antes los zares y los jerarcas comunistas-, se autopercibe más como jefe de un gran imperio que como jefe de un “simple” Estado-nación. Desde ese imaginario y en nomenclatura geopolítica, Ucrania le sería indispensable para que Rusia recupere su “profundidad estratégica”.
En esto no debió haber sorpresa, exceptuando a los políticos de andar por casa. Los expertos sabían que la concepción imperial de los “grandes rusos” estaba viva en Putin. El politólogo alemán Alexander Rahr en su libro Vladimir Putin, el “alemán” en el Kremlin (2001), narra una intervención suya de 1994, como alcalde suplente de San Petersburgo, en un foro de empresarios y expertos europeos. Allí aludió a los 25 millones de rusoparlantes que, tras  la implosión de la Unión Soviética, quedaron varados en los  países de su entorno. Según dijo, pasaron a vivir en territorios que históricamente pertenecieron  a  Rusia e incluso mencionó la Crimea ucraniana. Añadió, con desparpajo, que en  ningún  caso  se los podía  considerar  “ocupantes”, pues también fueron  víctimas  del  régimen  comunista y tenían doble nacionalidad. Terminó con un colofón de miedo: “Para mantener la paz universal, la comunidad mundial también deberá respetar los intereses del Estado y del pueblo ruso que constituye, a pesar de todo, una "gran nación".
Entrevistado para el National Interest en 2015, el siempre bien informado Henry Kissinger advirtió el peligro. No le parecía prudente avanzar las líneas de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Los Estados Unidos y la Unión Europea debían tomar sus ínfulas de gran potencia con seriedad, para lo cual “deberíamos explorar las posibilidades de un estatuto de agrupación no militar en el territorio entre Rusia y las fronteras existentes de la OTAN”.
FALSA SOBERANÍA
Exmiembro de la KGB y controlador de la Stasi -la policía de la ex República Democrática Alemana-, Putin sigue soslayando ese problema insoluble de sus jefes soviéticos: qué hacer para pasar desde el apoyo  de Lenin a la autodeterminación de las naciones vecinas, durante el régimen zarista, a la inserción de esas naciones en el colchón geopolítico de la Unión Soviética, después de la revolución.
Está claro que no se pudo. Aquellos jerarcas jamás consiguieron  que la impronta nacional de las repúblicas periféricas se disolviera en “la patria del proletariado”. Debieron mantenerlas bajo control, con base en la “doctrina de la soberanía limitada”, la que justificó  intervenciones militares en Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Afganistán. 
Hay tradición, entonces, en la aparente locura de “recuperar” Ucrania. Es la histórica cirugía rusa de la fuerza. Lo nuevo es que, esta vez, no hay resignación democrática en Europa ni excusas aislacionistas en los Estados Unidos, como sucediera con la invasión nazi a los Sudetes. La consigna tácita es que, si no pueden ayudar a Ucrania con fuerzas militares, por la lógica del equilibrio nuclear, si pueden donarle armas y minar la fuerza de Rusia con sanciones económicas y el repudio diplomático de la gran mayoría de las naciones.
En esto subyace un realismo cruel. En parte, porque implica el reconocimiento de que Kissinger tenía razón. No fue prudente avanzar las líneas de la OTAN hasta la periferia exsoviética. En parte, porque asume que Rusia podría optar por la mantequilla en vez de los cañones, sólo mediante un estallido interno que tumbe a Putin.
En el fondo bulle una esperanza humilde: la heroica defensa del Estado-nación ucraniano, liderada por Volodomir Zelenski.
EL FANTASMA REGIONAL
Si Putin trata de fragmentar un Estado-nación europeo por vía armada, los Estados latinoamericanos están en peligro de fragmentación, por adición no armada de naciones. Se trata del fantasma “plurinacional”, que recorre la longitudinal andina, con base en la “refundación” de las repúblicas.
Aquí la palabra “refundación” es un eufemismo para soslayar la palabra “revolución”, que ya no es lo prestigiosa que era. Por ello, en lugar de tomas de los centros del poder político del Estado, ahora se ejecuta vía autodeterminación de los “pueblos y/o naciones internas” maltratadas. Desde esta perspectiva, se configura una distopía contrafactual, inspirada en el romanticismo rousseauniano del “buen salvaje”, “la leyenda negra” de los conquistadores españoles y la orwelliana “rebelión en la granja”.
SINONIMIA PARA DESCOLONIZAR
La contrafactualidad se explica porque, tras más de dos siglos de independencia republicana formal, los latinoamericanos aún seguiríamos en estado colonial. Para acceder a la independencia verdadera, debemos iniciar una “guerra social total”, con los pueblos originarios a la vanguardia.
Como primer paso táctico, los distópicos despliegan una aplanadora semántica, cuya función principal es homologar como “naciones” a las diversas comunidades que existen en cada Estado de la región: pueblos ancestrales, entes territoriales varios y agrupaciones identitarias muchas.  La sinonimia admite, incluso, naciones reconocidas por ley.
Poco importa que dichas “naciones” no tengan homogeneidad, territorios definidos ni proyectos de futuro común, que las haga viables fuera del Estado nacional vigente.
LA ESTRATEGIA
La  estrategia adivinable se desglosa en dos etapas. En la primera, las naciones incrustadas convierten a los Estados vigentes en lo que Lenin llamaba “Estados abigarrados”. En la segunda, las fuerzas centrífugas generadas colocan  a esos Estados entre la  espada del desmembramiento y la pared de la guerra de verdad. Desde esa espiral agónica, surgirá el Estado-región socialista  y comunitario, que es una suerte de placebo de la integración soñada por Bolívar y, luego, por los lideres republicanos de avanzada social.
Animador autodesignado de esta empresa es el expresidente boliviano Evo Morales, quien parece percibirse como el sucesor en línea de Fidel Castro y Hugo Chávez. Sus ideólogos son marxistas renovados, que asumen el desprestigio de los partidos políticos, el fracaso del socialismo real, el maltrato republicano a los pueblos indígenas y, en especial, el fracaso de las tesis clásicas sobre la vanguardia social de las revoluciones.
En esa línea de pensamiento, descartan como vanguardia refundadora a la  clase obrero-industrial de Marx, a la clase campesina militarizada de Mao y a la guerrilla clasemediera de Castro. Por default y en nombre de “la deuda histórica”, asignan esa misión a los pueblos originarios. Es decir, los que estaban en nuestros países antes de 1492. Glosando una formulación de Gramsci, estos pueblos encabezarán un bloque histórico de poder, junto con núcleos obreros y de clase media, sindicatos campesinos, movimientos sociales urbanos, organizaciones de estudiantes, comunidades identitarias  y revolucionarios resilientes.
Todos con sus banderas propias, alternativas a los símbolos oficiales del obsoleto Estado-nación.
HARAKIRI INSTITUCIONALIZADO
De lo dicho se desprende que la unidad nacional de los Estados latinoamericanos, por conflictuada que esté, deja de ser un valor por el cual  cortarse las venas. Por ende, las constituciones políticas vigentes dejan de ser  la base jurídica de la coexistencia democrática y  los derechos fundamentales de los ciudadanos. Ilustrando la necesidad de reemplazarlas, Hugo Chávez juró, en su momento, por “esta moribunda Constitución”. Álvaro García Linera, ideólogo de Evo Morales, sostiene, ahora, que “ninguna Constitución fue de consenso”.
Lo más grave (gravísimo) es que la estrategia plurinacional con sus nuevas constituciones, contiene la despotenciación de nuestros países y de sus Estados, en lo interno y lo externo. Plurinacionalizarnos, entonces, es la manera más equivocada posible  de desarrollarnos, defendernos y reparar los indesmentibles errores y abusos republicanos respecto a  los pueblos originarios.
Por añadidura, el debilitamiento de los Estados realmente existentes también debilitaría a sus eventuales “naciones internas”. En parte, porque homologa las que son demográficamente significativas con entes comunitarios que pueden ser minúsculos. En parte, porque induciría aventuras separatistas que, en ausencia de masa crítica y de recursos, no les permitiría insertarse ni competir en el mundo vecinal y global.
Añádase que no estamos ante un peligro lejano. Ya tiene plataforma jurídica en las Constituciones de Bolivia y Ecuador y en el borrador de la Convención Constituyente de Chile, en desarrollo. Incluso tuvo un principio de ejecución, en diciembre pasado, con una aventura injerencista de Morales, en el Cusco, que fue desbaratada no por el gobierno, sino por prestigiados diplomáticos peruanos.
CONCLUSIÓN
Los latinoamericanos estamos buscando en la antropología la solución para los déficit del Estado actual y soslayando que las naciones prevalecen si sus líderes saben mirar al futuro, con base en el conocimiento y las tecnologías que les proporciona el presente.
Como efecto previsible, estamos a punto de dispararnos a los pies.
 
 
 
 
 

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 18 de Abril 2022



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CHILE SE DISPARA A LOS PIES José Rodríguez Elizondo

La odisea constituyente de los chilenos está culminando con un proyecto de Constitución Política refundacional, que es un eufemismo para soslayar el adjetivo "revolucionaria". Lo raro es que no se trata de una revolución con vista al futuro, sino de una con vista al pasado. Su objetivo es rectificar la Historia de la Conquista y de la República,


El Libero, 4.4.2022

“Los gritos del género humano claman contra los inconsiderados y ciegos legisladores, que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones”.
Simón Bolívar, inaugurando el Congreso de Angostura, 15.2.1819.
 
A toro pasado, como dicen los españoles, está claro que el presidente Gabriel Boric se apresuró al proponer relaciones diplomáticas plenas a Luis Arce, su homólogo boliviano. Lo hizo en modo cariñoso y de buena fe nacional, pues ya había declarado que la soberanía chilena no era negociable. Sin embargo, el tema de fondo es otro: si estaba o no informado sobre el pensamiento de Arce respecto a ese tema estratégico.
Lo planteo así, porque alguien debió advertirle que, hace pocos meses, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente boliviano advirtió que su país no renunciaba a su “derecho irrenunciable” a una salida soberana al mar. Ni siquiera mencionó que la Corte Internacional de Justicia CIJ), organismo judicial de la misma ONU, había rechazado que Chile estuviera obligado a proporcionársela.
Era previsible que, apuntando a su propia opinión pública, Arce aprovecharía la propuesta de nuestro presidente para condicionarla a la previa cesión de soberanía y sostener el tema en su agenda propia.  Además, había precedentes cercanos. Durante su gobierno, Ricardo Lagos fue claro, pero  no cariñoso, cuando ofreció relaciones diplomáticas “aquí y ahora” a su homólogo boliviano Carlos Mesa. Este, por cierto las condicionó a la previa cesión de litoral chileno. Evo Morales creyó que, por ser el primer presidente indígena de Bolivia y Michelle Bachelet la primera mujer Presidenta de Chile, iba a tener  éxito en el mismo empeño. Sólo consiguió que la Presidenta aceptara instalar el tema del mar como punto conversable. Sebastián Piñera, antes de asumir, dejó en claro que ese punto conversable no podía implicar cesión de soberanía. Entonces, la relación diplomática no sólo siguió interrumpida. Morales desconoció la validez del tratado de 1904, creó un clima de franca agresividad y terminó demandándonos ante CIJ.
Por lo demás, esa parálisis diplomática es casi centenaria. Se remonta a 1929, año en que Chile y el Perú  firmaron el tratado de límites que garantiza su contigüidad territorial. El mismo instrumento que un expresidente boliviano bautizara como “de la llave y el candado”. A partir de ahí, el empeño de Bolivia se ha centrado en romper ese cerrojo, para tener un pie soberano de playa en Arica. Sus gobiernos han actuado como si su aspiración marítima fuera bilateral, soslayando que incidía sobre un territorio que fue peruano antes de la Guerra del Pacífico. Por parte chilena, salvo un riesgoso “pestañeo” en 1949-1951, los gobiernos han reconocido el interés del Perú, planteando soluciones alternativas o solicitando la previa anuencia peruana, en el marco del tratado de 1929.
LÍMITES DE LA AMBIGÜEDAD
Tan llamativa configuración diplomática fue explicada, en 2001, por el excanciller chileno Carlos Martínez Sotomayor. Entrevistado por Cristián Zegers para una publicación de la Academia de Ciencias Sociales, dijo, en presente del indicativo, que cada presidente que llega, en su entusiasmo por tener buenas relaciones diplomáticas con todos sus vecinos, choca con que esa relación no existe con Bolivia. Entonces, para adjudicarse el punto, sus diplomáticos son ambiguos respecto al tema del mar, “sin precisar desde el primer instante que no se incluye”. Así, crean “expectativas infundadas” en sus interlocutores bolivianos y empieza un tira y afloja sobre soluciones alternativas.  Eso, hasta que los chilenos aclaran que no pueden ceder soberanía y los bolivianos  invocan un compromiso que nunca existió. En definitiva, el diálogo languidece, fracasa y, eventualmente, muta en actitudes beligerantes.   La conclusión de Martínez Sotomayor es expresiva: habría sido mejor no iniciar ese tipo de diálogo, pues deja peor la relación bilateral y “cuesta años, a veces más de un decenio, volver a retomarla”.
¿Y por qué nuestra Cancillería no ha explicado eso con la misma claridad?
Pues, porque hablar claro no es una especialidad diplomática y porque la ambigüedad parece útil en términos de la relación trilateral.  Es lo que explica el afán por definir el problema como “bilateral” y la existencia de una minoría de chilenos que pide “mar para Bolivia” o propone soluciones “imaginativas”, ignorando las limitaciones internacionales y geopolíticas del país.
En Bolivia, es lo que consolida el irredentismo promovido desde la enseñanza escolar, que algunos de sus gobernantes tratan de internacionalizar dentro y fuera de la región.  Morales fue más allá, incluso, desconociendo el tratado de 1904 e imprimiendo ese negacionismo en su Constitución de 2009. Sobre esa base, judicializó su “derecho irrenunciable” a territorio y mar chileno e, incluso, llegó a la amenaza de “recuperación” violenta.
Visto así, con perspectiva histórica y mitrada prospectiva, estaba claro que el rotundo fallo favorable a Chile de la CIJ no liquidaría la aspiración  maximalista de los seguidores de Evo Morales.
LA NUEVA ESTRATEGIA
La respuesta a Boric de su homólogo boliviano comprueba que la mayoría de los conflictos con fondo estratégico exceden las posibilidades del Derecho y, por tanto, la capacidad de los abogados litigantes.
Si se añade que el caso Silala puede terminar con un nuevo fallo disgustante para Bolivia, parece claro que el gobierno de Arce no perseverará en la estrategia judicial ni en un retorno al diálogo bilateral. Más bien indica que ya está en ejecución una estrategia distinta, también liderada por Morales: se trata del proyecto Runasur, que comprometería la zona aymara de Chile, Argentina y el Perú, en paralelo táctico con el incremento de la autonomía mapuche en la zona del “Walmapu”, que comprende territorios de Chile y Argentina.
Es una estrategia transnacional, con base en una América Latina indigenista y plurinacional, que desconsidera a los Estados soberanos y cuyas tesis principales fueron elaboradas por el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera. “En el Estado Plurinacional, los indígenas son la fuerza motriz en la construcción del Estado” y “ninguna Constitución fue de consenso”, escribió en un libro que presentó en Chile en 2015.
Morales quiso inaugurar este proyecto en diciembre pasado, en el Cusco, emblemática sede del imperio inca, ante dignatarios indígenas de países andinos, con la tácita anuencia del presidente Pedro Castillo. El evento fracasó, porque los más prestigiosos excancilleres y vicecancilleres peruanos, encabezados por Allan Wagner, lo denunciaron como atentatorio contra la soberanía, dignidad e integridad territorial del Perú. Luego, una comisión del Congreso peruano declaró a Morales “persona non grata” y, en la reciente petición de vacancia del presidente Castillo, estuvo inscrita la acusación de “traición a la patria”.
Según los destacados diplomáticos denunciantes, Runasur contemplaba desmembrar al Perú, para conformar una  nación aymara como extensión territorial boliviana, con acceso soberano al Océano Pacífico. Pese a tan grave acusación, poco después el presidente Castillo adhirió, en pantalla (CNN española), al lema boliviano “Mar para Bolivia”. Esto produjo conmoción interna, pues se dedujo que estaba ofreciendo mar peruano. Entonces, en otro gesto sorprendente, la vicepresidenta Dina Boluarte explicó que no se trataba del mar de Grau.
Implícitamente, se trataba del mar chileno.
COLOFÓN
Lo asombroso, desde la perspectiva chilena, es que lo anterior no haya sido informado y/o destacado por los medios y que no exista una orientación oficial al respecto. Y no es por déficit de inteligencia ni de información. En nuestra revista universitaria Realidad y Perspectivas (RyP) analizamos ese notable episodio cusqueño y advertimos, desde octubre pasado, que la eventual definición de Chile como Estado Plurinacional afectaría sus poderes externos. Eso que los expertos denominan soft y hard power, para que los entiendan.
Más sorprendente, aún, mientras la estrategia de Morales iniciaba su andadura decembrina en el Cusco, la Convención Constituyente aprobaba, formalmente, la mutación de nuestro Estado-nación unitario  en un Estado plurinacional, compuesto por naciones autogobernables, con autonomías territoriales. Contribuía, por tanto, a debilitar nuestra estatura estratégica, como si Chile fuera un país-taza-de-leche, sin conflictos internacionales.
Por eso, como el tema da para un libro -artefacto hoy casi fuera de uso-, opto por cortar aquí la columna, con una pregunta, dos citas de coyuntura y (que se me excuse) una autocita funcional.
La pregunta:
¿Hubo alguna vez un asesor en temas geopolíticos y otro en temas  de política exterior, en los debates de la comisión que aprobó la plurinacionalidad de Chile?
Primera cita coyuntural:
“Saludamos con gran alegría en el corazón la decisión de la Convención Constitucional de Chile de declarar a ese país hermano como Estado Plurinacional e Intercultural. Lo plurinacional garantiza la unidad de originarios milenarios y contemporáneos para enfrentar la adversidad".
Evo Morales, 28.1.2022
Segunda cita coyuntural:
"¡Chile es plurinacional e intercultural! La sabiduría y claridad revolucionaria de los pueblos del Abya Yala se extiende y abre más el camino para la integración real”
Luis Arce. 28.1.2022
Autocita:
“En la hipótesis de (…) un Estado plurinacional, con símbolos nacionales diversos, Chile dejaría de ser el actor nacional unitario que define la Ciencia Política. Por añadidura, su diplomacia de Estado, con todas sus imperfecciones, mutaría en una ideologizada ‘diplomacia de los pueblos’. Esa que han intentado diversos regímenes autoritarios en América Latina”
Texto en Anales del Instituto de Chile, Vol. XL, diciembre 2021.

 

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 4 de Abril 2022



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CHILE SE DISPARA A LOS PIES José Rodríguez Elizondo

Mi país está produciendo, en estos momentos, una notable excepcionalidad política. Afanosos convencionales están redactando una nueva Constitución para el país y han comenzado por debilitarlo. Según un primer artículo ya aprobado por la comisión respectiva, de Estado-nación unitario, Chile pasaría a ser un Estado plurinacional. Voluntaria y pacíficamente perdería parte importante de su potencialidad, tras reconocer como naciones con territorios, presupuesto y gobiernos propios a distintas comunidades internas -entre las cuales pueblos originarios- que se encuadraban en el Estado desde el nacimiento de la República.



Publicado en El Libero, 4.4.2022
“Los gritos del género humano claman contra los inconsiderados y ciegos legisladores, que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones”.
Simón Bolívar, inaugurando el Congreso de Angostura, 15.2.1819.
 

A toro pasado, como dicen los españoles, está claro que el presidente Gabriel Boric se apresuró al proponer relaciones diplomáticas plenas a Luis Arce, su homólogo boliviano. Lo hizo en modo cariñoso y de buena fe nacional, pues ya había declarado que la soberanía chilena no era negociable. Sin embargo, el tema de fondo es otro: si estaba o no informado sobre el pensamiento de Arce respecto a ese tema estratégico.

Lo planteo así, porque alguien debió advertirle que, hace pocos meses, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente boliviano advirtió que su país no renunciaba a su “derecho irrenunciable” a una salida soberana al mar. Ni siquiera mencionó que la Corte Internacional de Justicia CIJ), organismo judicial de la misma ONU, había rechazado que Chile estuviera obligado a proporcionársela.

Era previsible que, apuntando a su propia opinión pública, Arce aprovecharía la propuesta de nuestro presidente para condicionarla a la previa cesión de soberanía y sostener el tema en su agenda propia.  Además, había precedentes cercanos. Durante su gobierno, Ricardo Lagos fue claro, pero  no cariñoso, cuando ofreció relaciones diplomáticas “aquí y ahora” a su homólogo boliviano Carlos Mesa. Este, por cierto las condicionó a la previa cesión de litoral chileno. Evo Morales creyó que, por ser el primer presidente indígena de Bolivia y Michelle Bachelet la primera mujer Presidenta de Chile, iba a tener  éxito en el mismo empeño. Sólo consiguió que la Presidenta aceptara instalar el tema del mar como punto conversable. Sebastián Piñera, antes de asumir, dejó en claro que ese punto conversable no podía implicar cesión de soberanía. Entonces, la relación diplomática no sólo siguió interrumpida. Morales desconoció la validez del tratado de 1904, creó un clima de franca agresividad y terminó demandándonos ante CIJ.

Por lo demás, esa parálisis diplomática es casi centenaria. Se remonta a 1929, año en que Chile y el Perú  firmaron el tratado de límites que garantiza su contigüidad territorial. El mismo instrumento que un expresidente boliviano bautizara como “de la llave y el candado”. A partir de ahí, el empeño de Bolivia se ha centrado en romper ese cerrojo, para tener un pie soberano de playa en Arica. Sus gobiernos han actuado como si su aspiración marítima fuera bilateral, soslayando que incidía sobre un territorio que fue peruano antes de la Guerra del Pacífico. Por parte chilena, salvo un riesgoso “pestañeo” en 1949-1951, los gobiernos han reconocido el interés del Perú, planteando soluciones alternativas o solicitando la previa anuencia peruana, en el marco del tratado de 1929.

LÍMITES DE LA AMBIGÜEDAD

Tan llamativa configuración diplomática fue explicada, en 2001, por el excanciller chileno Carlos Martínez Sotomayor. Entrevistado por Cristián Zegers para una publicación de la Academia de Ciencias Sociales, dijo, en presente del indicativo, que cada presidente que llega, en su entusiasmo por tener buenas relaciones diplomáticas con todos sus vecinos, choca con que esa relación no existe con Bolivia. Entonces, para adjudicarse el punto, sus diplomáticos son ambiguos respecto al tema del mar, “sin precisar desde el primer instante que no se incluye”. Así, crean “expectativas infundadas” en sus interlocutores bolivianos y empieza un tira y afloja sobre soluciones alternativas.  Eso, hasta que los chilenos aclaran que no pueden ceder soberanía y los bolivianos  invocan un compromiso que nunca existió. En definitiva, el diálogo languidece, fracasa y, eventualmente, muta en actitudes beligerantes.   La conclusión de Martínez Sotomayor es expresiva: habría sido mejor no iniciar ese tipo de diálogo, pues deja peor la relación bilateral y “cuesta años, a veces más de un decenio, volver a retomarla”.

¿Y por qué nuestra Cancillería no ha explicado eso con la misma claridad?
Pues, porque hablar claro no es una especialidad diplomática y porque la ambigüedad parece útil en términos de la relación trilateral.  Es lo que explica el afán por definir el problema como “bilateral” y la existencia de una minoría de chilenos que pide “mar para Bolivia” o propone soluciones “imaginativas”, ignorando las limitaciones internacionales y geopolíticas del país.

En Bolivia, es lo que consolida el irredentismo promovido desde la enseñanza escolar, que algunos de sus gobernantes tratan de internacionalizar dentro y fuera de la región.  Morales fue más allá, incluso, desconociendo el tratado de 1904 e imprimiendo ese negacionismo en su Constitución de 2009. Sobre esa base, judicializó su “derecho irrenunciable” a territorio y mar chileno e, incluso, llegó a la amenaza de “recuperación” violenta.

Visto así, con perspectiva histórica y mitrada prospectiva, estaba claro que el rotundo fallo favorable a Chile de la CIJ no liquidaría la aspiración  maximalista de los seguidores de Evo Morales.

LA NUEVA ESTRATEGIA

La respuesta a Boric de su homólogo boliviano comprueba que la mayoría de los conflictos con fondo estratégico exceden las posibilidades del Derecho y, por tanto, la capacidad de los abogados litigantes.

Si se añade que el caso Silala puede terminar con un nuevo fallo disgustante para Bolivia, parece claro que el gobierno de Arce no perseverará en la estrategia judicial ni en un retorno al diálogo bilateral. Más bien indica que ya está en ejecución una estrategia distinta, también liderada por Morales: se trata del proyecto Runasur, que comprometería la zona aymara de Chile, Argentina y el Perú, en paralelo táctico con el incremento de la autonomía mapuche en la zona del “Walmapu”, que comprende territorios de Chile y Argentina.

Es una estrategia transnacional, con base en una América Latina indigenista y plurinacional, que desconsidera a los Estados soberanos y cuyas tesis principales fueron elaboradas por el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera. “En el Estado Plurinacional, los indígenas son la fuerza motriz en la construcción del Estado” y “ninguna Constitución fue de consenso”, escribió en un libro que presentó en Chile en 2015.

Morales quiso inaugurar este proyecto en diciembre pasado, en el Cusco, emblemática sede del imperio inca, ante dignatarios indígenas de países andinos, con la tácita anuencia del presidente Pedro Castillo. El evento fracasó, porque los más prestigiosos excancilleres y vicecancilleres peruanos, encabezados por Allan Wagner, lo denunciaron como atentatorio contra la soberanía, dignidad e integridad territorial del Perú. Luego, una comisión del Congreso peruano declaró a Morales “persona non grata” y, en la reciente petición de vacancia del presidente Castillo, estuvo inscrita la acusación de “traición a la patria”.

Según los destacados diplomáticos denunciantes, Runasur contemplaba desmembrar al Perú, para conformar una  nación aymara como extensión territorial boliviana, con acceso soberano al Océano Pacífico. Pese a tan grave acusación, poco después el presidente Castillo adhirió, en pantalla (CNN española), al lema boliviano “Mar para Bolivia”. Esto produjo conmoción interna, pues se dedujo que estaba ofreciendo mar peruano. Entonces, en otro gesto sorprendente, la vicepresidenta Dina Boluarte explicó que no se trataba del mar de Grau.

Implícitamente, se trataba del mar chileno.

COLOFÓN

Lo asombroso, desde la perspectiva chilena, es que lo anterior no haya sido informado y/o destacado por los medios y que no exista una orientación oficial al respecto. Y no es por déficit de inteligencia ni de información. En nuestra revista universitaria Realidad y Perspectivas (RyP) analizamos ese notable episodio cusqueño y advertimos, desde octubre pasado, que la eventual definición de Chile como Estado Plurinacional afectaría sus poderes externos. Eso que los expertos denominan soft y hard power, para que los entiendan.

Más sorprendente, aún, mientras la estrategia de Morales iniciaba su andadura decembrina en el Cusco, la Convención Constituyente aprobaba, formalmente, la mutación de nuestro Estado-nación unitario  en un Estado plurinacional, compuesto por naciones autogobernables, con autonomías territoriales. Contribuía, por tanto, a debilitar nuestra estatura estratégica, como si Chile fuera un país-taza-de-leche, sin conflictos internacionales.

Por eso, como el tema da para un libro -artefacto hoy casi fuera de uso-, opto por cortar aquí la columna, con una pregunta, dos citas de coyuntura y (que se me excuse) una autocita funcional.

La pregunta:

¿Hubo alguna vez un asesor en temas geopolíticos y otro en temas  de política exterior, en los debates de la comisión que aprobó la plurinacionalidad de Chile?
Primera cita coyuntural:

Primera cita coyuntural
:

Saludamos con gran alegría en el corazón la decisión de la Convención Constitucional de Chile de declarar a ese país hermano como Estado Plurinacional e Intercultural. Lo plurinacional garantiza la unidad de originarios milenarios y contemporáneos para enfrentar la adversidad".
Evo Morales, 28.1.2022

Segunda cita coyuntural:

"¡Chile es plurinacional e intercultural! La sabiduría y claridad revolucionaria de los pueblos del Abya Yala se extiende y abre más el camino para la integración real”
Luis Arce. 28.1.2022

Autocita:
“En la hipótesis de (…) un Estado plurinacional, con símbolos nacionales diversos, Chile dejaría de ser el actor nacional unitario que define la Ciencia Política. Por añadidura, su diplomacia de Estado, con todas sus imperfecciones, mutaría en una ideologizada ‘diplomacia de los pueblos’. Esa que han intentado diversos regímenes autoritarios en América Latina”
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José Rodríguez Elizondo
Lunes, 4 de Abril 2022



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos, reportajes y memorias. Entre esos títulos están “El día que me mataron”, La pasión de Iñaki, “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, dirige la revista Realidad y Perspectivas (RyP). Ha sido distinguido con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2021), el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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