EL ARTE DE PENSAR. Alfonso López Quintás







Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

NIEBLA
de MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)

A fin de penetrar en el mundo ambiguo y sugerente que nos describe Unamuno en esta obra, expresivamente denominada Niebla, dediquemos unos minutos de reflexión a plantearnos las siguientes preguntas:

1. ¿En qué nivel de realidad nos desarrollamos las personas: en el del dominio y manejo (nivel 1), o en el del respeto, la estima y la colaboración (nivel 2)?
2. ¿Por qué al movernos en el nivel 1 sentimos desconcierto y vacilación, como si camináramos entre la niebla?
3. ¿Cuál es la actitud que nos otorga autoestima, conciencia de vivir una vida responsable, segura, de contornos precisos?
4. ¿En qué sentido podemos afirmar que los personajes de las obras literarias se independizan del autor?


METODO LÚDICO-AMBITAL DE ANÁLISIS LITERARIO
I. Contextualización

Niebla fue publicada en 1914. (Citaré, indicando las páginas en el texto, por la edición de Espasa-Calpe, de 1982). Su elaboración fue posterior a las conmovedoras experiencias espirituales que vivió Unamuno en 1897. El ambiente de la castellana y universitaria Salamanca y la preocupación por las cuestiones últimas de la existencia humana, que centran la atención del Unamuno del Diario íntimo (Alianza Editorial, Madrid 1970), constituyen los elementos básicos que estructuran esta densa novela.

Unamuno realizó esfuerzos denodados durante este período de su existencia por elevarse al nivel de la realidad que confiere sentido pleno a la vida del hombre (nivel 4). Debido, entre otras razones, a la falta de una metodología filosófica adecuada a dicho nivel, Unamuno adivinó la existencia del mismo pero no llegó a configurar una concepción precisa de su modo peculiar de realidad y sus características fundamentales. Tal modo de visión en claroscuro lo interpretó como una especie de caminar inquieto a través de la niebla.

Esta situación personal nebulosa adquirió un singular dramatismo al verse inmerso Unamuno, hacia 1931, en la “niebla histórica de nuestra España, de nuestra Europa y hasta de nuestro universo humano”. El trauma espiritual del exilio -en Fuerteventura, París y Hendaya- confinó a Unamuno -tan arraigado en el hogar adoptivo de Castilla- en una especie de tierra de nadie en la que apenas lograba realizar un verdadero juego creador y, consiguientemente, alumbrar la luz necesaria para clarificar el sentido de las cosas y los acontecimientos. Esta situación oscilante, propia del exiliado político, creó en el ánimo de Unamuno un clima de confusión.

Tal sentimiento de vacilación e inseguridad se acrecentó al abordar un complejo tema estético que le hacía vibrar hondamente y que había ocupado su atención al recrear en 1905 la vida de Don Quijote y Sancho: la relación entre el autor y su obra, la independencia de ésta respecto a aquél, la realidad propia de los entes de ficción, la capacidad de iniciativa que éstos albergan en el proceso de gestación de la obra.

«Los Don Quijotes y Sanchos vivos en la eternidad -que está dentro del tiempo y no fuera de él; toda la eternidad en todo el tiempo y toda ella en cada momento de éste- no son exclusivamente de Cervantes ni míos, ni de ningún soñador que los sueñe, sino que cada uno les hace revivir. Y creo por mi parte que Don Quijote me ha revelado íntimos secretos suyos que no reveló a Cervantes, especialmente de su amor a Aldonza» (21).

Unamuno se inclina a pensar que la obra literaria no es una realidad opaca, hecha de una vez para siempre, sino más bien el fruto de la instauración de un campo de juego creador entre una persona y una vertiente especialmente valiosa de la realidad, vertiente que no se halla incrustada de modo rígido en un momento determinado del espacio y del tiempo. Ello le permite adoptar frente a su obra Niebla una actitud creadora en el momento de la reedición (1935) y rehacerla íntimamente, revivirla.

«Que el pasado revive; revive el recuerdo y se rehace. Es una obra nueva para mí, como lo será de seguro para aquellos de mis lectores que la hayan leído y la vuelvan a leer de nuevo»(19).

Para captar todo el alcance de Niebla será útil al lector leer el capítulo « Génesis del agonismo religioso de Unamuno» , en mi obra Cuatro filósofos en busca de Dios, Rialp, Madrid 2003, 4ª ed., págs.61-139.


II. Argumento

Augusto Pérez es un hombre lúcido, pero indeciso y poco creativo en sus actitudes. Se deja fascinar por una joven atractiva, Eugenia, que se convierte en una especie de faro, merced al cual logra entrever, a través de la “niebla espiritual”, una meta que dé sentido a su vida. Augusto, demasiado atenido a la tutela materna, carece de una personalidad definida y se siente indefenso al faltarle el apoyo de su madre. Desea encontrar seguridad. La busca en el amor a Eugenia, pero ésta no es una persona creativa: considera la práctica del arte musical como un mero medio de subsistencia. Tampoco es creativo, en principio, Víctor, el amigo a quien Augusto adopta como consejero en cuestiones de amor. Augusto adopta una actitud manipuladora en su trato con la planchadora, Rosarito, a la que toma como medio para desahogar su afectividad represada. Siente nostalgia por una vida auténticamente espiritual, pero no accede de hecho a ella. Intenta reducir a Eugenia a objeto de experimentación psicológica, y acaba viéndose burlado por ella y su verdadero novio, Mauricio. Esta prueba significa para Augusto un renacimiento. Víctor toma distancia y opina que nuestra vida es una comedia que representamos ante nosotros mismos. El autor de la obra, Unamuno, entra en juego para plantear de modo dramático el gran tema de la realidad propia de los entes de ficción. Para mostrar el tipo singular de autonomía que adquieren los personajes, vive la experiencia sorprendente de que una de sus criaturas, Augusto, se rebela contra él.


III. Tema

¿Qué tipo de realidad tenemos las personas? El ser que recibimos de nuestros padres no se desarrolla plenamente mediante principios internos de regulación, como sucede con el vegetal y el animal. En buena medida, debemos nosotros configurarlo. ¿Nos realizamos debidamente al dominar y manipular a las demás personas, o, más bien, al respetarlas y comprometernos con ellas en tareas valiosas? Solemos entrever que es lo segundo, pero la tendencia al egoísmo nos lleva a querer dominar a los demás como si fueran meros objetos.

La frustración que se deriva de esta actitud nos insta a reflexionar sobre nuestro modo de realidad. Tenemos la capacidad de ser libres -en la doble vertiente de “libertad de maniobra” y “libertad creativa”-, pero no somos dueños de nuestro ser. Si pensamos lo contrario, nos desorientamos, andamos a tientas en la oscuridad, y nuestra persona parece difuminarse y perder consistencia. Los hombres estamos llamados a tener iniciativa, pero no albergamos en nosotros el fundamento último de nuestro ser. Éste nos viene dado, y hemos de ajustar nuestra conducta a las leyes de su desarrollo. Al hacerlo, todo queda ajustado y bien ordenado, se pone en verdad, alcanza su máxima dignidad. Y se llena de luz, de una luz que disipa toda niebla de confusión y nos permite volver del exilio a nuestro verdadero hogar. El hogar verdadero del hombre es el encuentro.


IV. Trama de ámbitos que tejen la obra

Fascinación y niebla

Augusto Pérez, el protagonista, se nos muestra desde el primer momento como un hombre lúcido, que gusta de entregarse a frecuentes y largas cavilaciones, y logra intuir en alguna medida la necesidad de superar la actitud objetivista, manipuladora, interesada (nivel 1), pero carece de una meta en la vida que oriente su actividad y la impulse (nivel 3).

«Abrió el paraguas por fin y se quedó un momento en suspenso y pensando: y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿tiro a la derecha o a la izquierda?» (27).

Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida.

«Esperaré a que pase un perro -se dijo- y tomaré la dirección inicial que él tome» (27).

Augusto prefiere la contemplación incomprometida (nivel 1) a la creación de juego, que es fuente de luz y de belleza (nivel 2). La forma de belleza que Augusto admiraba era la de las formas estáticas. Molesto por tener que abrir el paraguas para guarecerse de la lluvia, exclama:

«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas (...), tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de ser comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males» (27).

Esta falta de creatividad explica que Augusto se deje fascinar por la vista de una “garrida moza” que cruza ante él por la calle. «Tras de sus ojos se fue, como imantado y sin darse cuenta, Augusto» (27). La fascinación es una forma de vértigo que suele tener lugar cuando una persona adopta ante la vida una actitud poco creativa, afanosa de ganancias inmediatas, propia del nivel 1. A su vez, la experiencia de vértigo amengua peligrosamente la creatividad y, consiguientemente, la sensibilidad para los valores y la capacidad para captar el sentido de cosas y acontecimientos.

Nada ilógico que, para Augusto, la vida sea una nebulosa, “una inmensa niebla de pequeños incidentes” (31), trama de acontecimientos entrelazados cuyo sentido, cuando existe, no sale a plena luz y no organiza ni estructura la multitud de hechos que pueblan la existencia. Todo parece constituir un capricho del azar, impenetrable a una visión lógica, racionalizadora. Y de este océano de ambigüedad y azarosidad surge la figura de Eugenia.

Augusto, sensible a los fenómenos lúdicos y a los modos de realidad que se fundan en el juego de la vida, advierte enseguida que la figura de la joven que acaba de conocer no es algo que se halle del todo hecho; se irá fraguando a medida que se incremente el trato mutuo. Por falta de creatividad, Augusto expresa esta idea desde una perspectiva individualista:

«¡Mi Eugenia, sí, la mía -iba diciéndose-, ésta que me estoy forjando a solas, no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!» (31).

Constantemente observamos en esta obra la oscilación de Unamuno entre diversos niveles de realidad y, por tanto, entre diversas actitudes humanas no conciliables. Esta imprecisión responde a la falta de una teoría precisa de las realidades ambitales o ámbitos, realidades abiertas que no se reducen a meros objetos.

Tal pendulación permite comprender que un hombre para quien la vida es una niebla tenga, sin embargo, lucidez suficiente para adivinar el profundo enigma del buscar y el hallar, enigma que late bajo la corriente transcendental, desde Platón, Plotino, San Agustín y Fichte hasta los pensadores contemporáneos preocupados por el tema del “preguntar” (M. Heidegger, K. Jaspers, G. Marcel, E. Coreth...).

«¿Y quién es Eugenia? Ah, caigo en la cuenta de que hace tiempo la andaba buscando. Y mientras yo la buscaba, ella me ha salido al paso. ¿No es esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una aparición que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su busca, se le viene al encuentro?” (31-32).

Recuérdese la relación que se da entre el buscar y el encontrar en todas las experiencias humanas: la estética, la ética, la metafísica, la religiosa (1).

A pesar de que la relación de Augusto y Eugenia todavía no presentaba el menor carácter creador, el mero hecho de tener a alguien a quien seguir y buscar confería a la vida del joven una dirección, un norte, un esbozo, siquiera mínimo, de sentido.

«... ¡Gracias a Dios que sé a dónde voy y que tengo a dónde ir! Esta Eugenia es una bendición de Dios» (33).

Esta especie de imantación de la atención no significa todavía una auténtica “ambitalización”, la configuración de la personalidad de Augusto, desleída en la trama de actos inconexos, no polarizados en torno a una realidad personal vista y tratada como tal. Esa desvinculación convierte la vida bullente en una “niebla espiritual”, que no permite a Augusto advertir que Eugenia está pasando ante sus ojos.

«Y siguieron los dos, Augusto y Eugenia, en direcciones contrarias, cortando con sus almas la enmarañada telaraña espiritual de la calle. Porque la calle forma un tejido en que se entrecruzan miradas de deseo, de envidia, de desdén, de amor, de odio, viejas palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos, toda una tela misteriosa que envuelve las almas de los que pasan»(33).

La multitud de ámbitos que se entrecruzan y potencian o anulan forman una tela confusa si falta ese principio organizador que es la voluntad creadora de juego. Esta circunstancia confiere al término “niebla” su sentido dramático. Augusto entrevé todo el poder creativo del hombre en su vida cotidiana, pero apenas adopta una actitud creadora y se mueve en una zona intermedia de duermevela, de atención difractada, a medio camino entre lo personal y lo infrapersonal. La red de ámbitos que el hombre va colaborando en su vida a fundar y en los cuales se ve inmerso constituyen un campo de juego y de iluminación para el que adopta una actitud creativa, y forman una maraña casi impenetrable, confusa y desconcertante para el que camina sin rumbo por falta de ímpetu creador.


METODO LÚDICO-AMBITAL DE ANÁLISIS LITERARIO
Diversas formas de niebla

El término “niebla” presenta en esta obra sentidos diversos, unidos por un significado común: el carácter impreciso, oscuro, vaporoso, del campo vital en que los personajes se mueven. No debemos arriesgarnos a dar una definición exacta de algo que el autor dejó de propósito flotando en la ambigüedad. Lo procedente es ir acotando el tipo de realidades o acontecimientos que desea sugerir Unamuno cuando moviliza dicho vocablo. La conversación de Margarita, la portera de Eugenia, es calificada de “nebulosa, cotidiana” (34). Los ojos de Eugenia son considerados exaltadamente por Augusto como una “yunta de estrellas en mi nebulosa” (34), “dulce resplandor de estrellas mellizas en la niebla” (35). Seguidamente, “nebuloso” es emparejado con fortuito y azaroso, lo azaroso y fortuito para los hombres, porque, según Augusto, para el Ser Supremo esta vida nebulosa, aparentemente fortuita, tal vez responda a una lógica estricta (35).

La lógica del juego de la vida no admite vuelta atrás. El tiempo pasa inexorablemente, pero perdura en el nivel creador.

«¡Oh, ayer, tesoro de los fuertes! ¡Santo ayer, sustancia de la niebla cotidiana!» (35).

El pasado ofrece campos de posibilidades de juego a través de los innumerables ámbitos y tramas de ámbitos que nos lega. Si nuestra actitud no es lo bastante creativa para asumir activamente tales posibilidades lúdicas, esa red de ámbitos se espesa y aparece como una malla tupida que apenas deja pasar la luz; mejor dicho, apenas engendra luz, pues el sentido se alumbra para los hombres en el juego instaurador de ámbitos. En este caso, el ayer se presenta como “sustancia de la niebla cotidiana”.

El hombre accede a la luz del conocimiento a través de la acción creativa dentro de un campo de realidad en el que se halla instalado, no “arrojado”. Esta instalación es fuente primaria de conocimiento. Ello explica la interacción enigmática, fecundísima, de amor y conocimiento, buscar y encontrar.

«Tal vez mi amor ha precedido a su objeto. Es más, es este amor el que lo ha suscitado, el que lo ha extraído de la niebla de la creación”. “¿Y cómo me he enamorado si en rigor no puedo decir que la conozco? ¡Bah!, el conocimiento vendrá después”. “Y para amar, ¿qué basta? ¡Vislumbrarlo! El vislumbre; he aquí la intuición amorosa, el vislumbre en la niebla”. “Luego viene el precisarse, la visión perfecta, el resolverse la niebla en gotas de agua o en granizo o en nieve o en piedra» (37).


Niebla y tedio

Vivir en la niebla no significa estar sumido en las tinieblas de una actitud puramente objetivista; alude a la posición inestable, dramática, del hombre que adivina la existencia de realidades superiores en flexibilidad y posibilidades creadoras a los meros objetos -realidades manipulables, delimitables, asibles-, pero no logra vivir entre ellas como en su “elemento” y captarlas con la debida precisión. Esta posición tensa, intermedia entre el plano objetivista (nivel 1) y el lúdico-ambital (nivel 2), explica que Augusto, por una parte, ataque el utilitarismo y defienda la actividad creativa desinteresada, y afirme, por otra, que el fondo de la vida es “aburrimiento”, fenómeno contrario al impulso creador. Del piano afirma Augusto que su mayor encanto radica en que no sirve para nada utilitario, sino para “llenar de armonía los hogares” (39). La armonía es producida por un entreveramiento de ámbitos en el seno de una experiencia estética, que muestra todas las características del éxtasis, de la elevación de quien la realiza a lo mejor de sí mismo. Toda experiencia extática suscita sentimientos de gozo y, en su medida colmada, de entusiasmo. El entusiasmo sigue, como la sombra al cuerpo, a toda conciencia de plenificación conseguida mediante la asunción activa de posibilidades de juego valiosas.

El sentimiento de entusiasmo se opone polarmente al de tedio. Resulta por ello, chocante que Augusto confiese a continuación que “el aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor”.

«La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce (40). (...) El caso es que he estado aburriéndome sin saberlo, y dos mortales años..., desde que murió mi santa madre» (40).

La filosofía actual concede gran importancia hermenéutica al concepto de tedio, pues la sensación de aburrimiento se produce cuando el hombre desciende a un nivel infracreador. El antídoto del tedio no es, por tanto, la distracción, el “divertissement” pascaliano, la disipación del espíritu y la dispersión de la mente. Esta salida en falso prorroga el problema, pero no lo resuelve. Tomar las realidades del entorno como medios para evitar el aburrimiento cierra toda vía de auténtica solución, ya que tal forma de reduccionismo anula en los seres del entorno la capacidad creativa, la única que sobrevuela el tiempo del reloj, lo configura y domina, evitando así de raíz el fenómeno deprimente del tedio.

Considerar el aburrimiento como el fondo de la vida humana -concepción inspirada, sin duda, en autores como Arthur Schopenhauer- es justo si se alude a modos de vida que se desarrollan en niveles infracreativos (niveles 1, -1, -2…), pero no si hablamos de los que se despliegan en los planos de realidad que vislumbra a menudo Augusto (niveles 2, 3, 4).

Idéntico origen puede atribuirse también a la adivinación de que “la esencia del mundo es musical”. A esta sugestiva idea no le saca Unamuno el debido partido por limitarse a subrayar en la música el fenómeno del ritmo y a vincularlo con el amor (41). No destaca el carácter creador de orden, de formas, de ámbitos y entreveramientos de ámbitos que ostenta la música, rigurosamente entendida. Y no resulta extraño, por cuanto la manifestación de Augusto acerca de la música venía sugerida por una pieza tocada en un organillo, instrumento que rebosa gracia popular pero carece de poder creativo al estar dominado por resortes mecánicos (2).

El hombre falto de creatividad no configura el tiempo, no lo estructura en formas llenas de sentido, no le confiere la levedad que es característica de toda estructura. El tiempo, entonces, pierde relieve y se reduce a una sucesión de instantes que se desplazan implacablemente los unos a los otros. Lo sugiere Augusto en su diálogo -mejor, monólogo- con su perro.

«¡Qué vida ésta, Orfeo, qué vida sobre todo desde que murió mi madre! Cada hora me llega empujada por las horas que le precedieron; no he conocido el porvenir. Y ahora que empiezo a vislumbrarlo, me parece se me va a convertir en pasado. Eugenia es ya casi un recuerdo para mí. Estos días que pasan..., este día, este eterno día que pasa..., deslizándose en niebla de aburrimiento. Hoy como ayer, mañana como hoy. Mira, Orfeo, mira la ceniza que dejó mi padre en aquel cenicero...» (50).

El tiempo carece de toda cualificación, se nivela, empasta y adensa como una masa amorfa cuando es visto como un continente vacío donde el hombre consume inactiva¬mente sus horas de espera. Augusto observa que la vida va sencillamen¬te discurriendo, pero él no crea el futuro, no lo anticipa de modo creador mediante el esbozo de proyectos existenciales. De ahí que el tiempo resulte insufriblemente homogéneo, falto de todo relieve, como una niebla envarante que todo lo oprime y achica, al modo de una “terrible eternidad” (50), es decir, de un tipo de tiempo que se resiste a pasar, pues no lleva a ninguna parte y se hace intolerablemente largo.

Cuando el hombre no vive creativamente y se mueve en un nivel de temporalidad que es mera decurrencia, sucesión plana, puntual, de instantes que se acosan los unos a los otros, no consigue dar a su personalidad un mínimo de solidez y relieve. El ser de la propia persona parece distenderse, deshilacharse, perderse como una bruma inconsistente.

«Muchas veces se me ha ocurrido pensar, Orfeo, que yo no soy yo, e iba por la calle antojándoseme que los demás no me veían» (50).

Esta radical inseguridad enfrenta a Augusto con las preguntas más acuciantes de la metafísica: “¿Por qué ha de haber algo?”, “¿Qué es creación”, “¿Qué soy yo?” (50). Estas preguntas, a su vez, ponen sobre el tapete la cuestión del nexo entre ficción y realidad y de la posible influencia mutua de las realidades en orden a la constitución cabal de cada una. He aquí los temas fundamentales que Unamuno quería clarificar a través del “campo de iluminación” instaurado por la obra Niebla.

NOTAS

(1) Lo explico ampliamente en la obra La experiencia estética y su poder formativo, Universidad de Deusto, Bilbao, 2010, 3ª ed., págs.353-413.
(2) Sobre estos temas puede verse mi obra Poder formativo de la música. Estética musical, Rivera Editores, Valencia 2010, 2ª ed.

Alfonso López Quintás
04/04/2013

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.





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