Bitácora

Sobre el artículo “La neurociencia cuestiona el materialismo imperante”

Redactado por Francisco J. Rubia el Miércoles, 5 de Mayo 2010 a las 14:12
| Miércoles, 5 de Mayo 2010

Mario Beauregard es un joven investigador de los departamentos de radiología y psicología de la universidad de Montreal que ha publicado un libro titulado “The Spiritual Brain: A neuroscientist’s case for the Existence of the Soul”. El libro, que poseo, lo ha escrito con una apologeta del ‘diseño inteligente’ que es periodista “freelance”. La revista ‘The Global Spiral’ ha publicado una reseña de ese libro, tal y como reza en Tendencias de las Religiones de Tendencias 21.

El título del artículo en Tendencias 21: “La neurociencia cuestiona el materialismo imperante” es un título, a mi juicio, tendencioso. En primer lugar porque la neurociencia no es Mario Beauregard, sino también muchos otros neurocientíficos que no pensamos de la misma manera. Y en segundo lugar porque, como he manifestado en otro lugar, si el cerebro genera espiritualidad, como algunos experimentos muestran, llamar ‘materia’ al cerebro no sería correcto, por lo que he propuesto la palabra ‘espiriteria’ para nuestro órgano maestro.

La mayoría de neurocientíficos acepta que la mente no es otra cosa que el producto de la actividad cerebral, por lo que decir: “Si se puede demostrar que la mente gobierna al cerebro, es que existe una realidad no material” resulta ser una petición de principio, porque se asume de entrada que mente y cerebro son cosas diferentes para afirmar que existe una realidad no material, volviendo a un dualismo cartesiano que entiendo superado en neurociencia, e incluso por muchos filósofos.

He sostenido que, gracias a esa superación del dualismo, la neurociencia está tratando temas como la realidad exterior, la consciencia, la libertad o la espiritualidad desde el punto de vista neurocientífico, cosa que antes se consideraba inútil, dado el carácter inmaterial de las facultades mentales, antes llamadas ‘anímicas’.

El problema del dualismo radica en que desde Descartes hasta la fecha ha sido incapaz de mostrar cómo un ente inmaterial, que carece de energía, es capaz de interaccionar con la materia, lo que violaría las leyes de la termodinámica. Además, tanto lo que se llama ‘postura materialista’ como ‘postura no-materialista’ adolecen de un ‘dualismo cojo’, según el cual de la, a mi juicio, falsa antinomia materia-espíritu escogen sólo una parte.

Se dice que los experimentos de Beauregard “demuestran empíricamente que la mente puede gobernar y transformar el cerebro”, como si eso no se supiese ya, pero es que de esa manera se insiste en partir de algo que se quiere demostrar, a saber que la mente y el cerebro son dos cosas distintas.

Que Dios no puede convertirse en objeto de estudio es afirmado sin más. Yo añadiría que, si seguimos a Karl Popper, Dios, como el alma, no son hipótesis científicas porque no son ni demostrables ni falsables. También podría decirse, desde otra perspectiva, que la ciencia no es una creencia religiosa.

En mi libro La conexión divina he sostenido que las experiencias místicas o religiosas no son fruto de una actividad cerebral anómala, aunque puedan producirse en casos patológicos, como en la epilepsia del lóbulo temporal. Pero que el sujeto que experimenta esa vivencia se sienta unido a Dios, la Naturaleza, el Vacío o el Nirvana, no significa necesariamente que se demuestre la existencia de estos conceptos. La cuestión que en estas experiencias místicas queda sin responder es por qué cuando en estas experiencias los sujetos ven o hablan con seres espirituales estos son siempre de la religión que profesan los propios sujetos, lo que hace pensar que la ‘religión verdadera’ es siempre aquella en la que creen los que tienen estas experiencias.

El contexto racionalista y científico, se afirma en el artículo, pretende cuestionar las ideas religiosas y exiliar a Dios de la cultura humana y las posturas ‘materialistas’ trivializan los valores morales. Nada de esto lo considero cierto. Las creencias en seres sobrenaturales son algo perteneciente a la intimidad de las personas y es una opción personal como cualquier otra, en la que la ciencia no creo que pretenda entrar. Más bien ocurre lo contrario: que algunos religiosos sí que pretenden mostrar que la ciencia está equivocada cuando no considera entes espirituales como hipótesis científicas. Respecto a la moral tengo entendido que ahora se está incluso planteando la existencia de una predisposición genética para ella, independiente de las reglas morales que en cada sociedad existan y que son asumidas mediante el aprendizaje en la respectiva cultura.

Beauregard y O’Leary defienden que nuestro cerebro está estructurado para la religión. Aquí se confunde religión con espiritualidad, lo que ocurre muy a menudo. La espiritualidad parece ser algo inherente al ser humano desde que se pueden provocar experiencias espirituales o místicas estimulando determinadas regiones cerebrales. Pero la religión es una construcción social frente a esa experiencia individual. Si es cierto que no existe religión sin espiritualidad, sí existe, por lo contrario, espiritualidad sin religión.

Asistimos de nuevo a algo ya conocido, a saber que todo aquello que la ciencia aún no puede explicar se envuelve en una nube de sobrenaturalidad. Por eso se menciona la intuición, el efecto placebo, la ‘voluntad’, (algo que hoy se considera que puede ser una ilusión), o las experiencias cercanas a la muerte, sin duda también fruto de la actividad cerebral. Como la actividad científica es la única actividad humana que acumula conocimiento, estoy convencido que todos estos ‘reductos’ se irán reduciendo con el tiempo.

Como en el artículo al que me refiero habla de otro publicado en la página del Instituto Metanexus titulada “The Global Spiral”, la he consultado para comprobar lo que en el artículo en cuestión se dice. El artículo que reseña el libro de Beauregard y O’Leary lo escribe un tal Ryan McIlhenny, hijo de un sacerdote de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. En él critica a los autores del libro por su resistencia a relacionar la actividad cerebral con los estados místicos o trascendentes. McIlhenny denuncia asimismo que los autores están más interesados en desmontar la visión materialista que dicta los parámetros de la neurociencia, preguntándose por qué los procesos naturales tienen que excluir lo sobrenatural.

McIlhenny cita al filósofo cristiano Alvin Plantinga, profesor de la Universidad de Notre Dame en Michigan, que no critica la posibilidad de que el cerebro produzca experiencias espirituales, argumentando que es posible que gracias a esos procesos podamos llegar a conocer la divinidad, argumento que en La conexión divina yo he propuesto como explicación posible desde el punto de vista de los creyentes. Plantinga considera que el aspecto más controvertido del libro de Beauregard y O’Leary es el argumento que separa el cerebro de la mente.

Finalmente, Plantinga echa de menos que Beauregard y O’Leary no cumplan la promesa implícita en el título del último capítulo del libro titulado: “¿Creó Dios el cerebro, o creó el cerebro Dios?”, pregunta que queda sin respuesta. Si los autores no confundiesen los argumentos religiosos con los científicos, seguramente no se hubiesen planteado esa cuestión.




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