PANORAMA MUNDIAL. José Abu-Tarbush







Blog de Tendencias21 sobre los problemas del mundo actual a través de los libros

Bajo la bandera del terror. Un viaje a las entrañas de Dáesh.
Sami Moubayed: Bajo la bandera del terror. Un viaje a las entrañas de Dáesh. Barcelona: Península, 2016 (320 páginas). Traducción de Juanjo Estrella.
 
Uno de los temas políticos en la escena internacional de más actualidad y que mayor atención recibe es el terrorismo yihadista. No se trata de un fenómeno nuevo, aunque aparece renovado en sus formas, dimensión y articulación. También en su propia autodenominación como Estado Islámico  o Dáesh por sus siglas en árabe (al Dawla al islamiyya fi al Iraq wa al Sham); o bien en inglés como ISIS/ISIL/IS (Islamic State of Irak and Syria/the Levant).
 
A diferencia de al Qaeda, la organización primigenia en la que se originó, el ISIS (por seguir la versión empleada en el texto) no sólo es un grupo terrorista, sino también presenta las formas de un movimiento insurgente e incluso la de un ejército (contaría entre unos 30.000 y 50.000 efectivos). No permanece escondido o resguardado en madrigueras o cuevas; por el contrario, posee una importante dimensión territorial, que ha llegado a controlar una extensión de 90.000  kilómetros cuadrados y eliminado las fronteras entre Siria e Irak. Por último, pero no menos importante, se ha articulado como un proto-Estado (proclamando un Califato), en el que gobierna y desde donde pretende “permanecer y expandirse”.
 
Pese a los retrocesos que viene sufriendo en sus posiciones a lo largo de los últimos meses y, previsiblemente, seguirá registrando ante la actual ofensiva contra su bastión en Mosul,  todo parece indicar que la derrota definitiva del ISIS permanece lejana y no se logrará sólo mediante los bombardeos aéreos. De momento, se podrá limitar su expansión e incluso reducirla de manera significativa, pero su amenaza permanecerá de manera más o menos latente o manifiesta en la región, principalmente; sin excluir sus acciones terroristas en otras partes de la geografía mundial.
 
En suma, su reducción a límites marginales o deseada eliminación requiere de una mayor implicación no sólo en materia militar (con soldados sobre el terreno), sino también de un acuerdo político, económico y social (incluso educativo) de alcance regional e internacional. Semejante opción, es de temer, no está sobre la mesa; y ni siquiera se contempla, pese a que comienzan a presentarse algunas ideas sobre la configuración de un nuevo orden regional (A Westphalian Peace for Middle East). Sin embargo, los intereses contrapuestos son tantos y tan variados que dicha meta está todavía muy lejos, cuando no se presenta como prácticamente inalcanzable.
 
Si bien el texto del historiador sirio Sami Moubayed no pretende diseñar ninguna ocurrente salida a este laberinto, su viaje a las entrañas de Dáesh advierte de lo que no se debe hacer ni seguir haciendo.  A la pregunta de por qué el autodenominado Estado Islámico se ha expandido tan rápidamente entre Irak y Siria, cabe sintetizar la respuesta del autor en torno a tres ejes. Primero, el fracaso de la modernización política y socioeconómica de Siria e Irak que, paradójicamente, contaban con dos regímenes laicos, nacionalistas y, teóricamente, socializantes, gobernados ambos por sendas ramas del partido Baaz (“renacimiento”). Pero en lugar de propiciar una sociedad más justa, crearon unos Estados feroces y policiales, de culto a la personalidad, desigualdad e injusticia social, sin ninguna participación sociopolítica ni escrutinio del poder. Además de frustrar las expectativas depositadas en el prometido “renacimiento” de  dichas sociedades, desacreditaron el laicismo, el nacionalismo y las ideologías políticas contemporáneas, en particular, las más progresistas o de izquierdas.
 
Segundo, lo anterior abonó un terreno de cultivo que se mostró muy fértil para la emergencia de los diversos islamismos que, como recoge pormenorizadamente el autor en el caso de Siria, fueron radicalizándose hasta desembocar en sus versiones más extremas: salafista-yihadistas. Sin obviar su fomento por la aproximación más rigorista o wahabita de Arabia Saudí que, con sus ingentes recursos, retroalimentó sus bases filosóficas y políticas hasta alcanzar cierto predominio ideológico.
 
Tercero, una respuesta más coyuntural se debe a los precedentes, de repetidos  y frustrados intentos de insurgencia en Siria (1964, 1976 y 1982), que vieron en las protestas –surgidas al calor de la denominada primavera árabe– una nueva oportunidad; además de las consecuencias derivadas de la invasión estadounidense de Irak. En concreto, el desmantelamiento del ejército iraquí y la desbaazificación del régimen supuso en la práctica la devastación del Estado.  Miles de familias se quedaron sin empleo y sustento, fueron desclasadas y humilladas. Sin olvidar la discriminación de la que fueron objeto por pertenecer a la minoría suní en la que se había sustentado, en buena medida, el régimen de Saddam Hussein; ahora marginada y excluida de cualquier esfera institucional y de poder.

No es de extrañar, por tanto, que se incrementara el resentimiento de la antigua elite política y económica del país; y que antiguos oficiales del ejército iraquí pasaran a formar parte del Estado mayor del ISIS, adoptando los atuendos y barbas islamistas. Incluso su sistema de inteligencia está diseñado a semejanza del anterior régimen de Saddam. De aquí las dificultades para ser penetrado por otros servicios secretos.
 
En suma, el libro de Sami Moubayed aporta una aproximación a Dáesh en torno a su infraestructura, gobierno, ideología, financiación, propaganda, medios de comunicación, educación, exhibición de la violencia, yihadistas extranjeros, posición de la mujer; además de las rivalidades y alianzas con otros grupos yihadistas. No menos importante es la óptica empleada en su elaboración, árabe y asentada sobre el terreno, con fuentes de primera mano (entrevistas, principalmente) que, sin duda alguna, enriquece la comprensión de esta amenaza y la creciente literatura existente al respecto.
 
 
 


José Abu-Tarbush | Comentarios


La gran guerra de nuestro tiempo
Michael Morell (y Bill Harlow): La gran guerra de nuestro tiempo. La guerra contra el terror contada desde dentro de la CIA, de Al Qaeda a ISIS. Barcelona: Crítica, 2016 (386 páginas). Traducción de Nuria Fernández García.
 
Con treinta y tres años de servicio en la CIA, en la que ocupó diferentes responsabilidades hasta culminar su carrera como director adjunto, Michel Morell (con la colaboración del escritor Bill Harlow) relata cómo ha vivido la lucha contra el terrorismo que, de manera creciente, ha ocupado la centralidad de su trabajo durante buena parte de las tres últimas décadas.
 
Si bien, en un primer momento, como señala el autor, la sensibilidad frente a la amenaza terrorista en las sucesivas administraciones estadounidenses, así como en la propia Agencia, era diferente, los hechos terminaron por imponerse drásticamente a raíz de los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en África oriental, en Nairobi (Kenia) y en Dar es Salaam (Tanzania), en agosto de 1998; y, en particular, tras los perpetrados en el propio territorio estadounidense el tristemente afamado 11-S.
 
La lucha contra el terrorismo no sólo se transformó en una prioridad, sino también en una auténtica obsesión para toda la comunidad de inteligencia. Los hasta entonces prioritarios análisis geopolíticos fueron paulatinamente reemplazados por los relativos a la amenaza terrorista. Cualquier rastro anterior de escepticismo sobre Al Qaeda y sus quijotescas soflamas desapareció por completo. Por el contrario, se impuso su caza y captura. Con este objetivo se invirtieron grandes sumas de dinero, personal, tiempo y numerosos recursos materiales cada vez más sofisticados, en especial, los concernientes a la interceptación de las comunicaciones.
 
Sin olvidar, en esa misma dirección, algunas campañas militares. Sobre este particular, el autor, poco dado a la crítica y más inclinado a edulcorar algunas explicaciones (o justificaciones), reconoce que en Afganistán se cambió el objetivo inicial de acabar con el gobierno de los talibanes  y el santuario de Al Qaeda por otra misión poco menos que imposible: transformar la sociedad afgana en una sociedad liberal.  
 
A su vez, en el caso de Iraq reconoce también la precipitación y la falta de corroboración  o pruebas que vincularan al régimen de Saddam con Al Qaeda. Aquí deja entrever las discrepancias de la información y análisis de la CIA respecto a la tesis defendida por el gabinete del vicepresidente Dick Cheney, empeñado en forzar esa supuesta vinculación sin ninguna base; y, por consiguiente, mantener un estado de opinión en el que el 70 por ciento de  los estadounidenses encuestados por The Washington Post creía que Saddam Hussein estaba implicado en los atentado del 11-S. En suma, Morell admite una interesada politización de los análisis objetivos de situación, que definen el trabajo de la agencia de inteligencia.
 
Señala que una consecuencia no bien entendida antes de la intervención militar en Iraq fue la difusión que cobró a partir de entonces la ideología de Al Qaeda. Si bien, afirma, es relativamente fácil eliminar a los terroristas en el campo de batalla, considera que es prácticamente imposible “detener el reclutamiento de nuevos terroristas”.
 
Este problema lleva a reflexionar al autor en torno a la necesidad de combatir no sólo los síntomas, sino también la causas que propician el terrorismo. Esto es, “El desarrollo de políticas que lleguen a la raíz de las causas de por qué hombres jóvenes y algunas mujeres se unen a grupos terroristas nunca ha llegado a ponerse en marcha”. Es más, reconoce que “Combatir la radicalización no ha sido un objetivo prioritario para Estados Unidos desde el 11-S”, pese a que “la acción en este frente es tan importante como la acción en el terreno de la información de inteligencia (…)”.   
 
Los temas más controvertidos que aborda son los dedicados a la justificación de la tortura, valiéndose de un ejemplo clásico; los sucesos de Bengasi, escrito más en claves de la política interior estadounidense y del uso partidista de la lucha contra el terrorismo; y el denominado caso de Edward Snwoden y la compilación de información sobre la ciudadanía por las agencias gubernamentales de seguridad e inteligencia.
 
Pero, quizás, el tema que más superficial y deficitariamente aborda sea el relativo a las revueltas árabes de 2011, pese a la importancia que otorga a sus consecuencias y la contundencia de sus afirmaciones. Considera que en algunos casos ha contribuido a la expansión de Al Qaeda o, igualmente, a su extensión, el autodenominado Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés o Daesh en árabe). Si embargo, cabe advertir que las manifestaciones de la ciudadanía árabe eran pacíficas y pro-democráticas, mientras que las respuestas gubernamentales irrumpieron violentamente, junto a otras intervenciones externas, regionales e internacionales. Y es precisamente en estas situaciones de conflicto, caos y Estados fallidos en las que los terroristas encuentran su principal caldo de cultivo.
 
Tampoco se puede despachar esa demanda de libertad argumentando que, simplemente, algunos países no están preparados para la democracia. ¿Significa esto una justificación de las dictaduras? ¿No son esas mismas dictaduras las que se han convertido en disfuncionales, retroalimentado precisamente la radicalización y el terrorismo que se pretende combatir y erradicar?  ¿Cómo salir de este dilema: prolongando la vida de esas dictaduras o contribuyendo a que transicionen hacia sistemas más justos, abiertos y estables, pese a los inevitables riesgos que conlleva?

José Abu-Tarbush | Comentarios


Después de Obama. Estados Unidos en tierra de nadie.
Vicente Palacio: Después de Obama. Estados Unidos en tierra de nadie. Madrid: Los Libros de La Catarata, 2016 (136 páginas).

En la recta final de su mandato presidencial, comienzan a publicarse los primeros balances sobre la política del presidente Obama a lo largo de sus dos legislaturas. Uno de los primeros trabajos en aparecer en castellano, con prólogo de Javier Solana, se debe a Vicente Palacio, director del Observatorio de Política Exterior (OPEX) de la Fundación Alternativas (muestra de la creciente importancia adquirida por la disciplina y profesionalización de las relaciones internacionales en nuestro país).

Cualquier aproximación a la gestión de Obama deberá, inexorablemente, tomar en consideración el contexto en el que asumió la presidencia de Estados Unidos. En concreto, cabe recordar el pesado legado de la administración presidida por Bush junior; el descrédito de la imagen exterior de Estados Unidos (incluso entre algunos de sus tradicionales aliados); las guerras abiertas en Afganistán e Irak. Sin olvidar, por último, pero no menos importante, la crisis económica y financiera de 2008.

En suma, el reto que tenía Obama por delante, tanto en el ámbito interno como en el exterior, era enorme. A ello se añadían las ingentes —e irreales, en no pocos casos— expectativas suscitadas por el primer presidente afroamericano de la historia, que rebasaban incluso el propio espacio estadounidense para encontrar cierto eco en otras partes del mundo.

Sin embargo, como señala el autor, el margen de maniobra que tenía el presidente se había reducido considerablemente por los mencionados condicionantes; y, por extensión, también su capacidad de actuación exterior por heredar un mundo diferente y en rápida transformación.

Pese a estas dificultades, Obama logró reflotar la primera economía mundial no sin críticas a su gestión continuista, más centrada en rescatar el poder financiero (Wall Street) que a las familias de rentas medias y bajas (Main Street) que, en palabras de Vicente Palacio, pagaron “los platos rotos de la fiesta”.

Pero haber salvado parcialmente la economía, o precisamente por haberla rescatado en esos términos,  no excluyó ni atenuó el consiguiente descontento político. Las expectativas depositadas en Obama comenzaron a frustrarse el primer año, con un notable descenso de su popularidad.

Otras medidas de corte más progresista de su agenda, como las relativas a la salud o el denominado Obamacare, tampoco contribuyeron a recuperar el entusiasmo inicial de su presidencia. De hecho, el autor se pregunta “¿Cómo es posible que una reforma que pretendía dar cobertura sanitaria a cuarenta y cuatro millones de estadounidenses fuera recibida con recelo por amplios sectores de clase media?”; y responde, a continuación, como influyó negativamente la campaña conservadora de “intoxicación”, además del “incremento de la factura sanitaria” y el beneficio del “sector privado”.

En esta misma línea de actuación, otras iniciativas políticas han tropezado con obstáculos prácticamente insalvables. Un ejemplo elocuente es cómo han chocado las medidas para limitar la venta de armas con la férrea oposición de la Asociación Nacional del Rifle.

Ante estos imperativos, es obligado preguntarse sobre la salud de la que goza la democracia estadounidense (y, también, de otros países democráticos) cuando los programas —políticos, sociales y económicos— de los candidatos o partidos elegidos se ven sistemáticamente limitados, por no decir que alterados o vaciados de todo contenido sustancial, por grupos de presión o lobbies vinculados a poderes económicos, financieros e industriales; y que terminan reconfigurando dichos sistemas en democracias restringidas  (Jorge Rodríguez) o de baja intensidad  (Barry Gills y Joel Rocamora).

Su política exterior no ha estado menos condicionada por las circunstancias adversas en el ámbito doméstico, pero también por los cambios registrados en las relaciones internacionales.

La ilusión unipolar que siguió al fin de la Guerra Fría y la extinción de la Unión Soviética (en particular, con el frustrado intento neoconservador de articular una nueva hegemonía estadounidense),  dejó paso a un mundo mucho más complejo o de una multipolaridad tan extrema que algunos analistas no han dudado en catalogar como la era de la no polaridad  (Richard Haass) por no responder a las pautas de comportamiento de un sistema multipolar clásico, liderado por cinco o seis grandes potencias. En su lugar, el poder se ha fragmentado en numerosos polos que hace prácticamente irreconocible la multipolaridad.

El autor advierte que Obama difícilmente puede ser vinculado a una particular tradición o doctrina exterior estadounidense. Por el contrario, considera que es un “pragmático”, pero no un “realista”; un “liberal”, pero no un “intervencionista”. Una de las principales pistas sobre su fundamentación teórica se encuentra en la larga entrevista concedida a Jeffrey Goldberg para la revista The Atlantic, el pasado mes de abril: The Obama Doctrine.

Su política exterior se ha caracterizado, en buena medida, por cierto repliegue respecto a la sobreexpansión imperial (Imperial overstretch) a la que fue forzada por la administración neoconservadora. En esta tesitura, destaca su distanciamiento de la guerra (por elección) de Irak. 

Lejos del unilateralismo y del abuso de la fuerza de Bush junior, en opinión de Vicente Palacio, su visión sobre la resolución de los conflictos resulta más cercana a la de Bush senior con su contención ante el Irak de Saddam Hussein después de restituir la soberanía kuwaití en 1991, y de su gestión de la unipolaridad ante la implosión de la Unión Soviética.  

En esta estela, Obama ha mostrado "una mayor aceptación de la multipolaridad", ya sea por los nuevos condicionantes a los que se ha enfrentado como, también, por la "aceptación de los límites del poder estadounidense".

Entre los numerosos y complejos temas que ha abordado su administración, destaca la convulsa región de Oriente Medio y el Magreb, con el estallido de la denominada primavera árabe y la consiguiente represión de la que fue objeto. Con la excepción de Túnez, el resultado es conocido: refuerzo del autoritarismo en Egipto y Bahréin y, en general, en toda la región árabe; además de los Estados fallidos por guerras civiles e intervenciones externas en Libia, Siria y Yemen. Sin olvidar el nuevo desafío terrorista del autodenominado Estado Islámico o Daesh (por sus siglas en árabe).

A esta situación se suman los casos de Afganistán e Irak, donde se pasó de la denominación neoconservadora de “guerra contra el terror” a “gestionar el caos cotidiano”. No menos tensiones han suscitado las relaciones con aliados regionales como Pakistán, Arabia Saudí e Israel. 

Además de lo recelos por la ambigua posición de Washington ante las revueltas árabes y sus presiones para frenar la escalada colonizadora israelí de los territorios palestinos ocupados, lo que más ha irritado a Riad y Tel Aviv ha sido el acuerdo sellado con Irán. Pero un año después del compromiso alcanzado (julio de 2015), Irán no ha logrado la hegemonía en Oriente Medio, ni supone una amenaza existencial para Israel. Por el contrario, como señala Trita Parsi, se evitó una confrontación de consecuencias potencialmente más desestabilizadoras que la invasión de Irak.  

A diferencia del persistente distanciamiento entre Washington y Teherán, la reanudación de las relaciones diplomáticas  con La Habana  transcurren a un ritmo más fluido, rebasando uno de los principales escollos de sus relaciones “post-coloniales” y “post-hegemónicas” con América Latina. No obstante, el epicentro de su interés ha girado crecientemente hacia la región de Asia-Pacífico. Pero en contra de algunas previsiones respecto a China, su principal encontronazo en la escena mundial ha sido con Rusia a propósito del conflicto de Ucrania y la anexión de Crimea.  Sin menospreciar su atención a los problemas de la gobernanza global como el cambio climático.

Además de las obvias críticas, su política exterior no siempre ha estado acompañada de una explicación clara o convincente. Tampoco ha estado exenta de controversia "en el propio equipo de Obama". En algunas ocasiones ha dado la impresión que tanteaba más el terreno que adoptar una posición en firme (por ejemplo, en Siria).

En su recorrido por la presidencia de Obama, Vicente Palacio alude al término de “soledad estratégica” en referencia a su actuación en “escenarios en rápida transformación” o en “tierra de nadie”,  con reglas por “reescribir” en “las finanzas, el comercio global, la ciberguerra o el cambio climático”; además de los mencionados conflictos en Oriente Medio, principalmente, y de las turbulencias con otras grandes potencias o, en algunos casos, ante la emergencias de unas y el declive de otras.
 
 
 
 
 

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Editado por
José Abu-Tarbush
Eduardo Martínez de la Fe
José Abu-Tarbush es profesor titular de Sociología en la Universidad de La Laguna, donde imparte la asignatura de Sociología de las relaciones internacionales. Desde el campo de las relaciones internacionales y la sociología política, su área de interés se ha centrado en Oriente Medio y el Norte de África, con especial seguimiento de la cuestión de Palestina.





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