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La peste sigue entre nosotros

Nuevas epidemias más contagiosas y mortales nos acechan


Menos la viruela, todos los causantes de epidemias humanas pasadas, como la peste, siguen infectando y causando muertes. El cambio global aumenta el riesgo de nuevas epidemias, todavía más contagiosas y mortales. Por Héctor Miguel Díaz-Alejo Guerrero (*).



Foto: Ani Kolleshi.
Foto: Ani Kolleshi.
La situación presente, con el hastío de llevar semanas de cuarentena, nos hace reflexionar sobre tiempos no muy lejanos, de hace tan sólo unos meses, cuando aún no habíamos oído hablar del coronavirus.

Muy pocos imaginaban que una situación así pudiera ocurrir en tan breve lapso de tiempo, pero ocurrió.

Únicamente nos queda esperar el fin de esta pandemia, aguardando que el confinamiento y el avance científico hagan que tan dichoso virus se extinga.

Pero es probable que tal cosa no llegue a ocurrir. Hemos conseguido que la humanidad goce de una salud mucho mejor que hace décadas, logrando que tan sólo 1 de cada 5 humanos mueran de enfermedades infecciosas.

A principios del siglo XX, sin embargo, la situación era muy diferente.

Las guerras y las hambrunas, en aquel tiempo de inestabilidad, no eran las causas mayoritarias de decesos, sino que una infección mortal era el destino inevitable de más de la mitad de las personas: tuberculosis, gripe, polio, diarreas... Enfermedades que, en países desarrollados, tienen ahora una escasa letalidad.

Pero, de todas las enfermedades que los humanos hemos sufrido, tan sólo hemos logrado erradicar una: la viruela.

Mundo desequilibrado

El hecho de tan sólo haber erradicado una enfermedad nos hace pensar sobre nuestra capacidad real de enfrentarnos a tales agentes.

Un mundo desequilibrado, donde el poder económico del país donde naciste determina tus probabilidades de llevar una vida más o menos sana, provoca a su vez que estas enfermedades sigan presentes en ciertas poblaciones.

No hablamos únicamente de virus como polio o rubeola, erradicados en los países desarrollados hace relativamente poco.

También entran enfermedades que evocan a tiempos remotos y sombríos, donde estas plagas eran vistas como un castigo divino. Enfermedades como el tifus, la fiebre amarilla o la peste negra.

Ha vuelto la peste

La gran devastadora del mundo medieval sigue aun infectando y aumentando su rastro de muerte.

En el verano de 2003, en Argelia, a pocos kilómetros de nuestras costas, hubo un brote de peste. Tras 50 años sin detectar casos, en junio de ese año 6 personas quedaron registradas como enfermas.

Es en África también, pero en su isla más grande, Madagascar, donde encontramos la peste de forma mucho más común. Allí es considerada una enfermedad endémica estacional.

Año tras año y durante la temporada de lluvias, se produce un brote de infectados por Yersinia pestis.

Esta situación, aparentemente estabilizada, alcanzó un gran pico en 2017. Alrededor de 2.600 personas se estima que padecieron la enfermedad durante ese año, resultando en 221 muertos (un 8,5% de todos los infectados).

La rabia y otras siguen

La rabia dejó de preocupar en España hace ya décadas. Hoy día, al menos en animales terrestres, ya no está presente: un gran esfuerzo veterinario logró eliminarla aquí. Pero tal fue su importancia que incluso se le dedicó una zarzuela (El Rey que rabió, de 1891).

A pesar de ello, el 80% de los países del mundo tienen todavía casos de rabia, concentrándose el 95% de las muertes entre Asia y África, donde hay menos control de los animales domésticos posiblemente infectados.

La fiebre amarilla, colaboradora de Blas de Lezo en la defensa de Cartagena de Indias frente a los ingleses, también sigue dando coletazos en Nigeria. El diciembre de 2019, cuando el mundo desconocía aún la nueva neumonía por coronavirus, 23 personas fallecieron en el país africano por fiebre amarilla.

El cólera, origen de 5 pandemias en el siglo XIX, sigue muy presente en zonas con pobre control sanitario de aguas.

La tuberculosis, controlada hace años gracias a tratamientos antibióticos muy eficaces, está desarrollando preocupantes resistencias a los medicamentos, lo que aumentará su tasa de infección y de mortalidad paulatinamente.

Vuelta al pasado

La lista de enfermedades puede continuar. Salvo el virus de la viruela, todos los causantes de epidemias humanas pasadas siguen infectando y causando muertes.

Pero no únicamente en países en vías de desarrollo se dan problemas. Algunas de estas enfermedades también son de completa actualidad en nuestra sociedad.

En Europa, en el año 2018, se registraron 83.540 infectados de sarampión, 3 veces más casos que en 2017; y 15 veces más que en 2016. La práctica totalidad de los afectados fueron individuos no vacunados.

El tifus epidémico, la fiebre de las trincheras y la fiebre recurrente diezmaron las tropas hacinadas durante las Guerras Mundiales.

Hoy día, en muchas de las ciudades modernas, siguen haciendo acto de presencia en las personas sintecho, que no puede desinfestar su ropa de los piojos portadores de la enfermedad.

La amenaza de la viruela

Globalmente se habla de haber erradicado el virus de la viruela, pero esta afirmación no es completamente real. El virus en 1980 se consideró extinto, habiendo pasado dos años desde la última muerte que provocara, la de Janet Parker.

Esta mujer se infectó debido a una mala contención en un laboratorio: el virus en el medio natural ya no circulaba. Tras ello, sólo dos laboratorios, uno en EE.UU. y otro en Rusia, mantienen cepas criogenizadas del virus.

Si por algún casual este virus volviera a circular entre nosotros, su tasa de infección y letalidad podrían ser brutales.

La inmunidad presente en el conjunto de la humanidad frente a este virus es prácticamente nula por lo que, si apareciera nuevamente, podría repetirse lo que ocurrió cuando llegó por primera vez a las Américas: extinguió etnias enteras de miles de individuos.

Riesgo global

Con los sistemas de bioseguridad actuales es improbable que un fallo laboratorial origine una nueva epidemia. No obstante, el cambio global supone un gran riesgo de aparición de nuevas epidemias.

En los años 70 del siglo XX, el aumento de contacto en zonas tropicales africanas con las poblaciones locales de primates y roedores, hizo surgir una nueva enfermedad humana hasta entonces limitada a animales: la viruela de los monos. Aunque sus brotes han sido limitados, se han llegado a dar casos ocurridos localmente en Estados Unidos.

Imaginemos ahora que, por aquellos tiempos de descubrimientos y expansión a tierras incógnitas, un infectado de viruela humana hubiera contagiado a un primate salvaje.

El virus tal vez pudo tener la capacidad de transmitirse entre ellos, por lo que podría seguir hoy día circulando en poblaciones de animales, latente.  

El virus, tras años a la espera, podría hoy día encontrarse con un humano al que poder infectar para empezar una nueva expansión.

Es un escenario poco probable, pero podría ocurrir.

Plagas futuras

De seguir con esta mentalidad expansionista, adentrándonos en nuevos ecosistemas, el futuro de las poblaciones humanas (y presente, como bien estamos sufriendo) estará plagado de numerosas enfermedades infecciosas.

Muchas de ellas serán nuevas, pero tal vez aparezcan también enfermedades causantes de antiguos brotes, con una forma mutada que las hagan más contagiosas, más mortales, o capaces de sortear las barreras inmunitarias con las que contamos.

Una serie de pautas y medidas, como garantizar sistemas sanitarios eficaces, tanto de prevención como de tratamiento, controlar eficazmente alimentos y aguas de consumo, utilizar correctamente los antibióticos y asegurar la vacunación (si existe) de todas las personas susceptibles, harán que las epidemias presentes y futuras tengan un impacto menor en nuestra sociedad.

No obstante, si lo que queremos es disminuir la aparición de estas enfermedades, la solución está en respetar y comprender mejor el medio ambiente.


(*) Héctor Miguel Díaz-Alejo Guerrero es investigador en el departamento de Producción Animal (Genética) de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid.
 



Martes, 7 de Abril 2020
Héctor Miguel Díaz-Alejo Guerrero.
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