LA ODISEA DE SHACKLETON: Javier Cacho




Blog de Tendencias21 sobre su legendaria expedición a la Antártida

30 de septiembre de 1915
Ese es el tiempo que ha durado la presión de los hielos. Ha sido con diferencia el ataque más violento que hemos soportado. Tan fuerte que pensábamos que nos iba a partir en dos. Una hora que se nos hizo eterna.


La presión a la que fue sometido el Endurance durante una hora fue brutal
La presión a la que fue sometido el Endurance durante una hora fue brutal
Los últimos días han sido malos. Reinaba un aire de inquietud en el Endurance. Nadie se atrevía a confesarlo abiertamente pero temíamos que llegase el 1 de octubre. La razón es sencilla, hasta ahora el hielo nos ha dado dos fuertes acometidas: la primera el 1 de agosto y la segunda el 1 de septiembre.

Todos sabemos que los mecanismos que rigen las corrientes marinos, los vientos y, en consecuencia las presiones del hielo, no siguen calendario alguno, pero los marinos son supersticiosos. Además, el miedo es libre y más cuando estás encerrado sin demasiadas distracciones.

La presión más brutal
Pero nos equivocamos por poco. El ataque del hielo no ha tenido lugar el 1 de octubre, es decir mañana, sino hoy mismo. Hace unas horas y ha sido terrible. El peor de todos los que hasta ahora hemos pasado. Creíamos que nos partía en dos.
La crisis se estaba preparando. Desde hace varios días el rugido de los hielos aumentaba paulatinamente. La zona de perturbación, donde las placas se entrechocan y hacen saltar el hielo y amontonarse caóticamente, se acercaba a nosotros.

Sabíamos lo que iba a ocurrir, pero no cuándo. Algunos no hacían más que repetir que sería mañana, pero ha sido hoy. A las tres de la tarde.

Todo ha sido rápido. Un gigantesco iceberg, que podía pesar un millón de toneladas, comenzó a abrirse camino hace nosotros, desencadenando una presión brutal en los hielos que se comunicaba al casco de nuestro barco.

Las cubiertas se estremecieron, los baos se arquearon, las vigas se torcieron como si fueran cañas y la estructura entera se pandeaba en la zona del palo trinquete. Junto con un marinero contemple horrorizado el palo de trinquete que parecía a punto de salirse del barco. No he pasado más miedo en mi vida.

Preparados para abandonar el barco.
Los minutos pasaban con tal lentitud que más parecía que el dios Cronos había decidido parar el tiempo. Unas fuerzas ciclópeas parecían haberse cebado sobre nuestro pobre barco y no estaban dispuestas a soltar la presa.

Pero si el ver cómo se arqueaba una viga era algo increíble, que más parecía propio de una pesadilla que de la realidad, lo peor era el sonido. Los quejidos del maderamen taladraban el alma. Eran los gritos de un ser vivo que soportaba una cruel tortura.

Segundos largos como horas. Minutos que se prolongaban sin querer terminar nunca. Ni el martirio que padecía el pobre barco, ni sus lamentos desesperados parecían terminar. Quizá lo peor fue cuando escuché que Shackleton daba la orden de que todos estuviesen preparados para abandonar el barco. Aquello me sobrecogió.

De repente, cuando ya parecía que el barco no iba a poder aguantar más y se iba a partir en dos, el iceberg que estaba provocando estas tensiones se rajó primero y luego se rompió en pedazos. Inmediatamente la presión desapareció. Nuestro pequeño barco había vencido.

Pero ¿a qué precio? Por el momento no se sabe. Shackleton ha ordenado que se haga un recuento de los daños. En la próxima crónica les contaré cómo hemos quedado. Hoy, en ésta, sólo quería informarles de lo que nos acaba de pasar.

Quizá no se lo crean, pero todavía me tiemblan las manos y siento los quejidos del barco resonando en algún lugar de mi cerebro.

Alexander V. O'Hara

23 de septiembre de 1915
Los días parecen haberse detenido. Aunque desde un punto de vista astronómico la primavera ha entrada, poco ha cambiado a nuestro alrededor. Una especie de laxitud se sigue apoderando de todos nosotros. Daríamos cualquier cosa porque pasara algo.


El camarote de Shackleton con la máquina de escribir con la que escribo las crónicas
El camarote de Shackleton con la máquina de escribir con la que escribo las crónicas
Sabemos que ya estamos en primavera, así lo dicen el libro de Efemérides Astronómicas, pero eso debe de haber sido en algún otro lugar del planeta, porque aquí nada ha cambiado.
 
Shackleton y los que han pasado un invierno en la Antártida nos habían advertido de esa apatía que se va apoderando lentamente de ti y que te puede llevar a la pasividad más absoluta. A mí me ha pasado esta semana.

Abandoné mi crónica
Desde hace meses todos los martes preparó la crónica de la semana para Diario Crítica, el periódico para el que trabajo y el que ha enviado aquí. Ha sido una rutina que me ha diferenciado unos días de otros.

Sí, parece algo ridículo, pero aquí en nuestras condiciones necesitamos diferenciar unos días de los siguientes, aunque sea en algo mínimo. Para mí, durante semanas y semanas, el elemento diferenciador ha sido la preparación de la crónica.

Todos los martes, y una vez que la enviaba, respiraba tranquilo. Tenía por delante toda una semana para buscar algún tema para la próxima crónica. Los primeros días, el miércoles, jueves o incluso el viernes, tenía la sensación de que el siguiente martes estaba muy lejos y podía vivir la rutina diaria sin preocuparte.

Pero de repente me daba cuenta que me faltaban un par de días para escribir la nueva crónica y te entraba una especie de angustia. Tenía que encontrar un tema de interés y cuanto antes.

No sé si sería el sentido de deber, o que era consciente de mi responsabilidad para con mis lectores… lo que sé es que algo se activaba en algún lugar recóndito de mi cerebro.

Recorría el barco con la mirada inquisitiva del que busca algo, me acercaba a mis compañeros tratando de encontrar en su mirada o en un comentario o en algo… una buena historia.

Y siempre la solía encontrar, porque siempre la buscaba intensamente y cuanto más me acercaba al fatídico lunes, cuando tenía que escribir mi crónica, más intensamente mi cerebro funcionaba y me devolvía a la vida.

La semana pasada no fue así. Los días pasaron y pasaron y yo no sentí esa urgencia por buscar un tema. A veces me había pasado, sin embargo, siempre me había activado en el último momento y mi crónica siempre había lista para mis lectores. Pero esta semana no.

Llegó el domingo y no había tema, y lo peor es que no había interés por encontrarlo. Y llegó el lunes y no supe qué escribir, y lo terrible fue que no me importó. Ni siquiera cuando el martes no envié mi crómica. Estaba aletargado física y mentalmente.

Un paseo por el hielo.
Ya he comentado alguna vez que Shackleton, entre bromas, chazas e historietas, siempre está pendiente de sus hombres. Hoy he comprobado que también está pendiente de mí.

Esta mañana, en el desayuno me preguntó cómo me había salido la crónica de esta semana. Me sorprendió, porque no suele preguntármelo. Y al responder que no la había escrito, en principio no me dijo nada y siguió desayunando.

Al rato me llamó y me dijo que acompañara a Wild que iba a salir a subirse a un gran iceberg que teníamos cerca a ver si desde allí se veía tierra y, además, para tratar de cazar algo.

Por supuesto le dije que le acompañaría. Aunque lo único que me apetecía era meterme en mi camarote y dormir, como he estado haciendo toda la semana.

Poco después estábamos caminando con temperaturas de unos 15 grados bajo cero. No era demasiado pero hacía viento y eso provocaba que sintiésemos un frío intenso. Al poco de caminar vimos una foca y Wild la mató de un certero disparo.

Nos vendría bien como comida para los perros, pero también utilizaríamos su grasa para la estufa, eso evitaba que gastásemos carbón, porque que lo íbamos a necesitar cuanto los hielos nos soltasen y volviésemos a navegar.

Luego nos subimos a lo alto del iceberg, no fue sencillo. Tuve que estar durante un buen rato pendiente de dónde ponía cada pie o de dónde me agarraba para evitar que me diese un batacazo. Finalmente, lo logramos.

Desgraciadamente desde allí, y aunque nos encontrábamos a más de 30 metros de altura sobre el mar, no vimos tierra en ninguna dirección y eso que el día estaba limpio.

Según volvíamos me notaba distinto. Algo había pasado dentro de mí. Volvía a querer contar lo que habíamos hecho o a buscar alguna historia interesante para contársela a mis lectores.

Al llegar al barco, y casi por casualidad, escuché a Wild comentarle al Jefe: “Ya te dije que no veríamos nada”. En aquel momento, y puesto que ya tenía el cerebro funcionando otra vez, pensé que aquel viaje no se había preparado para tratar de ver tierra, sino por otro motivo. ¿ustedes qué creen?

Alexander V. O'Hara

15 de septiembre 1915
Nuestras reservas de comida para perros se están terminando. Llevamos meses sin ver una foca o un pingüino y las aguas también parecen están yermas. Como no llegue pronto la primavera y regresen los animales los perros lo van a pasar mal.


Este es Blizzard, uno de los más revoltosos. La foto es de cuando era un cachorro, ahora es mucho mayor.
Este es Blizzard, uno de los más revoltosos. La foto es de cuando era un cachorro, ahora es mucho mayor.
Todos recordamos cuando hace meses la vida animal bullía a nuestro alrededor. Focas, pingüinos, aves… todo parecía sobreabúndate. Estábamos dentro de una inmensa despensa donde sólo había que extender la mano para coger lo que quisiéramos.
 
Afortunadamente, por consejo de los veteranos establecimos una buena cantidad de alimentos de reserva. Aquí el frío ayuda y no hay que preocuparse por la conservación de los alimentos.
 
Precisamente el 10 de septiembre la temperatura ascendió a -17ºC, la temperatura más alta en más de medio año. Por cierto, ya llevamos atrapados por el hielo ocho meses. ¡Cómo pasa el tiempo!
 
Más solos que nunca
Puede parecer mentira, pero la presencia de focas, pingüinos y aves nos hacía sentirnos acompañados. Primero desaparecieron estas últimas, que volaron hacia latitudes más cálidas. Luego les siguieron los pingüinos y finalmente hasta las focas desaparecieron.
 
Antes todos los días salían los equipos de cazadores a otear alrededor. Al escuchar sus disparos sabíamos que algo había caído y poco después se preparaban los equipos de perros para ir a buscar el cuerpo de la foca y traerlo en el trineo. Todo eso nos daba actividad y algo de vida.
 
Pero desde hace tiempo, aunque salen a cazar más lo hacen para estirar las piernas, que tampoco nos vienen mal. No han matado una foca desde hace cinco meses.
 
Hace unas semanas cazamos varios pingüinos, pero los pobres no eran más que pluma y huesos, incluso sus estómagos estaban vacíos y en algunos encontramos hasta piedras. Pobres diablos.
 
Tampoco las aguas están mucho mejor. Esta semana los científicos han hecho un sondeo que ha alcanzado más de 1.000 metros de profundidad. Pese a que utilizaron la draga de boca más ancha, poco han logrado sacar: medusas y algunas larvas de peces.
 
Concierto polar
Afortunadamente, después de los ataques del hielo de primeros de mes, no hemos vuelto a experimentar presiones. Pero sabemos que volverán y nadie quiere cantar victoria. Por eso Shackleton trata de tenernos ocupados y así todos los días se sale a entrenar a los perros.
 
Incluso la camada que nació a bordo, y cuidó Tom Crean amorosamente, ya empieza a tirar de un trineo. Aunque cada cual parece que tira en una dirección para desesperación del bueno de Tom y para diversión nuestra.
 
Para lo que si obedecen los cachorros es para aullar. Los cachorros y todos los perros. Una vez cada dos o tres, Hercules, que hace de director de orquesta comienza a aullar. Shackleton lo describe como un “aullido profundo y melodioso”
 
Unos segundos después, todos le acompañan rivalizando por demostrar quien lo hace más fuerte. El escándalo que organizan se tiene que oír a kilómetros a la redonda. Se imaginan cómo se escucha dentro del barco. Especialmente cuando uno quiere dormir.

8 de septiembre de 1915
Reconozco que a veces nos olvidamos de dónde estamos. Pero esta semana este mar congelado nos lo ha recordado con tan virulencia que, al recordarlo mientras escribo estas líneas, un estremecimiento me recorre la espalda. Hemos pasado miedo.


Durante el día todo parecía tranquilo, pero al llegar la noche...
Durante el día todo parecía tranquilo, pero al llegar la noche...
Llevamos más de siete meses encerrados por este mar de hielo. Eso es mucho tiempo. La parte más cruda del invierno ha pasado, lo que significa que la primavera se acerca, y después el verano.

Eso significa que el mar de hielo se descongelará y podríamos salir de nuestra prisión. Pero Shackleton, dice que la transición es el peor momento, cuando el hielo no se ha fundido del todo, pero las placas de hielo se rompen y comienzan a moverse. Y si pillan entre dos al barco entonces…
 
Algo más que curiosidad
Eso es lo que nos ha pasado. Primero, una mañana, fue una simple sacudida, aunque llamar “simple” a un golpe que sacude a un barco tan grande como el Endurance, es un eufemismo.

Pero lo luego vino lo peor. Esa tarde estábamos cenando cuando el barco se estremeció. Algunos salimos corriendo a cubierta. Luego todos dijimos que era para ver qué pasaba, pero –al menos yo- sentí algo más que curiosidad.

Fuera no había muchas novedades, la grieta que se había abierto por la mañana se había ensanchado un poco. Todo parecía tranquilo.

Durante todo el día siguiente no pasó nada, pero al llegar la noche, o más bien cuando la mayoría estábamos acostados, El Endurance empezó a crujir de tal manera que parecían gemidos lo que es escuchábamos.

Luego empezaron una serie de fuertes y violentos crujidos que resonaban por todo el barco y que parecían no parar. Hora tras hora continuaban con la misma o superior intensidad. Creo que muchos pensamos que en cualquier momento el barco se iba a romper en mil pedazos.
 
Toda la noche en vela
 Como si aquellos movimientos del hielo estuvieran regidos por un reloj, por la mañana cesaron y el día fue tranquilo. Cuando nos sentamos a desayunar, se notaba en la cara de muchos que no habíamos dormido mucho esa noche…algunos –yo entre ellos- nada o casi nada.

Pero lo peor estaba por llegar. Aunque eso no lo sabíamos entonces. El día pasó tranquilo y, otra vez, a última hora de la tarde comenzaron los “ataques”, como ya los llamábamos.

Los golpes, los ruidos y las sacudidas eran de tal intensidad que el suelo temblaba y, a veces, teníamos que agarrarnos a las paredes. Pero lo peor eran los crujidos, los gemidos de la madera que nos taladraban los oídos.

Sin poderlo evitar, la mayoría de nosotros se vistió y subió a la cubierta pensando que tendríamos que abandonar el barco. Creo que nunca he sentido tanto miedo.

La mayoría de la tripulación se quedó en cubierta, yo subí al puente. Allí estaban, como siempre Shackleton, Worsley y Wild. Me saludaron con la cabeza al entrar, se le notaba preocupados.

Mi cara les debió de parecer la expresión pura del terror porque se cruzaron unas discretas sonrisas. Poco después, Worsley dijo que se iba a dormir. Shackleton y Wild le respondieron que se quedarían un poco con “los muchachos”.

Me quedé sólo en el puente con el oficial de guardia, abajo escuchaba la voz del Jefe bromeando en cubierta.
 

1 de septiembre de 1915
La Tierra de Morrell ha seguido las dos últimas semana dando que hablar. Ayer me llevé un buen rapapolvo por tratar de sugerir que puede que fuese un efecto óptico lo que vio. La exploración es una ciencia mucho más exacta de lo que yo pensaba.


Casi me despellejan
No hay muchas novedades en este encierro y a veces damos vueltas y más vueltas a un mismo tema durante días y días. Eso ha pasado con la famosa tierra que Morrell dijo que vio en esta posición geográfica.

En parte la culpa la tuve yo cuando sugerí que posiblemente lo que vio fue uno de esos grandes icebergs en la distancia y, si tenía viento en contra y no pudo acercarse, pensó que era tierra y de ahí el mal entendido que provocó.

La argumentación me parecía lógica y tengo que confesar que me sentía muy orgulloso de haber establecido una teoría que, al menos, concediese algo de credibilidad a Benjamín Morrel l. Lo que no podía ni imaginarme fue lo que ocurrió a continuación.

En misa y repicando
Por un momento hasta me creí que les había impresionado. Los que estaban sentados a mi alrededor se quedaron callados mirándome fijamente. Yo mantuve su mirada mientras sonreía orgulloso de mi mismo. Entonces se escuchó la voz de Worsley, que en una esquina del salón jugaba al ajedrez.

-“No sabe lo que está diciendo”.

No sé si todos, pero al menos yo me volví. Worsley estaba concentrado mirando el tablero. Ya estaba empezando a pensar que el comentario no iba conmigo cuando, todavía mirando el tablero, continuó:
-Como siempre estos periodistas no tienen ni idea de lo que hablan.

Ahora estaba claro que la frase iba conmigo. Tuve la impresión de que empezaba a ponerme colorado cuando desde el otro extremo alguien dijo:
-Y menos de lo que escriben.

Me puse colorado por completo.

-James –ahora era Shackleton- trae los sondeos de los últimos días.

Lo que dice el fondo del mar
Minutos después volvía James con los resultados de los sondeos que habíamos estado haciendo y en los que yo mismo había cooperado a subir el cable. Los puso sobre la gran mesa.

Wild, sin que nadie se lo hubiera pedido había ido a por una carta marina que extendió sobre la mesa. Sobre ella Shackleton empezó a señalar.

-El 8 de agosto estábamos aquí, a 71º 23’S y 49º 13’W, dos días después hicimos este sondeo –señaló a uno de los papeles que había dejado James- dio una profundidad de 3.100 metros. Esta cifra concuerda bastante bien con la obtenida por la expedición del alemán Filchner en 1912 a unos 200 kilómetros de Este esta posición.

-El sondeo realizado el día 17 de agosto, a unos 15 kilómetros al Oeste de la famosa Tierra de Morrell, nos dio una profundidad de 3.065 metros.

Yo no podía estar más colorado pensando que todos me miraban con desdén. Eché un vistazo alrededor y vi que no era así, que todos seguían concentrados las explicaciones del Jefe que en aquel momento continuaba diciendo:

-Y éste fue el 24 de agosto, bordeando los 52º de longitud W, que arrojó una profundidad de 3.474 metros.

Mientras me miraba señalaba con el dedo la carta.

-Alex, la islas no son postes clavados en el fondo del mar. La tierra que ves por encima del nivel del mar tiene que continuar con mayor o menor inclinación por debajo. Aquí no hay Tierra de Morrell ni mandangas y aquel tipo, si era un auténtico marino, tenía que haber hecho algún sondeo.

-Luego, no trates de excusarle. No sé equivocó, era un mentiroso descarado.

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Editor del Blog
Javier Cacho
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Cacho es científico y escritor especializado en historia de la exploración polar.
Fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresó en otras cinco ocasiones, las últimas como jefe de la base antártica Juan Carlos I. Recientemente ha publicado “Amundsen-Scott, duelo en la Antártida” (2011), y “Shackleton, el indomable” (2013). En el blog, recrea la expedición de Shackleton a través de un periodista imaginario, Alexander Vera O’Hara.


La obra definitiva sobre la odisea de Shackleton. No te la pierdas.


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