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Reseñas

La especie espiritual. Por qué las creencias son parte de la naturaleza humana
Ficha Técnica

Título: La especie espiritual. Por qué las creencias son parte de la naturaleza humana
Autor: Melvin Konner
Edita: Editorial Almuzara, Córdoba, 2020
Traducción: Óscar Mariscal
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 250
ISBN: 978-84-18089-05-3
Precio: 19,95 euros

“No creo que la fe vaya a desaparecer, ni creo tampoco que deba hacerlo”. Desde la Introducción a su obra, Melvin Konner deja clara su postura. Hace ya un par de siglos que autorizadas voces vaticinan que la religión y la fe se evaporarán y se esfumarán, pero no es ese el pensamiento del autor de este interesante libro.

Konner pretende entender la fe, sus fundamentos en los genes y en la actividad fisiológica del cerebro, su desarrollo durante la infancia, su profundo trasfondo evolutivo, sus innumerables variedades culturales e históricas, sus relaciones con la moral y sus muchos roles en la vida humana.

Este es el objetivo del libro y lo que se desarrolla, admirablemente bien, en sus páginas. Hay que tener muy presente que términos como fe, religión, religiosidad, espiritualidad se barajan continuamente en ellas y, sin ser términos sinónimos, sí tienen amplios campos en común que permiten la comprensión de las intenciones y explicaciones de Konner.

Por supuesto, se parte de la base de que cada uno es libre de creer en lo que quiera, ya que es una parte esencial de la civilización, que incluye, naturalmente, la libertad de fe. Sí constata el autor que, en el norte de Europa, la religión convencional es ahora una cultura minoritaria, aunque no así la espiritualidad. Algo natural: a medida que los países se modernizan y se enriquecen, mejora el estado de bienestar, sus habitantes viven más y mejor mientras que la religiosidad decrece; parece que son los países menos desarrollados los más religiosos.

Por su parte, los ateos, concretamente los ateos beligerantes, atacan la fe porque rechazan la idea de que nuestras acciones a veces pueden estar legítimamente motivadas por algo que no sea la pura razón; el ateísmo, pues, pese a su racionalidad, ha tomado un giro fundamentalista que intenta excluir las demás formas de creencias. El autor, que se declara ateo, pretende con este libro comprender científicamente la religión y hacer una defensa atea de ella, como parte de la naturaleza humana, como muchos piensan; porque hay quienes niegan una “naturaleza humana”.

Naturaleza de la religión

Y de eso va la obra. “Este libro trata de la naturaleza de la fe, un conjunto de inclinaciones e ideas evolucionadas, biológicamente fundadas, psicológicamente íntimas y socialmente fuertes que, aun no siendo universales, están tan extendidas y profundamente arraigadas que, en mi opinión, la fe nunca desaparecerá”. Y eso porque Konner cree que la religión es parte de la naturaleza humana y que su futuro depende de tendencias competitivas en el proceso de evolución biológico-cultural.

Partiendo de su experiencia personal, el autor nos ofrece, inicialmente, una breve reseña de su propia trayectoria a través de sus encuentros con autores, ideas, tendencias, religiones, etc. Así, cuenta cómo hoy la teología y la metafísica prosperan en algunos círculos, aunque, sin embargo, han perdido sus milenarias guerras de conquista para alcanzar su estatus actual, en los que influyen pero ya no gobiernan.

¿Y qué ocurrió con el alma, con su alma, la sede de la fe y de la creencia? Pues llega a la conclusión de que el alma es más bien el producto del efecto de la interacción de los circuitos cerebrales, los flujos y reflujos corporales y las vicisitudes de la vida.

Ciencia de la religión

Hay que hablar de la ciencia de la religión, cuyos inicios establece en la obra Las variedades de la experiencia religiosa, publicada en 1902 por el fundador de la psicología moderna, William James. Partiendo de los presupuestos de James, que examina con detenimiento, Konner nos lleva a visitar las posturas de pensadores como Jung y Freud, con sesudos análisis de sus planteamientos, que resultan del mayor interés, para, seguidamente, ahondar en las variedades de la experiencia religiosa, antes de dedicarse a intentar entender qué ocurre en el cerebro cuando de religión se trata, como producto de la evolución.

Toca, pues, abordar el origen de las religiones; Konner arranca de la afirmación de Émile Durkheim de que los totems de los aborígenes australianos pueden explicar el origen de la religión y explone su propia experiencia personal entre los san, tribu del noroeste de Botswana a orillas del desierto del Kalahari, una experiencia a la que acude recurrentemente a lo largo de la obra.

Antes de que James, Jung y Freud abordaran los aspectos comunitarios de la fe, lo hicieron los científicos sociales, de los que Edward Tylor es el fundamentalmente estudiado, con un discreto acercamiento a Bronislaw Malinowski.

El mapa de Dios

¿Podemos hablar de un mapa de Dios? Konner lo hace. Nos dice: “nadie versado en la ciencia del cerebro se tomaría en serio la idea de que la religiosidad pueda residir en un punto. Esto podría hallarse en un circuito que uniera muchos puntos”. Desde luego, sería del mayor interés preguntarse cómo el cerebro genera estados religiosos o espirituales y, para intentar hallar una respuesta, se exponen una serie de experimentos sociológicos, llevados a cabo con el mayor rigor científico. Aquí se consideran las bases cerebrales de una presencia o poder superior sentida; de visiones inspiradoras como la música o voces; de la aceptación de ideas religiosas; de la comunión con Dios y de la oración; de la sensación de ser sanado tras rezar pidiéndolo; de las experiencias de la meditación o del ritual; … Un amplio recorrido con un resultado final similar: una mayor sensación de unidad con los mundos naturales y sobrenaturales.

La cuestión es que hay una serie de sustancias capaces de activar las regiones del cerebro para producir efectos similares con estados alterados del conciencia. Konner habla aquí de sustancias más cotidianas, como el tabaco o el alcohol y el chocolate, la coca o el betel, y de otras más conocidas en el entorno chamánico, como son el peyote, el hachís, la marihuana, el cánnabis o la ayahuasca entre otras.

Todo lo cual plantea interesantes interrogantes a los que el autor intenta dar explicación. ¿Cómo pueden los ritos chamánicos, especialmente los llevados a cabo bajo la influencia de sustancias alucinógenas, arrojar luz sobre las actuales religiones mayoritarias, teniendo en cuenta que los actuales estudios muestran similitudes entre la espiritualidad inducida por sustancias y las del tipo más convencional? La respuesta puede ser que hay otros métodos, además de las drogas, para cambiar el cuerpo y el cerebro. Hay quien dice que los circuitos cerebrales son como antenas de Dios que nos llevan a ellos: “El hecho de que los alucinógenos usen neuronas de serotonina debería ayudarnos a determinar las vías espirituales del cerebro: el mapa de Dios”.

Religión y cerebro

En cualquier caso, resume Konner, la investigación cerebral sobre la religión confirma que: 1) La religión no es solo cognitiva, sino también emocional, social, corporal y mística; 2) La amplia variedad de la experiencia religiosa implica el solapamiento de diferentes circuitos cerebrales; y 3) La religión puede, en principio, ser explicada, pero no diluida con nuestras explicaciones.

“Los neurocientíficos buscan, y a veces encuentran, espiritualidad y fe en circuitos cerebrales y sustancias químicas; entretanto, las investigaciones realizadas por psicólogos, antropólogos y filósofos muestran cómo se ha formado la religión, no solo en el cerebro, sino también la mente”. Con estas líneas aborda Konner un nuevo capítulo de su obra, para acercarnos al concepto de religión; él la ve como una propiedad emergente de la función cerebral humana, que surge de una compleja interacción de las capacidades cognitivas, emocionales y sociales humanas para convertirse en un todo que es más que la suma de sus partes: adaptativa y, por tanto, seleccionada por derecho propio, durante la mayor parte del pasado humano. Dicho esto, ¿cómo la definiría? Sus palabras: “un conjunto de compromisos y experiencias apasionadas, y a menudo comunales, con agentes y fuerzas sobrenaturales que no requieren de una explicación basada en evidencias de la experiencia ordinaria”. Muy claro y contundente.

¿Adoctrinamiento?

Seguidamente, Konner nos propone un planteamiento de gran envergadura. Alude a Richard Dawkins, quien afirma que etiquetar a un niño de cuatro años con la religión de sus padres es abuso infantil, ya que el niño es demasiado joven para tener puntos de vista religiosos. La cuestión, claro, es saber si la religiosidad es algo innato o surge por el adoctrinamiento. Y Dawkins es benigno en sus afirmaciones, si las comparamos con las de Nicholas Humphrey, quien compara la enseñanza de cualquier fe a los niños con la mutilación genital femenina y el infanticidio ritual.

¿Qué pasaría si los niños fueran criados sin adoctrinamiento religioso? Pues que la mayoría de esos niños crecerían normalmente sin creencias religiosas, aunque muchos afirman ser espirituales. Sin embargo es evidente que la religiosidad, definida de manera diversa, está grabada en el cerebro y este se desarrolla.

Investigaciones llevadas a cabo con metodología científica muestran que la religión posee un moderado componente genético. Aunque sorprenda, algo tan sujeto a influencias personales como la religión o la espiritualidad es moldeado por los genes.

Tras analizar los posicionamientos de autoridades como Piedmont, Mark Leach, Rican o Janosova, Konner recapitula: “Tenemos evidencias de una dimensión espiritual con una heredabilidad del 30 al 40%, vinculada con circuitos cerebrales y neurotransmisores conocidos, y relevante en sujetos con un bajo nivel de creencia religiosa convencional; tal vez una dimensión de personalidad en sí misma”.

Está claro que aún queda mucho por aprender, pero sí se puede afirmar que el simple adoctrinamiento no puede explicar la complejidad del desarrollo religioso; es cierta la influencia del adoctrinamiento, pero también hay que tener presentes otros condicionantes: genes, apego positivo y negativo, imaginación, individualidad, estados alterados de conciencia, crisis de identidad, valores familiares, compañeros y búsqueda, etc. Aunque es normal que surja una pregunta: si existen aspectos innatos de la espiritualidad, ¿por qué están ahí?

Origen de la religión

Konner nos habla de varias teorías sobre el origen de la religión, para tratar de responder a esa pregunta: la religión es una adaptación evolutiva para controlar la ansiedad y la depresión; que mejoró la cohesión grupal y fue favorecida por la selección grupal; que dio a algunos individuos control sobre el grupo; o que no es más que un subproducto de nuevos poderes cognitivos que tenían un valor adaptativo que la fe no tenía. Todas ellas teorías que pueden ser parcialmente ciertas. En definitiva, gran parte del pensamiento actual sobre los orígenes de la religión tiene su fundamento en las sociedades que se encuentran en el registro antropológico. Y, seguidamente, el autor nos ofrece un acertado bosquejo de la historia religiosa.

Se ha hablado mucho sobre si la religiosidad hace a las personas más sinceras y más cooperativas, o si la religión tiene efectos positivos sobre la enfermedad y la salud, además de inspirar a quienes nos cuidan; o, también, si quienes se manifiestan religiosos, son más felices y más caritativos. Al parecer, esto es así. Y si es así, si la fe ayuda, entonces no es solo una droga adormecedora del pueblo, sino que puede resultar un alimento para el futuro de la gente.

¿Y en vez de religión, qué? Pensar que los productos que la ciencia u otros de diferente origen pueden ocupar el lugar de la fe, revela una visión empobrecida de la religión. Porque, como dictamina Kunner, “puede usted enumerar tantas como desee, pero no hallará nada que satisfaga la necesidad humana de comprometerse con algo que, realmente, le dé un sentido más amplio a la vida como la religión para muchos. Critíquela tanto como guste, pero ¿eliminarla? No lo creo posible”.

Como cierre de su trabajo, el autor nos ofrece en un concentrado epílogo una serie de conclusiones, ya expresadas a lo largo de la obra, pero que ahora presenta como un apretado resumen de todo su contenido. Su lectura es obligada; pero adelantamos algunas: “¿Qué es lo que creo que sucederá? El número de no creyentes crecerá debido a la evolución cultural”, pero “no veremos el fin de la fe. Las inclinaciones religiosas están arraigadas en la naturaleza humana: evolucionadas, desarrolladas y parcialmente codificadas en genes que construyen circuitos cerebrales”; “predigo un equilibrio en el que una minoría sustancial será convencionalmente religiosa, muchos serán religiosos o espirituales poco convencionales, y habrá una minoría sustancial de ningunos [alude a quienes, en las encuestas, no se encuadran en alguna de las opciones que se les presentan]”; “la búsqueda de un sentido para la vida no tiene por qué ser religiosa”. Son solo unas pocas ideas, pero que, con seguridad, invitarán al lector a introducirse en las páginas de esta apasionante obra.

Concluyendo

El tema abordado en este libro de Melvin Konner es sumamente atractivo. Y el autor se encarga de que el interés inicial que despierta se mantenga a lo largo de toda la obra. Su estilo, tan cercano, lleno de experiencias personales y de descripciones de investigaciones sociológicas llevadas a cabo y que sustentan sus tesis, hacen que la lectura resulte amena e instructiva; lo que no es óbice para que algún capítulo revista un carácter más técnico por la abundancia de datos sobre nuestro cerebro, cuya lectura pueda resultar un poco más complicada. Pero, de lo que no cabe duda, es de que el argumentario de su hipótesis de trabajo es sólido, muy sólido, aunque, lógicamente, puede no ser compartido.

Índice

Introducción

I. Encuentros
II. Variedades
III. Formas elementales
IV. El mapa de Dios
V. Cosechando la fe
VI. Convergencias
VII. ¿Buena para pensar?
VIII. La voz del niño
IX. Asombro en evolución
X. ¡Gracias al cielo!
XI. ¿Y en vez de religión, qué?

Epílogo

Apéndice: Para saber más

Agradecimientos


La especie espiritual. Por qué las creencias son parte de la naturaleza humana
Notas sobre el autor

MELVIN KONNER es profesor de Antropología y Biología del comportamiento en la Universidad de Emory. Tras su paso por el Brooklyn College, obtuvo el doctorado y, más tarde, el doctorado en Medicina en Harvard, donde dio clase antes de trasladarse a Emory. Durante dos años vivió en Botswana, donde estudió a los cazadores-recolectores !kung san. Aparte de sus más de diez libros (incluyendo The Tangled Wing: Biological Constraints on the Human Spirit, Becoming a Doctor y The Evolution of Childhood), ha escrito para el New York Times, Newsweek, Psychology Today y New York Review of Books, así como para Nature, Science, New England Journal of Medicine, Child Development y otras publicaciones. Ha recibido becas de investigación de las fundaciones Guggenheim y Fulbright y del Centro de Estudios Avanzados en Ciencias del Comportamiento. Ha comparecido en el Senado de los Estados Unidos en relación a la reforma del sistema sanitario; ha dado conferencias sobre humanidades médicas en las facultades de medicina de Yale, la Clínica Mayo y Vanderbilt; y ha conferenciado sobre medicina evolutiva, la evolución de la infancia y otros temas en universidades de todo el mundo. Miembro de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, ganó el premio Antropología en los Medios de la Asociación Antropológica Estadounidense.


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21/11/2020 Comentarios






Redacción T21
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