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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero

(17-01-2022) (1028)


Escribe Antonio Piñero
 
Muy buena, ilustrativa y clara me parece la breve sección que S. Guijarro dedica a la “Producción y difusión de los Evangelios” (pp. 66-67 de la obra comentada “Los Cuatro Evangelios”).
 
Indica Guijarro que nuestra mentalidad moderna de producción de obras nos aleja de la comprensión de cómo se publicaban los libros en la época de composición de los Evangelios. En una cultura eminentemente oral, eran pocos los que sabía leer correctamente. Por ello una obra que iba a expandirse por escrito, por medio de copias, se “ensayaba” oralmente de diversos modos.
 
Un inciso: un scriptorium (si era propiedad de un “editor” que tenía esclavos para producir libros y ganar así dinero) era una sala con varias mesas y una suerte de asiento, normalmente sin respaldo (¡a veces los escribas copiaban sentados en el suelo!), en la un lector profesional leía despacio, en voz alta y clara, y los escribas copiaban. Naturalmente se producían errores.
 
Otras veces podía hacerse una lectura en voz alta dentro de algún grupo que el autor supusiera interesado en la obra que deseaba publicar. Es probable que debamos imaginar así como empezó la redacción de un evangelio. Es posible que en primer lugar el autor recabara de los amigos y conocidos las “hojas volantes” o cuadernillos que los particulares interesados en la difusión del “mesianismo de Jesús” transcribían por su cuenta. Es muy probable también que se pasara mucho tiempo el autor reuniéndose con los transmisores orales de anécdotas, dichos ya célebres y acciones de Jesús y fuera recopilando material.
 
Tras este trabajo de reunión de “materiales” podía procederse, normalmente en la reunión litúrgica del grupo de judeocristianos o paganocristianos, los domingos, a la lectura en voz alta ante los reunidos del material así recopilado. Se supone que en esas reuniones precedían oraciones, salmos y la voz de algún profeta; se supone también que podría haber alguna lectura de alguna sección (o recitado de memoria de lo que hoy es la Biblia hebrea) sobre todo de los profetas que habían hablado sobre el futuro de la época mesiánica, ya que entonces para los cristianos la Biblia hebrea era su único libro sagrado). Y es probable también que a continuación alguien dotado para la recitación pública leyera los materiales que había recogido la persona que luego sería el autor del primer evangelio. A esta persona la denominamos “Marcos”, aunque no sabemos si era Juan Marcos, o cualquier otro que hubiera tenido algún contacto con gentes que habían vivido con Jesús.
 
Una vez dicho esto, me permito transcribir, por lo interesante, lo que escribe Guijarro:
 
“Es muy probable que en los primeros estadios del Evangelio de Marcos, su versión escrita se redujera a una notas que servían como soporte para la recitación (pública; en los oficios litúrgicos). Solo después de haber sido recitado varias veces y haber recibido la aprobación de los oyentes, se habría puesto por escrito el relato completo, que pronto habría sido copiado para ser recitado también en otro grupo de discípulos que deseaban escucharlo. A medida que el texto de Marcos se copiaba, los copistas podrían haber ido incorporando recuerdos sobre Jesús que eran significativos en las comunidades para los que los copiaban, y es posible que con el paso del tiempo, su autor, o un escriba autorizado hiciera una edición nueva que se difundió apoyándose en la autoridad de algunos de los apóstoles” (añado: en el caso de Marcos circuló la tradición de que este había sido el secretario de Pedro); (p. 66).
 
Y es muy importante lo que nuestro autor añade en la p. 67:
 
“La flexibilidad el proceso de composición y difusión de los evangelios se explica fácilmente si se tiene en cuenta que, cuando comenzaron a difundirse, los evangelio no tenían aún el reconocimiento y autoridad de alcanzarían después”… (p. 67).
 
Y luego nuestro autor comienza a hacerse preguntas que nos haríamos todos junto con él: “¿Es posible identificar el texto original de Marcos? ¿Cuál de las primeras copias puede considerarse la original? Y en el caso de este Evangelio de Marcos hubiese sido utilizado por otro evangelista ¿podemos estar seguros Dios que todos utilizaron la misma versión?”
 
Es difícil plantear mejor la cuestión que la realizada por S. Guijarro.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Lunes, 17 de Enero 2022

 
Escribe Antonio Piñero
 
Hemos concluido el comentario a la importante “Introducción” a la obra “Los Cuatro Evangelios” de S. Guijarro, publicada en la editorial Sígueme, Salamanca en 2021.Comienzo hoy a comentar brevemente la Primera parte, “La formación de los Evangelios”, y dentro de ella la sección primera “Las relaciones de los cuatro evangelios”, canónicos, ya que sin duda alguna “se encuentran estrechamente relacionados entre sí” (p. 63).
 
Respecto al primer tema básico “EL texto de los evangelios”, la mirada del autor se concentra en la crítica textual, es decir, la “ciencia” que se ocupa de estudiar minuciosamente “Los casi seis mil manuscritos del Nuevo Testamento que han llegado hasta nosotros” y una vez examinados elegir unas lecturas como las más cercanas probablemente al “autógrafo” (el texto original que salió de la mano del ignoto autor de cada evangelio, texto que se ha perdido creemos que irremisiblemente). Con razón arguye Guijarro que la elección /rechazo de lecturas incide en la cuestión de cómo considerar las relaciones de los evangelios entre sí.
 
Precisamente conocer a fondo la tarea de la crítica textual del Nuevo Testamento (¡titánica!) impone la conciencia de sus límites: por ello “quienes estudian críticamente el texto del Nuevo Testamento no buscan ya reconstruir el texto original, sino más bien recuperar el «texto inicial», es decir, aquel que puede reconstruirse a partir de las manuscritos” (p. 65), que suelen ser los más antiguos, aunque no necesariamente. Debe insistirse, aunque eso produzca cierta inseguridad en el creyente, que el «texto inicial» puede no ser exactamente igual al original. Por tanto, el texto reconstruido (en nuestro caso todos los traductores y estudiosos “técnicos” utilizan la edición 28, “Novum Testamentum Graece”, editado por el “Institut für neutestamentliche Textkritik” (“Instituto (dedicado a) de la crítica neotestamentaria”, relacionado íntimamente con la Universidad de Münster, en Westfalia (Alemania) y publicado por la editorial “Deutsche Bibelgesselschaft” en Stuttgart.
 
Esto es muy importante. Nadie que desee tener credibilidad en los estudios sobre el Nuevo Testamento puede desconocer la lengua griega y debe, casi diría imperativamente, trabajar sobre esta edición, aunque sea en sí provisional. Pasarán unos cuantos años y el buen monto de investigadores que trabajan en el Instituto mencionado, o para él, harán una edición nueva, que presentará un texto diferente. Desgraciadamente, la edición 28 no trae algo importante que sí tenía la 27 respecto a la anterior, la 26: un buen monto de páginas en las que se pone de relieve la buena cantidad de cambios que hay en el texto entre una edición y otra. Afirman que están preparando una edición digital de las diferencias.
 
En la edición 28 sí aparecen casi 15 páginas de “nuevas lecturas menores”, es decir, menos importantes que se han incorporado al “aparato crítico” = a pie de página las líneas que señalan versículo por versículo las variantes más notables entre los manuscritos.
 
Siento que Guijarro no haya advertido al lector que esta situación ha hecho absolutamente imposible que las Iglesias cristianas (salvo algunos fanáticos de sesgo fundamentalista) hayan podido establecer cuál fue el texto inspirado por el Espíritu Santo a los autores. Sin embargo, pienso que cualquier lector reflexivo caerá en la cuenta de que la teoría de la “inspiración verbal de las Escrituras” (imaginada como si Dios o un ángel hubieran dictado exactamente las palabras de un evangelio al oído del autor terreno) es absolutamente imposible. Es un bulo. El que estudia los Evangelios tiene que caer en la cuenta de que el texto griego puede cambiar (normalmente sin excesiva importancia), gracias a la crítica textual.
 
Sí señala Guijarro que pudo haber incluso varias versiones de la misma obra neotestamentaria y que el proceso de transmisión por parte de los escribas de un evangelio concreto fue tan fluido que hace “extraordinariamente compleja la tarea de identificar las relaciones de dependencia literaria que existieron entre los evangelios” (p. 65). Pero añado: es difícil…, cierto…, pero las líneas generales sí pueden delinearse, y ello basta para emitir un juicio sobre la fiabilidad de un texto determinado de los evangelios. Remito a “Los libros del Nuevo Testamento”, Trotta 2021, pp. 382-386.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Sábado, 15 de Enero 2022
Escribe Antonio Piñero
 
Sigo comentando (y creo que por bastante tiempo) el libro de Santiago Guijarro sobre “Los cuatro evangelios” (Sígueme, Salamanca; 4ª edición, 2021).
 
Opino que tiene razón Guijarro cuando sostiene que el detonante que movió a la iglesia de Roma a iniciar el movimiento que –en menos de 50 años: 150-200– llevará a tener casi completo una lista de libros sagrados propiamente cristianos fue la iniciativa del heresiarca Marción cuando fundó su propia iglesia en Roma hacia el 145 y la dotó de un “evangelio”, el de Lucas. Denominar “evangelio” al libro de “Lucas” era consagrar ese término para que poco más tarde fuera utilizado generalmente “evangelio” como designación de los libros “biográficos” sobre Jesús. Con esto “Lucas” / Marción  se unen  explícitamente a la línea de Pablo que califica como “evangelio” su proclama sobre Jesús (Gálatas 1,7; 2,2.7).
 
La investigación inglesa (L. M. Mc Donald) ha querido restar importancia al “detonante Marción” argumentando que de hecho Marción mismo y sus continuadores no formaron un canon cerrado de Escrituras. Los marcionitas –se argumenta– añadieron más textos a la primera colección de su maestro y finalmente aceptaron como sagrada la armonía evangélica de Taciano sirio (el Diatessáron, un evangelio formado a base de fundir armónicamente los cuatro evangelios canónicos).
 
Entre otros factores que aceleraron el proceso que iba a llevar a la formación del canon, fue especial la pujanza de los herejes montanistas, surgidos hacia el 170 en Asia Menor, movimiento que hacía mucho hincapié en el gobierno de la Iglesia por medio del Espíritu santo (= profetas) y no por obispos designados. Como estos profetas generaban muchas profecías, la Iglesia buscó algún modo de distinguir entre las profecías circunstanciales y aquellas contenidas en libros inspirados que ayudaran a la mayoría de los fieles, no a pequeños grupos.
 
Los que matizan la tesis de Marción como “detonante” añaden que la proliferación de otras sectas gnósticas cristianas (si es que se puede considerar a Marción como un gnóstico estricto), que se jactaban de basar sus conocimientos religiosos especiales en ciertos escritos «inspirados» o en presuntas revelaciones también especiales de Jesús), hizo necesario que se formaran listas de libros seguros que expresaran la fe común de las iglesias. Guijarro no tiene apenas en cuenta estas sugerencias e insiste, en mi opinión con buenos razonamientos, que el principal detonante del canon fue la postura de Marción.
 
Otra idea interesante es la indagación sobre cómo los inicios / títulos de los manuscritos más antiguos (solo medio centenar de “testigos” /manuscritos) sobre los Evangelios presentan ya una opción por copiar solo los cuatro y rechazar el resto de los evangelios. Una curiosidad notable es que de entre los evangelios considerados apócrifos más tarde (unos diez), más o menos la mitad, utilizaron el sistema antiguo del “rollo” para copiarlos, mientras que los manuscritos que se decantan por copiar solo los que luego fueron los cuatro canónicos no se escribieron en rollos sino en “códices”, es decir, en formato libro como los de hoy. Al parecer, la elección del uso del formato “códice” sobre el formato “rollo” fue una peculiaridad cristiana, que indica también qué evangelios eran considerados sagrados y cuáles no para los que sufragaban los gastos de copiar los textos.
 
También interesante es la observación de S. Guijarro sobre el uso abreviado de los denominados “nombres sagrados” (Jesús, Dios, Espíritu) en los manuscritos que copian evangelios apócrifos y los que copian solo los canónicos. El uso de abreviaturas es común en ambas clases de evangelios, pero las de los canónicos el número de abreviaturas es mayor y siguen siempre un patrón uniforme; el de los apócrifos es al revés: menor número de abreviaturas y cada escriba sigue el patrón que mejor le parece.
 
Y un último factor distintivo, además del uso del códice y de las abreviaturas de nombres sagrados, es la caligrafía de los manuscritos. Los códices con caligrafía cuidada y selecta (por tanto más caros porque los escribas cobraban más) corresponden a los cuatro canónicos. Los de caligrafía descuidada, más baratos, copian apócrifos.
 
Estos indicios en textos (papiro) que se remontan al año 200 o un poco más indican a las claras que los copistas y quienes les pagaban tenían ya una idea clara de que había evangelios canónicos, aceptados, y otros que no lo eran.
 
Interesantísimo es también observar cómo los manuscritos que contienen más de un evangelio solo copian alguno de los cuatro (por ejemplo, Papiro 44 (Mt y Jn); P. 45 (Mt; Mc, Lc y Jn: el primer papiro que copia cuatro evangelios: inicio o mediados del siglo III: el orden es Mt-Jn-Lc-Mc; Ireneo de Lyón presenta otro orden: Mt-Mc-Lc-Jn que se hará tradicional hasta el siglo XIX); P. 75 (Lc y Jn); P. 84 (Mc y Jn), etc. Y otros papiros que copian un solo evangelio, siempre se trata de uno de los cuatro canónicos (lista del Novum Testamentum graece de Nestle-Aland, edición 28, pp.792-799 que recoge 127 papiros).
 
A base de estos indicios y a falta de textos explícitos de autores eclesiásticos que hablen de la formación del canon neotestamentario se puede rastrear cómo desde tiempos de Justino Mártir (150) hasta Ireneo de Lyón (175) hay un movimiento rápido en las iglesias que puede interpretarse como reacción a la postura innovadora y útil de Marción: tener una lista de libros sagrados en los que poder basarse con seguridad para hacer teología cristiana.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Miércoles, 12 de Enero 2022
Escribe Antonio Piñero
 
En mi análisis de la “Introducción” a “Los Cuatro Evangelios” de Santiago Guijarro (editorial Sígueme, 4ª edición Salamanca 2021) señalo hoy cosas interesantes que el lector puede encontrar en ella. Lo que comento trata de los criterios que utilizó la iglesia primitiva para la selección de los evangelios como canónicos. Respecto a ellos hay que decir que no se hallan de modo claro en ningún texto, porque quizás se daban por supuestos. Aunque Guijarro no  lo diga expresamente, es posible que fuera la cristiandad romana la que iba haciendo acopio de los criterios, la que reunía noticias sobre ellos,  y que fuera ella una de las impulsoras principales del canon de escritos sagrados del cristianismo.
 
El primero fue sin duda la lectura pública en los oficios litúrgicos dominicales: ¿Qué se leía públicamente en ellos en las iglesias principales? Las noticias de los textos más leídos, es decir, preferidos, llegarían a Roma vía correos privados, o de dirigentes eclesiásticos, a través de las comunicaciones por barco (mercaderes y otros pasajeros). Los “recuerdos de los apóstoles”, como los denominaba Justino Mártir (I Apología 67,3) era quizás el nombre de los Evangelios a mediados del siglo II. Solo posteriormente recibieron el nombre de “Buena Noticia” (griego euaggelion, en singular) o “Proclamación de la buena noticia de Jesús” por parte de sus apóstoles.
 
Es muy posible que esta denominación, “evangelio”,  tuviera un doble objetivo. El primero era oponerse directamente a las buenas noticias (griego euaggelia, en plural)) que procedían de los emperadores, y sus aduladores, proclamados como buenos gobernantes y benefactores de las ciudades. Los cristianos, por el contrario, sostenían que la verdadera buena noticia era la proclamación de Jesús como mesías, salvador del género humano. Y la segunda era formar un vínculo con las profecías de Isaías, en especial 52,7, donde se lee: “Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres noticias, del que publica la paz, del que trae buenas noticias del bien, del que publica salvación, del que dice a Sión: ¡Tu Dios reina!”, texto en el que se emplea el verbo griego euaggelízo con el significado de “traer, o dar buenas noticias”. En todo el Nuevo Testamento se utiliza el mismo vocablo “evangelio” con pequeños matices diferentes, pero sin importancia.
 
El vocablo “evangelio” parece que se hizo común a lo largo del siglo II, como testimonian textos que proceden de la primera mitad, La Didaché o Doctrina de los XII Apóstoles (no se sabe la fecha: oscilan los comentaristas entre el 110-140), y la Segunda Carta de Clemente de Roma 8,5, seguramente falsa, pero que se fechan hacia el principio del siglo III, sin demasiadas precisiones.
 
El segundo criterio para la elección entre os diversos evangelios fue el vínculo que cada autor (o pretendido autor) tenía con los apóstoles de Jesús. Tales vínculos eran al principio desconocidos, pero empezaron a formarse a mediados del siglo II. Señala con justeza Guijarro cómo Papías de Hierápolis, hacia el 140, difundió la idea de que el autor de “Marcos” había sido oyente y secretario de Pedro (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica III 39,14-15. Que Lucas era el médico de Pablo lo dice Ireneo de Lyón, bastante entrado el siglo II (Contra los herejes III 1,1), hacia el 175. Que Mateo y Juan eran discípulos directos de Jesús se podía deducir sin más de lo que se lee en Mt 9,9, y de las misteriosas noticias sobre el Discípulo Amado que proporciona el IV Evangelio (Jn 18,15-16; 19, 26; 20,2; 21,7; 21,24).
 
Y el tercer criterio de selección era básico: si la doctrina de un evangelio determinado estaba o no de acuerdo con lo que sostenía el común de las iglesias importantes. Guijarro, como otros comentaristas cita el caso de Serapión, obispo de Rhossos, en Cilicia, Asia Menor, donde afirma que no debería leerse este evangelio en público porque algunas de sus ideas (unas pocas ciertamente; no la mayoría) no estaban de acuerdo con la opinión común de las iglesias (Eusebio, Historia Eclesiástica VI 12, 2-6).
 
Todas estas noticias, que he expandido un poco, se encuentran bien expuestas en la parte de la “Introducción” a “Los Cuatro Evangelios” de S. Guijarro, pp. 42-49, a las que no se puede oponer reparo alguno.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA
 
El gerente de la “página” de You Tube llamada “Desafío Viajero” me hizo una entrevista a propósito de los “Libros del Nuevo Testamento”, titulada “El Nuevo Testamento descodificado”. En los primeros tres días tuvo más de 7.000 visualizaciones:

https://www.youtube.com/watch?v=M-DWRNOFXPw&ab_channel=Desaf%C3%ADoViajero
 
 
Martes, 11 de Enero 2022

Notas

1Voto(s)

Si al parecer el Nazareno pensaba en términos judíos al hablar del alma, podría pensarse que Pablo de Tarso, supuesto fundador del cristianismo como interpretación de la vida y obra de Jesús, sí pudo haber dado el salto hacia el concepto de alma que nosotros conocemos. Es hora de repasar esos datos.

Hoy escribe Eugenio Gómez Segura.


069. El alma (5): Pablo.
San Pablo según el Greco.
 
Como bien escribe Antonio Piñero en su Guía para entender a Pablo (pp. 130-135), los términos que el de Tarso empleó para referirse al ser humano, su naturaleza y sus posibles “partes” son bastante claros… si se conocen algunos supuestos que ya hemos desgranado en entregas anteriores. Veámoslo desde un punto de vista meramente práctico.

Pablo se refirió al ser humano atendiendo a una idea concreta: el paso de una era o eón presidido por el error de Adán (pero también caracterizado por los intentos de rehabilitación protagonizados por Abrahán y Moisés) en favor de una nueva era inaugurada por la entrega de Jesús de Nazaret, una nueva era que corregiría la anterior creación mediante una nueva creación sin tacha. Es decir, el concepto que presidía su personal empreño incorporaba ideas negativas en la vieja era, ideas negativas que desterraba de la nueva.

Así, al hablar del papel de la humanidad podía atenerse a la antropología semítica más conservadora y, en consecuencia, traba el tema de la carne, el cuerpo, el alma, la mente, aunque, insistamos, desde la perspectiva de la nueva creación como superación definitiva de la vieja.

Por eso podía pensar que el cuerpo y el alma serían una unidad que designaría a la persona en su totalidad, con un alma que sería básicamente la vida que animaba ese cuerpo, sin posibilidad de separación. De esa manera podemos entender pasajes en los que se habla de arriesgar el alma (Flp 2, 30; 1 Tes 2, 8) bajo la idea de energía, tiempo, actividad, salud, lo que hace que una vida se viva, por supuesto atendiendo a lo corporal. Se trata de una vida física, sin duda, aunque hay que matizar que, atendiendo a los destinatarios de la carta, es la vida física tal como ha de vivirse en la nueva creación: el nuevo eón ha de asumir el designio divino y no atentar contra él. La vida, por tanto, física tal como la divinidad desea que se viva. En estos casos la palabra empleada por el de Tarso es “alma” (psyché).

Pero también la palabra (al estilo semítico) significa “persona”, como en Rom 2, 9 y 13, 1. Y en 2 Cor 1, 23 parece que psyché se refiere a la persona de Pablo.

Aunque, tal como también hacía la tradición semítica, el “alma” puede referirse a lo correspondiente a la psicología tal como la entendemos nosotros, a lo característico de la voluntad, los propósitos, etc. En Flp 1, 27 se dice “competir juntos con una sola alma”, es decir, unánimemente, cuestión ésta de la unanimidad que se recoge en varios pasajes de sus cartas auténticas.

Compaginando estas notas con 1 Cor 15, 44-49, pasaje en el que Pablo usa la palabra psychikós, el adjetivo de “alma”, algo así como “anímico” (pues el término propio “animal”, que en latín significa “que tiene alma”, no nos vale ya), se puede entender algo mejor su pensamiento, Pablo dice:
 
Pero si alguno pregunta “¿Cómo son resucitados los muertos? ¿Con qué cuerpo vienen?” Insensato, lo que tú siembras, no crea vida salvo que muera; y lo que siembras, no siembras el cuerpo que va a nacer sino un grano desnudo, de trigo o de alguna otra cosa. Y la divinidad le da un cuerpo a su antojo, y a cada una de las semillas su cuerpo propio. No es toda la carne la misma carne, al contrario: una es de hombre, otra es carne de res, otra es carne de ave, otra de pez. Y hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los celestes y otro el de los terrestres. Uno el resplandor (doxa) del sol, otro el resplandor de la luna, otro el resplandor de las estrellas: porque una estrella difiere de otra por el resplandor (doxa). De la misma manera la resurrección de los muertos. Es sembrada en la corrupción, es resucitada en la incorruptibilidad; es sembrada en la indignidad, es resucitada en el resplandor (doxa); es sembrada en la debilidad, es resucitada en el poderío; se siembra un cuerpo psíquico, es resucitado un cuerpo espiritual. Si hay cuerpo psíquico hay también cuerpo espiritual. También así está escrito: nació el primer hombre, Adán, para el vivir intelecto-sensitivo (eis psychén), el último Adán para el vivir espiritual. Pero no primero lo espiritual sino lo intelecto-sensitivo, y a continuación lo espiritual. El primer hombre procedente de la tierra mundano, el segundo hombre celeste. Tal como es el mundano, semejantes son los mundanos, y tal como es el celeste, semejantes son también los celestes. Y tal como en su momento llevamos la imagen del mundano, llevaremos también la imagen del celeste (1 Cor 15, 35-49).

La idea que preside el pasaje es claramente la de una era que deja paso a otra era. La vida de un tipo, la psíquica que permite la vida (Gn 1, 24 usa la misma expresión que la carta de Pablo: psychén zosan); la psíquica que debería haber recibido correctamente el “espíritu” o “soplo de vida” de Dios (Gn 2, 7: pnoén zoes) sin pervertirlo, como hizo el Adán que se rigió más por la componente terrena y arruinó así lo espiritual. Es decir, la carne, la sangre, el “alma” son los elementos d ela vida en la tierra, una vida que debería haber sido bien vivida acogiendo y no arruinando el espíritu de la vida real que aportó la divinidad a esa vida “animal”, propia de los seres vivos que no tienen la capacidad, porque la divinidad no lo quiso, de vivir de una manera superior, celestial, como dice el de Tarso en el pasaje.

Tampoco, por tanto, podemos ver aquí ese alma que parece respirar en san Agustín o santo Tomás.
 

Saludos cordiales.

www.eugeniogomezsegura.es

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Domingo, 9 de Enero 2022
Escribe Antonio Piñero
 
En la Introducción a su libro “Los cuatro evangelios”, Sígueme, Salamanca, 4ª edición, 2019, comenta Guijarro, en el apartado “La selección de los cuatro evangelios” cómo las comunidades primitivas cristianas reconocieron pronto la autoridad de las colecciones que contenían dichos de Jesús (“Fuente Q”) y cómo estos dichos evolucionaron formándose otras composiciones. Lo hicieron acumulando dichos de Jesús y formando “discursos”. O bien en otros casos fueron los dichos utilizados como base para convertirlos en “diálogos”, verdadero o ficticios. En una palabra: Guijarro reconoce que  la tradición fue moldeada. Aquí no sé cómo se puede probar que fue moldeada de una manera “formalmente controlada” como él asegura.
 
Este comportamiento de “autores” cristianos primitivos continuó después de la formación / aceptación de los tres primeros evangelios, Marcos, Mateo y Lucas, como puede colegirse por los restos de un evangelio desconocido, denominado Papiro Egerton 2 en donde se recoge un diálogo de Jesús con sus adversarios ¿Tradición totalmente fidedigna? Personalmente lo dudo.
 
Todo esto es conocido  y poco hay que objetar a que fue así; en estas páginas el lector encontrará en la obra de Guijarro bastantes detalles técnicos, pero se trata de información que interesa poco al lector medio. Sí diría que podría ser conveniente tener cuidado con el uso del vocablo  “tradición” y tradicional”, ya que muchos lectores pueden ser conducidos a la idea de que al ser una “tradición” hubo de formarse pronto en el seno de las comunidades y esta prontitud cronológica pudo ser una señal de historicidad. No es así, sin embargo, porque muchas de tales “tradiciones” no son tales, sino puros inventos de personajes particulares en las comunidades que fabularon sobre Jesús cuando había poca información.
 
Acepta Guijarro que “en el conjunto de la tradición evangélica se produjeron relatos sobre el nacimiento e infancia de Jesús, cuyo contenido, fantasioso a menudo como el caso de la estrella de Belén, pone en guardia al lector sobre su historicidad. Sostiene Guijarro que Mateo 1-2 y Lc 1-2 fueron compuestos por los mismos autores que Mt 3-28 y Lc 3-24. Creo que no me parece posible afirmarlo, aunque yo mismo en tiempos pasados –debo confesarlo– lo hice. La razón principal para sostener la idea de que fue otra persona la que compuso esos capítulos en cada uno de los dos evangelios, Mt y Lc, es sólida: en el resto de sus respectivos evangelios los personajes principales no tienen idea alguna de lo que ha ocurrido anteriormente, es decir, no saben nada de la infancia de Jesús y de Juan Bautista, incluida María que nada sabe de su concepción virginal y de quién era en verdad su hijo (Mc 3,20)… Esto se ha dicho ya repetidas veces.
 
En el apartado “La recepción eclesial de los libros sobre Jesús” escribe Guijarro sobre la distinción entre “canónico” y “apócrifo”. Todo muy correcto.  De la distinción (también muy correcta) entre “Escritura”, es decir, que un libro considerado como tal tiene una “autoridad sagrada” y “Canonicidad”, es decir, que un libro cristiano tiene autoridad normativa.  Me parece una buena distinción.
 
Por el contrario y de nuevo me vuelve a resultar extraño, y yo diría –por lo continuamente repetido–que voluntariamente sectario, el ocultamiento (no mención; silencio absoluto; como si nunca hubieran existido otras publicaciones con ideas diferentes) de cualquier tipo de bibliografía española que no sea estrictamente confesional, de su grupo, de los más o menos conocidos. Así, Guijarro obvia mencionar en la bibliografía que en la obra comunal, editada por mí en 1991, “Orígenes del cristianismo” (El Almendro; reimpresa por Herder, con múltiples reimpresiones), hay un capítulo largo y bien documentado sobre “Cómo y por qué se formó el Nuevo Testamento: el canon neotestamentario”, y que hay un libro (también de El Almendro, “Libros sagrados de las grandes religiones”, que aborda igualmente el tema.
 
Es lo mismo que ocurre cuando se habla de los “Evangelios apócrifos”. Guijarro cita la “Introducción” de Hans-Josef Klauck, franciscano, traducido del alemán al español por Sal Terrae, pero –naturalmente– no se cita el largo e igualmente bien documentado capítulo sobre el mismo tema en la obra comunal titulada “Fuentes del cristianismo. Tradiciones primitivas sobre Jesús”, publicada, con numerosas reimpresiones, por El Almendro y Herder. En mi opinión los exegetas confesionales españoles solo leen y cita lo que es “de su cuerda”. Mientras que los independientes leemos de todo, lo confesional y lo que no lo es y citamos tanto a confesionales  como a otros. Siento decirlo, pero percibo de nuevo un cierto sectarismo y voluntaria ocultación.
 
Me parece, por el contrario muy importante y atinada la observación en la p. 40 de la Introducción que comento acerca de los indicios, probablemente anteriores a Marción (hacia el 140-150) y a la formación de su canon (que excluía el Antiguo Testamento y admitía un solo evangelio: Lucas; y un apóstol Pablo) de cómo se estaban dando ya pasos en las comunidades hacia la selección de los Cuatro entre los numerosos evangelios que circulaban en el siglo II. Estos indicios son el denominado “final largo de Marcos” (16,9-20), del siglo II, en donde el desconocido autor resume brevemente textos de apariciones de Jesús de Mateo, Lucas y Juan, que evidentemente conocía y aceptaba como autoridades. O el capítulo 21 del Evangelio de Juan (21,1-14) que parece tener una alusión clara al Evangelio de Lucas (5,1-11: la pesca milagrosa). El autor de “Juan” acepta ya también la autoridad de “Lucas”, al que conoce probablemente porque la comunidad que está detrás de este evangelio habitaba también en Éfeso, Asia Menor.
 
¿Qué otros evangelios circulaban hacia el 150? A bote pronto podemos enumerar el Papiro Egerton 2; el Evangelio de Pedro; Evangelio de los nazarenos / hebreos; Evangelio de los Egipcios; Protoevangelio  de Santiago; Evangelio de la Verdad; Evangelio de Tomás gnóstico; el Diatessáron, o armonía de los cuatro (anterior a Ireneo de Lyón) confeccionada por Taciano el sirio. Había donde escoger.
 
Seguiremos escribiendo  / comentando sobre esta interesante “Introducción”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
Sábado, 8 de Enero 2022
Sigo comentando la Introducción a “Los cuatro evangelios” de Santiago Guijarro, Editorial Sígueme,  Salamanca 2021 (1023)
Escribe Antonio Piñero
 
Me parece muy interesante esta introducción porque trata temas sobre los que los cristianos de “tipo medio”, de cultura religiosa a veces superior a la media, no se ocupan en demasía. Esto ocurre, por ejemplo, con los tan traídos y llevados Evangelios de Tomás y de Judas, gnósticos. En mi opinión, y en la de muchos, compuestos –para mí con poca o ninguna duda– en el siglo II, pero sobre los que muchos interesados en el cristianismo y en los evangelios (sin cultura religiosa de fondo o de base, que van picando en libros acá y allá, que no entienden bien, pero que suponen que dan algún varapalo a la Iglesia, que leen con fruición…) difunden, obteniendo de ellos algunas conclusiones asombrosas como si hubieran sido compuestos antes de los evangelios canónicos, o bien lo que cuentan fuera rigurosamente histórico.
 
Pongo un ejemplo: gente que afirma haber leído a  J. D. Crossan, a  E. Pagels, a H. Köster, sobre la importancia de los evangelios apócrifos para reconstruir la figura del Jesús histórico…, cuya tesis es como no deben dejarse del todo de lado  en esa reconstrucción porque pueden aportar alguna perspectiva que no se halla en los evangelios canónicos, han obtenido alguna conclusión como la siguiente: “Es así que Jesús no fundó iglesia alguna, habiendo podido hacerlo…, por tanto, Jesús era gnóstico, porque los gnósticos no querían en modo alguno ser controlados por autoridad eclesiástica alguna… y Jesús tampoco” (¡¡!!).
 
El razonamiento es asombroso, pero se da. Por ello una introducción que aborde temas poco tratados, por ejemplo, la diversidad de libros sobre Jesús en el judeocristianismo naciente, o en el paulinismo también naciente, es bienvenida y esclarecedora. En la postal anterior del 29 de nov. de 2021 abordamos este tema y llegamos a la conclusión de que la sobrevaloración de Crossan, Pagels y Köster por parte de algunos lectores no demasiado juiciosos lleva a conclusiones difícilmente admisibles.
 
A partir de la p. 29, Guijarro trata el tema de los “variados tipos de escritos (Gujiarro escribe “tipología”, aunque este vocablo, bien analizado significaría “ciencia o tratado sobre los tipos”, confundiendo vocablos del mismo modo que se confunde la “meteorología” (normalmente el tiempo atmosférico previsto por la ciencia de la meteorología) con “tiempo” (por ejemplo, utilizar la frase “la meteorología era adversa” para decir que el tiempo atmosférico era malo; o, por el contrario, “la meteorología es estupenda”, cuando la gente quiere decir que el tiempo atmosférico será bueno o bonancible.  Volviendo al tema: los tipos de composiciones sobre Jesús fueron muy variados en los inicios del judeocristianismo. Es correcto, pues, estudiar estos  tipos para situar en ellos a los evangelios canónicos, es decir, para saber qué posición ocupan entre los diversos tipos de textos primitivos sobre Jesús.
 
Guijarro supone con razón que –con el retraso de la parusía, y la necesidad de tener en Jesús un modelo de vida, de pensamiento y de acción– comenzaron a surgir pronto (¿en torno a los 20 años después de la muerte de Jesús?) diversas colecciones que “recogían tradiciones similares entre sí desde el punto de vista de la forma”: dichos; diálogos / discusiones con otros “maestros de la Ley”, como fariseos o escribas (quizás sacerdotes del bajo clero); parábolas; relatos de milagros, y similares.  Tales colecciones no se han conservado, pero –afirma Guijarro con razón– que pueden reconstruirse por medio de la crítica literaria comparando los relatos o conjuntos parecidos  que se encuentran en los cuatro evangelistas.
 
La crítica permite también formarse una idea de cuáles eran más antiguas entre estas colecciones / composiciones, distinguiendo, por ejemplo, entre colecciones de dichos de Jesús –muy antiguas y fidedignas– de otras más tardías, como el primitivo relato de la Pasión o las expansiones en torno a la infancia de Jesús (de la que no se sabía nada o casi nada…), más sospechosas en cuanto a su autenticidad.
 
Afirma Guijarro con razón que las colecciones de dichos de Jesús debieron de ser las más cercanas al personaje, y que entre ellas debe destacarse la “Fuente Q”, aunque no se haya conservado copia alguna. Aparte de dichos, las parábolas, las controversias (con fariseos, por ejemplo, sobre algún aspecto de la Ley) y alguna que otra anécdota, que podía terminar con un milagro de sanación, son muy probablemente antiguas. Y es posible también –señala nuestro autor– que pronto se formara una suerte de primera estructura  narrativa en la que se podía encuadrar estas pequeñas compilaciones. Tal encuadre podría haber comenzado con la predicación de Juan Bautista y terminar con algún discurso de Jesús de tono apocalíptico escatológico, algo parecido a capítulo 13 de Marcos. Todo esto es posible.
 
Muy interesante aquí es la reflexión de Guijarro sobre cómo estas compilaciones dejaron de producirse cuando fueron integradas en los evangelios, pero cómo otras –debido probablemente por el interés de algunos grupos especiales dentro de las primeras comunidades, por ejemplo, de tipo más sapiencial o gnóstico–, siguieron copiándose o generando incluso algún escrito nuevo.
 
Aquí sitúa Guijarro con acierto el Evangelio gnóstico de Tomás, cuya totalidad se descubrió en 1945 entre los textos coptos de Nag Hammadi. Es notable que dos tercios de los 114 dichos de Jesús del Evangelio de Tomás tengan paralelos con los evangelios canónicos, sobre todo con el conjunto de dichos de la “Fuente Q” (compuesta, se cree en torno al 50 d. C.). Esto indica que hay material muy antiguo en el Evangelio de Tomás, cuyo autor debió de utilizar, si no estrictamente la “Fuente Q” (probable), sí al menos alguna compilación parecida. También parece cierto que el Evangelio de Tomás debió de componerse en griego (se han conservados fragmentos en esta lengua entre los papiros de Oxirrinco, en especial I 645 y 655) y pronto temporalmente.
 
¿Cuándo es “pronto”? Probablemente en una época cercana a la composición del Evangelio de Juan, cuya redacción final quizás deba ser situada muy al principio del siglo II d. C. Es en estos momentos cuando deben también ubicarse en algunas comunidades cristianas periféricas la invasión o predominancia de ideas “protognóstica” que aparecen en el Evangelio de Juan. Ahora bien, como la gnosis del Evangelio de Tomás está mucho más desarrollada que la del Evangelio de Juan, es lógico situar a “Tomás” en un momento bastante posterior, treinta, cuarenta o cincuenta años más tarde que a “Juan”. Así hacia el 150 d. C., por comparación con el “Evangelio de Verdad” del gnóstico Valentín, que muestra ya una gnosis bien desarrollada, convertida ya en “gnosticismo”,  es decir, en un sistema filosófico-religioso consistente y no solo en conceptos o ideas deslavazadas ya existentes en el siglo I d. C., se compuso quizás hacia el 140 / 150.
 
Eso quiere decir que –en contra de las conclusiones que algunos obtienen de la lectura de Crossan– que el Evangelio de Tomás tal como ha llegado hasta nosotros parece imposible que se haya compuesto antes del Evangelio de Marcos, como he llegado a leer (¡y más concretamente hacia el 66 d. C.!).
 
Como puede colegirse por lo que he comentado los primeros restos de las tradiciones sobre Jesús son muy antiguos, pero la crítica literaria de los cuatro evangelios canónicos nos indica claramente que hubo una “ampliación” rápida de estas colecciones primitivas. Y toda magnificación o ampliación conlleva riesgos de añadidura de material mucho más moderno.
 
Podemos pensar que cada comunidad o grupo importante que estaba detrás de los Evangelios canónicos amplificó y creó material nuevo… que no llamó la atención (por fantasioso o raro) del grupo comunitario que estaba detrás de cada evangelio; y si es verdad este hecho –que es una deducción– apunta hacia la idea de que dentro de cada comunidad no hubo una “tradición sobre Jesús formalmente controlada” porque los profetas y maestros que estaban dentro de ellas y en su gobierno estaban de acuerdo con estas ampliaciones, magnificaciones o incluso creaciones de nuevo material. ¿Por qué no protestaban? Imagino que porque tales magnificaciones correspondían plenamente a la figura sublimada que se tenía ya de Jesús.
 
Esta labor de magnificación, ampliación y creación fue tarea de profetas cristianos primitivos y de maestros que manipulaban el material sobre Jesús con toda su buena voluntad, ya que pensaban que ese material nuevo  correspondía al espíritu, ideas, y figura del Maestro fuera o no estrictamente verdad.
 
El cristianismo primitivo se formó muy pronto una imagen ideal de Jesús –parecida a la que algunos griegos podían pensar que era un “hombre divino”– y tras su muerte ese nuevo material, inventado, sobre Jesús pudo retrotraerse y proyectarse hacia la imagen que de él se presentaba en el pasado, es decir, durante su vida terrenal misma. Por ello es posible históricamente que la imagen del héroe Jesús no fuera tan completa como se pintaba, pues es muy posible que se le atribuyeran hechos y anécdotas que no eran suyas, pero que en el contexto de esa imagen idealizada de Jesús resultaban verosímiles.
 
Es posible que esta sea una buena explicación de por qué se añadieron milagros, anécdotas y dichos a Jesús, pues pensaban que un “hombre santo de Dios” (como lo denomina un espíritu impuro que conocía –según el evangelista– la naturaleza de Jesús mejor que sus coetáneos) debía de reunir todas las cualidades del hombre religioso de su tiempo… por lo que si no se encontraban en las fuentes previas, podían inventarse. Esto explica, por ejemplo, y sobre todo el añadido de material prodigioso sobre la infancia de Jesús en Mt 1-2 y Lc 1-2. Dirían los italianos: “Se non è vero, e ben trovato”.
 
Seguiremos.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Miércoles, 5 de Enero 2022

Columna del dominical de “El Faro”, de Vigo 19-12-2021 sobre “Los libros del Nuevo Testamento”


“Pasen y vean. El Nuevo Testamento a ras de suelo”
 Escribe Fernando Franco. Cronista de la ciudad de Vigo
 
 
¿Puede ser un libro un arma arrojadiza? ¡Claro! Cuando recibí de la editorial Trotta un ejemplar con título de tanto poso como “Los libros del Nuevo Testamento”, y tanto peso como el de sus 1660 páginas, más que en leerlo pensé en guardarlo como arma defensiva o de ataque. Un buen golpe con sus casi dos kilos de peso deja sin duda letraheridos. Cuando, distraídamente al principio, empecé a ojear sus páginas, me di cuenta de que por vez primera me estaban explicando desde fuera del ojo eclesial unos textos que forman parte de mi memoria religiosa, aprendida con la reiteración del Corán en una madrasa musulmana. Y quien lo hace, a ras de suelo para que lo entendamos y con una mirada muy histórica y nada teológica, es un chipionés que vive en Baiona y que en ese interim de 80 años entre su nacimiento sureño y su actual residencia norteña, se ha convertido en uno de los mayores expertos de España en la cuestión bíblica. Antonio Piñero.
 
Un tipo cordial al que podríamos definir como filólogo, escéptico, racionalista y agnóstico. No milita en nada como historiador, sean filtros marxistas, cristianos o mediopensionistas. Apuntad. “Los libros del Nuevo Testamento”, editorial Trotta, si queréis hacer un regalo contundente como lectura inédita, sorprendente, y como arma ofensiva si preciso fuere. Ahí se da luz nueva -él y los expertos que colaboran bajo su coordinación- a una obra, la Biblia, sin competencia en el mercado editorial con sus 30 millones de ejemplares de venta anual. Cómpralo -aunque él no gane más que para un café cada dos ejemplares vendidos- si quieres que se te abra la boca de asombro entre verdades elementales, como que al menos un tercio de los milagros de Jesús son pura ficción novelesca. O que se han perdido todos los originales del Nuevo Testamento y no hay manera de recuperarlos, o que el orden de impresión de los mismos lleva 16 siglos equivocado, o que no fueron los judíos los causantes de la muerte de Jesús, o que jamás pudo ser el fundador del cristianismo, o que no tenemos documento ninguno, ¡ninguno!, sobre cómo se formó el Nuevo Testamento...
 
¿Ayuda este libro a perder la fe? No forzosamente pero seguro que no la fortalece. Se nutre de la historia, que no pertenece como la Teología al género fantástico. Pero yo voy a seguir creyendo en Dios diga lo que diga Piñero; me maravilla este género. Para escribir este libro y coordinar a los expertos que firman en el mismo, Antonio Piñero tuvo que recorrer un largo camino como filólogo, escritor e historiador español, especializado en la vida de Jesús de Nazaret, el judaísmo anterior al cristianismo, la fundación del cristianismo y en general en lengua y literatura del cristianismo primitivo. Piñero, cuya residencia en Baiona prestigia culturalmente a esta ciudad, afirma rotundamente la existencia de Jesús, si bien separa el personaje histórico (sobre el que centra su atención) de la figura celestial o mitológica. Más de medio siglo de formación, de investigación, de abordaje de los textos paleocristianos, de traducción de los evangelios canónicos y no canónicos.
 
 Dice él no sé si de guasa –la seriedad de su trabajo no distrae el humor de su tierra gaditana– que un catedrático de universidad sin un amigo periodista es un cero a la izquierda. Quizás porque el periodista concede a un tema técnico espacio de multitudes. En ese papel de allanamiento de morada estoy, saltando entre sus páginas. ¡Oh, Dios, asísteme! Si como leo los originales del Nuevo Testamento se han perdido y no tenemos más que copias de copias, y las más antiguas son del año 200 aproximadamente, 170 años después de la muerte de Jesús; si esas copias de copias forman un conjunto de más de 5.000 manuscritos, al principio en papiro, luego en pergamino, y otras finalmente en papel… ¿qué veracidad podemos darle a su contenido? En fin... la fe es un lujo para quien no quiera quedarse en lo prosaico de la realidad. En esas porfías anda el maestro Piñero.

Saludos de Fernando Franco
 
Saludos de Fernando Franco
Lunes, 3 de Enero 2022

“Compartir” (327) Preguntas y respuestas de 31-12-2021


 Escribe Antonio Piñero
 
PREGUNTA:
 
El símil de la viga en el ojo propio y la paja en el ajeno es de Bhuda que dice " es fácil verlo pero qué difícil es ver las nuestras propias exhibimos las faltas de los demás como el viento esparce la paja mientras ocultamos las nuestras." ¿Es posible que Jesús meditara en el monasterio Budista Himis, del Tibet?
 
RESPUESTA:
 
No tengo ni la menor idea.
 
Sospecho que, como en otras ocasiones, se están haciendo hipótesis sobre las que no hay fundamento alguno.
 
En la ciencia de la “Historia de las Religiones está archidemostrado que los parecidos y similitudes entre las religiones no suponen absolutamente que unas copien necesariamente de otras.
 
Y la razón es: todas las religiones tratan de la relación hombre-divinidad, en sus diversos aspectos: culto; creencias sobre la vida más allá de la muerte; comportamiento en esta vida: ética: salvación, etc.
 
Y como no hay respuestas seguras (hay que inventarlas) y el cerebro humano del “homo sapiens sapiens” tiene una manera de funcionar similar en todos, es totalmente natural que ante preguntas sin respuesta cierta se formulen soluciones parecidas.
 
La dependencia de una religión de otra; o de un personaje de otro ha de probarse con más fundamentos que el de expresiones morales, religiosas, etc. parecidas.
 
Y en historia  antigua de nada valen las fantasías.
 
No se enfaden por mi dureza. Pero debo ser franco totalmente con Ustedes si es que los considero amigos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero

Un enlace de una contribución mía, muy breve, a un programa de Aragón Radio sobre los Evangelios y las historias de la Navidad

https://youtu.be/4syBrxCDKSw
 
Viernes, 31 de Diciembre 2021

Hoy anuncio la salida al público de un breve curso (diplomado) que he grabado con el Instituto Shalem.

Hoy escribe Eugenio Gómez Segura


068. Pablo de Tarso en el Instituto Shalem
 
Jesús y Pablo, detalle de un fresco de las Catacumbas de los santos Pedro y Marcelino, s. IV, Roma.
 
En junio de este todavía vivo 2021 Liliana Volpi se puso en contacto conmigo para saber si estaría interesado en realizar un curso / diplomado para el Instituto Shalem. Por supuesto, la oportunidad de ofrecer una síntesis de cuanto actualmente se ha renovado el estudio sobre San Pablo atrajo mi interés y acepté la oferta.

El Instituo Shalem, desde México, esta realizando una sugestiva labor divulgadora de algunos aspectos importantes de la cultura bíblica. Colaboran con él algunos grandes profesionales y es una suerte que hayan decidido incluirme en su grupo. Junciana Festa, directora del Instituto, está creando un centro de saber on-line que va fraguando.

La oferta que me hicieron se concretó en una grabación de 16 capítulos divididos en pequeñas dosis de unos 10-20 minutos, en algunas ocasiones tres episodios, en otras hasta cinco por capítulo. La temática que incluí es todo aquello que me parece importante para calibrar la figura histórica del de Tarso, lo cual, a mi modo de ver, ha de incorporar ciertos conocimientos sobre el Imperio Romano, sobre cultura, religión y filosofía paganas. Porque Pablo habló a gentes de esta cultura y hemos de saber qué entendió él interesante para atraerlos hacia su predicación. Sin conocer estos datos mínimos difícilmente podremos entender el alcance intelectual de Pablo de Tarso.

Además, algunos conocimientos sobre la formación del judaísmo son necesarios para entender por qué se predicó lo que se predicó y se sintió lo que se sintió, tanto en Judea y Galilea como en las comunidades dispersas por el Mediterráneo. De manera que añadí algunos datos sobre la formación del judaísmo, su paso de politeísmo a monoteísmo, y las implicaciones sociales, religiosas y políticas que esto conllevó.

Después de este bloque inicial, pasé a tratar los textos que conservamos como auténticos (aunque retocados en el siglo II) de Pablo. Una descripción sumaria de los contenidos y fechas, características generales de cada carta, imprescindibles para saber a qué se refiere cada texto, pues los distintos destinatarios tenían y planteaban problemas independientes en buena medida.

Por último, desglosé algunos temas básicos de los contenidos paulinos: bautismo, resurrección, pensamiento sobre el final del mundo como parte del plan de Dios para el mundo, incorporación de los gentiles al pueblo de Dios, etc.

Sin duda hay mucho más que decir y explicar que cuanto he sido capaz de resumir en estos dieciséis capítulos, pero creo que, con ellos, y sirviéndonos de la comodidad de oírlos grabados, he logrado que los interesados puedan leer muchos fragmentos de la correspondencia del de Tarso considerada auténtica con buen aprovechamiento, eso sí, siempre recomendando que se lean pasajes un poco extensos, nunca líneas sueltas.
 
Incluyo ahora un enlace con el desglose de los capítulos y temas, además del enlace a la entrevista de presentación que la directora de Sahlem tuvo la amabilidad de hacerme.
temario:
https://www.institutoshalem.com/course/pablo-el-apostol-incomprendido/?tab=tab-curriculum
 
entrevista:
https://www.facebook.com/ShalemMexico/videos/2052160784944556/
 
Las personas interesadas en el diplomado pueden consultar los detalles de matriculación en el siguiente enlace:
https://www.institutoshalem.com/course/pablo-el-apostol-incomprendido/
 
Saludos cordiales.
www.eugeniogomezsegura.es
logos@eugeniogomezsegura.es






 
 
Jueves, 30 de Diciembre 2021
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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