Notas

Las contradicciones en la obra de Paul Winter “El juicio de Jesús”. Jesús y la resistencia antirromana (XLVII)

Redactado por Antonio Piñero el Sábado, 25 de Febrero 2017 a las 09:01


Escribe Antonio Piñero
 
Hablábamos el día anterior de las contradicciones en las que incide la investigación cuando, por una parte, no tiene más remedio que aceptar los datos que le impone la tradición misma sobre Jesús, pero a la vez no desea sacar las consecuencias porque van en contra de una tradición interpretativa de siglos. En este sentido se ha llegado a decir –en contra de toda verosimilitud– que Jesús, al rechazar las tentaciones de un mesianismo judío tradicional que en su época iba casi consustancialmente con la religión judía en sí, “se adelantó a su tiempo y distinguió netamente entre religión y política”. Ahora bien, esta propuesta nos parece imposible cuando se considera el monto total de los datos. En cuanto al concepto de reino de Dios, según lo que puede deducirse del conjunto de su predicación, Jesús no distinguió entre religión y política…, ni podía hacerlo, pues –como diremos a continuación– el reino de Dios proclamado por el Nazareno no podía implantarse sin violencia.
 
En su artículo, F. Bermejo se detiene a considerar el caso de Paul Winter, investigador judío que se hizo famoso por su obra The Trial of Jesus (“El juicio de Jesús), en la que pone de relieve cómo Jesús era un judío religioso-nacionalista, pero cómo los evangelistas interpretaron todo el juicio dándole un sesgo antijudío dadas las circunstancias en las que compusieron sus obras. Después del levantamiento judío del 66-73, sintieron la necesidad de que el Imperio distinguiera bien entre los judíos revoltosos y los judeocristianos, los seguidores de Jesús, totalmente pacíficos…, con lo que manipularon, o sesgaron, la tradición.
 
Paul Winter, afirma Bermejo, fue uno de los que cayó en la cuenta de que las palabras de Caifás recogidas por Jn 11, 47-53 (en especial el v. 48: “Si lo dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación”) eran extremadamente importantes para situar a Jesús: arrastraba a las gentes por su predicación del reino de Dios y, naturalmente, los romanos lo prenderían y organizarían una gran matanza de judíos.
 
P. Winter insistió en que los evangelistas habían reelaborado las tradiciones pero que no logran ocultar a los ojos críticos que Jesús fue condenado a muerte por los romanos por razones políticas, e incluso formuló frases contundentes interpretando la tradición evangélica en sentido acertado. F. Bermejo recoge, por ejemplo, las siguientes: Winter sostuvo que “el movimiento que inició Jesús poseía sin duda un contenido político aunque fuera por implicación”, que ”Jesús fue crucificado sobre la base de una acusación por tumulto y sedición”, que “es evidente que Jesús tenía relación con personas que pertenecían a sectores revolucionarios de la población”, que “el pequeño grupo que se reunía alrededor de Jesús tenía claramente tendencias político-revolucionarias” , y que la “descripción de la entrada triunfal en cada uno de los cuatro Evangelios tiene las características de una manifestación política " (pp. 193, 194, 196, 198 de la edición inglesa). E incluso hace una interpretación novedosa del porqué los discípulos portaban palmas en esa entrada triunfal, a saber porque estaban manifestando, o celebrando por adelantado el triunfo sobe el opresor extranjero (p. 199).
 
Pero, a la vez, Winter termina afirmando inconsecuentemente que los testimonios, que existen ciertamente, acerca del sentido real de la actuación de Jesús son tan fragmentarios, que no ofrecen una base sólida para sostener que Jesús estaba comprometido en actividades políticas de carácter subversivo, o que Jesús no planteo nunca reivindicaciones políticas.
 
El lector se queda perplejo. Parece evidente, dado el carácter religioso de la predicación de Jesús, que él no planteó directa y solamente “reivindicaciones políticas”; pero parece evidente también que él era totalmente consciente de que el reino de Dios no podía implantarse en Israel sin la expulsión –que sería necesariamente violenta– de los romanos. Pues esto es lo que afirmamos; este hecho implica sedición desde el punto de vista de los invasores/opresores romanos, y Jesús no podía ignorarlo.
 
Bermejo analiza luego la obra de R. A. Horsley, Jesus and Empire: The Kingdom of God and the New World Disorder (“Jesús y el Imperio: El Reino de Dios y el nuevo desorden mundial”), Minneapolis, MN: Fortress Press, 2003, que veremos mañana.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Sábado, 25 de Febrero 2017
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