EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

Conferencias y artículos

El acontecimiento decisivo del encuentro genera entre las personas una relación de presencia. Ofrezco seguidamente unos textos en los que expongo cómo para entrar en relación de presencia debemos conjugar una forma de inmediatez con otra de distancia. Condenso, de forma relativamente sencilla, las precisiones realizadas de manera precisa –y, por tanto, más exigente- en El triángulo hermenéutico (1) .


1. La vinculación de lo inmediato y lo mediato,
la cercanía y la distancia


“La filosofía actual –escribe Romano Guardini- tiende a rechazar la contraposición de sujeto y objeto. Bien es verdad que tuvo lugar aquí un excesivo mecanicismo, pero no debemos dejarnos arrastrar por una moda. Pues no es menos cierto que la contraposición, la distancia, la posibilidad de ver a lo lejos y de acercarse es algo esencial a nuestra relación con el mundo. Sin ello desaparece el fenómeno del encuentro”(2).

En la filosofía contemporánea se advierte cierta preocupación por precisar el sentido de los términos “inmediatez”, “distancia” y “presencia”. Según el filósofo francés Jean Wahl, profesor de la Sorbona, « la situación del hombre está caracterizada por la distancia (...)»(3) .

Heidegger vincula la “lejanía” y la “cercanía” de esta forma: “... El hombre, como un ser que existe trascendiendo constantemente hacia las posibilidades en que sobrenada, es un ser de lejanías (´ein Wesen der Ferne´). Sólo a través de los modos de distancia originaria que funda al trascender hacia todos los entes se instaura en la verdadera cercanía con las cosas” .(4) La preocupación por clarificar el tema de la relación entre cercanía, presencia y anulación de la distancia fue expresada por Heidegger en su conferencia “Das Ding” (La cosa):

“El apresurado anular las distancias no trae cercanía, pues la cercanía no consiste en una pequeña medida de distancia. Pequeña distancia no es ya cercanía. Gran distancia no es todavía lejanía. ¿Qué es la cercanía si, no obstante la reducción al mínimo de las mayores distancias, todo sigue lo mismo de lejano y de cercano? Todo queda asumido en una amorfa indistinción. Pero ¿no es acaso este aplastamiento en la indistinción más temible que la escisión de todas las cosas entre sí?"(5)

Este tema me preocupó tempranamente por jugar un papel decisivo en el intento de explicar la creatividad del hombre y su desarrollo como persona. A fin de clarificarlo cabalmente, dediqué algún tiempo a analizar los distintos modos de realidad que confluyen en la vida humana, y de modo especial aquellos que el pensamiento existencial denomina “inobjetivos” (ungegenständliche, K. Jaspers)(6) . Este detenido estudio me permitió llegar a tres conclusiones del mayor interés hermenéutico.

1. Cada modo de realidad pide ser expresado con un tipo de lenguaje adecuado. Si queremos conseguir tal adecuación, debemos con frecuencia tensionar nuestras formas de lenguaje para aumentar su capacidad expresiva y adensarlo de sentido.

2. La comprensión de los modos de realidad más elevados sólo es posible cuando se piensa “en suspensión” (in der Schwebe, Jaspers), de modo sinóptico, en bloque, con gran flexibilidad de mente. Este estilo de pensar va penetrando en el objeto de conocimiento a medida que se deja penetrar por él en un proceso de mutua potenciación, realizada conforme al esquema “apelación-respuesta”. La Estética de la creatividad subraya que el buen intérprete domina una obra en cuanto se deja dominar por ella, o dicho más exactamente: configura la obra al dejarse configurar por ella (7) . La Ética destaca que el hombre capta los valores al dejarse sobrecoger por su poder normativo. La Metafísica enseña que el hombre se abre a la realidad cuando despliega su personalidad apoyándose en la resistencia promocionante que ella le ofrece merced a su “poder último, posibilitante e impelente” (Xabier Zubiri) (8).

Sumergirnos en una realidad promocionante implica dar una respuesta positiva a una instancia que nos apela a participar en ella, asumiendo las posibilidades que ofrece. Cuando me sumerjo en el agua, quedo rodeado por ella, como elemento envolvente. Si me sumerjo para nadar, el hecho de quedar envuelto no implica por mi parte una actitud pasiva sino receptiva y activa a la vez. Acepto activamente la capacidad sustentante del agua y su resistencia, me adapto a esas condiciones del medio y realizo la actividad específica del nadar como forma concreta de juego creador. Sólo cuando hay correspondencia y ajuste entre la condición propia de la realidad envolvente y la actitud del que se mueve en su ámbito, se configura un campo de libre juego y se realiza una actividad humana dotada de sentido.

Cada tipo de realidad envolvente plantea determinadas exigencias que el hombre debe cumplir si desea que su inmersión en tal realidad dé lugar a una verdadera relación de encuentro y haga posible su despliegue personal y su libertad. Del modo peculiar de “envolver” al hombre el agua, el lenguaje, un estilo artístico, una obra de arte, una comunidad humana, un paisaje, un valor ético, una realidad religiosa... se derivan las actitudes específicas que el hombre debe adoptar ante esos diferentes modos de realidad. De ahí la necesidad de estudiar en pormenor las diversas formas de articulación que muestra el esquema “apelación-respuesta” en los diferentes niveles de actividad en que se mueve el hombre.

La relación reversible entre realidades que apelan y realidades que responden funda modos de vinculación y unidad que desbordan el dilema “o fusión o alejamiento” y superan los modos fusionales de unidad. El hombre responde cuando entra en relación de presencia con aquello que lo apela a través de elementos mediacionales.

3. Para advertir con precisión los diversos modos de presencialidad y potenciación mutua que pueden darse entre el sujeto y el objeto, se requiere un conocimiento bien articulado de lo que es e implica la “mediación”. Ello exige 1) poseer cierta práctica en el análisis de los diferentes modos de inmediatez, distancia y, por tanto, presencia que se dan entre el hombre y los seres del entorno; 2) advertir que, al hilo de los procesos dinámicos de conocimiento, las realidades que sirven de medios expresivos adquieren una singular transparencia o levedad, que les permite mediar vinculando; 3) no interpretar expeditivamente los elementos “mediacionales” -realidades que, al volverse transparentes, hacen posible al sujeto establecer una relación de presencia con la realidad mediacionada- como elementos “mediatizadores” -realidades que, al ser opacas, vinculan al sujeto cognoscente con la realidad mediatizada al tiempo que lo separan de ella-; 4. hacerse cargo –con Heidegger- de que hay formas de unidad-en-diversidad que superan cualitativamente a las formas de unidad de mera identidad fusional; 5. no tomar indiscriminadamente como modélicos los modos pre-conscientes de unidad, riesgo en que la Hermenéutica actual se guarda muy bien de caer (9).

La comprensión a fondo de estos puntos exige tener una idea muy clara de las distintas formas que hay de inmediatez, distancia y presencia en la vida humana. A fin de conseguirla, configuré una serie de “triángulos hermenéuticos”, para apoyo de la imaginación, en los que se hace patente cómo la integración de una forma determinada de inmediatez con otra de distancia da lugar a un modo particular de presencia (10).

2. Necesidad de situarse a la distancia justa

Si se acerca demasiado la cámara a una realidad, ésta se desdibuja, no se la puede reconocer. Situémonos ante un cuadro. Acerquemos la cámara hasta pegar los ojos al lienzo. Esa cercanía excesiva nos hace perder de vista el cuadro. Alejemos la cámara hasta que el cuadro se quede reducido a un punto indistinto en la lejanía. Tampoco ahora lo vemos como obra artística. Para contemplar un cuadro y entrar en relación de presencia con él, se necesita hallar el punto medio entre la fusión y el alejamiento. En ese punto estamos a la distancia justa para tener una perspectiva sobre el cuadro y entrar con él en relación creadora de diálogo y presencia.

Este sencillo ejemplo nos indica que el encuentro no se da automáticamente con el mero anular las distancias. Eso acontecería si fuera un fenómeno propio del plano de los objetos. Pero los objetos no se en¬cuentran; se yuxtaponen o chocan. El cuadro que deseo contemplar no es un mero objeto, aunque tenga una vertiente material y, por tanto, objetiva. Es un centro de iniciativa con el que debo colaborar, entreverando mis posibilidades con las que él me ofrece. Ese entreveramiento no puede darse si me empasto con el cuadro. Puedo decir: «Me encantan Las Meninas. Me las como a besos». Y me acerco al cuadro hasta tocarlo. Pero el afán de comer algo a besos es, más bien, posesivo, y, si quiero poseer el cuadro, no entro en colaboración con él; lo pongo a mi servicio (nivel 1). Es posible que quiera empastarme con el cuadro no para poseerlo sino para sumergirme en él y perderme románticamente. Esa fusión difuminadora de límites me priva de mi identidad personal, mi independencia, mi capacidad de ofrecer unas posibilidades y recibir otras. Me quita toda posibilidad de encuentro con el cuadro. Me uno al cuadro como objeto (nivel 1), y me alejo de él como ámbito (nivel 2).

Para contemplar un cuadro hay que entrar en juego con él, y para hacer juego se requiere estar cerca pero a cierta distancia. Esa posición de cercanía a distancia se llama respeto. Debo, por una parte, respetar la autonomía del cuadro, su independencia, su carácter originario y su poder de iniciativa, y, por otra, no abdicar de mi condición de sujeto autónomo y activo.

Si, en vez de querer unirme ardorosamente al cuadro, adopto la actitud contraria, que es la indiferencia, opto por alejarme de él. Al estar alejado, no entro en relación. Para entreverarse dos realidades, deben ser distintas, pero no extrañas; deben estar cerca, pero no fusionadas; han de hallarse a distancia, mas no alejadas. Esa distancia fecunda no entraña alejamiento sino perspectiva.

Tener perspectiva es indispensable en todo juego

Esa perspectiva ha de ser entendida en un doble sentido: físico y lúdico. Para ver las formas de un cuadro y la composición que las engarza debemos situarnos en el punto adecuado, a fin de poder contemplar el conjunto. Para captar el sentido de esa trama de formas es ne¬cesario verlas insertas en el mundo al que pertenecen y en el que juegan su papel expresivo. Si quiero entrar en ese mundo, debo tomar distancia respecto a este cuadro concreto y verlo sobre el telón de fondo de un horizonte más amplio que él.

Entro en el comedor del antiguo convento de los dominicos de Milán. Sobre la pared del fondo se extienden las trece figuras de La última cena, de Leonardo da Vinci. Quedo prendado de la fuerza expresiva de cada una de esas imágenes, arracimadas en grupos de a tres en torno al Maestro. Me sitúo a la distancia adecuada para contemplar la magna obra. A primera vista destaca en ella la figura serena de Jesús, pero a su alrededor se agitan doce personas en actitud de nervioso suspense. Parecen preguntar algo. Intuimos que esa pregunta constituye el sentido nuclear del cuadro. ¿Qué debemos hacer para ahondar en el enigma de esos gestos interrogativos? Tomar otro tipo de [distancia]i: una distancia que nos permita hacer juego con el cuadro.

La escena plasmada en el cuadro debemos verla como un momento especialmente intenso del proceso espiritual vivido en la Última Cena del Señor con sus discípulos. Jesús ocupa la presidencia, y Juan Evangelista se halla a su lado. Al correr de la cena, Jesús anuncia a sus discípulos que va a ser entregado por uno de ellos. Tal revelación les sacude el ánimo. Discuten entre sí sobre quién será el traidor, y piden a Juan que se lo pregunte directamente al Maestro. Esta conmoción psicológica de los discípulos es el tema básico de la obra. No está en su centro el misterio eucarístico, como en tantas pinturas bizantinas o románicas. Es un aspecto de la vida humana lo que pasa a primer plano, como era de esperar de la época renacentista en que fue concebida la obra (11).

Al tomar los dos tipos de distancia -la física y la espiritual-, captamos en todo su alcance la obra de Leonardo, nos hacemos presentes a ella, la vemos en su génesis, como si se estuviera gestando.

La "distancia de perspectiva" y la voluntad de colaboración

Es sorprendente la luz que el análisis de la presencia y el encuentro arroja sobre las cuestiones decisivas de la vida humana: cuestiones estéticas, éticas, psicológicas, religiosas... La adivinación de esta fecundidad nos anima a proseguir nuestro estudio y reformular de nuevo la pregunta que hicimos anteriormente: ¿Cómo puedo mantener el equilibrio de estar cerca de una realidad pero a cierta distancia?

Me es fácil conseguirlo si deseo colaborar con tal realidad (nivel 2). Me resul¬ta imposible si intento dominarla o bien perderme en ella (nivel 2). Si quiero per¬derme, me fusiono, me empasto, me embriago, me entrego pasivamen¬te para ser dominado. Si mi afán es dominar algo, me alejo para tenerlo bajo control. Por el contrario, cuando tengo voluntad de colaborar, me uno a la otra realidad, entro en relación de juego con ella, y, para que tal juego sea posible, la respeto en lo que es y en lo que está llamada a ser y realizar.

La presencia pide equilibrio entre inmediatez y distancia

Lo que hemos visto hasta ahora puede condensarse de forma trans¬parente en las formulaciones y figuras siguientes:

Ámbito + ámbito = encuentro

Cuando una realidad que es un ámbito está en presencia de otro ámbito tiene lugar el encuentro. La presencia con una realidad se produce si se está cerca a cierta distancia.

Inmediatez + distancia = presencia

La relación de equilibrio posición supone un punto de equilibrio entre dos extremismos, que son la fusión y el alejamiento:


EL ENCUENTRO Y LA PRESENCIA

Si la inmediatez se hace tan grande que degenera en fusión o empastamiento, no colabora con ninguna forma de distancia. Al unirnos de esta forma con una realidad, perdemos toda perspectiva respecto a ella, y no logramos hacérnosla presente y encontrarnos. La degeneración de la inmediatez es la fusión. «Quisiera licuarme y derramarme en tus venas», dice el amante a la amada en un poema de Manuel Machado. Esta frase es muy expresiva, pero falsa en su misma raíz. Si diluyo mi ser y me pierdo en el tuyo, no logro la perfección de mi amor hacia ti; dejo de amarte, porque amar significa entreverarse con otra persona, crear con ella un campo de juego, tender hacia las mismas metas, comprometer la propia vida con la suya, adoptar ideales comunes. Y todo ello exige una personalidad recia, bien definida, capaz de tomar iniciativas responsablemente. La iniciativa básica que toma el que ama es la de abrirse al ser amado, crear con él un ámbito común de expansión. Tener una personalidad bien definida no significa estar recluido en sí egoístamente. Todo lo contrario. Es la condición para tener la fortaleza de espíritu que permite acercarse y guardar las distancias al mismo tiempo.

También la distancia puede desmadrarse y convertirse en alejamiento. Si se aleja, el hombre pierde contacto con la realidad a la que ha de unirse, y hace imposible la presencia y el encuentro.

La degeneración de la distancia es el alejamiento

Estos análisis nos advierten que no podemos hablar de inmediatez y distancia de forma imprecisa, sin matizar de qué tipo concreto de inmediatez y distancia se trata. Tienen un valor y un sentido muy distintos una relación de inmediatez difusa, vaga y empastante, y una inmediatez que posee toda la lucidez que le da la toma de distancia.

Abro la radio y oigo una obra musical desconocida. Me enfrasco en la audición, me sumerjo en la obra como en una piscina, me dejo llevar por sus ritmos, canto internamente sus melodías, vibro con sus armonías, me convierto espiritualmente en la obra oída. Hay como una especie de fusión de mi ser en la obra. ¿Puedo decir al final que me he encontrado con ella? No del todo. Pero echo mano de la partitura, y la analizo, y descubro el secreto de mil pormenores que me llamaron la atención: ciertas modulaciones, algunos efectos armónicos sorprendentes... A continuación oigo de nuevo la obra. Vuelvo a entrar en relación de vecindad e inmediatez con ella, pero no me pierdo en sus avenidas; la sobrevuelo, porque conozco su estructura y sus recursos técnicos.

Esa capacidad de sobrevolar lo que acontece en la obra es la «dis¬tancia de perspectiva». Estoy cerca de la obra, pero no empastado; me mantengo a distancia, pero no me alejo. Más bien al contrario; ahora es cuando me entraño de verdad en la obra. Estoy en el justo medio, cerca y a cierta distancia.

Todo conocimiento pide distancia de perspectiva

Esta posición equilibrada es decisiva para todo tipo de conocimiento. Lo expuse ampliamente en la obra El triángulo hermenéutico (12) . Un triángulo presenta, en el vértice izquierdo de la base, la inmediatez; en el derecho, la distancia, y en el superior, la presencia.




EL ENCUENTRO Y LA PRESENCIA

No podemos ir directamente del vértice 1º al 3º, de la inmediatez a la presencia; ni del 2º al 3º, de la distancia a la presencia. Ambos vértices, inmediatez y distancia, deben conjuntarse y complementarse para ascender juntos a la relación de presencia.

Existe actualmente la tendencia a pensar que, para unirnos de verdad a una realidad, debemos empastarnos con ella. En consecuencia, se teme que cuanto significa análisis reflexivo aleje de la unión. El gran filósofo y dramaturgo Gabriel Marcel murió –en edad avanzada- con la amargura de no lograr armonizar la avidez de la unión y la sobriedad del análisis. El estudio que estamos haciendo nos permite resolver esta dificultad. Cuanto más deseo unirme a una realidad, más debo respetarla en lo que es y en lo que está llamada a ser.

El respeto impide el avasallamiento y la fusión. Nos sitúa en la distancia justa para conocer y amar: estar cerca a cierta distancia. Al unir ambas relaciones, se funda un espacio de libertad, de libre juego, en el cual se gana una forma superior de inmediatez, un modo más elevado de estar cerca de algo: es la integración, el intercambio de posibilidades. Justo, este intercambio es la presencia.


1. Cf. O.cit., Editora Nacional, 1971, págs 59-111.
2. Cf. Begegnung und Bildung, Edit. Werkbund, Würzburg 1956, p. 13.
3. Cf. Traité de Métaphysique, Payot, Paris 1957, p. 508.
4. Cf. Von Wesen des Grundes, Klostermann, Frankfurt 21995.
5. Vorträge und Aufsätze (Conferencias y artículos), Neske, Pfullingen 1959, p. 163.
6. Este análisis tomó cuerpo -según queda dicho- en las obras Metodología de lo suprasensible (Madrid 1963) y El triángulo hermenéutico, Madrid 1971.
7. Cf. Estética de la creatividad. Juego. Arte. Literatura, Rialp, Madrid 31991, págs. 100ss. Véase, asimismo, Inteligencia creativa, BAC Madrid 4200, 3ª ed., págs. 105ss.
8. La afinidad estructural entre la experiencia estética, la ética, la metafísica y la religiosa la expongo con cierta amplitud en La experiencia estética y su poder formativo, Universidad de Deusto, Bilbao 2010, 3ª ed., págs. 389-412.
9. El tema de la mediación lo trato con cierta amplitud en la Metodología de lo suprasensible, págs.293-441; El triángulo hermenéutico, págs. 30-119; Cinco grandes tareas de la filosofía actual. La ampliación de la experiencia filosófica, Gredos, Madrid 1977, págs. 7-119; 160-167.
10. El triángulo hermenéutico, págs. 59-111. Cómo articular la inmediatez y la distancia para conseguir una relación de presencia lo expongo en la obra Inteligencia creativa, págs. 154-159.
11. Cf. Herwegen, I.: Iglesia, Arte, Misterio, Cristiandad, Madrid 1960.
12. Cf. O. cit., págs. 73-111.



Alfonso López Quintás
09/05/2011

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.





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