Notas

Sedición antirromana en tiempos de Jesús. Jesús y la resistencia antirromana (XIX)

Redactado por Antonio Piñero el Jueves, 26 de Enero 2017 a las 08:53


Escribe Antonio Piñero
 
Escribimos ayer que “en Judea y Galilea hubo movimientos antirromanos durante los meses o años (¿?) que duró la vida pública de Jesús”. No hubo tanta paz como sugiere la famosa frase del historiador Tácito “Sub Tiberio quies” (“En tiempos de Tiberio hubo paz en Israel”) = Historias V 9,2.  Desde luego, esta frase que debe ser bien entendida, no justifica de ningún modo –como hay que confesar que se ha dicho–  que Israel fuera en esos momentos un hervidero de revueltas antirromanas, o el escenario de una gran agitación política como se ha sostenido a veces por historiadores un tanto exagerados. Ciertamente no fue así. Pero tampoco vale negar esta perspectiva absolutamente.
 
Sostiene F. Bermejo con toda razón que “Tácito se refiere solamente a rebeliones que hicieran necesaria la intervención directa del legado romano en Siria”, quien no solo tenía tres legiones en esa provincia sino además “el respaldo tres o cuatro legiones” más del ejército romano desplegado cerca del río Éufrates.  Estaban desplegadas allí para contener ciertamente a los partos, pero en caso necesario podrían enviar refuerzos a Siria a o a Israel. Que hubo paz (= latín “quies”) “significa que los gobernantes de Palestina podrían manejar cualquier problema, incluidos aquellos que ellos mismos habían creado”. Por tanto, entender que había una paz tranquila y absoluta es una interpretación también exagerada de lo que dijo Tácito.
 
Pero también deseamos subrayar que tal tranquilidad era solamente “relativa”, es decir si se la compara con los dos mil crucificados de la época del legado de Siria Quintilio Varo, tras la muerte de Herodes el Grande, o con las revueltas de Teudas (y luego el llamado  Profeta egipcio) de los años 40 del siglo I, es decir, poco tiempo después de la muerte de Jesús, a la que alude el rabino Gamaliel en los Hechos de los Apóstoles  5,36.
 
En tiempos estrictos de Jesús debemos enumerar los siguientes casos de agitación política antirromana:
 
1. El antecesor de Poncio Pilato (26-36 d. C.) Valerio Grato (25-36) depuso a cuatro sumos sacerdotes. Esto es un hecho extraordinario. El gobierno teocrático de Judea debía –según la disposición de los romanos– mantener el orden público. No sabemos casi nada concreto de lo que ocurrió porque el historiador Flavio Josefo (Antigüedades de los judíos XVIII 33-35) solo da este simple dato. Pero podemos concluir con probabilidad que el ambiente de orden público en Judea no era ni mucho menos como deseaba Roma.
 
2 El asesinato de Juan Bautista por parte de Herodes Antipas en Galilea. Ya henos comentado en ocasiones anteriores que el Bautista enardecía a las masas y que Antipas lo degolló, anticipándose astutamente a los acontecimientos por miedo a que el Bautista suscitara una revuelta. Y también sabemos que al pueblo le sentó muy mal este asesinato de un profeta, y se alegró de que el ejército de Antipas –las tropas de su propia tierra–  fuera derrotado por el rey Aretas IV…, el nabateo. Muy enfadado tenían que estar las gentes para alegrase de un fracaso nacional ante los árabes, y tan estrepitoso y dañino.
 
3. Pilato asesinó también a una serie de galileos quizás en el templo de Jerusalén o en las cercanías, si exprimimos bien el contenido de la noticia que nos da Lc 13,1-3: “En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.  Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.
 
Parece evidente que el enfrentamiento con Poncio Pilato por parte de unos peregrinos (¡galileos!) al Templo no era por motivos puramente religiosos, sino por sus derivaciones de orden público o meramente políticas. Y es evidente que  el Prefecto no se andaba con chiquitas y regó las losas del Santuario con la sangre de los peregrinos. Este hecho ocurrió probablemente en el 28-29 d. C., es decir, inmediatamente antes del comienzo de la vida pública de Jesús.
 
4. En Mc 15,7 leemos a propósito de la liberación de Barrabás: “Había un preso, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos  (griego “lestaí”) que en el motín habían cometido un asesinato”. El pasaje es bien claro: en tiempos mismos de Jesús hubo un motín contra el poder de Roma con el resultado de un muerto. Y el mismo evangelista confirma que Barrabás era un “sedicioso”, es decir, esa acción sediciosa era totalmente antirromana.
 
5. La crucifixión de Jesús fue colectiva. Fueron tres, y no uno, los crucificados; además cerca de la fiesta de Pascua; por tanto, se trató de una ejecución amenazadora y ejemplarizante. F. Bermejo se ha quejado repetidas veces de que la investigación ha prestado muy poca atención a este hecho tan significativo. Es claro que el caso apunta al castigo de tres insurrectos, que se habían levantado contra la majestad del Emperador y del Imperio. La investigación independiente opina que como  Jesús fue crucificado en medio de los otros dos, él era el jefe de los insurrectos. Con otras palabras: que los famosos dos bandidos eran seguidores de Jesús. Esta opinión no es totalmente segura, pero si probable.
 
Naturalmente no podemos esperar que la tradición evangélica recogida unos cuarenta años después de la muerte de Jesús y con vistas a la propaganda religiosa paganos, que podían convertirse a la fe en el mesías Jesús, no iba a proclamar a las claras que aquellos dos crucificados con Jesús y que este mismo eran insurrectos desde el punto de vista  del Imperio. Pero la investigación sí puede afirmarlo como muy probable.
 
6. Puede añadirse como complemento que, después de la muerte de Jesús, en el año 35, las tropas de Poncio Pilato atacaron violentísimamente a unos peregrinos samaritanos, al parecer pacíficos, que se habían reunido en el Monte Garizim por motivos en apariencia puramente religiosos: ser testigos de cómo Dios hacía que reaparecieran milagrosamente los instrumentos del templo de Jerusalén, que fueron escondidos por el profeta Jeremías antes del asedio de Nabucodonosor a Jerusalén que acabó con la ciudad y con el templo en el 589 a. C. El ataque de las Pablo tropas de Pilato fue tan brutal que causó miles de muertos entre gentes la mayoría desarmadas. Tiberio destituyó y exilió a Pilato por este hecho a petición de una delegación del pueblo samaritano que se trasladó a Roma.
 
En conclusión y parafraseando a F. Bermejo la frase “En tiempos de Tiberio hubo paz en Judea” ha de entenderse de modo muy relativo: es una generalización retórica; no es una descripción lo bastante precisa y sí se entiende sesgadamente lo único que se logra es “minimizar todo lo posible los rastros de resistencia antirromana lo que entraña un considerable error de interpretación”.
 
La atmósfera que respiraba Jesús y la que generaba él mismo con su predicación exclusivamente a Israel del futuro reino de Dios conllevaba una exclusión de los romanos del Reino, y sobre todo suponía una resistencia implícita a que el país de Israel fuera gobernado por los extranjeros romanos. Era para Poncio Pilato un caso claro de sedición anti imperial,  y era un grave peligro de orden público. Lo mismo que para Herodes Antipas lo fue la figura en apariencia puramente religiosa de Juan Bautista.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Jueves, 26 de Enero 2017
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