Notas

La resurrección de Jesús. Geza Vermes analiza este tema (I) (149-01)

Redactado por Antonio Piñero el Martes, 6 de Julio 2010 a las 07:07


Hoy escribe Antonio Piñero

Es archisabido que la resurrección de Jesús es la piedra angular de la fe que fundamenta el cristianismo. Sin embargo, la cuestión de “¿En qué pruebas se basa uno de los fenómenos más milagrosos de las religiones actuales?” suscita interminables debates.

Por ello me ha interesado la respuesta de Geza Vermes, el famoso autor judío que con sus libros fundamentales sobre Jesús (tres sobre todo), sobre su judaísmo y su religión, ha dejado una impronta notable en la investigación de hoy: la caracterización de Jesús de Geza Vermes como un rabino galileo, carismático, sanador, experto en la Ley, muy religioso, muy judío, al estilo de otras figuras galileas de época similar, como Haniná ben Dosa y Honí el trazador de círculos ha tenido un fuerte impacto en la investigación. El libro que comentamos esta semana trata precisamente sobre la resurrección dentro de una miniserie de obras pequeñas que abordan el nacimiento, la pasión y la resurrección de Jesús:

Geza Vermes, La resurrección (de la Serie, o marca editorial “Ares y Mares” de Editorial Crítica), Barcelona, 2008, 261 pp. ISBN: 978-84-8432-982-4.

Es éste un libro muy breve, de caja pequeña, escrito con claridad (a veces un poco oscurecida por la traducción castellana), apenas sin notas, al estilo de otros libros del autor. En ellos pretende hacer la presentación de un problema religioso que afecta a Jesús y a los orígenes cristianos, y su aclaración por medio del análisis de textos del entorno, grecorromano y judío especialmente que hablan de la misma cuestión y que aclaran los antecedentes ideológicos, junto con exposición y análisis de los textos principales de Jesús o del cristianismo primitivo y la obtención de claras y contundentes conclusiones (muchas de ellas sorprendentes, ya que en el cristianismo y judaísmo antiguos, como en otras disciplinas históricas de la Antigüedad, casi nada es como parece).

La estructura general del libro es, pues, simple:

I Exposición de las concepciones judías sobre el más allá en tiempos anteriores a Jesús: las concepciones bíblicas de la inmortalidad; cuándo aparece la idea de la resurrección en el Antiguo Testamento; qué relación tiene ésta con la simple inmortalidad del alma; martirio y sus relaciones con el tema de la resurrección en el judaísmo del Segundo Templo, para finalizar con las actitudes judías ante el más allá y en concreto la resurrección explícita de los cuerpos tal como la entendían las gentes en tiempos de Jesús.

II La resurrección y la vida eterna en el Nuevo Testamento: enseñanzas del Jesús histórico al respecto; relatos de resurrección de personas distintas a Jesús; valoración de las diversas narraciones acerca de la resurrección (y la ascensión) en los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, en Pablo de Tarso y en el resto de los escritos del Nuevo Testamento, y finalmente el significado profundo del concepto de la resurrección en el conjunto del Nuevo Testamento.

Como ven, el tema es amplio, pero G. Vermes lo trata a pinceladas, escogiendo los textos principales con precisos y sintéticos comentarios, dejando al lado cuestiones accesorias. Basta comparar el escaso número de páginas de la obra que comentamos con el monumental volumen de N. T. Wright, obispo de Durham, The Resurrection of the Son of God (“La resurrección del Hijo de Dios”), SPCK, Londres 2003, que tiene más de 800 densas páginas en su original inglés. Por cierto, si no me equivoco, este libro ha sido traducido al español por la Editorial Verbo Divino.

Vermes parte del supuesto de que Jesús existió, y ofrece un argumento similar a uno de los que he esgrimido en el libro ¿Existió Jesús realmente? El Jesús de la historia a debate, de Editorial Raíces, Madrid, 2009: las dificultades que plantea el hecho de negar existencia de Jesús exceden con mucho, desde el punto de vista de los métodos históricos, las que suscita el hecho de aceptarla.

G. Vermes opina también que la fecha probable de la muerte (fallecimiento real; rechaza totalmente interpretaciones fabulosas modernas de supervivencia tras la crucifixión) de Jesús fue el viernes 7 de abril del 30 d.C. = 14 del mes judío nisán (a punto, pues, de comenzar el sábado hacia las 18 horas de ese día, pero para nosotros aún viernes hasta las doce de la noche), un sábado que coincidía además con la Pascua de ese año: 15 de nisán.

Esta es –como es sabido- la cronología del Evangelio de Juan, según la cual la Pascua no caía en viernes (como suponen los Sinópticos), sino en sábado.

Aquí se produce la confusión de siempre para nosotros, pues tanto los Sinópticos como Juan dicen que Jesús murió un viernes. Pero, para los primeros –los Sinópticos- ese viernes era 15 de nisán; para Juan era el 14 de nisán.

G. Vermes “olvida”, o no se siente predeterminado por, las opiniones de autores precedentes respecto al tema de la resurrección, y procede de nuevo como un detective –así lo afirma él-, analizando desde el punto de vista de un judío que conoce bien el siglo I qué dicen realmente los autores del Nuevo Testamento de este evento, separando nítidamente la opinión de los textos de lo que la tradición interpretativa de la iglesia posterior les atribuye.

Vermes recuerda que la idea de la resurrección debe distinguirse claramente de la noción de la inmortalidad del alma. Esta última –basándose desde el siglo IV a.C. en el argumento platónico del Fedón sobre todo- era casi unánimemente considerada espiritual en la Antigüedad que nos afecta y por tanto no sujeta a la muerte. El cuerpo, por el contrario, es considerado puramente material y sujeto a la generación y a la corrupción. La resurrección, pues, se refiere estrictamente al cuerpo: las almas no pueden resucitar puesto que son inmortales; el cuerpo fenecido sí.

Hablar, por tanto, de la “resurrección de los muertos” se refiere a la suscitación de nuevo a la vida de los cuerpos ya fallecidos. Es ésta una idea muy judía, palestino/israelita en concreto, pues a griegos y romanos, y a los judíos de la Diáspora ni se les había ocurrido porque era perfectamente inútil…, ya que bastaba con la inmortalidad del alma. ¿para qué vale lo material ante un elemento puramente espiritual libre de los lazos carnales? ¿Para qué la resurrección de la cárcel del alma = el cuerpo?

Bastante era con que el alma siguiera su curso libre del elemento corpóreo/material, con que no fuera condenada a sufrir espiritualmente en algún lugar misterioso tras separarse del cuerpo, y con que no tuviera necesidad de reencarnarse –nueva maldición, generalmente- en otro cuerpo una vez que hubiera sido liberada por Dios del dominio de la materia corpórea. El alma como tal tampoco admitía la “generación” humana, sino que era creada por Dios, ya desde toda la eternidad, o bien ya desde el momento en el que existía (como fuere) un ser humano.

Pues bien, es sabido que en el judaísmo antiguo, hasta finales del siglo III a.C. no existía entre la generalidad del pueblo judío ni una ni otra concepción: ni la inmortalidad del alma, ni mucho menos la resurrección del cuerpo. Todo acababa en esta vida. El ser humano, era en esto igual a los animales. Y, como en la concepción griega, el “almicuerpo” del ser humano, conservando sus rasgos fisiognómicos distintivos, descendía al Sheol/Hades y quedaba allí en sombras sempiternas separado de Dios. Vermes cita textos clásicos que sustentan esta opinión en el Antiguo Testamento: Job 14,10.12; Sal 49,14; 1 Reyes 2,1; Ecles 3,19-20; 9,7-10; Is 14,9-11; Ez 32, 19-32, etc.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
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Martes, 6 de Julio 2010
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