EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







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Método tercero

Si necesitáramos una palmaria demostración de cómo, en la base de las grandes creaciones artísticas, se halla todo un mundo de pensamiento soterrado, pero eficiente, bastaría leer las densas páginas del Discurso de la Figura Cúbica, de Juan de Herrera, arquitecto y aposentador mayor del Rey don Felipe II. Pues, aunque parezca paradójico, en este Tratado del Cuerpo Cúbico, escrito conforme a los principios y opiniones del “Arte” de Raimundo Lulio vibra la misma emoción que inspiró la construcción de esa obra paradigmáticamente serena y equilibrada que es el Real Monasterio de El Escorial, del cual fue segundo arquitecto Juan de Herrera. ¿Cómo es posible que el arquitecto que legó a la posteridad un estilo de pureza y transparencia clásicas se adhiera a la compleja doctrina de un maestro medieval? Para la obra cumbre del maestro Lulio, el Ars Magna, tiene el fundador del herrerianismo las expresiones más entusiastas.


TRASFONDO FILOSÓFICO DEL REAL MONASTERIO DE EL ESCORIAL

No sólo es, pues, benemérita tarea de erudición histórica, sino presupuesto para una recta y cabal comprensión artística de nuestra máxima realización arquitectónica, leer entre líneas esta disertación herreriana que la Editorial Plutarco sacó a luz el año 1935, utilizando dos manuscritos de la Biblioteca de El Escorial, y que fue reeditada posteriormente con el siguiente título: Discurso del Sr. Juan de Herrera, aposentador mayor de S.M. sobre la figura cúbica (1)

Armonía cósmica

Estudiada esta obra a la debida distancia de perspectiva, se observa en ella un deseo profundo, entusiasta, en definitiva religioso, de armonía, de sobriedad plena, de plenitud acordada y dinámica. El autor se afirma en una visión religiosa del cosmos como algo perfecto en el que "nada falta ni sobra" y un equilibrio interno dinámico de cualidades confiere a cada ser el reposo que implica la perduración (2) Por eso acude a la figura cúbica, que, vista de modo dinámico genético, es modelo sin par de la riqueza de relaciones y significaciones que encierra el principio ternario de composición.

«Así como esta figura cúbica tiene plenitud de todas las dimensiones que son en natura con igualdad, así en todas las cosas que tienen ser y de que podremos tratar, debemos considerar la plenitud de su ser, y de su obrar, y porque el ser de la cosa está y le hemos de considerar con la plenitud que le conviene para su ser natural, por el consiguiente le hemos de considerar con su obrar natural, y con la plenitud que le conviene para su obrar natural, porque por cualquier cosa que de estas le faltase de la plenitud de su ser o de su obrar se podría decir que había vacuidad en él de su ser o de su obrar, o de ambos juntamente, como se podría también decir lo mismo del cuerpo cúbico, cuando le faltase alguna de las tres dimensiones, longitudinal, latitudinal y profunditudinal con igualdad, sin las cuales el tal cuerpo cúbico no tiene ni puede tener ser de figura cúbica» (40).



Artículo n°106
El cubo se engendra según dos operaciones fundamentales, «una de la línea en cuanto produce a la superficie, y otra de la superficie y línea juntamente, en cuanto como un solo principio producen el cuerpo». De donde se sigue que en el cubo hay plenitud cúbica de dimensiones esenciales (40), «plenitud y cumplimiento total de diferencias plenitudinales, sin falta ni sobra, y totalidad de mixtiones y perficciones» (26).

Lo antedicho permite a Herrera elevarse a un plano estrictamente filosófico, y formular una ley general, aplicando la relación ternal a todo proceso generativo:

«De la cual doctrina se infiere que siempre se ha de considerar un triángulo de plenitud en el ser y obrar de natural, y en todas las cosas, como se ha hecho en el cubo, dando uno que es agente y otro que es agible y otro que es juntamente agente y agible'' (26).
«Y de aquí adelante se procurará probar cómo en todas las cosas está el cubo, en lo natural como natural, en lo moral como moral, y en lo natural y moral como en natural y moral, y que está otrosí en cada uno de los nueve principios absolutos y relatos de Raimundo y otros cualquier principios que fuera de éstos se pudieran dar, y bien entendido y penetrado como se debe, se verán las grandes maravillas que en sí encierra el Arte luliana, tan amada de unos y aborrecida de otros porque la ignoran, y para esto pondremos primero algunos artículos necesarios, claros, y por sí conocidos de todos los que usaren de razón" (26-27).

El autor formula trece artículos cuya explicación constituye el objeto fundamental de la obra. Sin entrar en detalles técnicos, lo que aquí conviene destacar es la condición estructural de los elementos que intervienen en el proceso generativo del cubo, es decir, la necesidad en que se hallan de desarrollar al máximo sus posibilidades de mutua interacción, sin perder, no obstante, sus cualidades características, en orden a lograr la plenitud que exige el ser propio de cada cosa, para que «todo lo que es tenga ser cumplido según el grado de su natural» (27).

Estamos, pues, ante una doctrina de integración, una visión holista del cosmos, cuyos fenómenos de interacción explica Herrera con símbolos geométricos:

«La plenitud en las cosas (que es opuesta a la vacuidad) quiere que se hinchen y abracen los extremos de ser y de obrar en todas las cosas, y este principio es per se noto, porque de negallo se seguirá destrucción total de toda la harmonía y correspondencia plenitudinal de toda la naturaleza; y de que haya este principio no sólo no se sigue inconveniente alguno, mas total harmonía en todo lo que es, lo que cualquier entendimiento concertado puede desear y no lo contrario, porque harmonía dice orden y concierto, y plenitud dice totalidad» (46-47).

De aquí se sigue que sea la categoría de finalidad el «universal principio del arte luliana, primitivo, verdadero y necesario" (39), por cuanto la tensión a un fin implica per-fección, es decir, armonía y plenitud.

"... Nunca habemos de dexar la plenitud por cerrar, pues sabemos que nunca dos líneas cierran superficie siendo derechas y por eso no pueden ser instrumento de harmonía perfecta" (49).

De esta conjunción mutua de plenitud y armonía se deriva la perfección de cada ser. Y este logro es causa de infinito y misterioso reposo, o, dicho en castellano antiguo ‒todavía ligado a la placenta latina‒, requie. No se trata, por tanto, de una serenidad estática y muelle, sino dinámica y esforzada, como fruto que es del orden mantenido a través del riesgo de la alteración.

Esto explica el interés renovado del autor por hacer ver la necesidad de evitar «la vacuidad en las cosas de la natura», desarrollando todas las formas de interrelación posibles y necesarias a cada ser, según su condición. Después de describir todas las diferentes formas posibles de operación, agrega: «En la cual plenitud consiste la verdadera noticia del Arte luliana y sin ella es ininteligible" (5). Poniendo esta frase en relación con otra del prólogo (3) en que califica la figura cúbica de «raíz y fundamento de la dicha Arte luliana», se comprende el sentido cabal de estos párrafos decisivos:

«[...] La plenitud total de la mixtion y operación consiste en estar todos cúbicamente llenos de todos y empapados y mixtionados todos con todos, y entonces será elemento cuando cada principio de los de Raimundo con su ser y obrar, como un número cubo, estuviere mixtionado con todos como cubo elementado de tal especie elemental» (53).

«... Lo que resultará de esta multiplicación de unos (elementos) con otros necesariamente ha de ser cubo, porque de una perfección obrando con otras perfecciones no puede nascer sino perfección en otro tercero número, en el cual estén juntas todas las dichas perfecciones» (54).

Muy expresivamente exhorta Herrera al lector a ejercitarse en «cubicar los principios sustanciales y accidentales en sí y entre sí» (54), es decir, en lenguaje actual, a leer los fenómenos de expresión y a sorprender los procesos de constitución que se dan en la naturaleza, conforme a los cuales un elemento, actuando sobre otro, da lugar a un ser dotado de profunda unidad.

« [...] Y así queda claro cómo habiendo esencia y relación, que por otro nombre se llama ser y obrar, forzosamente ha de haber el supuesto o subieto el cual podemos llamar el cubo en cada grado de naturaleza según su modo».

Para hacer visibles los grandes principios metafísicos, acude el autor a la genética interna de la figura cúbica. Le mueve a ello la razón didáctica de facilitar el buen entendimiento de tan sutiles cuestiones, y, sobre todo, su afán de poner al descubierto el misterio de las cosas, que ‒según tradición de ascendencia pitagórica‒ tiene un lugar privilegiado de revelación en el mundo del número y la figura.

Plenitud y dialéctica

Es interesante confrontar esta intención de plenitud con las modernas corrientes dialécticas, inspiradas ante todo en el estudio genético de los fenómenos vitales. La "teoría del contraste" (Gegensatzlehre) de Romano Guardini, por ejemplo, distingue varias series de "contrastes" –o categorías fundamentales contrastadas‒ entre los cuales establece toda clase de relaciones y cruces con objeto de lograr una actitud de plenitud y equilibrio (3). Desde el punto de vista geométrico, Herrera ve la perfección de cada ser en la capacidad que ostentan sus elementos de reaccionar todos con todos, potenciando así al máximo su vitalidad y riqueza interna.

Artículo n°106
Leído el Discurso herreriano sobre el trasfondo imaginativo del Monasterio de El Escorial, se nos viene inevitablemente a la memoria la ya citada frase de Goethe acerca de la música de Bach, aparentemente monótona y matemática: «Al oír estas composiciones, creo percibir el rumor de los días del Génesis.» Un efecto rítmico análogo se obtiene al leer sin impaciencia párrafos como el siguiente:

«La total y universal mixtión de estos cuatro elementos se hace cuando todo el cuadrado susodicho de las mixtiones se volverá a mezclar y a obrar juntamente con la B, que es el fuego, y con la A, que es el aire, y con la D, que es el agua, y con la C, que es la tierra. La cual universal mixtión entonces allegará a la plenitud total de hacer elementado cúbico, cuando todas juntamente las mixtiones y la universal hubieren mezclándose de tal manera que todas las parciales, vueltas a combinar con la B, pasen con ella juntamente y se mezclen con la A, y luego así mezcladas cm B y A, pasen a la D, y así también mezcladas con BAD se vuelvan a mezclar con la C, porque entonces no solamente está un principio en otro, y uno en muchos y uno en todos y todos en todos, en una o muchas maneras, mas están todos en todos en todas maneras, y así sólo en este grado último está hecha la plenitud de las mixtiones y operaciones, universal y articular, y sólo en esta última está cumplido el elemento hecho de los cuatro elementos plenitudinalmente" (58-59).

La emoción intelectual producida por la armonía y plenitud del universo explica la devota admiración del autor por el Arte luliana, consagrada principalmente a destacar «la penetración y plenitud cúbica» (60). La perfección para Herrera se asienta en la unidad de lo diverso, lo cualitativamente irreductible. De ahí que la tarea primordial del hombre, entendimiento finito y, por tanto, discursivo, consista en lograr a través de perspectivas parciales una visión lo más armónica posible del Universo (77).

«Y así, aunque el entendimiento conosce que, según su modo de entender, hay mixtiones y operaciones de uno con uno y de uno con muchos, y de uno con todos, cada uno de por sí (digo con todos los principios de que tiene necesidad cada cosa en su grado para ser lo que es), con todo eso levantado el entendimiento a considerar que su modo de entender no puede ser tan perfecto como el modo y ser de las cosas, halla que estas sucesiones que él consideraba son inferiores al modo de ser, y aflígese el entendimiento y volviendo en sí dice que falta otro grado mayor que todos éstos, el cual juntamente con los demás es obrado por la naturaleza en un mismo instante, cuando da ser a una cosa, el cual grado llama el entendimiento abstraído de todos, juntamente con todos, en todos y por todos, la cual mixtión y operación necesariamente es la perfecta y plenitudinal, porque no tiene falta ni sobra» (77).

Esta concepción jerárquica y holista del cosmos necesariamente ha de ejercer el más poderoso influjo en el arte, que, según el antiguo sentir, debe imitar a la naturaleza. He ahí por qué en la pluma del segundo arquitecto del monasterio de El Escorial adquiere tan denso relieve la correlación por él establecida entre las categorías de concordancia, reposo, igualdad y perfección.

«En la mayor concordancia hay mayor reposo, donde hay mayor reposo, hay más igualdad, donde hay más igualdad hay mayor perfección, porque hay mayor concordancia de todas las perfecciones en una, donde hay más perfección hay menos faltas y sobras, luego donde hubiere totalidad de unión habrá totalidad de perfección, y cuanto en más perfecto modo, será más perfectamente».
«La igualdad de la concordancia de todos los principios en todos y por todos es la cumbre de la plenitud» (78-79).

De aquí se deriva el prestigio de la relación ternaria ‒en el lenguaje de Lulio: el tivo, el bile y el are (4) que es «el vestigio mayor de la Santísima Trinidad en las criaturas» (83) y principio estructural de todas las cosas creadas debido a su composición cúbica.

Por eso se esfuerza el autor en mostrar el trino desdoblamiento interno de todo ser. Después de aplicar dicho esquema ‒principio activo, pasivo y unión de ambos (5) a los cuatro elementos primarios de la ciencia de su época (tierra, fuego, aire, agua), alude expresamente al compuesto humano, enlazando enseguida con un ejemplo geométrico y la aplicación inmediata del mismo a la composición interna del fuego. Esta brusca transición, que desconcierta, sin duda, al lector actual, habituado por una secular tradición científica a procedimientos metodológicamente asépticos, no hace sino confirmar la interpretación aquí sostenida, según la cual el fin del autor consiste en revelar su intuición radical del carácter unitario ‒por vía de composición ternaria‒ de todos los seres del Universo (7). Léase a esta luz el siguiente párrafo:

«[...] El homificarse, en Raimundo, es el acto del ser interiormente hombre, o, por mejor decir, es el acto de ser humano, el cual acto de ser humano es la unión o conexión, o ajuntamiento de la alma racional, que es su forma esencial, con el cuerpo humano, y así el acto que constituye al hombre es el que procede de la unión y operación del alma con el cuerpo, sin el cual acto de unión y operación nunca el embrión pudiera ser cuerpo humano. Y así, si el dicho cuadrado L M N O obrare con la línea L N, procederá en acto cumplido el cubo L M N O P Q R, y así consta que la superficie L M N O se causó de la operación de la línea L N en sí misma, y porque todas las partes de la línea L N, que son los principios de Raimundo en este exemplo, son principios del fuego, y la línea con sus principios es agente y forma del fuego, y la superficie es agible o materia del fuego, y la conexión y operación de ambos es el agere o acto de ser del fuego; de ahí nasce que en la línea estuvieron sólo los tivos, y en la superficie los biles y tivos, y en la operación de ambos los ares del fuego, de todos los cuales tivos de la bondad y grandeza y duración de fuego procedió la forma del fuego y de los biles de la bondad, grandeza, duración del fuego procedió la materia del fuego y de los ares de la bondad, grandeza y duración procedió el are único del fuego, y así hay ignitivo, ignificable y ignificare en el cubo del fuego de su esencia y natura" (84-85).

Flexibilidad interna de los conceptos

La intuición de Juan de Herrera, inspirado en Lulio, radica en advertir el halo de resonancia que orla a los conceptos si son tomados en toda su plenitud. De la fecundidad de esta visión para las ciencias antropológicas y morales da idea el siguiente párrafo:

«Dan, pues, en estas mixtiones los unos principios a los otros sus cualidades; porque a la bondad engrandece la grandeza, y hace durar la duración, y poder la potestad, y le da saber a la sabiduría, y le da querer la voluntad, y la virtud le da virtud, y la da verdad la verdad, y le da descanso la gloria, y le da distinción la diferencia, y concordia la concordia, y enemistad y discordia la contrariedad, y le da prioridad el principio, y medianía y medio, y ultimidad el fin y más la mayoridad, y ajustamiento la igualdad, y menos la minoridad. Todas las cuales cualidades que tienen la bondad de los otros principios fueron dadas de ellos y recibidas de ella para tener mayor cumplimiento en sí, porque sin todas estas virtudes y propiedades, la bondad fuera muy simple y muy inútil a la naturaleza criada" (69-70).

Sería de gran interés confrontar estas intuiciones, expuestas en un ropaje de tosco academicismo, con las ideas de la Antropología actual acerca de la movilidad interna de los conceptos, de las cualidades adherentes, de la relación de constitución existente entre los elementos que integran los seres naturales expresivos como el compuesto humano o la obra de arte (8). Este estudio pondría de manifiesto que, bajo la artificiosidad y rigidez de este modo de pensamiento, subyace un poder intuitivo muy digno de atención, por cuanto en él se asientan un puñado de principios metodológicos que echamos de menos en ciertos tratados modernos muy prestigiados merced a su presunto carácter científico.

Me refiero, por ejemplo, a la unidad de simplicidad y composición que resalta en toda la obra y, de modo singular, en el siguiente párrafo:

«[...] Y así el subieto, que es el cubo, abraza todas las extremidades de las calidades, total y parcialmente, sin falta ni sobra, siendo en él los principios simples en composición sin perder su simplicidad, la cual es fundamento de la composición, y sin ella no pudiera la composición ser en ningún modo; luego si hay simple y hay compuesto, necesariamente ha de haber el conjunto de ambos sin confusión para que haya plenitud de todas las diferencias de cualidades…».

En una época que confunde incomprensiblemente la pureza con el despojo y la simplicidad con la elementalidad, esta actitud intelectual de Juan de Herrera constituye una lección de ejemplar equilibrio. Ello explica que la atención del lector actual se sienta menos atraída hacia la labor de detalle que realiza el autor ‒deduciendo, por ejemplo, de la relación cúbica las nueve categorías del arte (87-104)‒, que hacia el espíritu de integración que lo impulsa a perseguir la plenitud de las significaciones. Si advierte, por ejemplo, la existencia de una forma determinada de tiempo, no se concede reposo hasta haber hallado todas las restantes, pues, de lo contrario, según sus propias palabras, «no hubiera plenitud de diferencias de duraciones» (100) (9).

Reposo, armonía y plenitud

Esta breve disertación herreriana, de lenguaje reposado y noble, colmado y bien medido , nos ofrece la clave para adivinar el ritmo interno que alentaba en el creador del real Monasterio de El Escorial. Al reposo a través de la armonía ganada dinámicamente en clima de plenitud: he aquí el manifiesto espiritual de Herrera. ¿Podría darse mejor fórmula para descifrar el eterno hechizo de una obra arquitectónica aparentemente estática y fría?

La lectura de este trabajo deja definitivamente en claro que la estructura del monasterio de El Escorial responde a una voluntad reflexiva y ferviente de integración y armonía, algo tan dinámico como es la generación interna de una figura geométrica que encierra en su seno la plenitud de dimensiones y correlaciones. Esta maravilla del mundo es fruto de una visión filosófica del cosmos equilibrada e integral, cualidades a las que siempre aspiró el mejor pensamiento hispano.

(1) Cf. o.c. (Editora Nacional, Madrid 1976).
(2) El autor vuelve una y otra vez sobre la idea de la plenitud correspondiente a cada ser natural. Acerca de la importancia decisiva del concepto de plenitud relativa en orden a entender la obra luliana y, por tanto, el sentido último del trabajo que aquí comento, da testimonio el párrafo que empieza así: «Entra en cada cosa la plenitud según su natura, porque no podemos decir que haya vacuidad de entender en la piedra, porque la obra intelectual no toca a la naturaleza de piedra (…)». (Cf. Juan de Herrera: Discurso de la figura cúbica [Plutarco, Madrid 1935] 48). En adelante, citaré siempre por esta edición y en el texto.
(3) Cf. Der Gegensatz. Versuch einer Philosophie des Lebendig-Konkreren (Mattias Grünewald, Mainz, 1950). Versión española: El contraste. Ensayo de una filosofía de lo viviente concreto (BAC, Madrid 1996). Véase, sobre este tema, mi obra: La verdadera imagen de Romano Guardini (Eunsa, Pamplona 2001) 173-241.
(4) Estos términos reproducen las letras finales de tres palabras latinas: ignificare (quemar, verbo), ignitivo (participio activo), ignificable (participio pasivo). El tivo es principio activo, el bile pasivo, y el are es la operación y unión de ambos. Herrera ejemplifica esto ampliamente a base del proceso generativo de la figura cúbica. Cf. o.c., 81-83.
(5) Por eso habla con frecuencia, por ejemplo, del "cubo del fuego", con sus tres elementos: ignitivo, ignificable, ignificare. Cf. o.c., 81.
(6) En la página 69 advierte el autor expresamente que su fin no consiste en dar noticia de todas las combinaciones que escribe Lulio en su Arte, sino sólo en «enseñar la penetración cúbica».
(7) Véase, por ejemplo, H. E. Hengstenberg: Philosophische Anthropologie (Kolhammer Verlag, Stuttgart, 1957).
(8) Véase en las páginas 102-103 un resumen apretado de la teoría de la integración desarrollada a lo largo de la obra. «De todo lo cual consta cómo por la plenitud cúbica se descubre la necesidad que hay en naturaleza de todos los predicamentos de Aristóteles y de los demás principios de Raimundo, que ha sido el fin principal para que hemos traído toda la doctrina del cubo ... »
(9) Recuérdense, por ejemplo, las frases en que define la sabiduría como una «firme fuerza aprehensiva de la verdad», y la gloria como aquello por lo que «las cosas tienen reposo, requiere y delectación, la cual corresponde a la grandeza, que por otro nombre se llama plenitud» (Cf. o.c., 31).

Alfonso López Quintás
16/01/2018

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.





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