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Las dos caras de la tecnología

Vivimos en un mundo quizás más industrializado, artificial y tecnológico de lo que los humanos necesitarían para ser moderadamente felices


Factor de progreso para unos, de peligros inconmensurables para otros, el debate sobre la bondad o perversidad de la tecnología mantiene toda su vigencia en la sociedad del siglo XXI. Una sociedad tremendamente dependiente de los productos tecnológicos a pesar de que, una vez fuera de la mente humana, es decir, una vez hecha realidad física, y puesta al servicio de los intereses de unos y de otros, la tecnología adquiere autonomía, se rebela y causa, o puede causar, estragos sin límite en la vida del hombre. Por Adolfo Castilla.


Adolfo Castilla
18/10/2002

Las dos caras de la tecnología
La tecnología ha tenido desde siempre una relación difícil con el hombre, que es su creador. Por un lado, el hombre se sirve de ella y la utiliza masivamente, depende de ella de forma casi absoluta y basa su supervivencia y la de sus sociedades avanzadas en su existencia y evolución continuada. Por otro, la tecnología demuestra una y otra vez su peligrosidad, le causa graves daños, incluida la muerte y la discapacidad, y produce importantes externalidades negativas a su entorno.

Lo que llamamos progreso, especialmente en el sentido de desarrollo económico y crecimiento, jamás habría tenido lugar en el mundo sin la tecnología y su evolución. Muy poco de lo que vemos a nuestro alrededor, de lo que hacemos, y de lo que constituye nuestra vida diaria, estaría ahí sin la tecnología. Y los más de seis mil millones de habitantes que a duras penas soporta nuestro planeta en la actualidad, muchos de ellos en condiciones infrahumanas desgraciadamente, de ninguna manera podrían ser tantos sin ella. A pesar de todo ello, muchos hombres han rechazado y rechazan la tecnología, a la que consideran causa importante de la deshumanización del mundo y a la que asignan autonomía, rebeldía y poder destructor.

Lo peor, por otra parte, para todos los que se encuentran a disgusto en un mundo tan artificial y tecnológico como el actual, es que la creación de tecnología parece ser una característica innata del hombre. Una característica que lo diferenció tempranamente de otros animales y que lo ha hecho evolucionar de forma espectacular. De hecho, el hombre ha creído siempre diferenciarse de los animales por su capacidad de construir herramientas y utensilios, por su habilidad para comunicarse intelectualmente mediante sonidos y signos y por su poder de conciencia e imaginación.

De animal a humano

El ascenso del animal hombre a la categoría de humano es una realidad, aunque no sepamos con certeza en qué consiste ese salto y aunque a diario dudemos de unas pretendidas características humanas extendidas a toda la especie. Hay, por ejemplo, muchos hombres que nunca construirían artefactos por muy necesitados de ellos que estuvieran. Hay también muchos individuos sin posibilidades de acceso al mundo de las ideas complejas y elaboradas, a la cultura y a la comunicación y, desde luego, también son numerosos, por lo que vemos en el atribulado mundo actual, los que no tienen capacidad para la creatividad, la reflexión e, incluso, para la afectividad y los sentimientos.

Si admitimos en cualquier caso esa relación estrecha entre la tecnología y lo humano, es obligado deducir la antigüedad en nuestro mundo de los procesos de creación de tecnología y la utilización misma de los utensilios y artefactos surgidos de ellos. Dichos procesos no han sido nunca lineales y mucho menos tan rápidos e intensos como lo son en la actualidad. El impacto social de la tecnología, sin duda presente en el mundo también desde el principio, no fue bajo esas pautas algo grave y preocupante. Las cosas y los hombres cambiaron, pero poco a poco y sin las tensiones y perjuicios que hemos observado más recientemente. La modernización, unida con frecuencia a la tecnología, constituyó durante siglos un fenómeno lento, manejable y aceptable, que tenía mayoritariamente resultados positivos para el conjunto de la sociedad.

Pequeñas innovaciones tecnológicas han necesitado siglos de evolución para su difusión, y las etapas de intensificación de la creatividad tecnológica a las que propiamente se las podría denominar “revoluciones”, han sido escasas en la historia del hombre hasta épocas recientes. La denominada Primera Revolución Industrial tuvo lugar básicamente en Inglaterra desde 1760 hasta 1850, y fue ella la que lanzó al hombre a una espiral de evolución endiablada que ha dado lugar a un mundo radicalmente distinto del existente antes de esa fecha y con una dinámica difícil de controlar, dirigir e, incluso, predecir.

Con dicha revolución surgieron grandes cambios en la fabricación de artefactos, primero en el terreno de la explotación agraria, laboreo de las minas y manufacturas varias, empezando por la de la industria textil, pero más adelante con transformaciones mayores como el ferrocarril y otras posteriores que afectaron al transporte y a su velocidad y, generalizadamente a partir de finales del siglo XIX, a muchas otras dimensiones de la vida del hombre.

Magia realizada

El siglo XX, que ha sido un siglo intensamente industrial y tecnológico, proporciona una perspectiva impresionante de lo conseguido en términos de evolución tecnológica. La magia soñada en otras épocas se ha hecho realidad ante los ojos de los habitantes del siglo, ya sea en términos de volar como las aves, comunicarse a distancia, producir y controlar la energía, dominar la materia a través de sus interrelaciones químicas y producir así nuevos productos y materiales, crear alimentos sin límite con bastante independencia del sol y de la lluvia, curar las enfermedades y extender la vida de las personas, dominar las inclemencias del tiempo, y acercarse al infinito en todas las direcciones.

Hemos creado un mundo artificial del que dependemos inevitablemente para vivir. Un mundo al que se ha llegado con el concurso de tres habilidades o cualidades específicas del hombre, sin las cuales no sería tal: la habilidad ya mencionada, de crear artefactos multiplicadores de sus capacidades físicas; la habilidad de fijarse objetivos externos a él mismo y alcanzarlos; y la habilidad de multiplicarse, expandirse y colonizar todos los espacios posibles, incluidos los más lejanos y adversos. Es decir, hemos creado un mundo artificial pero profundamente humano, ya que ha surgido del hombre mismo dando libertad a su naturaleza más profunda y a sus características más genuinas.

El único problema es que la tecnología, una vez fuera de la mente del hombre, es decir, una vez hecha realidad física, y una vez puesta al servicio de los intereses de unos y de otros, adquiere autonomía, se rebela y causa, o puede causar, estragos sin límite en la vida del hombre. Entre otros, y para empezar, puede afectar a lo que hemos dado en llamar “humano”, un término y concepto, siempre en los primeros lugares de la actividad de reflexión de los hombres, que atrae de nuevo con fuerza en la actualidad, el interés de todos: pensadores, intelectuales y políticos.

Puede que, además de la naturalidad de la tecnología, es decir, de su generación espontánea desde el interior del hombre, la sociedad tecnológica actual haya surgido de la enorme utilidad que proporciona vía crecimiento económico, acumulación de riqueza y dominio y preeminencia de unos sobre otros.

Factor de desarrollo económico

En los años 50, diversos economistas americanos, entre ellos Robert Solow y Moses Abramovitz, demostraron la importancia crucial de la tecnología en el crecimiento a largo plazo de la economía del país. Una posterior labor de investigación de la OCDE, identificó el gasto en I+D de los países en general y de las empresas en particular, como el elemento básico para el desarrollo tecnológico y para el crecimiento y la expansión.
Sobre esos descubrimientos se construyó la lógica actual de invertir en desarrollo de tecnología de forma continua y acelerada para acumular ventajas competitivas unos sobre otros. El hombre tiene una tendencia natural a producir artefactos, pero la posibilidad de que eso le proporcione riqueza y poder ha llevado a la potenciación de esa habilidad hasta extremos increíbles, y como consecuencia de ello, a la aparición en el mundo de una estructura industrial y tecnológica que domina el planeta. Una estructura además que no puede detenerse ni disminuir su ritmo de crecimiento.

El resultado de todo ello es un mundo quizás más industrializado, artificial y tecnológico de lo que los humanos necesitarían para ser moderadamente felices. Un mundo, desgraciadamente, lleno de riesgos, dificultades y peligros, en el que a veces se acumulan grandes nubarrones de pesimismo en relación con su futuro. Un mundo no obstante, en el que cada vez más grandes porcentajes de la población acceden a mejores formas de vida y mayores niveles de bienestar, incluyendo además, mayor libertad personal, más democracia y mejores oportunidades. La tecnología, de hecho, permite en primer lugar, el crecimiento exponencial de la población, lo cual también, hoy por hoy, parece una característica de la población mundial sobre la que es difícil actuar sin coartar uno de los derechos más naturales del hombre como es la reproducción.

En resumen, una situación complicada en la que con frecuencia protestamos por la artificialidad, complejidad, peligro y otros fenómenos difíciles de justificar, como el consumismo, producción innecesaria de bienes excesivamente sofisticados, el lujo extremo y el sibaritismo, pero de la que muchos se benefician de forma continua. No hay que olvidar en este sentido las magníficas carreras profesionales que las criticadas empresas multinacionales permiten a individuos de todo el mundo, con lo que ello lleva consigo, no sólo en términos de nivel de vida y seguridad económica, sino en términos de honorabilidad, realización personal y reconocimiento social.

Diversidad de percepciones

El panorama mundial, en consecuencia, es diverso en cuanto a la aceptación o rechazo de la tecnología. Además de los movimientos mundiales alternativos como los vividos en los últimos años alrededor de la anti-globalización, el foro de Porto Alegre y otros, verdaderos cauces de todos los movimientos críticos del mundo --en los que la tecnología está presente de una u otra forma-- existen cada vez en mayor número, movimientos minoritarios de rechazo tales como: la simplicidad voluntaria, el consumo responsable, el precio justo, el marketing social, la banca ética y el desarrollo sostenible, entre otros.

Aparte de las soluciones de rechazo frontal de la tecnología y del mundo desarrollado de corte minoritario, marginal y alternativo sin pretensiones de imponerse, de las que ha habido destacados ejemplos en el mundo desde antiguo, dentro de los que no rechazan el mundo industrial y tecnológico hay también posiciones enfrentadas.

De los grupos serios, responsables y preocupados, participantes del mundo avanzado tecnológicamente hablando actual, se podrían identificar dos con posicionamientos enfrentados: los optimistas en relación con el desarrollo tecnológico y los pesimistas. Los primeros, aún reconociendo los efectos colaterales no deseables de la tecnología, argumentan que el desarrollo tecnológico es imprescindible para mantener a la población mundial y para hacer crecer el nivel de vida de la población. Sin la tecnología, advierten, el mundo volvería a la barbarie y al subdesarrollo y muchos habitantes del planeta simplemente desaparecerían. La respuesta a nuestros problemas es más tecnología, ya que si la tecnología nos ha traído hasta aquí y nos enfrentamos a grandes problemas por ello, es la tecnología y el desarrollo científico, lo que nos tiene que sacar de esta situación comprometida actual. Por nada del mundo, piensan en este grupo, se puede limitar o coartar el desarrollo tecnológico

Los pesimistas, por otra parte, son partidarios de actuar sobre el mundo actual, simplificando los estilos de vida, descentralizando las actividades productivas, volviendo a los cultivos naturales sin fertilizantes ni otros productos químicos, patrocinando el uso de energías alternativas y difundiendo en el mundo la idea de un desarrollo sostenible que proteja nuestro medio ambiente y la biodiversidad de la naturaleza. Sin dejar por ello, lógicamente, de alimentar a la población mundial y conseguir un nivel de vida aceptable para todos. Este grupo es, por supuesto, enemigo de la energía nuclear, del petróleo y de otras energías peligrosas y polucionantes, y se opone, como cabría esperar, a los productos transgénicos y a la manipulación de los genes en general.

Hasta ahora era posible la discusión de esos grupos y la defensa de sus posiciones desde plataformas teóricas, mientras el desarrollo tecnológico del mundo seguía su curso en manos de proyectos y empresas jamás controlados. Hoy, sin embargo, existe la conciencia generalizada de no poder ir mucho más lejos sin control del desarrollo tecnológico y sin fuerte atención a la protección del medio ambiente. Las nuevas tecnologías, por otra parte, especialmente las relacionadas con la vida y la genética, se manifiestan más amenazantes que nunca, aunque también en esto hay confrontación y diversidad de opiniones.


Adolfo Castilla es catedrático de Economía Aplicada.



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