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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Sobre el “secreto mesiánico” (25-03-2021.- 1169)
 
Foto: Wilhem Wrede en 1901

Hola amigos:
 
Me han preguntado repetidas veces, en público y en privado sobre el llamado “secreto mesiánico”. ¿Por qué Jesús, si es de verdad el Mesías prometido, enviado por su Padre a la tierra para la salvación de todos los hombres se empeña en decir a sus discípulos y a gentes curadas por él que no digan a nadie que él es el Mesías y que no expandan a los cuatro vientos el resultado de un acto de curación?
 
Esta prohibición parece no tener sentido alguno.
 
La respuesta se dio ya a principios del siglo XX por medio de un famoso libro de 1901 titulado El secreto mesiánico en los Evangelios (1901), republicado en 2014 por de Gruyter en Berlin.
 
La tesis principal es que Jesús no tenía la conciencia mesiánica que le atribuye la comunidad cristiana. Jesús no tuvo en verdad esa conciencia y el mesianismo de Jesús es un producto de la teología cristiana, había que explicar a las gentes a las que se proclama a Jesús como Mesías redentor por qué había fracasado en su misión y había muerto en la cruz. Los evangelistas, comenzando por Marcos inventaron la solución: Jesús prohibía a sus discípulos decir que era el mesías.
 
La teología que se construyó en torno a esta explicación de la muerte en cruz es en pocas líneas la siguiente:
 
Este mesías está empeñado en una batalla tremenda, cósmica, contra el enemigo del Reino, Satanás. La derrota definitiva de este en la historia del mundo comienza ya con la acción de Jesús como mesías. Este mesías es judío y lo muestra en múltiples aspectos, por ejemplo, en su idea de Dios y en la consideración de los textos sagrados. Sin embargo, aunque como agente mesiánico divino sea este mesías el «hijo de David», no es el mesías «normal» al que espera la inmensa mayoría de los judíos, sino de otra clase.
 
Su mesianismo incluye el sufrimiento y la muerte como rescate, o redención, en pro del perdón de los pecados de todos los seres humanos. Es también designio de Dios que su mesianismo quede oculto hasta que se manifieste plenamente en y después de la resurrección. Tal idea es denominada el «secreto mesiánico». Esta noción intenta responder claramente a la candente pregunta: ¿cómo es posible que un ser semidivino, tan poderoso, obrador de milagros e investido de una misión tan importante, fuera mal interpretado y condenado a una muerte ignominiosa?
 
El evangelista sabía que ningún judío habría reconocido en esta imagen al mesías de Israel. La respuesta marcana a esta cuestión tan importante fue el artificio literario del «secreto mesiánico»: Jesús mantuvo conscientemente en secreto su misión que sólo debía revelarse tras su muerte y resurrección. Lo que intentó Marcos exponer por medio de este esquema literario fue una idea fundamental del cristianismo tal como lo pensaba Pablo: la identidad, la personalidad, la trascendencia salvadora de Jesús el Mesías, sólo puede captarse con los ojos de la fe y después de la resurrección.
 
Naturalmente, esto es pura teología y no historia.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com
Jueves, 25 de Marzo 2021

Notas

El cenotafio de Jesús de Nazaret en Jerusalén es peculiarmente parecido a los de las familias imperiales. Su corte de santos, también.
Hoy escribe Eugenio Gómez Segura.


052. El culto a los santos (3)
 
Mosaico del ábside de la iglesia de Santa Pudenziana, Roma. Jesús imperial con su corte de apóstoles.

Al estudiar la historia del Santo Sepulcro de Jerusalén resulta muy interesante apreciar cuánto se parece su núcleo a los enterramientos que las diferentes familias imperiales usaron a lo largo de los siglos de poder de Roma en el Mediterráneo.

 
Domingo, 21 de Marzo 2021
“Vivir entre fronteras borrosas. Seguidores judíos de Jesús y cristianos observantes de la Ley en Palestina, Siria y Mesopotamia” (siglos V al X) (18-03-2021) (1168)
 
 
Escribe Antonio Piñero
 
El título de esta postal corresponde con bastante exactitud al título de un libro publicado hace muy poco tiempo por el Profesor de Lenguas Semíticas de la Universidad Central de Barcelona, Francisco del Río Sánchez, editado en inglés por UCO Press (Ediciones de la Universidad de Córdoba) en su serie “Semitica Antiqva” 5.
 
El título en inglés es “Living on Blurred Frontiers. Jewish Devotees of Jesus and Christian Observers of the Law in Palestine, Syria and Mesopotamia” (5th–10tf Centuries), ISBN 978-84-9927-585-7. 186 pp. Coeditor es la “Unidad cordobesa para la investigación del Oriente Próximo” (Cordoba Near Eastern Research Unit), junto con el DTR (Department of Theology and Religion) de la Universidad de Durham, Reino Unido. Los editores de la serie son Ignacio Márquez Rowe por parte española y Wilfred G. E. Watson, por la inglesa).
 
Es muy probable que al estar en inglés esta obra pase desapercibida a los interesados en  temas de religión de los antiguos judaísmo y cristianismo. Y precisamente por ello  quiero insistir  en este libro ya que toca (a base de la edición, traducción y anotaciones al pie de páginas de textos en latín, siríaco, hebreo, griego) en su inmensa mayoría desconocidos por los lectores españoles. Por otro lado, y ya que la obra es muy interesante por lo que diré, pregunto si sería posible que la UCO proporcionara en castellano una copia electrónica de la obra.
 
Con la publicación y explicación de siete textos antiguos (los libros que los editan y explican tardan mucho en “morir” ya que ofrecen herramientas básicas para la investigación) el autor quiere contribuir al estudio del judeocristianismo en el arco de poblaciones de lengua semítica desde Palestina hasta el próximo Oriente mesopotámico. Con ello logra hacer una estupenda contribución a dar consistencia a una idea doble que es poco común entre nosotros, incluso entre gente muy aficionada a la historia del cristianismo primitivo:
 
A. El judeocristianismo (gente que a Jesús como el último gran profeta y mesías, concediéndole a menudo casi un estatus divino, o semidivino…, pero al mismo tiempo permanecen como fieles observantes de la ley de Moisés) no feneció, ni mucho menos, después de las dos grandes catástrofes del pueblo judío como resultado de las tres grandes revueltas contra Roma.  Siguió viviendo, aunque con menor entidad.
 
Estas catástrofes que contribuyeron a la disminución del judeocristianismo en la historia fueron la primera Gran Guerra del 66-70; las revueltas en Chipre y el norte de África en tiempos de Trajano en el 114-116; la segunda Gran Guerra en tiempos del emperador Adriano, concluida en el 135, que casi aniquiló al judaísmo palestino y a muchos judeocristianos. Sin duda el golpe fue tan fuerte que los judíos superviviente de Palestina estuvieron en un exilio continuado hasta 1948.
 
B. Las fronteras entre judaísmo (religión hermana, no madre, del cristianismo, secta en sus inicios desgajada de una matriz común) y cristianismo no fueron en absoluto nítidas a finales del siglo III, hacia el año 200, cuando puede decirse que la secta disidente de seguidores de Jesús se había convertido casi en una religión nueva. Entre otras, quizás la razón principal de la división fue que la nueva secta había divinizado casi totalmente a Jesús (¡horror para los judíos!) y tenía un cuerpo de escritos sagrados propios, lo que luego se llamó el Nuevo Testamento.
 
Pero las fronteras entre judaísmo y cristianismo  no fueron nítidas durante decenios y decenios porque
 
1. Hasta bien entrado el siglo V coexistían con cierta paz ambas “confesiones” (judía y cristiana);
2. Siguieron existiendo fieles devotos de Jesús y a la vez de la Ley de Moisés completa y,
3. El tránsito desde un cristianismo rígido al judaísmo era relativamente fluido.
 
Alguien podría extrañarse de que la más contundente literatura judeocristiana e la época a la que nos estamos refiriendo, la “Novela de Clemente”, también llamada “Literatura Pseudoclementina”, haya florecido en Siria desde el siglo III hasta el V (desde una suerte de escrito básico de esa novela, hasta la escritura de tres recensiones, versiones bastante diferentes de ella en griego, latín y siríaco). El apóstol Pedro, el héroe de esta literatura afirma respecto a los judíos de Jerusalén: “Con frecuencia, enviándonos emisarios, rogaban que hablásemos con ellos de Jesús, si él era el profeta que Moisés predijo, el mesías eterno. Pues en esto solamente estriba la diferencia entre nosotros los que hemos creído en Jesús frente a los incrédulos judíos” (“Reconocimientos” I 43,1-2).
 
En España  se conocía ya la idea de las fronteras borrosas entre judaísmo y cristianismo durante los siglos II al V gracias a la estupenda traducción de Carlos A. Segovia –y a la editorial Trotta que la editó– de la importante obra de Daniel Boyarin, “Espacios fronterizos. Judaísmo y cristianismo en la Antigüedad Tardía” (“Border Lines. The Partition of Judaeo-Christianity”) en el 2013.
 
Es muy interesante lo que dice Boyarin en su Prefacio a este libro: “Sugiero que las fronteras entre judaísmo y cristianismo han sido históricamente construidas mediante actos de violencia discursiva (muchas veces real) dirigidos especialmente contra los herejes… que encarnan la inestabilidad” del judaísmo y el cristianismo.
 
Con otras palabras: fueron los dirigentes de los cristianos (los obispos) y los dirigentes de los judíos (los rabinos) los que en los siglos III al V construyeron artificialmente fronteras (ideológica-dogmáticas) para sentirse cómodos y mandar más seguramente en sus fieles respectivos. Más claro aún: para Boyarin fueron los obispos y los rabinos quienes crearon el judaísmo y el cristianismo a lo largo de esos siglos. Un poco  exagerada quizás, pero con su exageración ayuda muchísimo a comprender cómo fue realmente la separación de dos religiones hermanas.
 
El Libro de Francisco del Río va, pues, exactamente en esta dirección. Y amplía el espacio temporal que contemplaba D. Boyarin por medio del acopio de textos impactantes hasta el siglo X. No hay, pues, separación temprana de judaísmo y cristianismo… Hubo gente que cruzó tranquilamente la frontera hacia un lado y hacia el otro sin hacerse demasiados problemas… y siguió existiendo naturalmente el judeocristianismo que es una suerte de mezcla de las dos… hasta hoy día.
 
Escribe F. del Río:
 
“Mi intención en estas páginas es analizar con cierta extensión siete textos procedentes de los siglos V al X, en la que se hace referencia a ciertos grupos y personas que vivieron ciertamente en esas fronteras borrosas situadas entre esos polos extremos del judaísmo ortodoxo y el cristianismo. Ante la falta de detalles más precisos, el hecho más relevante vinculado con ellos es que su comportamiento diferente atrajeron ocasionalmente la atención, y causaron sorpresa e inquietud en sus correligionarios más ortodoxos” (p. 25).
 
Por último, como comentarista me ha sorprendido un tanto que –en la “Bibliografía” dividida en dos partes; la segunda es de autores “modernos”– entre las “Fuentes primarias” para comprender los textos Francisco del Río cita a “El Pastor” de Hermas (ciertamente un escrito que puede denominarse judeocristiano, ya que su autor era hermano de Pío, el obispo de Roma hacia el 150) pero de ningún modo alude a la Literatura Pseudoclementina, que abarca también el siglo V (lo que queda de la recensión siríaca es un manuscrito del 411, conservado en el British Museum), como  obra judeocristiana muy importante citada  o extractada por  Eusebio de Cesarea, Epifanio de Salamis, Juan Damasceno (estos últimos muy ampliamente).
 
Probablemente el autor dará cumplida respuesta a esta mi mínima crítica a su espléndida obra.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com
Jueves, 18 de Marzo 2021

Notas

La costumbre antigua de recordar a los difuntos heroizados mediante tumbas, algunas vacías, se mantuvo durante los primeros años de la cristiandad, incluso se convirtió en elemento indispensable de algunas obras arquitectónicas de gran calado histórico.
Hoy escribe Eugenio Gómez Segura.


051. El culto a los santos.2
Reconstrucción de la tumba de Pedro en el Vaticano .

El santuario de Olimpia, en Grecia, incluía entre sus maravillas o curiosidades una tumba dedicada al héroe que fundó los Juegos Olímpicos, Pélope. Pausanias la describe así:

Dentro del Altis hay también un recinto consagrado a Pélope. Pélope es honrado con preferencia por los eleos entre los héroes de Olimpia, tanto como Zeus entre los demás dioses. A la derecha de la entrada del templo de Zeus, hacia el viento Bóreas, está el Pelopio, a suficiente distancia del templo como para que entre ellos haya estatuas y otras ofrendas, y, comenzando aproximadamente a la altura del centro del templo, se extiende hacia la parte de atrás. El Pelopio está rodeado por una cerca de piedras, y dentro crecen árboles y hay estatuas consagradas. Su entrada está hacia Occidente. Se dice que Heracles, hijo de Anfitrión, se lo asignó a Pélope, pues él era biznieto de éste, y se dice también que hizo sacrificios en el hoyo a Pélope. Pausanias V 13, 1-2 (traducción de M. C. Herrero Ingelmo).

La costumbre era muy importante porque servía para legitimar cultos, santificar lugares y atraer visitas y peregrinaciones. Era una forma de servirse de los héroes para venerar también a los dioses.

Quizá uno de los mejores ejemplos cristianos de esta costumbre sea la Basílica de San Pedro en Roma. Fundada sobre una necrópolis romana adyacente al circo de Calígula y Nerón, en sus ruinas, que se pueden visitar con estricto permiso del Vaticano, se ha excavado lo que por ahora es científicamente reconocido como tumba de San Pedro.
La necrópolis fue construida en unos terrenos cercanos a la colina Vaticana, ya en las afueras de Roma, en las posesiones campestres de los emperadores Calígula y Nerón (una especie de Buen Retiro como en Madrid). La visita que se lleva a cabo en la actualidad incluye un recorrido por los distintos monumentos funerarios, de gran interés si no se conoce esta faceta de la arquitectura y el arte romanos, y una fugaz vista del famoso “muro rojo”. pared del monumento que conmemoró la tumba del santo cristiano.

La veneración de la tumba, una sencilla fosa que recibió una cierta monumentalización a mediados del siglo II, se identifica por una inscripción griega, PETROS ENI en transliteración, que no ha sido puesta en duda. El monumento constaba de un nicho cubierto por una lastra de travertino, sostenido por dos columnas junto a la cual había otro nicho más pequeño. Debajo había otro nicho subterráneo que rodeaba la tumba. El lugar siempre estuvo cuidado, incluso cuando, en el año 258, se trasladaron los restos del difunto a las catacumbas.

Pero no es ese el monumento que mejor guarda la costumbre pagana de venerar a los difuntos. La segunda variante de la misma es la de construir tumbas vacías conmemorativas, cenotafios. En Atenas sabemos que la costumbre era muy importante por cuanto se recordaba así a los caídos por la patria cuyo cadáver no había podido ser trasladado a su lugar de origen. El caso es que, en Cirene, la muy populosa ciudad de la costa de Libia, hay, por ejemplo, una tumba vacía dedicada a Bato, el héroe fundador de la ciudad, al que Catulo dedicó estos versos:

Tan gran número (de besos) como las arenas de Libia
se extienden por Cirene, rica en Laserpicio,
entre el oráculo del ardiente Júpiter
y el sepulcro sagrado del viejo Bato
(Catulo VII 2-5, traducción de Ramón Irigoyen).

Los héroes fundadores de ciudades fueron un elemento mítico de gran calado. Su relación con los dioses era manifiesta, pues las leyendas afirmaban que los lugares idóneos para establecer nuevos centros urbanos habían sido comunicados a los fundadores mediante oráculos que certificaban el favor de los dioses. La costumbre, de esa manera, consolidaba la relación entre los vivos y los dioses mediante los difuntos.

Por curioso que parezca, la veneración a ciertos santos fundadores es muy relevante en el cristianismo. Podemos nombrar, por poner un caso nacional, la catedral de Santiago de Compostela, pero, en realidad, el máximo ejemplo corresponde a la máxima figura del cristianismo, Jesús de Nazaret, cuyo cenotafio sigue hoy siendo visitado con la mayor devoción: el Santo Sepulcro de Jerusalén.
 
 
Domingo, 14 de Marzo 2021
“Hijos de Yahvé. Una arqueología de Jesús y Pablo” (11-03-2021) (1167)
Escribe Antonio Piñero
 
Hago hoy un alto en mi diatriba “con” (no “contra”) R. Carrier (“adversario”; nunca “enemigo”) sobre la tesis de este investigador norteamericano acerca de la no existencia de Jesús de Nazaret, para presentar un libro de un autor que Ustedes, lectores de este medio, conocen ya perfectamente: Eugenio Gómez Segura, ya que escribe regularmente aquí. Y temas de impacto sobre el trasfondo próximo o remoto de la teología y religiosidad cristiana. Hoy hago una presentación de su libro, y en futuras postales comentaré aspectos importantes de la obra. El doctor en Filología Clásica Gómez Segura es un antiguo alumno y ahora colega mío muy apreciado. Quizás alguno diga que noy imparcial en lo que escribiré; pero procuraré serlo.
 
La ficha del libro es,
 
Editorial Dilema; edición del 11 febrero de 2021. Madrid, 378 pp. 978-849827505. Precio 18 euros.
 
Como saben, se escriben unos mil libros al año sobre Jesús. Pero muy pocos son de verdadero interés, por su aportación de ideas interesantes o nuevas perspectivas. Sostengo que el libro de Eugenio Gómez Segura pertenece a este tipo, tan raro, escaso y talentoso. El tema es “Jesús y Pablo”, o bien de Jesús a Pablo con la vista puesta en la caracterización de los dos personajes, apuntando hacia la solución a) de enigmas interpretativos de las fuentes de las que disponemos, y b) de la posible aclaración de la pregunta básica de quién fue el fundador del cristianismo (casi seguro, ninguno de los dos, sino los discípulos de Pablo durante varias generaciones).
 
Recuerdo que Joel Marcus (el autor de un Comentario, buenísimo, al Evangelio de Marcos, en dos volúmenes, editado en español por Sígueme, Salamanca) decía que D. C. Allison –coautor con W. D. Davies de un Comentario al Evangelio de Mateo– le había escrito advirtiéndole de que desconfiara de cualquier idea suya, dentro de su comentario, que no hubiera sido dicha ya varias veces en la investigación de los últimos doscientos años.
 
Pues bien, el libro de Gómez Segura tiene un buen monto de ideas seminuevas (quizás una o dos nuevas) que son de interesante consideración. Además está escrito en una prosa limpia y clara, muy ordenada, muy legible e inteligible, que no introduce notas al texto (abundantes) a pie de página, sino que las reserva para el final, de modo que la lectura discurra sin tropiezos. Consecuentemente la lectura de este libro resulta sencilla y fácil. Pero ello no significa que sea un libro de mera divulgación, sino de investigación… solo que investigación pura y dura, novedosa, presentada de un modo sencillo y ameno.
 
En la contracubierta de su libro el autor mismo comenta, en diálogo con estudiosos de estos años, que la gran dificultad que conllevan las recientes aportaciones en la interpretación de los datos ofrecidos por las cartas de Pablo y los evangelios consisten en el uso de técnicas nuevas que iluminen problemas añejos. Por ello, en la obra que comentamos, Gómez Segura se preocupa de presentar los principales métodos –algunos muy conocidos; otros novedosos–, tanto analíticos como deductivos, mediante el análisis y aclaración de textos importantes de los dos conjuntos de textos, sobre Jesús y de Pablo, aludidos.
 
Gómez Segura ha estudiado muchísima arqueología clásica grecolatina y semítica y a la vez es un experto en sintaxis griega (su tesis doctoral lo demuestra). Lo novedoso de su aproximación interpretativa es la aplicación del método arqueológico a la aclaración de un texto, el Nuevo Testamento, un método que estudia los diferentes pasajes en estratos cronológicos sin confundirlos. Logra así relacionar los dos personajes más importantes de la cristiandad (Jesús y Pablo) en un solo libro  sobre todo en su pensamiento teológico. Además no se trata de un mero análisis de estas figuras fuera de sus condicionantes vitales, sino en el marco religioso concreto del “judaísmo que adora a Yahvé en el siglo I de nuestra era que se enfrenta a Roma”.
 
Me uno a lo que dice el editor al respecto, a saber, que en este interesantísimo libro encontramos muchos análisis etimológicos de traducciones “desgastadas por la teología” en un planteamiento tomado de las técnicas arqueológicas, técnicas que de “principio al fin del libro muestran una unidad”. Ello hace fácil la divulgación de lo que en muchos libros se queda solo para los especialistas y no llega al gran público.
 
Así que estoy encantado con la aparición de este libro, por lo que felicito muy sinceramente a mi colega (y a pesar de eso amigo) y al director de Dilema por haberlo publicado. Como he anunciado comentaré en próximas postales algunos puntos del libro que me parecen interesantes y de los que he aprendido mucho.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com
Jueves, 11 de Marzo 2021
Queridos amigos:

Una antigua alumna mía de cursos de especialidad de la Complutense, Marta Herrero Gil, me envía los enlaces de dos entrevisas que me hicieron ella, y su marido . Ahí van los enlaces:

 
Buenos días, profesor
 
Ya han salido publicados los dos vídeos de la entrevista que tuvimos con usted. 
 
Espero que esté bien. Gracias por todo. Que Dios le bendiga.
 
Marta
 
 
https://www.youtube.com/watch?v=tZPgCkYPrp4&t=122s
 

 
Miércoles, 10 de Marzo 2021

La tradición religiosa cristiana recoge el culto a los santos como uno de sus puntales. Las similitudes con la tradición grecorromana (al menos) son demasiado grandes como para no conocerlas.
Hoy escribe Eugenio Gómez Segura.


050. El culto a los santos: medicina.
Un milagro de la Ermita-Santuario de San Tirso y San Bernabé (Merindad de Sotoscueva). Foto de M. J. Valiño.

Podemos distinguir al menos dos detalles en la tradición milagrosa cristiana. Uno de ellos es la pronta aparición de semejanzas entre los héroes paganos y los santos cristianos, por ejemplo, una pareja de santos que curiosamente es muy similar a lo que la tradición clásica afirmaba sobre los médicos más famosos de la mitología. Cosme y Damián eran dos gemelos médicos nacidos de padres cristianos y fechados en el s. III. Ejercieron la medicina en Cilicia, concretamente en Egea (moderna Ayas), incluso se dice que gratuitamente. Si sus saberes no alcanzaban, su fe en Dios les otorgaba el plus sanador necesario, al punto que lograron convertir a numerosos paganos. Su muerte ocurrió durante la persecución de Diocleciano: fueron apresados junto a sus tres hermanos menores y sometidos a tortura, lapidación, crucifixión, pero de todo ello salieron vivos. Finalmente, se decretó su decapitación, cosa que, al parecer, sí fue efectiva.

La leyenda sobre estos mártires no sólo incluye el milagro de su persistente resistencia a los tormentos. Resulta muy interesante observar cómo, una vez muertos, actuaron como lo hacía otro médico inmortal, Asclepio, que durante el sueño realizaba la curación o inspiraba el remedio. Así, el milagro más conocido de estos santos quizá sea la curación de una pierna afectada de isquemia crítica. El diácono Justiniano, adscrito a la basílica en Roma de estos santos, sufría de peligrosa gangrena en una de sus piernas. Durante una noche, tras mucho rezar a los hermanos, éstos se le aparecieron en un sueño discutiendo cómo curar el problema. Decidieron amputar y después sustituir la pierna con una de un etíope recientemente muerto que “ya no iba a necesitar la suya”. Al despertar, el diácono se sintió restablecido y comprobó que su mal ya había desaparecido de su cuerpo.

La similitud con el milagro de Asclepio que mencioné en el post 049 es grande. Y más lo es el hecho que los santos fueran hermanos, como los míticos Macaón y Podalirio, que en la Ilíada aparecen como los médicos del ejército griego. La curación más conocida de éstos es la que lograron para Filoctetes, uno de los caudillos griegos que, durante el viaje a Troya, fue mordido por una serpiente en la isla de Ténedos. El incidente le produjo una horrible infección putrefacta y maloliente que llevó a sus compañeros a dejarlo abandonado en la isla. Cuando, de resultas de un oráculo, Filoctetes fue llevado a Troya para conquistar la ciudad, los hermanos lo curaron de esa especie de gangrena.

El segundo detalle interesante de la tradición cristiana sobre santos milagreros (en realidad casi todos), es la existencia de muchos santuarios de los mismos que celebran las extraordinarias curaciones: mediante pintura, esculturas y poemas que relatan (a veces en forma de precedente de los cómics modernos) la historia de esas curaciones, costumbre que tenemos perfectamente registrada en Epidauro, donde Asclepio inspiraba durante los sueños la curación. Un ejemplo entre muchos es la imagen que encabeza este post, tomada en el santuario de San Tirso y San Bernabé en las cuevas de Ojo-Guareña. El techo de la cueva y las paredes desde cierta altura están cubiertos de frescos que representan milagros ayudados de poemas para explicación de las imágenes.
 
Sobre el particular de los milagros, en esta ocasión ligados a la figura de Jesús de Nazaret, he aquí un enlace a una entrevista que me hizo Gabriel Andrade unos meses atrás:

https://www.youtube.com/watch?v=oLi5z89f4XQ
 
Saludos cordiales
 
Domingo, 7 de Marzo 2021
Pablo y Jesús (II). La involuntaria contribución de Pablo a los cimientos de una religión nueva (04-03-2021) (1166)
Escribe Antonio Piñero
 
Foto: san Pablo
 
 
Sigo con lo apuntado en mi postal de la pasada semana. En mi amigable confrontación con R. Carrier (a la verdad no sé si lee español; pero es facilísimo que lo haga y que no se lamente de que no se le entienda. Con el traductor de Google o con Deep L es más que fácil  cambiar en segundos, y gratis todo lo que no contenga más de 5.000 caracteres) afirmo que no estoy discutiendo con él sobre la aplicación del teorema de Bayes –que vuelve a explicar en “Sobre la historicidad de Jesús”, su obra de 2014, en la afirma en la p. 17 que este último escrito hace que su obra anterior “Proving History” queda periclitada, “supersedes” en inglés.
 
Y no aplico este teorema por la sencilla razón que creo que las pruebas de verosimilitud presentadas por mí y resumidas en mi postal anterior, son suficientes. Seguro que Carrier se reirá de mí sarcásticamente. Pero no me importa. Léase el resumen al principio de mi postal anterior.
 
Vayamos, pues, al grano.
 
A la vez que afirmo que Pablo conoce la tradición sobre el Nazareno, sostengo como cierto que el Apóstol cambió radicalmente la figura del Jesús histórico. Jesús se veía a sí mismo como un ser humano normal, aunque con una relación especialísima con Dios; Pablo, por el contrario, hace de él un ser humano transformado --tras su resurrección/exaltación-- en un ser divino, secundario ciertamente, pero divino al fin y al cabo, cuyo mesianismo, como concepto al menos, es preexistente. Dios pensó su mesianismo antes de la creación. Es sabido, pues, que de este modo el Jesús de la historia se convierte en un salvador universal que olvida conscientemente su caracterización histórica como un mesías, profeta o maestro de la Ley judío.
 
Pablo  transmutó también el mensaje (evangelio) del Jesús de la historia: de ser un anuncio de la venida del Reino de Dios, absolutamente irrelevante en el mundo helenístico, de características netamente judías y pensado en principio sólo para los israelitas observantes de la Ley y gentiles plenamente convertidos (prosélitos), pasó a convertirse en un mensaje de salvación universal, en el anuncio de la muerte y resurrección del redentor Jesús, el evento que reconcilió a la criatura pecadora con Dios, es decir, lo que realizó la salvación para todos los humanos no solo para los judíos.
 
El concepto de la salvación del ser humano en Pablo es muy distinto del de Jesús de Nazaret. El sistema de salvación del hombre según el Jesús histórico fue cumplir la ley de Moisés completa, haciendo hincapié en el precepto del amor, y prepararse con el arrepentimiento para la entrada en el reino de Dios. Ahora bien, el sistema de salvación según Pablo consistía esencialmente en creer en los efectos salvadores el sacrificio del Mesías divino y apropiarse de sus beneficios. Para Jesús la salvación estaba en el futuro; para Pablo, en un acto/evento en el pasado.
 
El cambio de perspectiva, iniciado por Pablo, no deja de ser natural si lo contemplamos en el marco histórico de la generación y expansión del ideario paulino dentro del Imperio romano, y en el ámbito de la confrontación, más o menos explícita, con el mensaje de salvación del culto al emperador y de los cultos de misterio de la época, que prometían igualmente la salvación.
 
Del mismo modo, y permítanme que insista,  cambia el concepto de mesías para los judíos que aceptaban que Jesús de Nazaret lo era. Unido, pues, al cambio en la concepción del Reino de Dios, Pablo transmutó profundamente el anuncio de un mesianismo estrictamente judío, que habría de llevar a la instauración de la teocracia israelita y al aplastamiento del yugo de los gentiles, en otro pacífico.
 
He repetido a menudo que la noción anterior del mesías, judío, no podía tener atractivo ni posibilidad de éxito alguno entre los posibles candidatos a la conversión en el Imperio; sólo podría interesar a quien hubiera decidido de antemano que estaba dispuesto a convertirse en judío.
 
Esta acomodación al entorno explica también que en las cartas de Pablo se suprima el título mesiánico de “Hijo del hombre”, incomprensible para los que no fueran arameo parlantes. Para designar a Jesús, el Apóstol utilizará preferentemente otros títulos como “Hijo de Dios”, y sobre todo “el Señor” en sentido absoluto, es decir, sin ninguna añadidura. Solo hay un Señor.
 
En las cartas paulinas la afirmación de que Jesús es el mesías según la fe de Israel aparece en realidad disfrazada para llegar a un número mayor de conversos; las palabras “mesías”, “ungido”, “cristo”, pasarán a ser como denominaciones, o un nombre propio completo del único salvador, llamado Jesucristo.
 
Pablo efectúa un cambio de acento en la concepción del bautismo, iniciada por Juan Bautista y continuada por Jesús. El rito paulino de entrada al cuerpo místico del Mesías, el bautismo, no es él normal judío (una simple purificación de “manchas” rituales), pues manifestaba que el iniciando participaba de la peripecia de muerte y resurrección de la divinidad salvadora. Entonces recibía el bautizando un nombre, a modo de “sello”, que indicaba que era propiedad del Mesías.
 
Y el cambio en el sentido de la “fracción del pan” (“partir el pan” era muy judío) fue tremendo. La “fracción del pan” en una comida judía solemne simbolizaba al principio la unión del grupo y no la comunión íntima con el Mesías.  Pablo la muda en este sentido, transformándola en una unión mística con el Mesías, con lo que hacía competir la imagen de Jesús con la de las divinidades salvadoras que pululaban en el Imperio.
 
La eliminación de la obligatoriedad de la totalidad de la ley de Moisés para los gentiles conversos, que se injertan en Israel, era en Pablo una radical novedad respecto a Jesús, ya que adquiere una dimensión universal que no existía en el Nazareno.
 
En el pensamiento de Gálatas y sobre todo en Romanos, la supresión de la obligatoriedad de la observancia de la parte de la ley de Moisés que era específica para los judíos (Romanos 7,1-25) se transforma para el creyente gentil en el Mesías (6,10) en una maravillosa realidad de libertad espiritual que incita a actuar noblemente, siempre según el espíritu de la ley del amor.
 
Naturalmente esta idea no casa con la noción expresada por Jesús de que hay que cumplir hasta la mínima porción de la Ley: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda…” (Mateo 5,17-18), sentencias cuyo espíritu al menos corresponden al pensamiento del Jesús histórico.
 
En fin… el paso de Jesús a Pablo es tremendo.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero

www.antoniopinero.com
Jueves, 4 de Marzo 2021


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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