CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Antonio Piñero
 
El Evangelio de Mateo se inicia con una genealogía de Jesús que el desconocido autor titula como “Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán”. En un evangelio judeocristiano o que primero que destaca en este capítulo es la genealogía del mesías. Es hijo de David, según a carne, como dice Pablo de Tarso al comienzo de Romanos “Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne –es decir, es un hombre normal–, y solo es declarado “Hijo de Dios” (en sentido pleno, de una esencia “parecida”, así en la época de Pablo, pero subordinada al Padre monarca supremo) por un acto de poder debido al  Espíritu Santo (es decir, Dios actuando como Espíritu), solo tras su resurrección de entre los muertos y elevación al cielo. Esto hace de Jesús algo más que un simple mortal. Jesús se convierte en nuestro Señor Jesucristo. 
 
Tanto Mateo como Lucas utilizan el sistema de presentar al lector listas genealógicas para explicar cuáles son los antepasados de Jesús. Sabemos por testimonios de la época que ciertas familias sacerdotales de Israel guardaban celosamente las listas de sus antepasados, según un modelo que puede verse en la Biblia hebrea: en el Libro de las Crónicas, por ejemplo, se ofrecen genealogías de los reyes de Israel. Así que presentar una genealogía era algo común para probar los antecedentes familiares de personajes ilustres. Al parecer, los revolucionario del los primeros momentos de la Primera Gran Guerra judía contra Roma (66-70) quemaron los archivos familiares de las familias que se guardaban en el Templo y junto con ellos los archivos de deudas, de modo que ya no se pudiese exigir a los pobres la devolución del dinero recibido en préstamo.  
 
La lista de Mateo (Mt) se halla al principio mismo de su evangelio (1,1-17) y la de Lucas, al comienzo del capítulo 3. En estos lugares fueron insertadas estas listas genealógicas por los desconocidos Pseudo Mateo y Pseudo Lucas a principios del siglo II, como hemos argumentado. Ruego a los lectores que tengan a mano sus evangelios de modo que no tengamos que repetir estas genealogías aquí.
 
Una vez leídas, el lector podrá  observar fácilmente que la lista del Pseudo Mateo procede desde Abrahán hasta Jesús en sentido descendente, y que  por el contrario el  Pseudo Lucas  presenta una genealogía en sentido ascendente desde Jesús hasta Adán y luego Dios.
 
Estas dos genealogías son muy diferentes entre sí por lo que al lector se le suscitan enseguida dudas sobre su valor desde el punto de vista histórico. Las divergencias son las siguientes:
 
                   · De Abrahán hasta David ambas listas coinciden. Pero Lucas introduce aquí dos personajes, Arní y Admín, absolutamente desconocidos en la Biblia.
 
                   · Desde David hasta la época del destierro en Babilonia, Mateo menciona 15 nombres y Lucas 21. Pero ¡aparte de David, no coinciden en ninguno!
 
                   · Desde el exilio hasta el momento del nacimiento de Jesús, Mateo incluye 14 nombres y Lucas trae 22. En este bloque sólo hay coincidencias en nombrar a dos personajes, Sealtiel y Zorobabel. Pero los padres, o los hijos de esos dos personajes son distintos en las dos genealogías. Además, ni una ni otra lista (Mateo-Lucas) coincide con las genealogías del Antiguo Testamento para los personajes que se nombran. Unas dificultad curiosa es que el nombre del abuelo de Jesús varía en las dos genealogías: según Mateo (v. 16) el abuelo fue Jacob; pero, según Lucas (3,23) el ancestro se llamaba Helí. Es claro que se trata de dos tradiciones distintas y no armonizables.
 
La genealogía de Mateo, está compuesta de tres grupos de catorce nombres, según sostiene el evangelista mismo en el v. 17, al final. Pero si contamos bien, en el primer bloque de nombres aparecen 14 nombres, pero sólo 13 generaciones. Igualmente, en la tercera sección aparecen solo otras 13 generaciones. Es ésta una dificultad aritmética que parece irresoluble. Da la impresión como si a Mateo en esas dos secciones le interesara más el número de nombres ilustres que el de generaciones propiamente tal.
 
Por tanto, el esquema subyacente es el de 3 x 14, aunque algunos estudiosos ven en él, oculto, el sistema 6 x 7, también con la presencia del número 7; y es bien sabido que ya desde los babilonios este número tenía un significado astronómico, religiosos y hasta cierto punto mágico; era un número relacionado con la divinidad, y significa la perfección; al séptimo día Dios contemplo la perfección de su obra creadora y descansó ese día. Igualmente Israel guarda el sagrado descanso el día del sábado.
 
Esta estructura genealógica parece totalmente artificiosa. Por ello se piensa generalmente que el evangelista utiliza aquí un procedimiento usual judío de interpretación de la Escritura llamado gematría. Ésta consiste en jugar con el valor numérico de las letras hebreas para obtener el resultado de un número, que es el símbolo de una afirmación teológica. En este caso sería así: las tres consonantes que forman el nombre de David representan en hebreo el número 14 (Da = 4; Vi = 6; D = 4). Mateo compuso entonces artificialmente su genealogía en la forma de tres grupos de antepasados en número de catorce precisamente, lo que para él indicaría teológicamente que Jesús es descendiente de David.
 
Ha llamado desde siempre la atención que en la genealogía de Mateo aparezcan citadas mujeres, puesto que usualmente sólo se nombraba a los padres. Estas féminas son Tamar, Rajab, Rut y (Betsabé) la mujer de Urías el hitita. Puede sorprender que se nombre estas y falten otras tan importantes en la vida de Israel como Sara, Rebeca o Raquel.
 
Las cuatro mujeres se presentan en el Antiguo Testamento con una cierta vida irregular en cuanto a su matrimonio: Tamar se une a escondidas con su suegro Judá; Rajab era prostituta; Rut, extranjera y Betsabé cometió adulterio con David. Igualmente, no sólo Rut sino las cuatro eran extranjeras asimiladas a Israel, o estaba casada con un extranjero como Betsabé. Los estudiosos han indicado que Mateo quiso probablemente resaltar cómo la providencia divina indica con estos detalles que Jesús vino al mundo para rescatar a los pecadores y cómo en la extranjería de esas mujeres se señalaba desde siglos atrás que el Mesías Jesús vendría al mundo no sólo para beneficio de Israel, sino paral salvación también de los gentiles.
 
La genealogía de Lucas es igualmente artificiosa, aunque quizá un tanto más fiable (?) que la de Mateo desde el punto de vista histórico (?), pues parece acomodarse más a los datos de otras genealogías bíblicas. Lo que se percibe en Lucas es también un intento de presentar conceptos teológicos sobre Jesús a través de la lista de antepasados: Jesús es Hijo de Dios e hijo de Adán. Es posible que resuene aquí la teología del segundo Adán = Cristo propio de la teología de Pablo. El primero, desobediente, acarrea con su falta la desgracia y la muerte; el segundo, el Mesías, restituye con su perfecta obediencia y fidelidad la amistad con Dios, perdida por el primer padre, Adán, y trae vida y salvación.
 
Los investigadores se han esforzado por detectar en la genealogía lucana esquemas numéricos. El estudioso católico Raymond E. Brown resume bien estos esfuerzos: “Algunos han detectado en Lucas un esquema 11 x 7. Hay varios detalles en esta genealogía que apoyan la tesis de un esquema septenario: hay 7 patriarcas desde Adán hasta Henoc, y 70 nombres desde Henoc hasta Jesús, lo cual reflejaría la tradición (véase el Libro I de Henoc 10,12) de que habría 70 generaciones desde el pecado de los ángeles hasta el Juicio.
 
”Además Lucas presenta 21 nombres (3 x 7) en el período postexílico, donde Mateo presenta 14. Lo mismo sucede en el período de la monarquía en Israel; en el período premonárquico Abrahán se encuentra en 14 posiciones antes de David (2 x 7), y entre Dios y Abrahán hay 21 nombres (3 x 7). Así pues, el conjunto de la lista lucana tiene desde José hasta Dios un esquema de de 21 + 21 + 14 +21. El hecho de que David (que hace el número 42) y Abrahán (número 56) tengan posiciones que son múltiplos de 7 puede ser también importante (Raymond E. Brown, El nacimiento del Mesías, Cristiandad, Madrid, 1982, 87)
 
 
Es evidente, por tanto, que nos hallamos ante dos genealogías muy fantasiosas pero con sentido teológico a la vez que, aunque estén fundadas sobre el número sagrado, el 7, son totalmente distintas e inconciliables. Sus contradicciones han preocupado enormemente a la Iglesia a lo largo de los siglos y han suscitado muchos intentos de solución.
 
Estas dos genealogías son muy diferentes entre sí por lo que al lector se le suscitan enseguida dudas sobre su valor desde el punto de vista histórico. Las divergencias son las siguientes:
 
                   · De Abrahán hasta David ambas listas coinciden. Pero Lucas introduce aquí dos personajes, Arní y Admín, absolutamente desconocidos en la Biblia.
 
                   · Desde David hasta la época del destierro en Babilonia, Mateo menciona 15 nombres y Lucas 21. Pero ¡aparte de David, no coinciden en ninguno!
 
                   · Desde el exilio hasta el momento del nacimiento de Jesús, Mateo incluye 14 nombres y Lucas trae 22. En este bloque sólo hay coincidencias en nombrar a dos personajes, Sealtiel y Zorobabel. Pero los padres, o los hijos de esos dos personajes son distintos en las dos genealogías. Además, ni una ni otra lista (Mateo-Lucas) coincide con las genealogías del Antiguo Testamento para los personajes que se nombran. Una dificultad curiosa es que el nombre del abuelo de Jesús varía en las dos genealogías: según Mateo (v. 16) el abuelo fue Jacob; pero, según Lucas (3,23) el ancestro se llamaba Helí. Es claro que se trata de dos tradiciones distintas y no armonizables.
 
La genealogía de Mateo, está compuesta de tres grupos de catorce nombres, según sostiene el evangelista mismo en el v. 17, al final. Pero si contamos bien, en el primer bloque de nombres aparecen 14 nombres, pero sólo 13 generaciones. Igualmente, en la tercera sección aparecen solo otras 13 generaciones. Es ésta una dificultad aritmética que parece irresoluble. Da la impresión como si a Mateo en esas dos secciones le interesara más el número de nombres ilustres que el de generaciones propiamente tal.
 
Por tanto, el esquema subyacente es el de 3 x 14, aunque algunos estudiosos ven en él, oculto, el sistema 6 x 7, también con la presencia del número 7; y es bien sabido que ya desde los babilonios este número tenía un significado astronómico, religiosos y hasta cierto punto mágico; era un número relacionado con la divinidad, y significa la perfección; al séptimo día Dios contemplo la perfección de su obra creadora y descansó ese día. Igualmente Israel guarda el sagrado descanso el día del sábado.
 
Esta estructura genealógica parece totalmente artificiosa. Por ello se piensa generalmente que el evangelista utiliza aquí un procedimiento usual judío de interpretación de la Escritura llamado gematría. Ésta consiste en jugar con el valor numérico de las letras hebreas para obtener el resultado de un número, que es el símbolo de una afirmación teológica. En este caso sería así: las tres consonantes que forman el nombre de David representan en hebreo el número 14 (Da = 4; Vi = 6; D = 4). Mateo compuso entonces artificialmente su genealogía en la forma de tres grupos de antepasados en número de catorce precisamente, lo que para él indicaría teológicamente que Jesús es descendiente de David.
 
Ha llamado desde siempre la atención que en la genealogía de Mateo aparezcan citadas mujeres, puesto que usualmente sólo se nombraba a los padres. Estas féminas son Tamar, Rajab, Rut y (Betsabé) la mujer de Urías el hitita. Puede sorprender que se nombre estas y falten otras tan importantes en la vida de Israel como Sara, Rebeca o Raquel.
 
Las cuatro mujeres se presentan en el Antiguo Testamento con una cierta vida irregular en cuanto a su matrimonio: Tamar se une a escondidas con su suegro Judá; Rajab era prostituta; Rut, extranjera y Betsabé cometió adulterio con David. Igualmente, no sólo Rut sino las cuatro eran extranjeras asimiladas a Israel, o estaba casada con un extranjero como Betsabé. Los estudiosos han indicado que Mateo quiso probablemente resaltar cómo la providencia divina indica con estos detalles que Jesús vino al mundo para rescatar a los pecadores y cómo en la extranjería de esas mujeres se señalaba desde siglos atrás que el Mesías Jesús vendría al mundo no sólo para beneficio de Israel, sino paral salvación también de los gentiles.
 
La genealogía de Lucas es igualmente artificiosa, aunque quizá un tanto más fiable (?) que la de Mateo desde el punto de vista histórico (?), pues parece acomodarse más a los datos de otras genealogías bíblicas. Lo que se percibe en Lucas es también un intento de presentar conceptos teológicos sobre Jesús a través de la lista de antepasados: Jesús es Hijo de Dios e hijo de Adán. Es posible que resuene aquí la teología del segundo Adán = Cristo propio de la teología de Pablo. El primero, desobediente, acarrea con su falta la desgracia y la muerte; el segundo, el Mesías, restituye con su perfecta obediencia y fidelidad la amistad con Dios, perdida por el primer padre, Adán, y trae vida y salvación.
 
Los investigadores se han esforzado por detectar en la genealogía lucana esquemas numéricos. El estudioso católico Raymond E. Brown resume bien estos esfuerzos: “Algunos han detectado en Lucas un esquema 11 x 7. Hay varios detalles en esta genealogía que apoyan la tesis de un esquema septenario: hay 7 patriarcas desde Adán hasta Henoc, y 70 nombres desde Henoc hasta Jesús, lo cual reflejaría la tradición (véase el Libro I de Henoc 10,12) de que habría 70 generaciones desde el pecado de los ángeles hasta el Juicio.
 
”Además Lucas presenta 21 nombres (3 x 7) en el período postexílico, donde Mateo presenta 14. Lo mismo sucede en el período de la monarquía en Israel; en el período premonárquico Abrahán se encuentra en 14 posiciones antes de David (2 x 7), y entre Dios y Abrahán hay 21 nombres (3 x 7). Así pues, el conjunto de la lista lucana tiene desde José hasta Dios un esquema de de 21 + 21 + 14 +21. El hecho de que David (que hace el número 42) y Abrahán (número 56) tengan posiciones que son múltiplos de 7 puede ser también importante.
 
Es evidente, por tanto, que nos hallamos ante dos genealogías muy fantasiosas pero con sentido teológico a la vez que, aunque estén fundadas sobre el número sagrado, el 7, son totalmente distintas e inconciliables. Sus contradicciones han preocupado enormemente a la Iglesia a lo largo de los siglos y han suscitado muchos intentos de solución.
 
Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com
 
NOTA
 
Enlaces a otra entrevista sobre el volumen "Los Libros del Nuevo Testamento":
 

https://youtu.be/mfe0fZsXt4I?si=JVzD3rzWkzfdqa2U
 
https://youtu.be/sxa4XHRk0dM?si=xjqDEwY8FRrN_3yd
 
 
Martes, 26 de Diciembre 2023
Escribe Antonio Piñero  
 
Es razonable preguntarse por qué compusieron estos desconocidos, a quien podemos llamar Pseudo Mateo y Pseudo Lucas estos dos capítulos iniciales y los añadieron a las obras de sus admirados evangelistas ya terminadas.
 
Y la respuesta: sencillamente porque ambos “Pseudos” cayeron en la cuenta independientemente de que imitar el estilo de biografía teológica de Jesús que había inventado el predecesor de los dos, el evangelista Marcos, había producido una obra imperfecta: faltaban los primeros pasos del héroe en este mundo. Marcos, en efecto, había iniciado su evangelio con la predicación de Juan Bautista y con el bautismo de un Jesús adulto que se sentía atraído por la predicación de éste.
 
Pero al ejecutar este propósito, el Pseudo Mateo y el Pseudo Lucas se basaron en fuentes absolutamente distintas, a veces contradictorias (no sabemos de dónde las sacaron; probablemente leyendas de sus respectivas comunidades, suponemos que en Siria /Antioquía, Mateo, y en Éfeso, Lucas. Pero lo cierto es que y compusieron obras que presentan estos rasgos del mismo personaje, Jesús de Nazaret en su nacimiento e infancia, de manera imposible de casar entre sí. Es como si estuvieran contando los orígenes no del mismo héroe, sino de dos, casi completamente distintos: casi diría que dos “Jesuses” muy distintos.
 
La segunda razón que motivó a los “Pseudos” para hacer estas presuntas añadiduras (insisto que esto es una hipótesis plausible nada más, porque estrictamente hablando no tenemos documentación alguna al respecto y antes del 200 la obra de pegado estaba ya concluida) fue para indicar, que como otros grandes personajes de la antigüedad, Jesús tuvo también una infancia prodigiosa. Ya antes de mostrarse al mundo como adulto era alguien muy importante y con una niñez prodigiosa. Pseudo Mateo –y Pseudo Lucas- al narrar los prodigios que rodean el nacimiento de Jesús señalan que éste es más extraordinario trascendental aún que los héroes paganos, dioses o semidioses que se solían presentar como ejemplos ya desde las escuelas. Por ejemplo, el héroe Hércules, o los casi divinizados Alejandro Magno, Julio César o Augusto.
 
Los cristianos del  primer cuarto del siglo II, o por ahí, que fue cuando se hizo la edición de las cartas de Pablo ya que Ignacio de Antioquía cita 1 Corintios claramente, no podían tolerar que Jesús no fuera un héroe desde pequeñito como sus amigos paganos pregonaban de personajes famoso, incluidos filósofos de mucha altura como Platón. Así que  los huecos de la infancia de Jesús fueron rellenados con historias legendarias que tienen mucho que ver con temas de los que hoy llamamos Antiguo Testamento o Biblia hebrea, como veremos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA
 
Enlace a una entrevista realizada por César R. Espinel  sobre temas diversos del Nuevo Testamento
https://www.youtube.com/watch?v=Ccs7trADUC4
           
Martes, 19 de Diciembre 2023
Escribe Antonio Piñero
 
Me refiere con el título de esta postal a la seria posibilidad de que los capítulos 1 2 de Mateo y Lucas sean un añadido a los respectivos evangelios en la revisión que –supuestamente, pero con sólidas presunciones– se hiciera de los evangelios a principios del siglo II.
 
Téngase en cuenta que el texto griego del que ahora disponemos, el más o menos “oficial y científico”, Nestle-Aland, Novum Testamentum Graece, edición 28ª,  del 2012, reconstruye un texto que procede más o menos del año 200 de la era común.
 
Es cosa bien sabida que la vida oculta de Jesús, según los evangelios aprobados por la Iglesia, se basa únicamente en una pequeña sección que corresponde a los dos primeros capítulos de los evangelios conocidos como según Mateo y según Lucas. Cronológicamente no son estos textos los primeros que se compusieron dentro de este corpus. Antes que ellos circuló entre los cristianos de las ciudades más importantes del Imperio, quizás a partir de Roma o de Antioquía de Siria, un primer evangelio el de Marcos (compuesto, en su edición actual, probablemente la tercera hacia el 71 d.C.).
 
Si es verdad la hipótesis científica que supone que al lado del Evangelio de Marcos, Mateo y Lucas se inspiraron, o más bien copiaron de otro texto escrito, denominado la “Fuente de los dichos” de Jesús o “Documento Q” parece claro que esta suerte de “evangelio” –del que no hay copia alguna– circuló por escrito también entre algunos cristianos antes de los dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas.
 
Podemos afinar todavía más y sostener con bastante verosimilitud que estos dos capítulos que forman el “evangelio de la infancia” fueron añadidos una vez compuestos las obras de Mateo y Lucas. La razón principal para sostener esta suposición es sólida: en el resto de sus respectivos evangelios no parece que los personajes principales tengan idea alguna de lo que ha ocurrido anteriormente, es decir, no saben nada de la infancia de Jesús y de Juan Bautista.
 
Por ejemplo: en el Evangelio de Mateo y de Lucas, María la madre de Jesús no muestra el menor conocimiento de que el nacimiento de su hijo había sido portentoso, virginal; de que ya desde muy pequeño sabía el joven Jesús, de doce años, que “debía ocuparse de las cosas de su Padre”. María ignora que Jesús había sido declarado Mesías, hijo de David, desde su concepción misma, y que estaba destinado a grandes empresas en el seno de Israel. Igualmente, el pariente cercano de Jesús, Juan Bautista, a pesar de haber saltado en el seno materno tan pronto como supo que Jesús, aún el vientre de su madre, era el señor Mesías, no conoce de verdad quién es Jesús y tiene que preguntar si él es en verdad el Mesías o “había que esperar a otro” (Evangelio de Mateo 11,3; Evangelio de Lucas 7,9).
 
Por tanto, parece razonable defender que estos capítulos iniciales de estos escritos evangélicos fueron añadidos después de que terminara la composición del cuerpo amplio de los evangelios respectivos y que los autores no se ocuparon de armonizar los datos. Y como la crítica está de acuerdo en que los bloques principales de Mateo y de Lucas fueron escritos entre el 85/85 y 90/95 debemos concluir que desde la muerte de Jesús (probablemente en abril del año 30 d.C.) hasta el momento en que se compusieron los evangelios de la infancia habían pasado decenas de años y había habido mucho tiempo para reflexionar sobre la vida y misión de Jesús, para hacer teología e incluso para que se formaran leyendas.
 
Detrás de estos capítulos están las tradiciones peculiares sobre la infancia de Jesús, a veces muy dispares, que las dos comunidades o grupos, en los que debe situarse a Mateo y Lucas, cultivaban como el recuerdo de lo poco que se sabía sobre la infancia de su héroe, Jesús.
 
Y por último, ningún científico, sea confesional o independiente, duda que ese material de Mt 1-2 y Lc 1-2, en especial Mateo, contiene muchísimo material claramente legendario que lo emparentan con las narraciones igualmente legendarias y fantasiosas sobre el nacimiento de Jesús que comienzan en el Evangelio apócrifo denominado “Protoevangelio de Santiago”, que suele fecharse hacia el 150 de nuestra era común.
 
Pienso que no exagero al afirmar que los primeros evangelios apócrifos están dentro del Nuevo Testamento mismo.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA
 
Enlace de un diálogo sobre el contenido del libro “Cristianismos Derrotados”, Madrid, EDAF, 2009:
 
https://us06web.zoom.us/j/89881053312?pwd=cjdZaWNiY283SEFld1V5SXlkL3B0UT09
 
 
Martes, 12 de Diciembre 2023
Escribe Antonio Piñero
 
En un debate público, organizado hace poco tiempo por una universidad norteamericana de lengua española en Nueva York, entre Ariel Álvarez Valdés, Yattenciy Bonilla y yo sobre temas generales de exégesis del Nuevo Testamento, surgió la cuestión de la historicidad del episodio de Barrabás (Marcos 15,6-14; Mateo 15,27-23; Lucas 23,17-23; Juan 18,39-40): Es plausible históricamente que el prefecto Pilato, buen administrado probablemente pero conocido a la vez por su desprecio por os judíos y por su mano durísima hasta llegar a la crueldad, considerara plausible conceder la libertad a Barrabás, presuntamente conocido como  un sediciosos que había participado en un motín en el que había muerto un soldado, también presuntamente, romano?
 
Reproduzco el texto de Marcos, base, o a menos conocido, de / por los otros tres evangelistas:
 
“Durante la fiesta solía liberarles un preso, el que ellos habían pedido. 7 Había entonces un hombre llamado Barrabás, que había sido hecho prisionero junto con los insurrectos que habían cometido un asesinato en la insurrección. 8 Subió la muchedumbre y comenzó a pedirle lo que solía hacer en su favor.9 Pilato les contestó: ¿Queréis que os libere al rey de los judíos? 10 Pues sabía que los jefes de los sacerdotes lo habían entregado por envidia. 11 Pero los jefes de los sacerdotes incitaron a la muchedumbre para que les liberara mejor a Barrabás”
 
Con el común de la investigación yo propuse que tal liberación de Barrabás me parecía imposible históricamente, pues no tenemos testimonio alguno en la literatura grecorromana de la época acerca de que las autoridades del Imperio liberaran a un sedicioso contra Roma, un sujeto reo de muerte. Desde luego, si hubiese existido tal costumbre no cabe duda de que Flavio Josefo tan prorromano,  no habría dejado de mencionarla en sus “Antigüedades  (= “Historia”) de los judíos” o en la “Guerra de los judíos”.
 
Por su parte, Ariel, tanto en el diálogo como luego en comunicación privada, expuso una tesis que para muchos lectores resultará sorprendente. Con su permiso implícito la reproduzco aquí:
 
“-       Marcos distingue entre Barrabás y sus demás compañeros de prisión. Solo a estos llama “revoltosos” (stasiastés), y solo a estos los presenta como autores del homicidio. De Barrabás, en cambio, no dice que lo sea (Mc 15,7).
-       Normalmente stasiastés se traduce por “sedicioso”, “faccioso”, o “revolucionario político”. Pero la palabra también puede traducirse por “perturbador”, “díscolo”, es decir, cualquier antisocial (como aparece en muchos textos griegos antiguos), y no necesariamente un rebelde de carácter político. O sea que aquellos stasiastái (plural) encarcelados con Barrabás podrían perfectamente haber sido unos simples alborotadores del orden público, y no activistas subversivos contra Roma.
-       El libro de los Hechos, a diferencia de Mc, acusa directamente a Barrabás de ser un “asesino” (Hch 3,14), como si hubiera sido él quien cometió el homicidio ocurrido durante “el motín”, y no los hombres con los que estaba en prisión.
-       Yo creo que la explicación de por qué Hch trae esa afirmación, es porque se encuentra en un discurso de Pedro ante los judíos en el Templo. Allí les dice: “Ustedes pidieron que les entregaran a un homicida, mientras que hicieron morir al Jefe que lleva a la vida” (Hch 3,14-15). Me parece que se trata de un juego de palabras, un “quiasmo”. Atribuyéndole el homicidio a Barrabás podía armar el juego de palabras: “Han dado la vida / a un asesino, / y han asesinado / al que da la Vida”.
Ariel Álvarez es un crítico agudo, perspicaz y sensato de los textos bíblicos. Ahora bien, con todo respeto yo apostillaría:
 
I. Acepto que si se lee despacio y haciendo las debidas pausas, el v. 7  (“Había entonces un hombre llamado Barrabás, que había sido hecho prisionero junto con los insurrectos que habían cometido un asesinato en la insurrección”) Marcos NO dice que Barrabás fuera un sedicioso o insurrecto contra e Imperio, sino que estaba “encadenado junto con” lo cual puede implicar una cierta diferencia.
 
Ahora bien, se supone que la cárcel era romana ya que los grandes jefes judíos no se implicarían innecesariamente en encarcelar a héroes del pueblo, pues todo revoltoso contra el Imperia tenía a priori el beneplácito implícito de los judíos.
 
En segundo lugar, es altamente improbable en un ambiente de “altísima temperatura mesiánica” como la del pueblo judío. Unos 30 años de la explosión de la Primera Gran Guerra contra Roma del 66-70, que los romanos encarcelasen a meros alborotadores del orden público sin ninguna resonancia política de resistencia al invasor.
 
2. Es cierto que el Evangelio de Juan aclara las cosas al complementar a los Sinópticos y decir que el indulto  a un preso era una costumbre judía, no romana. Y que en este caso Pilato no habría hecho otra cosa que atenerse a una costumbre judía para mantener contento al pueblo. Es posible que existiera tal costumbre, aunque no tengamos ningún testimonio explícito de indultos de esta case antes del siglo III en la Misná. Y es posible el indulto porque la fiesta Pascua se entendía entre los judíos como liberación del pueblo hebreo de la tiranía de los egipcios, lo cual podría conducir a conceder la gracia de la libertad  a un preso (sea cual fuere la cárcel judía y si fuere romana, pidiendo el permiso) precisamente en Pascua.
 
3. Ariel aludió a un artículo publicado en la revista “Journal of Biblical Literature” 104/1 (1985) 57-68, titulado “Jesus Barabbas and the Paschal Pardon” cuyo autor es Robert L. Merritt. Ariel argumenta que los ejemplos proporcionados por este autor de casos semejantes de indultos otorgados por reyes o similares durante fiestas religiosas importantes deben ser tenidos en cuenta.  No como prueba estricta, ciertamente, sino al menos como posibilidad de que Marcos no se hubiera inventado sin más la historia de Barrabás para denigrar a los judíos y exaltar la figura de un Poncio Pilato. Este quedaría dibujado como un juez justo que sabe que Jesús es inocente y que la acusación de los judíos es debida a “odio y envidia” de los sumos sacerdotes.
 
El artículo de Merritt dice efectivamente que hay pruebas de que en el antiguo Cercano Oriente había una costumbre que ordenaba al monarca liberar a un prisionero en un momento determinado, una costumbre sin duda conocida por los judíos en aquel tiempo de su cautiverio babilónico. En efecto, añade Merritt, ya durante de la celebración de una antigua festividad sumerio-babilónica en acción de gracias a los dioses por la primeras gavillas de cereales, hacia marzo-abril se daba libertad a un preso.
 
Este autor argumenta que aunque no hay pruebas de que los judíos tomaran prestada la costumbre babilónica de tal liberaración, sí es bien sabido que uno de los beneficiarios de ese indulto babilónico fue Joaquín, el rey judío, liberado por Amel-Marduk (Evil-Merodach) en el 561 a.C. con motivo de su ascensión al trono después de la muerte de Nabucodonosor.
 
También hay pruebas, añade Merritt, de que en Grecia existía la costumbre de liberar a prisioneros (aunque al parecer sólo temporalmente) durante ciertas festividades religiosas, celebradas en, o cerca de la época del Año Nuevo, o bien del equinoccio de primavera, precisamente el tiempo de la Pascua judía.  Un ejemplo sería el de los días de fiesta, en honor de Dioniso, del noveno al catorce del mes de Elaphebolion (alrededor del 28 de marzo al 2 de abril) al final del invierno y comienzo de la primavera en la que se daba la libertad a algún preso. Y apunta la idea de que  también extranjeros importantes visitaban Atenas para esa fiesta, por lo que sería posible que a la vuelta a su tierra dieran a conocer esa la práctica de liberar prisioneros.
 
Otro caso –dice Merritt– es la fiesta de las Tesmoforias, en honor a Deméter,  celebrada en Atenas en el mes de octubre. Otro  el de las fiestas Panateneas (las antiguas Kronia) hacia mediados de agosto. Ahora bien, vuelve a señalar nuestro autor que quizás la liberación de prisioneros en estas festividades era solo temporal, pues luego debía volver a prisión.
 
Las fiestas griegas de la Kronia tuvieron su contrapartida en las Saturnales romanas, celebradas en diciembre en las que, al parecer también y a imitación de las festividades atenienses, se liberaban prisioneros. Tito  Livio –en sus Historias V 13,5-8– habla  de que durante las fiestas de las Lectisternia (literalmente: cubrir con el ajuar oportuno los divanes o camas), durante las cuales su suplicaban a los dioses que participaran en banquetes públicos que  tuvieran a bien eliminar los problemas o calamidades que afligían a una ciudad en cuestión) se liberaba a algunos prisioneros aunque también solo temporalmente. 
 
Merritt propone, pues, como posibilidad que dado que los babilónicos, asirios y griegos (y al parecer también los romanos) liberaban a un prisionero o prisioneros en el momento de ciertas festividades religiosas o fiestas de otro tipo, tales liberaciones fueran conocidas por los autores Evangelios. Sin embargo, sugiere que estos crearon en realidad un escenario para satisfacer su necesidad apologética de exculpar a los romanos y responsabilizar de la crucifixión de Jesús a los judíos que eligieron a Barrabás y condenaron al verdadero mesías.
 
Finalmente se pregunta el autor del artículo que si no existía la costumbre del indulto pascual en la época romana Imperio o en Judea, ¿por qué Marcos al introdujo en su evangelio? ¿Fue por pura promoción de su propósito apologético de inculpación de los judíos y defensa de los romanos? Sugiere Merritt entonces como propuesta suya que el uso que hace Marcos de la costumbre de indultar a un prisionero en la Pascua  se hacía eco de las costumbres conocidas de liberación de prisioneros en el mundo antiguo y, por tanto, otorgaba un aura de autenticidad al episodio en el que Barrabás era representado como el beneficiario de tal indulto. El que la multitud eligiera a Barrabás reproducía la libertad otorgada a la plebe de determinar si a un gladiador herido se permitía la vida o se le condenaba a muerte. Teológicamente, además, representaba el cumplimiento de la profecía veterotestamentaria del Déutero Isaías sobre el sufrimiento del justo.
 
Y todo ello como mera posibilidad. Sin duda el artículo de Merritt sugiere que el conocimiento general de estas costumbres en el Mediterráneo oriental podría haber proporcionado a los escritores de los Evangelios un vehículo para presentar la liberación de Barrabás, y que un prefecto romano, como Pilato, podría verse impelido a aceptar esta costumbre.
 
Pero en mi opinión, Merritt –al final de su artículo– aunque no se muestre totalmente de acuerdo con S. G. F. Brandon y H. Maccoby y otros que sostienen que el evangelista Marcos insertó deliberadamente un documento falso de liberación de prisioneros con fines apologéticos antijudíos, tampoco rechaza en absoluto que sea totalmente histórica la escena de Barrabás a pesar de la abundancia de testimonios presentados sobre casos similares en especial en ámbito griego.
 
Así que nos quedamos con las dudas del principio. Por mi parte, y teniendo presente las características conocidas del prefecto Pilato, dudo mucho que la escena de la liberación de Barrabás sea histórica. Pero, a la vez afirmo que  no tengo pruebas contundentes.
 
Y como esta postal se hace demasiado larga, otro día seguiré debatiendo las siguientes propuestas de Álvarez Valdés que transcribí al principio.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA
 
Enlaces a un par de entrevistas con temas variados
 
https://youtu.be/MY1gsmuTgW8?si=qkBSL1e7mWfTt0RR
 
 https://youtu.be/5W3jNb4DStg
 
Martes, 5 de Diciembre 2023


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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