Tendencias 21. Ciencia, tecnología, sociedad y cultura



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Espacios míticos en los “Parques cerrados” de Juan Campos Reina

Penguin Random House publica tres títulos del narrador andaluz, con motivo del décimo aniversario de su muerte


Ganador del Premio Andalucía de la Crítica con su libro “El bastón del diablo” (1996), Juan Campos Reina (Puente Genil, 1946-Málaga, 2019) está considerado uno de los mejores narradores andaluces de su generación. Coincidiendo con el décimo aniversario de su muerte, Penguin Random House ha publicado un estuche con tres de sus títulos: el ensayo “De Camus a Kioto”, “Poesías completas” y “Diario del Renacimiento”. En ellos, los lugares se transforman en espacios míticos y se enlazan mundos propios y lejanos. Por Carmen Anisa.




El 19 de noviembre de 1989, de madrugada, Juan Campos Reina anotaba en su Diario del Renacimiento: “No sé de dónde saco las fuerzas para escribir y para continuar desempeñando mi profesión. En el fondo, creo que mi debilidad tiene raíces de acero”.
 
Juan Campos Reina había nacido en Puente Genil (Córdoba), en 1946. Pertenecía a una familia “de la pequeña burguesía de los pueblos, en la que aún perduraba la huella de una época más brillante”. De niño “sólo empezó a conocer la cara abrupta de la vida al enfrentarse a dos realidades: una religión penosa y oscurantista y la enfermedad”. Esta última se presentó por primera vez a los doce años, y lo dejó postrado en la cama hasta los quince. Del desván de su casa fueron bajando, como un tesoro, libros antiguos del XIX y del XX, que el adolescente devoraba. En esa época también aprendió a “mirar” lo que había detrás de la ventana, “a hacerse un observador de la vida”.
 
Vinieron otros años de intensa actividad: los estudios de bachillerato y Derecho en Sevilla, las oposiciones al Cuerpo del Estado de Inspección de Trabajo, su destino en varios lugares de España, hasta que por fin en 1979 se instala en Málaga, donde vive hasta su fallecimiento en octubre de 2009.
 
Coincidiendo con el décimo aniversario de su muerte, el grupo Penguin Random House ha publicado Parques cerrados, un estuche que completa la Biblioteca Campos Reina en la editorial DeBolsillo con tres nuevos títulos: el ensayo De Camus a Kioto –que apareció póstumamente en 2010, en la editorial Siruela–, y los inéditos Poesías completas y Diario del Renacimiento. Todo ello en una cuidada edición para la que, como portada, se ha elegido una imagen con la que el pintor japonés Mitsuoki (1617-1691) ilustraba La historia de Gengi de la poeta Murasaki Shikibu, escrita alrededor del año 1000.
 
Campos Reina es considerado como uno de los mejores narradores andaluces de su generación. Su primera novela, Santepar, se publica en 1988. Después inicia varios proyectos; el más importante sería el Cuarteto de la decadencia, que en 1992 se convierte en La trilogía del Renacimiento, compuesta por Un desierto de seda (1990), El bastón del diablo (1996) –con la que obtuvo el Premio Andalucía de la Crítica– y La góndola negra (2003), tres novelas que giran en torno a una familia, los Maruján, y a una casa que simboliza el paso del tiempo. Paralelamente, Campos Reina escribe el Diario del Renacimiento, donde anota impresiones sobre el acontecer diario o reflexiona acerca de la vida y la literatura.
 
Diario de un náufrago en una isla desierta
 
En abril de 1986, la vida de Campos Reina había dado un giro radical. Una dura enfermedad, con terribles dolores, lo obliga a estar hospitalizado durante dos meses. El 19 de febrero de 1991 escribe:
 
Todos los seres humanos llevamos almacenado demasiado dolor. Creo que la buena educación, la autodisciplina, doblega los sentimientos y los recubre en el curso de una vida burguesa. Pero si levantamos la tapadera, tarde o temprano se verterá.
 
Para Campos Reina, aquellos días en los que la muerte es “deseada como un alivio” le enseñan “a escribir y a leer como si su alma se hubiese separado de él para sentarse a su lado, subrayarle los libros y guiarle la mano cuando garabatea en el papel”.
 
Después de recuperarse continúa con su labor como inspector de trabajo: “Creo que el único escritor que me antecedió en un puesto similar fue Kafka”. En una ocasión escribe: “La actividad profesional ayuda a que la literatura no corte los hilos con aquello que llamamos realidad”. Pero, al igual que Kafka, se ve obligado a solicitar la jubilación anticipada: “A mis cuarenta y siete años debo comenzar a adaptarme a la nueva situación”.
 
En su poesía, de ecos cernudianos, está presente la sensación de hallarse “al otro lado de las cosas”. Poesía y amor parecen quedar suspendidos en un instante, como en el poema “Ventanas interiores”:
 
Castaños de Cernuda
brotaban en mi mente. Y tú
amor, ya queda poco,
casi nada, un paseo.
 
Las imágenes tienen a veces ese aire de sutil levedad de la poesía japonesa: “El tiempo es un candil/ de llama temblorosa/ colgado en una noche del verano”. Y en el poema “Racimo” leemos:
 
Vuelvo del otro lado del dolor
a un tibio y gris estar desencantado
donde la vida fluye con su rumor de arroyo
sin engaño aparente.

Como “Los esclavos” de Miguel Ángel
 
“Para mí la felicidad consiste en vagabundear por ciudades cargadas de historia, en recorrer sus calles, sus museos y observar a sus gentes”. En los tres libros que componen Parques cerrados los viajes son una parte esencial. Desde la visita a ciudades europeas, como Viena o Bruselas, hasta su recorrido por Oriente. En diciembre de 1991, refiriéndose a su deseo de salir de viaje, de perderse, escribe:
 
Me siento como Los esclavos de Miguel Ángel, aún prisionero en la piedra, pero ya notando todos los músculos y los nervios y presintiendo que la piedra que me oprime va a saltar.
 
En octubre de 1999, mientras escribía La Góndola negra, viaja a Florencia, uno de los escenarios de la novela: “Si alguna vez me pierdo que me busquen en Florencia”. Pasea por las calles y los lugares donde transcurrió la vida de Dante. Quizás en la Galería de la Academia contempla, de nuevo, a esos “Esclavos” de Miguel Ángel, una imagen esencial en La trilogía, al igual que lo es la góndola negra en Venecia, donde Campos Reina acude a buscar los vestigios del viaje final de Wagner, y la única huella que Proust deja de su paso por la ciudad: “Una firma en el libro de visitantes del Monasterio Armenio de la Isla de San Lázaro”. Fue  el 19 de octubre de 1900. Y el 19 de octubre del año 2000, nuestro viajero pudo mirar esa firma, como le cuenta en una carta a Carmen Balcells, su amiga y agente literaria.      
 
Este hecho quedará reflejado en el poema “Centenario de la visita de Proust al monasterio armenio de la isla de San Lázaro”: “El monje armenio abrió/ un pasado presente/ en ausencia del mundo”.
 
Campos Reina disfruta paseando por ciudades amadas: Sevilla, con hermosos rincones como el parque de María Luisa, el museo de Bellas Artes y sus patios, el laberinto de calles; Córdoba con la mezquita y la judería. Su mirada nos devuelve la dimensión mítica de esos lugares. El 16 de mayo de 1999 anota en el Diario: “He escrito mi primer poema, que tiene mucho que ver con aquel paseo por Sevilla (un 13 de mayo, símbolo de iluminación). El poema se titula Parques cerrados”.  
 
En los poemas en prosa de El viajero, el poeta Ricardo Molina toma la voz del paseante. Busca en Sevilla “la estrecha calle del Aire”, donde vivió Luis Cernuda: “Allí estaba, sumido en la lectura. “¡Luis! ¡Luis!, musité, antes de golpear con suavidad los cristales. Por un instante, su tiempo y el mío se cruzaron”. Después el poeta regresa a Córdoba, donde conocerá cuál ha sido su destino: “La vida no es un proyecto cierto, una línea trazada, sino más bien una pared medianera, sumada a otras muchas en la ciudad”.
 
Perder el tiempo regalándolo
 
Otro lugar que se transforma en un espacio mítico es la finca familiar de Las Quebradas, cerca de Puente Genil; un paraíso donde las dolencias físicas de Campos Reina encuentran alivio. Las Quebradas aparecen en las novelas, de manera indirecta, y en el Diario del Renacimiento, e inspiran una serie de poemas en prosa. Allí transcurren días en soledad. Tras una visita que le hacen sus padres, escribe:
 
El desinterés absoluto y el amor de los padres en una sociedad como la nuestra tal vez sea uno de los pilares más firmes del humanismo y su espejo para extenderlo más allá en los nuevos tiempos. Desde el amor pueden crearse pequeños universos, que se enfrentan a esos grandes monstruos repaces del negocio y la ganancia.
 
Campos Reina era un apasionado lector y poseía una enorme cultura. Las anotaciones de Diario del Renacimiento dan idea de su forma de acercarse a los libros y autores amados como Goethe, Thomas Mann o Proust. Desea mirarse en Chejov, Carpentier, Lampedusa o Robert Walser: “También trataré de adentrarme como un pulpo en el mundo de Franz Kafka. De él únicamente he leído La metamorfosis, algún relato y América, deliciosa”. A diferencia de Kafka, Campos Reina formó una familia e intentó cuidar de que la literatura fluyera en paralelo con su vida personal:
 
En ocasiones, tengo la sensación de que se estuviera disolviendo mi individualidad para poder sumergirme mejor en el mundo y luego plasmarse en los libros. No obstante, deseo recuperarla para disponer de unas horas e ir con mis hijos al cine y comprarles globos y perder el tiempo regalándolo –que es la mejor forma de ganarlo–. Pero siempre se atraviesa algo en el camino.
 
De Camus a Kioto
 
El ensayo De Camus a Kioto es la búsqueda de una respuesta, que en este caso se convierte en un largo viaje cuyo punto de partida es el comienzo de El mito de Sísifo de Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Para Campos Reina es “la pregunta tabú, que, más que aguardar una respuesta, custodia lo que somos”.
 
De ahí, los pasos del autor se dirigen hacia la cultura japonesa, a la figura del samurái, para quien el deshonor solo le deja una salida: el seppuku o suicio ritual. Recorreremos distintos momentos históricos de Japón: la refinada corte de Heian, que queda reflejada en las obras de escritoras como Murasaki Shikibu, con la Historia de Gengi o Sei Shonagon, la autora del Libro de la almohada. Para Campos Reina, la corte de Heian, “se asemeja a otra, que alcanzó su apogeo en el siglo X, en un territorio muy lejano, la Córdoba del Califato”.
 
El ascenso del bereber en Córdoba y del caballero cristiano después, correspondería en Japón con el ascenso del bushi o samurái. Y su decadencia encontraría un paralelo con Don Quijote de la Mancha y el mundo barroco español:
 
En la figura del samuráis, que con el curso de los siglos ve cómo cambia no el bushido
sino la sociedad japonesa donde ni su espada, ni su austeridad, ni su grandeza de espíritu tienen ya vigencia, Don Quijote queda reflejado.
 
Tras una etapa de aislamiento, en el siglo XIX se produce el nuevo acercamiento de oriente y occidente. Van Gogh, con su mirada, “tendió un puente por el que aún circulamos occidentales y orientales”. A Europa comienzan a llegar estampas japonesas que Van Gogh descubre en Amberes: “Una idea lo inquieta y lo conmueve: la trascendencia de lo efímero; esa devoción secular nipona por la belleza sostenida en un instante”. En 1888 Van Gogh pintará Les Alyscamps –los Campos Elíseos– en Arles, una necrópolis romana que en 1909 visitará Rilke, a quien le servirá de inspiración para los Sonetos a Orfeo: “Rilke en la poesía, como Van Gogh en la pintura, busca lo trascendente en sus viajes, y Les Alyscamps van a regalarle un símbolo ideal”.
 
Entre noviembre de 1912 y febrero de 1913, Rilke visita España. Le seducen Toledo y El Greco. El poeta ha cumplido treinta y siete años, es “consciente del significado de la vida humana, de la muerte”, y en este viaje “desea alcanzar la máxima tensión creativa”. En un momento, la contemplación de un paisaje y de una estrella que cae lo llevan a abismarse “en el espacio, integrado en cuanto lo rodeaba”.
 
Pero es en el poema “Almendros en flor”, escrito en Ronda, donde Campos Reina encuentra el enlace “entre el mundo de España, de Europa, y el del otro lado del espejo que estamos explorando”.
 
En De Camus a Kioto son numerosas las referencias a obras y autores: Thomas Mann, Carpentier, Tanizaki, Mishima, y María Zambrano, de la que cita el prólogo de El hombre y lo divino:
 
El verdadero suceso ha de buscarse en el escribir sin sombra de temor –ni de esperanza– de que vaya a ser publicado. Y creo que se da en…, iba a decir –mas ¿por qué no?– los abismos del tiempo.
 
“Cada vez que leo estos párrafos no puedo sino guardar silencio”, escribe Campos Reina. Y continúa: “Ni sombra de temor ni de esperanza. Esas son las condiciones para abismarse”. Viajamos junto a estos autores “hacia dentro de nosotros”. Y quizás ahí radique la respuesta a la pregunta de Camus.
 
El 14 de febrero de 2001, Campos Reina recoge en el Diario del Renacimiento la visita que el día anterior le había hecho a su médico. “Ya nos vamos acercando” fue la respuesta que este le dio a la pregunta. En esa misma entrada escribe:
 
Ignoro si existe para mí el futuro, y, por ello, debo consagrarme a un presente que es lo que más amo. Porque sé lo que significa el dolor, también sé dejarme invadir por la vida.


Martes, 28 de Julio 2020
Carmen Anisa
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