Reseñas

La cima del éxtasis

Juan Antonio Martínez de la Fe , 06/04/2021

Ficha Técnica

Título: La cima del éxtasis
Autora: Luce López-Baralt
Edita: Editorial Trotta, Madrid, 2020
Colección: Estructuras y Procesos
Encuadernación: Tapa dura
Número de páginas: 242
ISBN: 978-84-9879-834-0
Precio: 30 euros

Ya la propia definición que da la RAE a éxtasis, en la acepción que nos ocupa, habla de la dificultad de poder verter en palabras una experiencia que excede a los sentidos: “Estado del alma caracterizado por cierta unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y por la suspensión de los sentidos”. Y a ese problema, el trasladarnos una experiencia mística, se enfrenta Luce López-Baralt: explicarnos su propia experiencia.

No es un reto nuevo. A él se han enfrentado todos cuantos han podido experimentar una situación de éxtasis, con más o menos éxito. A título de ejemplos más cercanos, traídos frecuentemente por la autora, citar a Santa Teresa de Jesús o a San Juan de la Cruz o, de tiempos más recientes, Ernesto Cardenal o Thomas Merton.

A lo largo del texto, López-Baralt reitera la dificultad que entraña su tarea: “el esfuerzo por comunicar una experiencia infinita y supra-racional siempre será insuficiente”; “viví una experiencia fruitiva y directa de Dios que, al no estar constituida por imágenes, carecía de toda posibilidad de ser representada”; “a todos [cuantos han tenido una experiencia mística] nos es radicalmente imposible sugerir la simultaneidad avasallante de la vivencia mística, pues escribimos cuando ya hemos sido devueltos a la prisión del tiempo sucesivo”. Valgan estos pocos ejemplos.

Una imagen

Pese a ello, López-Baralt intenta trasladarnos lo que le aconteció recurriendo a una imagen, la del recibidor del palacio califal de la antigua Medina al-Zahra, en Córdoba, de la época de Abderramán III. Una imagen que devino en símbolo de su experiencia. Porque el centelleante recibidor califal en constante giro caleidoscópico simboliza el locus teofánico del éxtasis, donde Dios manifiesta al alma la perpetua itinerancia de sus epifanías infinitas. Pero no reduce a esta imagen su carga simbólica sino que también alude a otras construcciones mozárabes o árabes para reforzar la fuerza que, como símbolo, tiene la construcción cordobesa.

Recurrir a una imagen típicamente oriental no es algo ajeno a la autora. Desde muy joven, se sintió atraída por este mundo, especialmente por el de los místicos sufíes. No es de extrañar, pues, como explica, el camino místico es distinto para cada cual y el contemplativo se suele servir de una realidad creada, o de una simbología literaria, que sienta cercana a su propia naturaleza psíquica, para intentar comunicar con ella la revelación que tiene recibida. Teoría que aplica a su propia experiencia acomodada a su natural inclinación por la espiritualidad oriental.

¿Y qué pretende transmitirnos con estas imágenes a las que recurre? Algo que, como ya se ha dicho y no se cansa de repetir a lo largo de toda la obra, en sí mismo es indefinible. Habla de lo variopinto y múltiple que confluyen en Unidad, en la unión transformante, la fuente última de luz donde Dios funde lo múltiple en su suprema Unidad. Todo se diluye dulce, totalmente en su luz: todas las noticias y revelaciones que recibe el alma se homologan en lo hondo de su Esencia, así como sucede también con la multiplicidad de lo creado e, incluso, con toda la turbamulta de las pasiones humanas. Lo que produce una alegría sin par, al anegarse el alma en un abrazo incandescente, eje sagrado que reconcilia cielos y tierra y que la alecciona en los recónditos secretos del Eterno.

En estas vivencias sobrenaturales, se vive un conocimiento interminable, pero no sucesivo, sino que se produce una simultaneidad avasallante de la vivencia mística. Pero no nos engañemos: hablar de estas experiencias místicas no es hablar de teología: “el alma puede acoger simultáneamente todas las epifanías cambiantes e infinitas que la Divinidad refleja en ella, sin privilegiar una sobre la otra, porque eso sería reducir a Dios y solidificarlo en una sola de sus manifestaciones sobrenaturales”. No entran aquí, pues, el razonamiento y las disquisiciones teológicas, sino que el alma accede directamente a la Divinidad, en una experiencia vívida, prodigiosa, única.

Experiencia personal

Luce López-Baralt narra cómo ocurrió su experiencia mística. Le sucedió en un instante inesperado, cuando impartía un seminario rodeada de alumnos. Tan rápida fue que los presentes, salvo alguna excepción, no se percataron de lo sucedido. Sin embargo, la intensidad de lo vivido lo convierte en un hecho indubitable, con consecuencias para su vida a partir de ese momento.

Acostumbrada a la actividad académica y al rigor de sus métodos científicos, no dudó en plantear lo ocurrido a algún especialista en psicoanálisis, quien le confirmó en la realidad de lo sucedido. Y nació en ella la necesidad de comunicar, de hacer partícipe a la sociedad de ese gozo que la inundaba. Se encuentra ahí la génesis de este libro, un libro “de buenas nuevas: una historia de amor rotunda y feliz” que, si pudiera servir de consuelo a alguien, la autora daría por bueno el enorme esfuerzo que le ha supuesto su redacción.

Se trata, pues, de un libro que no está atado a dogmas religiosos ni a ninguna estructura eclesial específica; místicos los hay en distintos ámbitos tanto religiosos como no religiosos. No es una obra que intente armonizar la fe con la razón; muy al contrario, las trasciende a las dos.

¿Cómo describe López-Baralt su experiencia mística? Hay que ir espigando a lo largo de las páginas de su obra diferentes aspectos que brotan de la abundancia de lo vivido. He aquí algunos ejemplos: “insisto en que la nota predominante de la vivencia mística es la reconciliación. Ya dije que es como si las paradojas y la diversidad de este mundo se derritieran en Unidad”; “no era una convicción de que tendría vida eterna, sino una conciencia de que poseía vida eterna”; “la nota predominante de la vivencia mística es pues, para muchos contemplativos, la paz última que da la certeza de la reconciliación del alma en Dios”; “entendí, pues, sin que pueda ser capaz de explicarlo, que estaba unida en amor a todos los seres y unida a todos con Dios o, mejor, que estábamos unidos todos en el seno mismo de Dios”; “en un instante al blanco vivo quedé convertida en un torbellino de felicidad sapiencial inimaginable”. Sería interminable la lista de citas.

Amplitud de la experiencia mística

No trata la autora de manera extensa de un camino para alcanzar una experiencia como la suya que la convierte en mística. Alude, evidentemente, a los pasos de los que habla Teresa de Jesús. Pero deja bien claro que se trata de un don que puede recibir cualquiera de Dios, que lo otorga a quien Él desea. Desde luego, eso no invalida ni de lejos los métodos que utilizan quienes desean alcanzar ese don, como pueden ser la meditación, la danza, etc.

En cualquier caso, López-Baralt manifiesta que no es ajena a la posibilidad de que la experiencia mística pueda estar hermanada en todas las culturas religiosas, aunque cada una de ellas la describa desde sus propias coordenadas culturales. Por supuesto, no entra en la polémica teórica de si se está ante una misma vivencia esencial o bien ante una experiencia que la cultura religiosa de cada místico moldea e, incluso, altera. Lo que explica que haga una incursión en el caso de los sufíes del Medioevo, dada su afinidad espiritual con ellos.

Sí es muy importante destacar un aspecto al que, de manera indirecta, se ha aludido ya, cuando se hablaba del abrazo unitivo con todos los demás. Nos dice la autora: “si no se traduce en amor y servicio a los demás, el goce extático no tiene sentido. Más aún, podría resultar dudoso”. Se trata de la consecuencia primordial de la experiencia mística que la une a los principios fundamentales de las religiones.

Y da un paso más la autora. Ante la clásica disyuntiva entre la vida contemplativa y la vida de acción, representada en los Evangelios en el pasaje de Marta y María, López-Baralt, plantea que quien incorpora de veras la experiencia mística transformante a su vida, pasa a vivir sub specie aeternitatis, es decir, a la luz de la eternidad; en otras palabras: vive constantemente en la presencia de Dios. Al alma le es dado percibir los vínculos sagrados que tienen los sucesos de la vida cotidiana, y todo suceso o toda pulsión es capaz de aleccionar espiritualmente, si se sabe reorientar hacia Dios. Así lo describe la autora: “esta es pues la etapa que vengo denominando como la morada de la reconciliación, ya que el alma ha devenido capaz de descubrir el secreto divinal que subyace la belleza creada, […] se trata de una morada y no de un estado transitorio”; y más adelante: “el alma deviene capaz ahora de transformar la percepción cotidiana de lo sensible en ejercicio de contemplación”.

Quien ha gozado de una experiencia mística no la circunscribe al momento en que la recibe, sino que la despliega a lo largo de toda su vida; su alma ya no puede sustraerse a esta presencia inmediata de Dios, viva y palpitante en todos los seres y todas las cosas.

Y ejemplifica sus aportaciones trayendo a colación los ejemplos de varias personas que le han mostrado cómo esa experiencia la han trasladado a sus vidas incluso y principalmente, en los momentos más duros y ante las experiencias más dolorosas.

Concluyendo

Podemos cerrar este comentario con las palabras precisas de la autora: “tan solo aspiro a que mi futuro lector pueda sentir algún consuelo ante la celebración, por modesta y opaca que sea, de mi encuentro jubiloso con el Dios vivo, y que lo llene de esperanza, ya que todos estamos convocados a regresar al seno de la Trascendencia”.

Y a esto es a lo que se enfrenta el lector de esta obra. No se trata de una lectura fácil: ya se sabe desde las primeras páginas, la dificultad que entraña poder describir lo indescriptible; pero sí de una lectura sumamente interesante que abre las puertas a un intento de explicación de la experiencia mística. Siendo conscientes de ello, la autora sale muy airosa del intento.

Índice

Nota de la autora
Agradecimientos

I. La experiencia del éxtasis, imposible de poner en palabras

II. El recibidor califal de Medina al Zahra y sus sugerencias místicas
1. Acerca de la “ciudad fulgurante” cordobesa
2. La fuente de mercurio de Medina al-Zahra como mandala de la cúspide del éxtasis

III. “No diré nada que no haya experimentado mucho” (Santa Teresa, Vida XVIII, 7)

IV. La tesitura dinámica del órgano de percepción mística, en vertiginoso cambio perpetuo

V. La reconciliación de Marta y María

VI. “Vos sos una mística del júbilo” (Ernesto Cardenal, San Juan de Puerto Rico, 25 de noviembre de 1986)

VI. “… Y heme aquí convertida en un río de asombro”

A modo de epílogo
Índice de nombres y de lugares


Notas sobre la autora

Luce López-Baralt es catedrática de literatura española y comparada en la Universidad de Puerto Rico (por la que, además, es doctora honoris causa), vicedirectora de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Dominicana de la Lengua Española. Ha sido profesora e investigadora visitante de las universidades de Harvard, Yale, Brown, México, Buenos Aires, Rabat y del Colegio de España en Salamanca, entre otras, y ha ocupado la Cátedra Emilio García Gómez en la Universidad de Granada, la Cátedra Cortázar (Guadalajara, México), la Cátedra Carlos Fuentes (Universidad de Veracruz, México) y la Cátedra Ernesto Cardenal (Universidad de Managua), entre otras. Ganó una cátedra de Lenguas Románicas por oposición en las universidades de Yale y en Brown (1983) para regresar a servir en la Universidad de su país natal, Puerto Rico. Recientemente ha sido galardonada con el premio de Ensayo Henríquez Ureña de México, el premio nacional de Investigación y Crítica de Puerto Rico por su libro El cántico místico de Ernesto Cardenal (Trotta, 2012), así como con la Encomienda Isabel la Católica, por su trabajo en torno a las huellas del islam en España, y con el Premio Ibn Arabí de la Universidad de Murcia.

Entre sus numerosos libros se encuentran: San Juan de la Cruz y el Islam (1985 y 1990); Huellas del Islam en la literatura española. De Juan Ruiz a Juan Goytisolo (1985-1989); Un Kama Sutra español (1992 y 1995); El sol a medianoche. La experiencia mística: tradición y actualidad (2ª edición en 2017, en colaboración con Lorenzo Piera); Asedios a lo Indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante (segunda edición en 2016); El viaje maravilloso de Buluqiya a los confines del universo (2004); «A zaga de tu huella». La enseñanza de las lenguas semíticas en Salamanca en tiempos de san Juan de la Cruz (2006), La literatura secreta de los últimos musulmanes de España (2009) y Luz sobre luz (2014), los seis últimos publicados en esta misma Editorial. También ha editado la Obra completa de San Juan de la Cruz (1991, en colaboración con Eulogio Pacho); Erotismo en las letras hispánicas (1995, en colaboración con Francisco Márquez Villanueva); Moradas de los corazones de Abu-l-Hasan al-Nuri de Bagdad (Trotta, 1999), y Poemas de la vía mística de Seyyed Hossein Nasr (2002), entre otros.

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