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CONO SUR: J. R. Elizondo

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Para muchos observadores la transición de Chile a la democracia fue un modelo. Su performance económica fue vista como el camino seguro hacia ese desarrollo pleno, tantas veces prometido. Lamentablemente, las voces de advertencia respecto a que la democracia no era un sistema autosustentable fueron desoídas. El resultado es el enjambre de crisis en que estamos viviendo los chilenos y sobre eso trata este artículo



Publicado en El Libero, 26.7.2021
 
Es importantísimo que los primeros discursos que
un niño oiga  sean a propósito para conducir a la virtud.
Platón

 
PRÓLOGO PARA UNA LECTURA

Un mediodía de agosto de 2002, Julio César Rodríguez y Mirko Macari, entonces jóvenes periodistas, fueron a mi oficina de la Facultad de Derecho para engancharme como columnista de La Nación Domingo. Era un proyecto en desarrollo, que pretendía chasconear el vetusto diario oficialista y me querían como experto internacional. Sin embargo, un reciente libro mío –“Chile, un caso de subdesarrollo exitoso”-, les había ampliado la propuesta, pues era sobre política interna y -cito a Mirko- “escrito de la manera más políticamente incorrecta posible, para explicar por qué no podemos despegar del Tercer Mundo”. Ambos lo decodificaron como una ratificación por reversa del pronóstico de Aníbal Pinto, según el cual Chile era “un caso de desarrollo frustrado”. Recuerdo el episodio pues, veinte años después leo “Chile: los dilemas de una crisis”, libro de Luis Riveros Cornejo, ex rector de mi Universidad de Chile y ex Gran Maestro de la Masonería. Bajo capa de recopilación contiene, no ya otro pronóstico, sino un balance apabullante de aquello que no atinamos a evitar en los diez últimos años. Es un seguimiento, con datos duros, de lo que antes temíamos y ahora estamos sufriendo.

AMARGA VITA

¡Que te toque vivir tiempos interesantes!
Así reza una maldición -dicen que china-, complementaria del lamento del Galileo Galilei imaginado por Bertolt Brecht: “Ay del país que necesita héroes”
Hoy los chilenos vivimos tiempos más que interesantes y ni siquiera hay que explicarlo, pues sus síntomas están a flor la piel. Quizás la situación más gráfica sea la de quienes antes soñaban con la casa y el auto propios y ahora sufren la pesadilla del portonazo.
Por añadidura, la pregunta recurrente es: ¿dónde está el Estado en forma y de derecho del que antes nos ufanábamos? La mala noticia es que se trata de una pregunta retórica. Todos sabemos que no está. Y, peor aún, los héroes no asoman.
En este contexto, el libro de Luis Riveros es un condensado cronológico de esa peripecia amarga. Sus casi doscientas páginas contienen columnas, conferencias y ensayos de la última década, que fueron mostrando el tránsito desde los diagnósticos precoces hasta el enjambre de crisis en que estamos. Con su talante de humanista laico, independiente y universitario, el autor había alertado sobre cada uno de nuestros déficit. Incluso había planteado la necesidad de una refundación democrática de la República.
Para muestra, selecciono y refraseo diez de sus advertencias fundadas:
  • Los déficit de la educación nacional están en el límite, en todos sus niveles
  • Los partidos políticos sobreviven en estado de repudio
  • El gobierno no está gobernando
  • La democracia está enferma
  • La república está moribunda
  • Los estallidos se encadenan
  • Hay una nueva guerra de Arauco
  • Hace falta un “gobierno de unidad nacional”
  • El rol salvífico de una nueva Constitución es ilusorio
  • Surge el peligro de un poder dual destituyente
Leídas aisladamente, en su momento de emisión, los dirigentes políticos del sistema las decodificaron como el alarmismo sin causa de Pedrito y el lobo. Pero, leídas hoy, en bloque, demuestran que no supieron leer la realidad y que los políticos antisistema las leyeron con su sesgo.
La explicación más plausible es que los primeros no tuvieron intelectuales militantes que se las explicaran y los segundos recurrieron a la tesis histórica de sus “intelectuales orgánicos”. Esa según la cual “tanto peor (para el sistema), tanto mejor (para nosotros)”

EL OPIO DE LOS POLÍTICOS

Aunque no sea consuelo de inteligentes, este mundo de Mad Max, con pandemia incluida, es el mal de muchos. Afecta a demasiados países con estructura democrática y parece vincularse con esa mala lectura del fin de la guerra fría que hizo Francis Fukuyama. Con la coartada del “fin de la Historia” políticos de mando largo pero seso corto, creyeron que con el socialismo real fuera de juego podían pasar del estado de alistamiento al estado de disfrute del poder.
Para esos políticos ya no era necesario cortarse las venas para defender la democracia, mejorar la enseñanza para proyectarla y ejercer la austeridad para representarla. A nivel de la superpotencia hemisférica, ello explica por qué un político intelectual e incluido, como Barack Obama, fue reemplazado por un golpista bárbaro y excluyente como Donald Trump.
En Chile, el bioequivalente político empezó como una querella -más bien básica- entre los autocomplacientes y autoflagelantes de la Concertación y está culminando con una cascada de efectos interrelacionados. Entre ellos, el ocaso de los líderes / la intolerancia del poder sin ideas / la hegemonía de los operadores sin doctrina / los juegos de tronos supeditando los proyectos-país / el imperio del clientelismo raso / la postergación de los jóvenes militantes bien dotados / el olvido de la excelencia en la administración del Estado / el empoderamiento de los “revoltosos” / el desborde del Estado y … el temible fantasma del vacío de poder.
Por eso, la opinión pública sobre los políticos es la que consigna este libro de Riveros y ratifican todas las encuestas: dejaron de ser representativos de sectores sociales distinguibles y mutaron en una clase en sí, con intereses comunes de sobrevivencia. Esto, con el agravante del altísimo costo para el erario de sus cada vez más discutibles servicios. Nada que ver con el concepto histórico de la “dieta” austera.
Todo lo cual explica que, con una manada de lobos a la vista, nuestros políticos fingieran ignorarla, trataran de minimizarla o terminaran endosándola al alarmismo de los intelectuales. Se autoaplicaron, así, un viejo aforismo sobre el poder: “Si alguien te dice la verdad, regálale un caballo para que pueda huir”.

MIS SIETE CONCLUSIONES
 
1.- Este libro demuestra que el clivaje derechas-izquierdas hace rato dejó de ser lo que era. Está siendo desplazado por el de quienes siguen valorando la democracia representativa, con distintas propuestas de reforma y quienes creen que se trata de un sistema obsoleto, con distintas propuestas de revolución.
2.- Desde esa mirada, es la historia de cómo, ante la falta de adversario o enemigo estratégico global, los dirigentes de partidos políticos sistémicos se volcaron a la administración de lo vigente. Por imprevista añadidura, la caducidad de las ideologías totales se fundió con la deserción militante de sus intelectuales solventes.
3.- De manera tácita, esto obliga a adjetivar la relación partidos-democracia. Para ese efecto, el lector puede desclasificar el siguiente silogismo: La democracia necesita buenos partidos políticos / Los buenos partidos necesitan intelectuales genuinos / sin buenos intelectuales la representatividad es un rito sin contenido.
4.- Como contracara de lo anterior está la narrativa de un empoderamiento anunciado: el de quienes quieren rehacer nuestra historia, arrinconar la cultura del libre debate, implantar un sistema innominado y terminar con la identidad de Chile como actor nacional unificado 
 5.- En el trance vigente, el humanismo democrático ratifica que la educación nacional no puede delegarse en Google, las redes sociales ni en los periodistas predicadores. Habría que escuchar más a los académicos independientes y recordar que, en mejores tiempos, las universidades eran centros de reflexión y propuesta a la sociedad.
6.- Las advertencias del libro están confirmadas con el doble sinceramiento de los actores antisistémicos de talante violento. Para éstos, “el estallido” del 18-O fue una “revuelta” y esa revuelta es la base de la nueva Constitución en trámite.
7.- Quienes conocen la soledad del escritor chileno de fondo y medio fondo, descubrirán aquí la soledad de los columnistas que tratan de razonar con sus lectores, en los pocos segundos que dura una carrera corta.
 
VOLVIENDO AL PRÓLOGO
 
El “subdesarrollo exitoso” a que aludí en mi libro de 2002 se exteriorizaba en el orgullo pueril de ser los mejores en América Latina, en la autoadmiración por nuestra corrupción pequeña (léase, inferior a la de otros países) y en el pobre papel asignado a escritores y artistas.
 
Hoy está claro que aquello configuraba una relación inversa con la cultura del humanismo, laico o cristiano, base necesaria del desarrollo integral. Si antes era la quinta rueda del coche, con autofinanciamiento obligado, hoy su debilidad explica la fuerza de los otros.
 
Por eso, la cadena de advertencias de Luis Riveros no equivale al frustrante “yo lo dije” de los egoadictos. Es una convocatoria para defender causas que antes parecían evidentes, como el libre debate democrático, la participación informada de los ciudadanos y la solidaridad en la equidad social.
 
Desde esa perspectiva empalma con un sabio aforismo antifatalista, que aprendí en mis andanzas por el Medio Oriente:
 
“Si estamos ante un callejón sin salida / la única salida está en el callejón”.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 26 de Julio 2021



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Bitácora

2votos
CUBA: EL COMANDANTE ESTALLIDO José Rodríguez Elizondo

Tras 60 años de castrismo, lo que fue una revolución se ha convertido en un régimen conservador, administrado por funcionarios y protegido por un ejército ideologizado


Publicado en La República (Perú)    18.7.2021


A fines de abril dije, en esta columna, que el designado presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, “tendrá que salir de la utopía congelada, para aterrizar en la realidad quemante”.
Entonces, tres cosas estaban demasiado claras. Una, que sin el carisma de Fidel Castro y con Raúl Castro vigilante -también sin carisma, pero con ejército-, no le quedaba otra que administrar. La segunda, que alentar a los inversionistas extranjeros y a los “cuentapropistas”, sin superar la planificación centralizada, era una opción retórica. La tercera, que conservar sin reformar y sin represión, le sería imposible.
Y así nomás fue.
Tras asumir, Díaz-Canel siguió administrando el legado castrista, con su racionamiento crónico, la explicación del bloqueo norteamericano y el descontento popular sin resonancias. Además, con dos cargas adicionales: las urgencias de la pandemia y la disminución drástica de la subvención venezolana, por crisis en casa propia de Nicolás Maduro.
En ese contexto, la supuesta resignación popular duró dos meses y medio. Interrumpiendo la inercia y parafraseando a Carlos Puebla, el trovador de los años 60, llegó el Comandante Estallido y mandó a parar. Miles de cubanos protestaron contra el gobierno en las calles de la capital y provincias. Gritaban “libertad” y coreaban “Patria y Vida”, un estribillo contestatario. Policías y otros actores estatales reprimieron, castigaron y detuvieron a esa cubanía, tras acatar la orden de combatirla.
Dado que el gobierno cortó internet y tiene el control de la información, la opinión pública recibió versiones bifurcadas. Según el oficialismo no fue una protesta contra el régimen, sino contra el bloqueo norteamericano y la violencia vino de vándalos infiltrados. Según fuentes periodísticas y neutrales -con Human Rights Watch a la cabeza-, la protesta fue la que vimos y, hasta el momento, su represión contabiliza un muerto, sobre 150 detenidos y un general renunciado.
Volvió a manifestarse, así, el triple estándar internacional sobre los derechos humanos. Para los gobernantes democrático-liberales hubo una violación clarísima. Esta vez, izquierdistas notorios los acompañaron. Para los gobernantes y partidos afines al castrismo el violador seguía siendo el imperialismo. Para los jefes de la ONU y la OEA el tema era tan complicado, que mejor miraron para otro lado.
 Sólo faltó el niño del cuento, diciendo que el rey estaba desnudo.
LA RESIGNACIÓN EN LA CALLE 
A inicios de los años 60, Cuba era el país donde la justicia social había empatado con la alegría. La Habana era el meollo del milagro, por su revolución con “pachanga” (jarana), el rol subordinado de los seriotes comunistas, el desparpajo de Ernesto Ché Guevara y la oratoria inflamada de Castro. Un reportero del New York Times definió a éste como “el Robin Hood de América Latina” y casi todos los medios destacaban el atractivo de los barbados revolucionarios, comparados con los grises funcionarios del socialismo real.
A fines de 2016, como turista en un hotel de La Habana, pude contrastar esa visión romántica -que en algún momento compartí- con lo que ahora lucía como un melancólico fin de fiesta.
A esa altura los barbudos se habían afeitado y eran mandos de un ejército profesional. El son no había emigrado, como cantaba Olga Guillot, pero se había reducido a los sitios turísticos. Castro era un ícono retirado, que firmaba columnas ortodoxas en el diario Granma. En vez de posters con temática antimperialista, se veían polos con la sonriente efigie de Barack Obama y túnicas desafiantes, con la bandera estampada de los Estados Unidos. Algunos jóvenes, celular en mano, se sentaban a la entrada de los hoteles, para colgarse de una precaria señal de internet. Compartían esos espacios con las cadenciosas e inquietantes “jineteras”.
Por reflejo periodístico, hice un reporteo con los habaneros a mi alcance. Personal del hotel, vendedores de artesanía, marchantes de arte, guías y taxistas, muchos con título universitario. Mi conclusión fue la que sospechaba: una revolución que dura más de medio siglo, sin abrirse al debate y a la alternancia, deja de ser revolución. Se convierte en la palabra despistante de un régimen conservador.
Mis interlocutores lo asumían sin teorizar. Recorriendo El Vedado y Miramar, un guía me aseguró que ahí no vivían los cubanos ricos: “aquí no tenemos diferencias de clases, hay una sola, todos somos pobres”. ¿Y quienes viven ahí? pregunté. Respuesta: “diplomáticos, altos cargos del gobierno, son casas que abandonaron los que se fueron, cuando llegó Fidel”. 
LA REVOLUCIÓN EN EL MUSEO
Para reencontrar el talante sesentero fui al Museo de la Revolución, donde ratifiqué, literalmente de entrada, la fusión entre el momento épico y la personalidad de Castro. Lo primero que vi, en el lobby, fue un pedestal de mármol coronado por una gorra de bronce, inmortalizando la que usara en un evento equis. 
Las tres plantas del edificio exhibían otros objetos personales del líder. Los calamorros que calzaba en la Sierra Maestra, una toga colorinche que habría usado en 1953, para su alegato “La historia me absolverá”. En paralelo, una exposición de periódicos, fotografías y documentos que destacaban sus hazañas guerrilleras y su liderazgo durante la invasión de Playa Girón y la crisis de los misiles de 1962. Todo trufado con algunas fotos de Guevara y otros históricos. En suma, una muestra más del culto administrativo al jefe. 
Anoté dos detalles sugerentes. Uno, que Haydée Santamaría, célebre combatiente en los años 50, fundadora de la Casa de las Américas, sólo aparecía en fotos grupales. Mi autoexplicación fue que, como terminó suicidándose un 26 de julio, día de la revolución, le reventó la fiesta nacional a Castro. El otro detalle fue un mosaico con los rostros de los guerrilleros cubanos que acompañaron a Guevara en su aventura boliviana. Al pie de cada foto el nombre real, nombre de combate, fecha de nacimiento y muerte… excepto en la última de Daniel Alarcón (a) Benigno. En ésta se informaba que nació en 1940 y, tras puntos suspensivos, se le estigmatizaba como “traidor”. La explicación implícita es que sobrevivió, se hizo disidente, logró exiliarse y acusó a Castro de haber traicionado a Guevara.
El líder máximo ni olvidaba ni perdonaba.
DEL HOMBRE NUEVO AL HOMBRE LIBRE
 Tras el reciente estallido, me pregunto si Guevara hoy podría sostener su utopía (poco inclusiva) del “hombre nuevo”. Ese que vive dispuesto a enfrentar cualquier sacrificio, para “ponerse a la cabeza del pueblo que está a la cabeza de América”. 
No eludo mi pregunta y me respondo que no. No podría. Ese pueblo utopizado hoy está más en la onda de un libro de Milan Kundera, según el cual “la vida está en otra parte”. Así lo reconoció su nieto Canek Sánchez Guevara, en una novela donde define a Cuba como “un disco rayado”. Allí cada día es una repetición del anterior y la fe se confunde con el fanatismo.
La realidad dice que, en lugar de ese hombre nuevo vino el hombre frustrado y lo que está emergiendo es el hombre y la mujer sin adjetivos. Esos que, tras el desplome de las utopías, sólo desean “un lugar en el mundo sin grandes responsabilidades históricas”, como dice un personaje de Leonardo Padura. Es lo que recoge la nueva trova de los disidentes, cuando llama a sustituir la disyuntiva “patria o muerte” por la conjunción “patria y vida”.
Si ese verso se hace oír en el partido y en sus cuarteles, los cubanos podrán convivir con el mínimo común de respeto y elegir con el máximo posible de libertad. En ese proceso caerá, por su solo peso, la política norteamericana del bloqueo, nacida con un déficit de prospectiva, en plena guerra fría y en la infancia de la revolución.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 19 de Julio 2021



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PERU. DOS MITADES AMARGAS José Rodríguez Elizondo

Grave lo que está sucediendo en el Perú, tras las recientes elecciones generales. Perdedora por estrecho margen, Keiko Fujimori está siguiendo la estrategia de Donald Trump. Desconoce la victoria de Pedro Castillo y coloca la democracia peruana al borde de la cornisa. A continuación entrevista que dí sobre el tema en un diario de Chile


La Tercera SÁBADO26.6.2021
Cristina Cifuentes
 
En entrevista con La Tercera, el abogado señala que “no es descartable” que la estrategia del expresidente de EE.UU. Donald Trump en las elecciones del año pasado, “inspire la de otros perdedores”. Al mismo tiempo, el destacado escritor sostiene que la polarización y las mitades son evidentes: “Una tiene en su vanguardia a un conjunto de abogados y la otra a campesinos armados con machetes. Una espanta con el fantasma de Sendero Luminoso y la otra con el espanto de Vladimiro Montesinos”.

El periodista, abogado y escritor José Rodríguez Elizondo es un agudo observador de la política peruana. En 1976 se fue a vivir a Perú por una década, periodo en el que trabajó como editor internacional en la revista Caretas y por el cual recibió el Premio Rey de España 1984 a la mejor labor informativa, por sus trabajos en dicha publicación. Además fue corresponsal de Hoy y el diario El País y también comentarista del Canal 9.

En entrevista con La Tercera, el autor de Chile y Perú: el siglo que vivimos en peligro (2004) y de Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile (2014), hace un análisis sobre la situación política de Perú tras la segunda vuelta del 6 de junio pasado, que enfrentó a Pedro Castillo y Keiko Fujimori. El candidato de Perú Libre se impuso con el 50,1% de los votos, mientras que la líder de Fuerza Popular obtuvo un 49,8%. Hasta ahora no se ha declarado un ganador porque se están revisando actas impugnadas principalmente por Fuerza Popular. El JNE ya declaró infundadas las impugnaciones de 10 actas presentadas por esta colectividad.

A juicio del actual nominado a Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2021, “no es descartable” que la estrategia de DonaldTrump tras las elecciones de noviembre en EE.UU. “inspire la de otros perdedores. De hecho, analistas independientes han marcado el símil y afirman que hay método en el rechazo de Keiko Fujimori a la victoria de Pedro Castillo”, indicó.


¿Qué conclusión saca de la segunda vuelta en Perú?

La información más seria y neutral disponible, interna y externa, indica que fue un proceso legal y eficientemente conducido por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el organismo peruano equivalente a nuestro Servel.

Teniendo en cuenta la presencia en las elecciones de observadores internacionales, la seriedad de un organismo como la ONPE, el hecho de que los partidos tengan observadores en las mesas, ¿cree factible que haya habido irregularidades serias en el proceso?

Irregularidades hay en todos los procesos electorales y, por lo general, se solucionan en el cortísimo plazo. El que las irregularidades sean serias depende de su constancia en las actas y la comprobación de la ONPE dentro del plazo y según un procedimiento reglamentado. Aquí no estamos ante ese caso. La Misión de la OEA ha sido enfática para avalar la normalidad del proceso y elogiar la labor del organismo electoral. También han avalado el proceso el Departamento de Estado de Estados Unidos y la Unión Europea.

¿Considera que Keiko Fujimori y sectores afines estén entorpeciendo el desarrollo post electoral? ¿Cree que la estrategia es como la utilizada por Donald Trump en las elecciones del año pasado?

Sin duda, Trump es el peor perdedor y el más importante, en la historia de las elecciones democráticas. Por tanto, no es descartable que su estrategia inspire las de otros perdedores. De hecho, analistas independientes han marcado el símil y afirman que hay método en el rechazo de Keiko Fujimori a la victoria de Pedro Castillo. Es una secuencia en desarrollo, que se inicia con la impugnación de algunas actas, pasa a impugnaciones masivas, sigue con acusaciones de “indicios” o “evidencias” de fraude, induce manifestaciones de protesta en las calles y abre un espacio para dudas y murmuraciones de militares en retiro. En paralelo, hay rumores sobre coimas y se produce la renuncia de un miembro del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), que deja sin quórum al organismo encargado de proclamar al ganador. Todo esto ha creado un ambiente de miedo social que se recicla con las contramanifestaciones masivas, en Lima, convocadas por Castillo.

¿Cree posible que para el 28 de julio Perú pueda tener Presidente?

Para los “castillistas”, el objetivo de Fujimori sería ese precisamente: montar obstáculos encadenados, hasta que llegue ese día, que debiera ser el de toma de posesión del ganador proclamado. Muchos piensan que, en ese contexto, los abogados fujimoristas podrían pedir la anulación de todo el proceso y presionar para que se convoque a nuevas elecciones. Sería más gasolina para apagar el fuego. En síntesis, mientras el JNE no proclame ganador, la legitimidad formal de Castillo como jefe de Estado electo está en suspenso.

¿Se puede decir que Perú está más dividido después de esta segunda vuelta de las elecciones?

Es una evidencia. El proceso está mostrando un país dividido por mitades amargas. Una tiene en su vanguardia a un conjunto de abogados y la otra a campesinos armados con machetes. Una espanta con el fantasma de Sendero Luminoso y la otra con el espanto de Vladimiro Montesinos. Por lo mismo, más allá de las impugnaciones y manifestaciones callejeras, hay que ir al fondo social de las cosas. A la efervescencia y tensiones propias de una sociedad en polarización extrema, pero sin partidos políticos con tradición democrática.

¿Visualiza una ruptura institucional?

Alberto Vergara y Steven Levitsky, analistas destacados, han escrito en el diario The New YorkTimes que “los rumores sobre un posible golpe no son mera especulación”. No es casual que muchísimos fakes (noticias falsas) en circulación tengan como destinatarios a los militares. Es una realidad que convoca a complementar la aritmética electoral con la geometría de la fuerza que yace bajo el miedo “al otro”.

Considerando lo estrecho de los resultados y la composición del Congreso tras los comicios, donde no existe una mayoría, ¿cuál será la legitimidad del nuevo gobierno?

Podríamos discurrir mucho sobre la legalidad, la legitimidad y las posibilidades de gobernabilidad de quien asuma. Pero me parece más urgente profundizar en cuatro grandes temas: la teoría de la democracia, el rol de los partidos políticos que le sirven -le deben servir- como plataforma, el rol de la Fuerzas Armadas en la mantención del orden constitucional y las posibilidades de acción de Francisco Sagasti, el Presidente en funciones. En la actual coyuntura no son temas académicos.

¿Considera que el candidato de Perú Libre, Pedro Castillo, moderó su discurso tras las elecciones?

Ha tratado de dejar en claro que no es el subrogante de Vladimir Cerrón -el líder prontuariado de su organización- y que no es tan fiero como lo pintan. Naturalmente, dado el clima imperante, los de la otra mitad piensan que es un retroceso táctico.

¿Ve posible que en un eventual gobierno de Castillo haya un cambio respecto de los medios de comunicación (como una legislación restrictiva al respecto)?

De momento, diría que es posible pero poco viable. Primero, porque Castillo no tiene el carisma de los protodictadores elegidos. Además, los periodistas independientes del Perú son mucho más influyentes que los políticos y el Congreso podría aprovechar para ponerlo en trance de “vacancia”. Su partido, liderado por Cerrón, solo tiene 37 de los 130 escaños que componen el Congreso y que corresponden, en su mayoría a políticos de centroderecha. A mayor abundamiento, los grandes medios tienen experiencia histórica en la materia y cierta inteligencia negociadora.

¿Cuál es su visión sobre el rol que tuvo Mario Vargas Llosa y su hijo Álvaro en la campaña electoral al entregar su apoyo a Keiko Fujimori?

Creo que el gran novelista se apresuró al designar a Keiko como el mal menor y, luego, al apoyarla “fervientemente”. Quizás confió demasiado en el éxito que tuvo como Gran Elector en dos o tres elecciones anteriores. Quienes lo admiramos hubiéramos preferido una reflexión más profunda sobre los límites del “malmenorismo” en el marco de una democracia. Los resultados de la primera vuelta ya dejaban en claro que el poder presidencial sería para una minoría, sin vocación de coexistencia con las otras minorías y que las organizaciones que apoyaban a los candidatos en pugna no calificaban como partidos estructurados. En ese contexto, el escritor pudo jugar un rol más “papal” y aprovechar su autoridad para emitir una convocatoria a la paz y a la reflexión ciudadanas. Su hijo Álvaro, a quien estimo mucho, lo siguió lealmente y, de paso, fue el único buen orador que tuvo Fujimori en su campaña.
 

José Rodríguez Elizondo
Domingo, 27 de Junio 2021



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4votos
QUÉ HACER CON NUESTROS PARTIDOS José Rodríguez Elizondo

Tras un proceso electoral múltiple, con elementos inéditos, los chilenos ratificaron su lejanía con los partidos políticos. Mientras elaboran una nueva Constitución, se verá si el sistema de partidos puede reconstituirse o si el país se entrará a una etapa impredecible


Publicado en El Libero de 31.5. 2021
 
“Salvemos a Chile o seamos odiados eternamente”
José Miguel Carrera en carta a Bernardo O’Higgins
 
 
Confirmado. Tras el “combo electoral” que a muchos dejó nocaut, nuestra democracia vive una mala hora. Hay que agregar que nuestros partidos políticos ya estaban viviendo su hora más penosa. El orden de los factores importa.
Pese a que estaba en el escenario todo el elenco sociopolítico -constituyentes, gobernadores, alcaldes, concejales y representantes de pueblos originarios- la abstención ciudadana siguió ganando por walkover. Sólo votó un 41% del padrón electoral. Al parecer, la mayoría creyó que los desconfiables partidos controlarían la elección, que Chile no necesitaba una nueva Constitución, que daba lo mismo votar o no votar… o todas esas opciones al mismo tiempo.
En cuanto a la minoría que sí votó, sus señales también fueron nítidas. De los 155 constituyentes elegidos, menos de un tercio tiene militancia política reconocible, un tercio ancho está configurado por independientes y el otro tercio se siente lejos de un gobierno que, en 2018, fue apoyado por una coalición de partidos. Paradigma de esta debacle fue la Democracia Cristiana: con tres presidentes de la República en su historia, sólo uno de sus militantes participará en los debates sobre el futuro del país.
Lo más notable es que, en esta coyuntura, la Constituyente elegida representa, mejor que el Congreso, la textura política, social y económica, del país real.
EL SISMO POR DENTRO
El fenómeno está produciendo reacciones a la baja en los mercados y confusión al alza en la carrera presidencial. Los partidos oficialistas (“derechas”), dado que no consiguieron el tercio que necesitaban para salvar las estructuras, exhumaron su instinto de conservación: ninguno se remite al presidente Sebastián Piñera y sus cuatro candidatos -tres militantes y un independiente- se unieron… pero sólo para combatirse en una primaria.
Por su parte, los partidos opositores (“izquierdas”), entraron en proceso convulsivo y revulsivo. Cuatro de sus presidenciables depusieron sus candidaturas, mientras las descalificaciones mutuas borboteaban.  La socialista Paula Narváez, que irrumpió tras el apoyo de la expresidenta -y hoy directiva de la ONU- Michelle Bachelet, apuntó contra el viejo Partido Comunista y el juvenil Frente Amplio: “se han farreado esta oportunidad y no dan garantía de gobernabilidad para Chile”.
Importante fue la reacción de los independientes que se presentaron como Lista del Pueblo. Vinculados al estallido del 18-O y con 27 escaños en la Convención Constituyente, levantaron como bandera de unidad su repudio ecuménico a los políticos de izquierdas y derechas. Los acusan de haberse enriquecido sin haber pasado por el trabajo real, de “bajar” a las bases sólo en períodos de elección y de estar unidos por sus privilegios. Por eso, advierten que “sólo hablamos con el pueblo” y que los partidos de izquierda “están totalmente alejados de las demandas del pueblo”.
La paradoja es que, desde esa unidad de contenido difuso, la Lista del Pueblo ya comenzó a actuar como un protopartido, con iniciativas fuera de rol constituyente, que desbordan por la izquierda a los partidos de izquierda. Es un comportamiento similar al de los  outsiders que se integran a los sistemas políticos, sin considerar los límites que les impone el Estado de Derecho.
LA CULPA NO ES DEL EMPEDRADO
Los operadores políticos fingen creer que los partidos sólo han tenido un tropezón e invocan la votación que obtuvieron en el rubro municipal.  Otros, con curul parlamentaria, culpan al voto voluntario y a otros empedrados. De hecho, ya comenzaron a proponer leyes express, para reponer el voto obligatorio, abrirse a la libre postulación de candidatos independientes e incluso indultar a procesados por delitos cometidos el 18-O. Es el mismo reflejo que mostraron cuando el rechazo ciudadano les parecía controlable. Entonces, se allanaron a reformas electorales que consideraron tácticas (y que implementaron desprolijamente), como la paridad de género, el padrón de autóctonos y la aceptación digitada de candidatos independientes.
Lo inteligente -ergo difícil- sería enfrentar la realidad cara a cara y asumir que estamos ante un cambio de folio en el sistema de partidos. A ese efecto, sus responsables debieran reconocer los siguientes tres efectos de su decadencia: a) sociológicamente, mutaron en una clase de alto estatus, con intereses comunes; b) políticamente buscaron autoidentificarse mediante la polarización, y c) consecuentemente, el estratégico centro quedó sin nadie que lo represente.
La pregunta derivada es si estamos en condiciones de iniciar un proceso de reconstrucción o si nos inclinamos ante la ecuación vacío de poder = situación revolucionaria. Una encrucijada dura, que exige asomarnos a la Historia.
EL ESTADO Y LOS PROTOPARTIDOS
Según el historiador Alberto Edwards Vives, nuestros protopartidos fueron “agrupaciones más o menos poderosas y coherentes en que pueden distinguirse los jefes y los soldados, con toda la disciplina que es posible esperar de las opiniones y los intereses humanos”. Gracias a ellos, Chile pudo controlar a los caudillos desde el momento emancipador y se colocó en la vanguardia de los “Estados en forma” de la región.
En su evolución, esas agrupaciones establecieron un sistema de tipo europeo, con partidos liberales y conservadores de cepa británica, en pugna con socialistas, radicales, y democratacristianos, que se miraban en los espejos de España, Francia e Italia. Relativa excepción fue el Partido Comunista, que nació nortino y luego adhirió a la línea euroasiática de la Unión Soviética.
Así configurados, los partidos se alinearon como derechas, centros e izquierdas y fueron aceptados como representantes legítimos de las fuerzas sociales realmente existentes. Tan sólidos lucían, que supieron aliarse, fusionarse, dividirse y metamorfosease, sin que ello significara el fin de sus historias. Así sobrevivieron a dictaduras esporádicas, una guerra civil, al proyecto revolucionario-transicional de Salvador Allende y a la refundacional dictadura del general Augusto Pinochet. Este no pudo eliminarlos y debió conformarse con proscribir a unos y poner a otros en modo receso.
GAJES DE LA REALIDAD
Con esa historia a sus espaldas, los políticos idealistas de la Concertación pensaron que, recuperada la democracia, los partidos hibernados despertarían más lozanos que la bella durmiente y gobernarían en alternancia, apoyando gobiernos de centroizquierda y centroderecha. Sólo el PC podría extinguirse pues, tras la implosión de la Unión Soviética y el auge del capitalismo-comunista de China, no tenía modelo a la vista.
Los políticos realistas, por su lado, plantearon condiciones que sólo se debatieron en cenáculos restringidos. Entre ellas la austeridad y probidad en el servicio público, la normalización de la relación civil-militar, la reconciliación como objetivo estratégico y la docencia cívica. Además, reconociendo el arraigo nacional del PC, no apostaban a su extinción, sino a una evolución de tipo socialdemócrata, similar a la de sus homólogos europeos.
La mala noticia es que, en el curso del proceso, tanto los idealistas, catalogados como “autocomplacientes”, como los realistas, motejados como “autoflagelantes” quedaron fuera de juego. Algunos historiadores dirán, con datos duros, que contribuyeron al desarrollo económico del país, pero no tuvieron mayoría parlamentaria para iniciativas de crecimiento con equidad. Otros, quizás digan que se resignaron a una inercia institucionalizada y no dieron el ancho para enfrentar el tema más socavante: el de dos minorías potentes, que subordinaban la reconciliación y bloqueaban una relación civil-militar normalizada.
Puestos en el meollo de esa polémica, los responsables políticos de todo el espectro se concentraron en la administración del poder, se autoasignaron privilegios desmesurados, cedieron al clientelismo y se zambulleron en querellas polarizantes. En ese contexto, los partidos de la Concertación se corrieron hacia el flanco izquierdo y se entablillaron con el PC, mientras los de derechas, sin líder presidencial que las centrificara, generaban sus propios autoflagelantes. Por añadidura, emergieron movimientos y partidos en ambos extremos del espectro, con propuestas que oscilaban entre un conservadurismo extremo y un revolucionarismo desfasado.
Así fue como la alternancia democrática devino una anomalía y se redujeron los espacios del centro-bisagra, refugio social de los sectores medios.
¿QUÉ HACER CON EL PC?
Como presunto experto en política internacional, una de mis explicaciones es que la implosión de la Unión Soviética no trajo, para Occidente, el desarrollo ni la consolidación de la democracia representativa. Más bien privó a sus partidos del orden global que imponía la Guerra Fría.
Aquello hizo que los partidos sistémicos, antes de llegar a su punto de maduración iniciaran un curso de distensión. ¿Para qué cortarse las venas por una democracia más participativa, si ya no había enemigo estratégico que derrotar?
En malas cuentas, les pasó lo que a una bicicleta que pierde una rueda: deja de ser bicicleta. Los jefes políticos dejaron de pedalear para mantener la tensión y esto se vio incluso en la superpotencia hemisférica. Cuando Donald Trump lanzó a sus huestes a la toma del Capitolio, dejó en claro lo que antes parecía impensable. El viejo Partido Republicano, una de las dos ruedas del sistema democrático más potente del mundo, había mutado en simple soporte de un presidente golpista.
Esa crisis por distensión explicaría -al menos en Chile- por qué sobrevivió el PC y por qué es el único partido que no se percibe damnificado por el remezón. Tras una peripecia con ambos pies en “la calle”, a contrapelo de su experiencia institucionalista, hoy tiene siete constituyentes, conquistó la alcaldía de Santiago y cuenta con un presidenciable que no luce instrumental, como el Pablo Neruda de fines de los años 60.
Ello lo está colocando ante un dilema ideológico de carácter existencial: contribuir a reestibar el sistema democrático “burgués” o seguir luchando por una revolución proletaria que dejó de ser viable a escala mundial. Como contrapartida, está colocando a los otros partidos ante la alternativa de rechazar a los comunistas o resignarse a participar con ellos, como durante la Guerra Fría. 
Son dos dilemas interactivos, cuyo tratamiento excede los límites de este ensayo y obliga al autor a concluir con la palabra clásica de los folletines literarios:
Continuará.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 31 de Mayo 2021



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Bitácora

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EN LA PESADILLA HERMANOS. José Rodríguez Elizondo

La democracia en América Latina está viviendo una mala hora garciamarquiana. Sólo el realismo mágico la sostiene. No es culpa de la pandemia, aunque ésta en algo contribuye. Los estallidos como método, en los casos emblemáticos de Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, demuestran que algo está fallando en la teoría.


Publicado en La República, 9.5.2021

Parafraseando a Lenin, sin teoría democrática no hay acción democrática. Algo teórico debe estar fallando, entonces, para que la democracia esté al borde de la cornisa en casi todas partes.

Pasó, ya, ese tiempo dorado, inicios de milenio, cuando ondeaba en casi todos los mástiles de América Latina, Digo “casi” porque la excepción notoria fue, entonces, la Cuba de Fidel Castro. Y no se le dio mayor importancia, pues se creyó que, tras la implosión de la Unión Soviética el régimen se extinguiría solo. Mala percepción. El embrujo del líder no desapareció y la política cubana de los EE.UU siguió fracasando.

Ahora estamos en el tiempo de los estallidos. El último se está dando en Colombia y antes fue en Bolivia, Ecuador, Perú y Chile. A ese fenómeno se suman la dualidad del poder peronista en Argentina, el poder autoritario con base militar en Brasil. la dictadura matrimonial en Nicaragua y el autogolpismo con farándula en El Salvador. También es mencionable el caso de México, a medio filo entre las formas democráticas restringidas y el populismo sospechoso. 

Precursor inmediato de este cuadro fue la Venezuela de Hugo Chávez. Un buen discípulo de Castro que legó su poder al dictador Nicolás Maduro, lo internacionalizó en el Grupo Alba y hoy se proyecta desde el Grupo de Puebla y el Foro de Sao Paulo.

Pero también hay un catalizador foráneo en esta historia. Fue Donald Trump por haber evidenciado, desde la presidencia de los EE. UU, que la gran potencia hemisférica no se cortaba las venas por su doctrina del destino democrático manifiesto.

POLÍTICOS BAJO LA LUPA

En ese cuadro ominoso interactúan la decadencia y/o corrupción de la bien llamada “clase política” y la catastrófica pandemia en curso. La primera, por haber sustituido el sentido de misión por el sentido del poder. El coronavirus porque, desde que apareciera en Wuhan, viene recordándonos que las grandes catástrofes no unen, sino que catalizan el desorden y el pánico.

Así, el gran tema de nuestro tiempo es el de encontrar una vacuna para preservar y/o recuperar los sistemas y valores democráticos. Mientras no aparezca, seguirá desarrollándose el síndrome en curso, que conviene enumerar, pues por conocido se calla y por callado se olvida:
  • Gobernantes con aversión a la alternancia en el poder, gobernantes que no pueden completar su período, gobernantes prófugos, procesados, condenados y encarcelados por corrupción;
  • Partidos políticos que, en brazos del clientelismo, abandonan los proyectos-país. Mención especial para el Partido Republicano de los EE.UU.
  • Personal político que, huérfano de liderazgos de calidad, se configura como una clase con intereses propios, administrada por operadores.
  • Administración pública progresivamente frondosa e ineficiente, como efecto directo del clientelismo.
  • Delincuencia nativa que empalma con la transnacional, con base en la debilidad del poder político, Mención especial para los “narcos”.
  •  Inmigración en crecimiento exponencial, que libera a dictadores de sus “excedentes políticos” y complica la gestión de los gobernantes receptores.
  • Policías y jueces que se dejan atemorizar o corromper, contribuyendo al incremento de la inseguridad ciudadana. ante la impavidez o impotencia del poder político,
  • Fuerzas Armadas tensionadas por una difícil relación histórica con la autoridad civil y bajo presión -endógena y exógena- para su intervención política.
  • Inequidades socioeconómicas sostenidas, como plataforma por acumulación de todos los síntomas anteriores.
MALA HORA EN CHILE

Visto lo anterior, muchos están cuestionado ese axioma según el cual “sin partidos políticos no hay democracia”. Para las mayorías es una identificación abusiva y así se comprueba en los casos paradigmáticos de Chile y el Perú.

Como veterano del golpe de 1973, vivo el tema con asombro. Aunque con signo político inverso, en mi país está en desarrollo una crisis estructuralmente homologable con la del gobierno de Salvador Allende.

En efecto, los objetivos de los partidos sistémicos de oposición -las izquierdas variopintas- son de negatividad variable: unos quieren evitar que vuelva a ganar la derecha -ese es todo su programa- y otros quieren impedir que Sebastián Piñera termine su período. Los partidos oficialistas -las derechas diversas- se han distanciado del gobierno para mejorar sus posibilidades electorales. Fuera del sistema, hay sectores que ejercen la violencia, el sabotaje e incluso el terrorismo. Son fuerzas insurreccionales, en el ejercicio del viejo lema global "tanto peor, tanto mejor". El presidente, gerencialmente correcto, no ha mostrado la sensibilidad política necesaria para enfrentar ese mar embravecido.

Esa desgobernabilidad tiene a Chile en una especie de empate catastrófico, con políticos ensimismados, policías desbordados y desviaciones del derecho. Políticamente hablando, el presidente está tan solitario como antes lo estuvo Allende. Para éste la salida era un plebiscito, para Piñera, una nueva Constitución.

Una gravitante encuesta reciente ha cuantificado la obviedad: los partidos políticos están en el último peldaño de la aceptación ciudadana, con un 2%, precedidos por el Congreso (8%) y el gobierno (9%), Todos estos actores políticos están a gran  distancia de la Policía de Investigaciones (53%), las Fuerzas Armadas (37%) y  los vapuleados carabineros (30%)

Y TAMBIÉN EN EL PERÚ

En el Perú el cuadro político es más complicado. En lo principal porque, tras la “dictablanda” de Francisco Morales Bermúdez, la alternancia que protagonizaron Acción Popular y el Apra, con el Partido Popular Cristiano a la expectativa, apenas duró una década. Fue interrumpida por el autogolpe de Alberto Fujimori, en 1992 y, después ya no pudo recomponerse un sistema regular de partidos.

Con la relativa excepción del segundo gobierno de Alan García, apoyado en un Apra debilitado, lo que vino fue una competencia de caudillos, aficionados o outsiders, con plataforma en sus séquitos: organizaciones familísticas, grupos de poder sectorial, regional o temático, marginales a la lógica y tradiciones de los partidos políticos.

Como efecto visible, todos los presidentes de este antisistema terminaron pésimo, pero la experiencia no fue disuasiva ni docente. A las recientes elecciones se presentaron 18 candidatos, sin arraigo nacional significativo, ninguno de los cuales superó el 20 % de la votación. La segunda vuelta se está dando entre dos candidatos que, incluso en conjunto, siguen siendo minoritarios.

La elección de segunda vuelta enfrentará, así, a dos personas que tratan de aliarse con otras personas, para obtener una victoria que, según la mayoría, oscila entre un mal menor y una pesadilla. Tan surrealista posibilidad ha hecho que emerjan grandes electores, también individuales, que pretenden orientar la votación nacional.

TEORÍA EN CRISIS

Si se asume que la democracia consiste, según definición minimalista, en el derecho a gobernar de las mayorías, con respeto a las minorías, nuestros países no estarían calificando.

Lo cual implica, volviendo a la paráfrasis del inicio, que no hay praxis democrática porque está fallando la teoría. Y esto no lo dice un simple columnista. Podemos arrimar al efecto muchas citas de expertos tan reconocidos como el italiano Giovanni Sartori. Tras mostrar “el descenso del liderazgo en la tardía sociedad liberal de masas”, este gran democratólogo sentenció, en 1987, que “la teoría de la democracia debe ser repensada completamente”.

Habría que estudiarlo un poco, para defendernos mejor.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 10 de Mayo 2021



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar", “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, ha vuelto a publicar la revista Realidad y Perspectivas (RyP), que fuera inexplicablemente suprimida por un Decano que no supo prestigiar su cargo. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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