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Continuación de la crónica de un viaje muy especial

Redactado por Rafael Alberto Pérez el Martes, 19 de Noviembre 2013 a las 18:34

Cruzando el Círculo Polar Ártico con Hurtigruten (II)




Dia 4: Como era de esperar, no hemos acertado la hora exacta en que superamos el círculo polar ártico. Otro fue el afortunado que mereció el premio. Pero a cambio fuimos testigos de la hazaña. No cabe el error. Una baliza flotante con la escultura de un globo terráqueo marca el paso por el Círculo Polar Ártico, ese emblemático  paralelo que se encuentra a una latitud de 66º 33' 44" N (el círculo polar antártico está a una latitud de 66º 33' 44" S)
Y aunque no todos vieron la baliza pues pasamos de madrugada todos tuvimos premio: un diploma personalizado que Hurtigruten   nos extendió y que nos encontramos al volver a los camarotes. No todo el mundo supera esa latitud.

Ya en el Círculo Polar Ártico el viaje recuperó su ritmo habitual. Desde el mirador  de la cubierta 8 se podían ver algunas casas aisladas salpicando las faldas de las montañas nevadas del litoral. Luces en las ventanas y coches aparcados en la entrada. Por un momento uno piensa en las  vidas que allí habitan. Sus proyectos, sus rutinas. Se imagina la familia reunida a la hora del desayuno…
 
Una nueva montaña, un nuevo islote nos llevan a otro espacio, mientras el perfil del litoral  cambia en una sucesión de formas sin fin  regalo de la naturaleza.
 
Descendemos en BodØ donde el barco ha hecho escala. Un bus nos sube al centro de la ciudad. Cae aguanieve. Y el mejor refugio resultó ser un centro comercial que me recordó la calle mayor de cualquier ciudad de provincia española. Solo que acristalada y aislada del frío. A la entrada una pareja de ecuatorianos vendían gorros andinos. Son las 3 de la tarde y ya es de noche   
 
De regreso al barco y una vez caída la noche Hurtigruten  nos invita a una degustación en la cubierta nº 9. Es un pretexto, o si se prefiere un gran ensayo, para cuando la climatología permita la presencia de las hoy ausentes auroras boreales. De momento las nubes no permiten el fenómeno. Y en esas circunstancias siempre queda el consuelo de los snaps. Mientras, el Capitán que está en lo suyo nos hace una exhibición deslumbrante. Ver para creer. El hecho de que el barco penetre en el fiordo que le ha prestado el nombre sería un simple guiño literario si no fuese que el Trolljford- situado entre los archipiélagos de Lofoten y Vesterálen- con sus solo 100 metros de ancho por 2 kilómetros de largo tal vez sea el fiordo más estrecho de Noruega. Dos focos a proa iluminan las rocas de ambos lados. Solo unos escasos metros nos separan. El margen de maniobra es mínimo. Cuando salimos todos respiramos.  No se oyeron aplausos al capitán pero, la verdad, se los merecía   
 
Día 5: Repasé mis correos, el wifi es excelente a bordo, y me puse al día. No sé si alegra o deprime saber que el mundo sigue funcionando perfectamente sin uno.  
 
La cura de humildad se completó con una total inmersión en el paisaje. De nuevo rocas, montañas enormes, casitas solitarias y balizas marcando el camino. Y aunque las cosas y las palabras son las mismas las formas y los colores cambian cada rato. Mientras uno se siente perdido en el medio de una nada cada vez más bella y diferente
 
El plato fuerte de este quinto día fue TromsØ. Ubicada en una pequeña isla TromsØ es el centro pesquero más grande del país, célebre por el arenque. Llamada el París del Ártico, su fama le viene sobre todo por  ser el punto de partida de muchas expediciones al Polo Norte. Una escultura erigida en honor de Roald Amundsen nos recuerda que fue aquí donde el célebre expedicionario instaló su cuartel general antes de ser el primer humano en cruzarlo en 1905. Tromsö tiene la catedral (llamada de hielo) y la universidad más al norte del mundo, fundada en 1968. Su museo tiene un centro de investigación lapón. A destacar el Instituto para el estudio de las auroras boreales.
 
Cada día que pasaba sabíamos más sobre el fenómeno de las auroras. Solo nos faltaba verlas. Estábamos en la latitud apropiada pero los cielos seguían cargados de nubes y es sabido que las auroras boreales requieren cielos despejados. El problema es que el viaje estaba tocando a su fin.  Nos quedaba ya tan solo un día y una noche más ¿Y si no apareciesen? Habría que hacer acopio de paciencia y sobre todo subir a cubierta esa noche para escrutar el cielo.
 
(continuará...)
Rafael Alberto Pérez

| Martes, 19 de Noviembre 2013

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