Reseñas
La humanidad de Jesús
Juan Antonio Martínez de la Fe , 12/11/2016
Ficha Técnica
Título: La humanidad de Jesús
Autor: José M. Castillo
Edita: Editorial Trotta, Madrid, 2016
Colección: Estructuras y Procesos
Serie: Religión
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 144
ISBN: 978-84-9879-631-5
Precio: 14 euros
José María Castillo tiene un blog en el que va desgranando su pensamiento cuando se enfrenta a las realidades de cada día. Son mensajes cortos, pero muy clarificadores porque, con un lenguaje sencillo, no exento de rigor, nos presenta una forma novedosa de plantearnos cuestiones de enorme calado. Y este libro que presentamos viene a recoger una de sus líneas argumentales más frecuentes, ofreciéndonos un recorrido a modo de variaciones sobre el tema, de manera que, al finalizar su lectura, tenemos una idea muy clara de su propuesta y contamos con los argumentos necesarios para sostenerla.
Ya en la Introducción nos plantea su proposición. En primer lugar, que es erróneo pensar que, para exaltar lo divino, es necesario sacrificar lo humano; un pensamiento que ha traído como consecuencia que el asunto de Dios no haya tenido las mejores relaciones con las aspiraciones, apetencias y anhelos de los humanos.
En segundo lugar que, en los primeros siglos del cristianismo, la gran dificultad no estuvo en la aceptación de la divinidad de Jesús, sino en la aceptación de su humanidad. La cuestión que plantea en esta obra es que “solo es posible alcanzar la plenitud de lo divino en la medida en que nos empeñemos por lograr la plenitud de lo humano”. Y, puesto que ese empeño por alcanzar la plenitud de lo humano es algo que supera las posibilidades del ser humano, cuando nos encontramos a alguien profundamente humano, nos asombramos y desconcertamos.
Las religiones, tradicionalmente, han procurado el superar lo humano, divinizarlo en cierto sentido, por lo que no es raro encontrar en su seno personas profundamente religiosas y profundamente inhumanas. De esto tenemos ejemplos sobrados. Y no fue eso lo que pretendió Jesús, un hombre profundamente humano, comprometido con la humanidad representada en cada uno de aquellos que se acercaron a él. De ahí que lo que se pide a la Iglesia es que se acuerde del Maestro, que lo tenga presente de verdad, que asuma su proyecto de vida.
Dicho esto, el autor nos propone un recorrido a lo largo de nueve capítulos, que cierra con una conclusión. Y, tratándose de lo que aborda el libro, el punto de arranque es Lo humano.
Lo humano
Lo que nos plantea Castillo es que la gran realidad es que somos humanos, lo que nos lleva a manifestarnos siempre con ese condicionamiento, un condicionamiento que nos iguala. De ahí que pensar o admitir que hay quienes son más humanos que otros por el hecho de ostentar una dignidad, rompe la armonía social. Trasladado al terreno de lo religioso, aceptar que alguien tiene una superioridad en cuanto a lo humano por autodeclararse representante de Dios, nos lleva a anteponer la divinidad a lo humano; lo real, lo auténticamente real, es que somos humanos. Y “la penosa historia de la guerra de religión, de la Inquisición, de muchas privaciones o limitaciones de la libertad, de la resistencia a cualquier forma de ilustración, … todo eso no ha sido sino la penosa historia de las mil fracturas de la realidad que han brotado al romperse la homogeneidad de lo real”. Dios no deja de ser, por tanto, sino la torpe representación que los mortales nos hacemos del Trascendente; lo sagrado es una construcción humana y lo divino, por definición, no está a nuestro alcance.
Somos, pues, humanos con todas sus consecuencias. Pero, con toda naturalidad, surge la pregunta: ¿Qué es lo que nos hace humanos? Para dar respuesta a la cuestión, Castillo se apoya en hechos científicos suficientemente aceptados, recorriendo en rápidas pinceladas la historia de la evolución. Nos dice que la evolución humana no proviene únicamente de la selección natural y el azar, sino también y muy principalmente, de nuestra capacidad simbólica, que es la que nos diferencia realmente de los otros seres vivos. El crecimiento de nuestro cerebro nos lleva a desarrollar una doble inteligencia: la tecnológica y la social y fue esta segunda la que principalmente determinó ese crecimiento cerebral. Continúa explicándonos cómo la comunicación lingüística, destacado logro humano, nos ha servido para transmitir conocimientos, pero que la comunicación social es la que nos permite participar experiencias; y son estas experiencias de transmisión de tradiciones, costumbres, formas fundamentales de vida y gestión de las relaciones humanas junto a la convivencia en sus más variadas manifestaciones, las que nos realizan como entes humanos. Ahora bien: la evolución tecnológica y la social no se han desarrollado paralelamente; más bien se han ido separando, de manera que la primera ha producido progreso, un progreso que nos ha llevado al ahondamiento de las desigualdades sociales, económicas, a la jerarquía social vertical y al poder despótico; mientras que la segunda, apoyada en la comunicación simbólica, nos lleva a prestarnos a la relación, al encuentro, al agrado mutuo, la sensibilidad hacia lo que hace felices a los demás, ayuda a quienes la necesiten, el diálogo y la bondad. Concluye que hablar de la humanidad de Jesús equivale a hablar, no solo de su condición terrena, sino que se destaca su forma o estilo de vida, a todo lo que se opone a la dominación sobre la tierra.
Dios y lo humano
¿Podemos Encontrar a Dios en nuestra humanidad? Parte el autor de la premisa de que el hombre comenzó a ser religioso cuando sintió miedo; se encuentra ante un ser superior que lo domina y que lo trasciende. Pero, claro, todo lo que nosotros pensamos o decimos de Dios, lo hacemos desde nuestra humanidad, desde nuestra inmanencia, por lo que lo trascendente escapa de nuestra experiencia. Siendo esto así, surge la figura del intermediario entre Dios y nosotros, una persona que lo representa y exige del ser humano sumisión; y el poder de este intermediario se manifiesta en una serie de ritos y rituales protocolizados, porque se parte de la base de que a Dios no se le encuentra en la relación con lo humano, sino en el sometimiento a lo divino; lo que tiene su origen en la idea de que lo humano está viciado por el pecado, por lo que únicamente sometiendo nuestra humanidad podemos encontrar a Dios. Por lo que concluye que “Desde una teología que presenta así lo humano y nuestra relación con lo divino, se nos hace extremadamente difícil, más aún, imposible, enterarnos y sobre todo comprender lo que es el Evangelio, lo que nos enseña el Evangelio y lo que Jesús de Nazaret representa en nuestras vidas y en la vida, gobierno y actividad de la Iglesia”.
Aparece Pablo
Y ¿desde cuándo comenzó a ser esto así en la Iglesia? El problema empezó con Pablo. En efecto: los escritos iniciales que manejaron los primeros cristianos no fueron los Evangelios, sino las epístolas paulinas. Pablo no conoció al Jesús terrenal; tuvo él una visión del Señor resucitado y glorioso, planteando una religión basada en la redención para la otra vida y no en la forma de vivir de Jesús que nos narran los Evangelios, una religión centrada en esta vida, con la esperanza en la plenitud de la resurrección futura, pero siempre empezando por la humanización de este mundo. De esto se sigue que Pablo se tuvo que ver enormemente difucultado para entender a Jesús y, en última instancia, para entender a Dios, el Dios que nos dio a conocer Jesús. La fe y la salvación tal y como se presentan en los Evangelios, se relacionan sobre todo con problemas y preocupaciones propias de esta vida, concretamente y de modo especial, con el sufrimiento humano. Pese a ello, ha sido Pablo más determinante y ha marcado más a la Iglesia que el propio Jesús y, aunque el Vaticano II manifieste que la Iglesia tiene como centro los Evangelios, de nada sirve si no se aplican las consecuencias de tal aserto.
Parece, pues, que hay una especie de confrontación entre Jesús y Pablo. Castillo nos presenta tres cuestiones sobre las que existe discrepancia, al menos aparente, entre lo que defendieron ambos: la dignidad de la mujer, la homosexualidad y la esclavitud. En unas páginas densas, el autor hace un recorrido por la historia de estas tres cuestiones en la Iglesia. Pablo habla del sometimiento de la mujer al hombre, se refiere a la moral sexual y admite la esclavitud, lo que contrasta con lo que nos cuentan los Evangelios del trato que Jesús dispensa a las mujeres, su silencio cuasi total respecto a la moral sexual y el sentido de libertad. Sin embargo, bien a las claras está a cuál de estas dos actitudes sigue la Iglesia. ¿Por qué sigue teniendo más peso en la Iglesia Pablo que Jesús?
La religión
Tiene mucho que ver con la situación de Pablo y la religión. Hay quienes piensan que lo importante es la religión y que los Evangelios son una parte más de esta, de la religión, cuando la realidad es que Jesús vivió un enfrentamiento mortal con la establecida, aun siendo Él profundamente religioso. El tema de Dios es primordial en cualquier religión y Pablo creía en el Dios justiciero, que reclamaba víctimas rituales, haciendo al pecado el centro de su teología de salvación. Por el contrario, el Dios que nos presenta Jesús es un Dios que nos salva, sanando al que sufre, no sacrificando a la víctima. El Dios de Jesús es un dios que da vida, salud y felicidad; el Dios de Pablo odia al pecado, mientras que el de Jesús ama al pecador. Dice Castillo: “el centro de las preocupaciones del Dios de Pablo es el pecado, que rompe nuestra relación con lo divino, mientras que el centro de las preocupaciones del Dios de Jesús es el sufrimiento, que rompe nuestra relación (gratificante y positiva) con lo humano”. De lo que se deriva que la ética paulina lo es del pecado, mientras que la ética de Jesús lo es del delito en el más amplio sentido de la palabra, abarcando conceptos que, no constituyendo pecado en el sentido moral, sí infringen normas humanas y sociales.
Y fruto de esta manera de entender y enfocar sus planteamientos, nace la relación de Pablo y la Iglesia . En un capítulo corto, Castillo incide en las ideas ya expuestas, y nos hace reflexionar sobre el hecho de que las primeras iglesias, reuniones de cristianos, no conocieron a Jesús y, dado que la redacción de los evangelios es posterior a su existencia, tenían como guía las epístolas de Pablo, quien tampoco conoció al Jesús terrenal, sino que hace su teología a partir de su visión del Señor resucitado que se le apareció. Así, tenemos que los pilares de la teología cristiana se edificaron prescindiendo de la humanidad de Jesús, un hecho cuyas graves consecuencias aún no conocemos. De las creencias que tan profundamente vivió Pablo y de la religiosidad que practicó ¿qué iglesias podían brotar? Con toda seguridad Iglesias con más religión que humanidad.
Religión y humanidad
El autor nos ofrece una propuesta clara sobre el concepto de reino de Dios en Pablo y en Jesús; para el primero, este tema parece no haberle interesado mucho; para Jesús, era, ante todo, aliviar el sufrimiento humano, el amor sin límites de Dios a los menospreciados y marginados, a los pobres, las mujeres, los pecadores y los samaritanos. Para Pablo, lo central y determinante del Reino consiste en lo moralizador, no en lo que nos humaniza, en imponer obligaciones y deberes y no en remediar el sufrimiento de la gente. Influido por el estoicismo y el gnosticismo, en el dualismo que enfrenta a Dios y lo espiritual con la carne, Pablo se centra en regular la sexualidad, mientras que Jesús no habla de ella, situación que perdura aún en nuestros días en la Iglesia; Pablo condenó los pecados contra la castidad, pero no condenó las injusticias que se cometían con los esclavos, las mujeres, los niños. En cuanto al problema de Dios, reitera Castillo que Pablo era un judío creyente y fiel, rayando incluso en el fanatismo, por lo que su concepto de la divinidad era el del Antiguo Testamento: Dios de una religión en la que la relación con Él exige la suprema deshumanización; nada que ver con el Dios padre de bondad y amor que nos reveló Jesús. Este Dios paulino solo admite la redención a través del sacrificio de una víctima, un sacrificio ritualizado, de donde la Iglesia de Cristo tiene que ser una institución religiosa que, mediante su autoridad y el culto sagrado, es decir, una autoridad competente y unos ceremoniales religiosos controlados por dicha autoridad, hará efectiva la redención de todos los mortales. Dos términos fundamentales que caracterizan la actual Iglesia: autoridad y culto ritualizado, todo lo contrario de la propuesta de Jesús, quien no soportó las pretensiones de poder ni estableció ningún ritual paraentablar contacto con Dios: Dios quiere misericordia y no sacrificios. Los rituales sobre los que se detiene brevemente Castillo son el bautismo y la cena del Señor, mientras comenta que, con frecuencia, el seguimiento de los ritos produce un efecto adormecedor en la conciencia de los creyentes, que se piensan justificados en su inactividad ante la miseria y el dolor de los seres humanos.
Seguir a Jesús
De Jesús al descrédito humano. Es este el último capítulo de este más que interesante y profundo libro. En él, Castillo nos plantea una cuestión fundamental: el verdadero seguimiento de Jesús no se encuentra en el cumplimiento de unas normas morales y a través de unos rituales; ni siquiera en la preocupación o disquisiciones teológicas y filosóficas sobre Dios o sobre el mismo Jesús. El verdadero seguimiento de Jesús está en pasar del ser al hacer, es decir, en la acción, en llevar a la práctica en la vida el modelo que Él nos dio con su ejemplo. Estos párrafos del propio autor sintetizan su pensamiento: “se puede ser profundamente religioso. Pero religioso de otra forma. De una manera distinta. No porque queremos inventar. Sino porque queremos recuperar. Recuperar ¿qué? Nuestra propia humanidad. A partir del mandamiento que nos dio Jesús: Encontrarás a Dios en cada ser humano que te encuentres en la vida. […] Se comprende que tengas preguntas y oscuridades sobre Dios. Lo que no se comprende es que, por un puñado de dinero, de poder o de ridícula importancia, dejes en la cuneta del camino lo mejor y lo más importante que tenemos: ser humanos”. En otras palabras, escuchadas a otro filósofo y teólogo, Manuel Fraijó: hay que ser más testigo que técnico.
La obra se cierra con una Conclusión, que lleva por título Una pregunta apremiante. Tras dejar expresa constancia de que es un autor católico, que ama a la Iglesia, Castillo nos invita a una pregunta apremiante, pero que, a su vez, encierra un extenso elenco de cuestiones que invitan a la reflexión y a la meditación. Son preguntas que están en la calle, en nuestra sociedad, acerca de la Iglesia, de la cristología, del vivir cristiano. Él aventura hipótesis. En manos del lector está la reflexión, el aceptarlas o, quizás, proponer alternativas. Pero sin olvidar nunca el núcleo de su pensamiento: la importancia de ser humano.
Por supuesto, para plantear sus conclusiones el autor parte de unas premisas que no siempre son compartidas, con lo que los resultados a los que llega podrían ser otros si se admiten unos principios diferentes. Dicho esto, hay que destacar que, en todo momento, Castillo justifica de manera muy razonada y explicada las bases en las que se apoya. Bases ampliamente aceptadas y sólidamente fundamentadas en el rigor científico y filosófico.
Quizás, el siguiente texto, extraído de una reciente aportación en su blog, nos ayude a entender su preocupación y dedicación: “Se comprende, por todo esto, mi creciente interés, mi incontenible preocupación por la fe en lo humano. Y es que la gran paradoja que aquí descubrimos, consiste en que la mayor dificultad que arrastramos los mortales no es la resistencia para creer en “lo divino”, sino la pertinaz dureza y el insistente rechazo para aceptar “lo humano”. Esto, ni más ni menos, es lo que explica por qué tanta gente, si se trata de gente muy religiosa, es ese tipo de persona a la que no le gusta hablar de Jesús, sino que prefiere hablar siempre de Cristo, de Jesucristo, del Señor o incluso de Nuestro Señor Jesucristo. Y es que Jesús es el nombre humano de aquel sencillo artesano galileo de la humilde aldea de Nazaret. Eso nada más. Mientras que Cristo es el título del Mesías Salvador. Un título que se solemniza cuando (además) de él se dice que es el Señor o incluso Nuestro Señor. Aquí, ya no hablamos de lo humano, sino de lo más solemnemente divino. Lo que tanto les gusta a los clérigos en sus sermones. Y no digamos, a los obispos en sus solemnes misas pontificales, cuando parece que los fieles están casi tocando lo divino con sus manos”.
Concluyendo
Nos encontramos ante un libro que recoge el pensar y sentir de una persona que ha profundizado a lo largo de los años en los estudios especializados sobre la Iglesia y sobre la figura de Jesús y su significado. Su lectura nos parece no solo recomendable, sino casi necesaria para entender cómo el cristianismo en general y la Iglesia en particular ha llegado a la actual situación de alejamiento de la sociedad. Y, sobre todo, de la figura y las enseñanzas de Jesús.
El estilo de José María Castillo es muy directo y, especialmente, didáctico. Nos va llevando paso a paso, capítulo a capítulo, de manera muy pedagógica para alcanzar las conclusiones a las que él ha llegado. Al propio tiempo, nos va aportando documentadamente los entresijos de la historia y del pensamiento a través de los siglos que nos han llevado y traído a la actual situación.
Índice
Introducción
1. Lo humano como punto de partida
2. ¿Qué es lo que nos hace humanos?
3. Encontrar a Dios en nuestra humanidad
4. El problema empezó con Pablo
5. Jesús y Pablo
6. Pablo y la religión
7. Pablo y la Iglesia
8. Iglesias con más religión que humanidad
9. De Jesús al descrédito de “ser humano”
Conclusión. Una pregunta apremiante
Título: La humanidad de Jesús
Autor: José M. Castillo
Edita: Editorial Trotta, Madrid, 2016
Colección: Estructuras y Procesos
Serie: Religión
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 144
ISBN: 978-84-9879-631-5
Precio: 14 euros
José María Castillo tiene un blog en el que va desgranando su pensamiento cuando se enfrenta a las realidades de cada día. Son mensajes cortos, pero muy clarificadores porque, con un lenguaje sencillo, no exento de rigor, nos presenta una forma novedosa de plantearnos cuestiones de enorme calado. Y este libro que presentamos viene a recoger una de sus líneas argumentales más frecuentes, ofreciéndonos un recorrido a modo de variaciones sobre el tema, de manera que, al finalizar su lectura, tenemos una idea muy clara de su propuesta y contamos con los argumentos necesarios para sostenerla.
Ya en la Introducción nos plantea su proposición. En primer lugar, que es erróneo pensar que, para exaltar lo divino, es necesario sacrificar lo humano; un pensamiento que ha traído como consecuencia que el asunto de Dios no haya tenido las mejores relaciones con las aspiraciones, apetencias y anhelos de los humanos.
En segundo lugar que, en los primeros siglos del cristianismo, la gran dificultad no estuvo en la aceptación de la divinidad de Jesús, sino en la aceptación de su humanidad. La cuestión que plantea en esta obra es que “solo es posible alcanzar la plenitud de lo divino en la medida en que nos empeñemos por lograr la plenitud de lo humano”. Y, puesto que ese empeño por alcanzar la plenitud de lo humano es algo que supera las posibilidades del ser humano, cuando nos encontramos a alguien profundamente humano, nos asombramos y desconcertamos.
Las religiones, tradicionalmente, han procurado el superar lo humano, divinizarlo en cierto sentido, por lo que no es raro encontrar en su seno personas profundamente religiosas y profundamente inhumanas. De esto tenemos ejemplos sobrados. Y no fue eso lo que pretendió Jesús, un hombre profundamente humano, comprometido con la humanidad representada en cada uno de aquellos que se acercaron a él. De ahí que lo que se pide a la Iglesia es que se acuerde del Maestro, que lo tenga presente de verdad, que asuma su proyecto de vida.
Dicho esto, el autor nos propone un recorrido a lo largo de nueve capítulos, que cierra con una conclusión. Y, tratándose de lo que aborda el libro, el punto de arranque es Lo humano.
Lo humano
Lo que nos plantea Castillo es que la gran realidad es que somos humanos, lo que nos lleva a manifestarnos siempre con ese condicionamiento, un condicionamiento que nos iguala. De ahí que pensar o admitir que hay quienes son más humanos que otros por el hecho de ostentar una dignidad, rompe la armonía social. Trasladado al terreno de lo religioso, aceptar que alguien tiene una superioridad en cuanto a lo humano por autodeclararse representante de Dios, nos lleva a anteponer la divinidad a lo humano; lo real, lo auténticamente real, es que somos humanos. Y “la penosa historia de la guerra de religión, de la Inquisición, de muchas privaciones o limitaciones de la libertad, de la resistencia a cualquier forma de ilustración, … todo eso no ha sido sino la penosa historia de las mil fracturas de la realidad que han brotado al romperse la homogeneidad de lo real”. Dios no deja de ser, por tanto, sino la torpe representación que los mortales nos hacemos del Trascendente; lo sagrado es una construcción humana y lo divino, por definición, no está a nuestro alcance.
Somos, pues, humanos con todas sus consecuencias. Pero, con toda naturalidad, surge la pregunta: ¿Qué es lo que nos hace humanos? Para dar respuesta a la cuestión, Castillo se apoya en hechos científicos suficientemente aceptados, recorriendo en rápidas pinceladas la historia de la evolución. Nos dice que la evolución humana no proviene únicamente de la selección natural y el azar, sino también y muy principalmente, de nuestra capacidad simbólica, que es la que nos diferencia realmente de los otros seres vivos. El crecimiento de nuestro cerebro nos lleva a desarrollar una doble inteligencia: la tecnológica y la social y fue esta segunda la que principalmente determinó ese crecimiento cerebral. Continúa explicándonos cómo la comunicación lingüística, destacado logro humano, nos ha servido para transmitir conocimientos, pero que la comunicación social es la que nos permite participar experiencias; y son estas experiencias de transmisión de tradiciones, costumbres, formas fundamentales de vida y gestión de las relaciones humanas junto a la convivencia en sus más variadas manifestaciones, las que nos realizan como entes humanos. Ahora bien: la evolución tecnológica y la social no se han desarrollado paralelamente; más bien se han ido separando, de manera que la primera ha producido progreso, un progreso que nos ha llevado al ahondamiento de las desigualdades sociales, económicas, a la jerarquía social vertical y al poder despótico; mientras que la segunda, apoyada en la comunicación simbólica, nos lleva a prestarnos a la relación, al encuentro, al agrado mutuo, la sensibilidad hacia lo que hace felices a los demás, ayuda a quienes la necesiten, el diálogo y la bondad. Concluye que hablar de la humanidad de Jesús equivale a hablar, no solo de su condición terrena, sino que se destaca su forma o estilo de vida, a todo lo que se opone a la dominación sobre la tierra.
Dios y lo humano
¿Podemos Encontrar a Dios en nuestra humanidad? Parte el autor de la premisa de que el hombre comenzó a ser religioso cuando sintió miedo; se encuentra ante un ser superior que lo domina y que lo trasciende. Pero, claro, todo lo que nosotros pensamos o decimos de Dios, lo hacemos desde nuestra humanidad, desde nuestra inmanencia, por lo que lo trascendente escapa de nuestra experiencia. Siendo esto así, surge la figura del intermediario entre Dios y nosotros, una persona que lo representa y exige del ser humano sumisión; y el poder de este intermediario se manifiesta en una serie de ritos y rituales protocolizados, porque se parte de la base de que a Dios no se le encuentra en la relación con lo humano, sino en el sometimiento a lo divino; lo que tiene su origen en la idea de que lo humano está viciado por el pecado, por lo que únicamente sometiendo nuestra humanidad podemos encontrar a Dios. Por lo que concluye que “Desde una teología que presenta así lo humano y nuestra relación con lo divino, se nos hace extremadamente difícil, más aún, imposible, enterarnos y sobre todo comprender lo que es el Evangelio, lo que nos enseña el Evangelio y lo que Jesús de Nazaret representa en nuestras vidas y en la vida, gobierno y actividad de la Iglesia”.
Aparece Pablo
Y ¿desde cuándo comenzó a ser esto así en la Iglesia? El problema empezó con Pablo. En efecto: los escritos iniciales que manejaron los primeros cristianos no fueron los Evangelios, sino las epístolas paulinas. Pablo no conoció al Jesús terrenal; tuvo él una visión del Señor resucitado y glorioso, planteando una religión basada en la redención para la otra vida y no en la forma de vivir de Jesús que nos narran los Evangelios, una religión centrada en esta vida, con la esperanza en la plenitud de la resurrección futura, pero siempre empezando por la humanización de este mundo. De esto se sigue que Pablo se tuvo que ver enormemente difucultado para entender a Jesús y, en última instancia, para entender a Dios, el Dios que nos dio a conocer Jesús. La fe y la salvación tal y como se presentan en los Evangelios, se relacionan sobre todo con problemas y preocupaciones propias de esta vida, concretamente y de modo especial, con el sufrimiento humano. Pese a ello, ha sido Pablo más determinante y ha marcado más a la Iglesia que el propio Jesús y, aunque el Vaticano II manifieste que la Iglesia tiene como centro los Evangelios, de nada sirve si no se aplican las consecuencias de tal aserto.
Parece, pues, que hay una especie de confrontación entre Jesús y Pablo. Castillo nos presenta tres cuestiones sobre las que existe discrepancia, al menos aparente, entre lo que defendieron ambos: la dignidad de la mujer, la homosexualidad y la esclavitud. En unas páginas densas, el autor hace un recorrido por la historia de estas tres cuestiones en la Iglesia. Pablo habla del sometimiento de la mujer al hombre, se refiere a la moral sexual y admite la esclavitud, lo que contrasta con lo que nos cuentan los Evangelios del trato que Jesús dispensa a las mujeres, su silencio cuasi total respecto a la moral sexual y el sentido de libertad. Sin embargo, bien a las claras está a cuál de estas dos actitudes sigue la Iglesia. ¿Por qué sigue teniendo más peso en la Iglesia Pablo que Jesús?
La religión
Tiene mucho que ver con la situación de Pablo y la religión. Hay quienes piensan que lo importante es la religión y que los Evangelios son una parte más de esta, de la religión, cuando la realidad es que Jesús vivió un enfrentamiento mortal con la establecida, aun siendo Él profundamente religioso. El tema de Dios es primordial en cualquier religión y Pablo creía en el Dios justiciero, que reclamaba víctimas rituales, haciendo al pecado el centro de su teología de salvación. Por el contrario, el Dios que nos presenta Jesús es un Dios que nos salva, sanando al que sufre, no sacrificando a la víctima. El Dios de Jesús es un dios que da vida, salud y felicidad; el Dios de Pablo odia al pecado, mientras que el de Jesús ama al pecador. Dice Castillo: “el centro de las preocupaciones del Dios de Pablo es el pecado, que rompe nuestra relación con lo divino, mientras que el centro de las preocupaciones del Dios de Jesús es el sufrimiento, que rompe nuestra relación (gratificante y positiva) con lo humano”. De lo que se deriva que la ética paulina lo es del pecado, mientras que la ética de Jesús lo es del delito en el más amplio sentido de la palabra, abarcando conceptos que, no constituyendo pecado en el sentido moral, sí infringen normas humanas y sociales.
Y fruto de esta manera de entender y enfocar sus planteamientos, nace la relación de Pablo y la Iglesia . En un capítulo corto, Castillo incide en las ideas ya expuestas, y nos hace reflexionar sobre el hecho de que las primeras iglesias, reuniones de cristianos, no conocieron a Jesús y, dado que la redacción de los evangelios es posterior a su existencia, tenían como guía las epístolas de Pablo, quien tampoco conoció al Jesús terrenal, sino que hace su teología a partir de su visión del Señor resucitado que se le apareció. Así, tenemos que los pilares de la teología cristiana se edificaron prescindiendo de la humanidad de Jesús, un hecho cuyas graves consecuencias aún no conocemos. De las creencias que tan profundamente vivió Pablo y de la religiosidad que practicó ¿qué iglesias podían brotar? Con toda seguridad Iglesias con más religión que humanidad.
Religión y humanidad
El autor nos ofrece una propuesta clara sobre el concepto de reino de Dios en Pablo y en Jesús; para el primero, este tema parece no haberle interesado mucho; para Jesús, era, ante todo, aliviar el sufrimiento humano, el amor sin límites de Dios a los menospreciados y marginados, a los pobres, las mujeres, los pecadores y los samaritanos. Para Pablo, lo central y determinante del Reino consiste en lo moralizador, no en lo que nos humaniza, en imponer obligaciones y deberes y no en remediar el sufrimiento de la gente. Influido por el estoicismo y el gnosticismo, en el dualismo que enfrenta a Dios y lo espiritual con la carne, Pablo se centra en regular la sexualidad, mientras que Jesús no habla de ella, situación que perdura aún en nuestros días en la Iglesia; Pablo condenó los pecados contra la castidad, pero no condenó las injusticias que se cometían con los esclavos, las mujeres, los niños. En cuanto al problema de Dios, reitera Castillo que Pablo era un judío creyente y fiel, rayando incluso en el fanatismo, por lo que su concepto de la divinidad era el del Antiguo Testamento: Dios de una religión en la que la relación con Él exige la suprema deshumanización; nada que ver con el Dios padre de bondad y amor que nos reveló Jesús. Este Dios paulino solo admite la redención a través del sacrificio de una víctima, un sacrificio ritualizado, de donde la Iglesia de Cristo tiene que ser una institución religiosa que, mediante su autoridad y el culto sagrado, es decir, una autoridad competente y unos ceremoniales religiosos controlados por dicha autoridad, hará efectiva la redención de todos los mortales. Dos términos fundamentales que caracterizan la actual Iglesia: autoridad y culto ritualizado, todo lo contrario de la propuesta de Jesús, quien no soportó las pretensiones de poder ni estableció ningún ritual paraentablar contacto con Dios: Dios quiere misericordia y no sacrificios. Los rituales sobre los que se detiene brevemente Castillo son el bautismo y la cena del Señor, mientras comenta que, con frecuencia, el seguimiento de los ritos produce un efecto adormecedor en la conciencia de los creyentes, que se piensan justificados en su inactividad ante la miseria y el dolor de los seres humanos.
Seguir a Jesús
De Jesús al descrédito humano. Es este el último capítulo de este más que interesante y profundo libro. En él, Castillo nos plantea una cuestión fundamental: el verdadero seguimiento de Jesús no se encuentra en el cumplimiento de unas normas morales y a través de unos rituales; ni siquiera en la preocupación o disquisiciones teológicas y filosóficas sobre Dios o sobre el mismo Jesús. El verdadero seguimiento de Jesús está en pasar del ser al hacer, es decir, en la acción, en llevar a la práctica en la vida el modelo que Él nos dio con su ejemplo. Estos párrafos del propio autor sintetizan su pensamiento: “se puede ser profundamente religioso. Pero religioso de otra forma. De una manera distinta. No porque queremos inventar. Sino porque queremos recuperar. Recuperar ¿qué? Nuestra propia humanidad. A partir del mandamiento que nos dio Jesús: Encontrarás a Dios en cada ser humano que te encuentres en la vida. […] Se comprende que tengas preguntas y oscuridades sobre Dios. Lo que no se comprende es que, por un puñado de dinero, de poder o de ridícula importancia, dejes en la cuneta del camino lo mejor y lo más importante que tenemos: ser humanos”. En otras palabras, escuchadas a otro filósofo y teólogo, Manuel Fraijó: hay que ser más testigo que técnico.
La obra se cierra con una Conclusión, que lleva por título Una pregunta apremiante. Tras dejar expresa constancia de que es un autor católico, que ama a la Iglesia, Castillo nos invita a una pregunta apremiante, pero que, a su vez, encierra un extenso elenco de cuestiones que invitan a la reflexión y a la meditación. Son preguntas que están en la calle, en nuestra sociedad, acerca de la Iglesia, de la cristología, del vivir cristiano. Él aventura hipótesis. En manos del lector está la reflexión, el aceptarlas o, quizás, proponer alternativas. Pero sin olvidar nunca el núcleo de su pensamiento: la importancia de ser humano.
Por supuesto, para plantear sus conclusiones el autor parte de unas premisas que no siempre son compartidas, con lo que los resultados a los que llega podrían ser otros si se admiten unos principios diferentes. Dicho esto, hay que destacar que, en todo momento, Castillo justifica de manera muy razonada y explicada las bases en las que se apoya. Bases ampliamente aceptadas y sólidamente fundamentadas en el rigor científico y filosófico.
Quizás, el siguiente texto, extraído de una reciente aportación en su blog, nos ayude a entender su preocupación y dedicación: “Se comprende, por todo esto, mi creciente interés, mi incontenible preocupación por la fe en lo humano. Y es que la gran paradoja que aquí descubrimos, consiste en que la mayor dificultad que arrastramos los mortales no es la resistencia para creer en “lo divino”, sino la pertinaz dureza y el insistente rechazo para aceptar “lo humano”. Esto, ni más ni menos, es lo que explica por qué tanta gente, si se trata de gente muy religiosa, es ese tipo de persona a la que no le gusta hablar de Jesús, sino que prefiere hablar siempre de Cristo, de Jesucristo, del Señor o incluso de Nuestro Señor Jesucristo. Y es que Jesús es el nombre humano de aquel sencillo artesano galileo de la humilde aldea de Nazaret. Eso nada más. Mientras que Cristo es el título del Mesías Salvador. Un título que se solemniza cuando (además) de él se dice que es el Señor o incluso Nuestro Señor. Aquí, ya no hablamos de lo humano, sino de lo más solemnemente divino. Lo que tanto les gusta a los clérigos en sus sermones. Y no digamos, a los obispos en sus solemnes misas pontificales, cuando parece que los fieles están casi tocando lo divino con sus manos”.
Concluyendo
Nos encontramos ante un libro que recoge el pensar y sentir de una persona que ha profundizado a lo largo de los años en los estudios especializados sobre la Iglesia y sobre la figura de Jesús y su significado. Su lectura nos parece no solo recomendable, sino casi necesaria para entender cómo el cristianismo en general y la Iglesia en particular ha llegado a la actual situación de alejamiento de la sociedad. Y, sobre todo, de la figura y las enseñanzas de Jesús.
El estilo de José María Castillo es muy directo y, especialmente, didáctico. Nos va llevando paso a paso, capítulo a capítulo, de manera muy pedagógica para alcanzar las conclusiones a las que él ha llegado. Al propio tiempo, nos va aportando documentadamente los entresijos de la historia y del pensamiento a través de los siglos que nos han llevado y traído a la actual situación.
Índice
Introducción
1. Lo humano como punto de partida
2. ¿Qué es lo que nos hace humanos?
3. Encontrar a Dios en nuestra humanidad
4. El problema empezó con Pablo
5. Jesús y Pablo
6. Pablo y la religión
7. Pablo y la Iglesia
8. Iglesias con más religión que humanidad
9. De Jesús al descrédito de “ser humano”
Conclusión. Una pregunta apremiante
Reseñas
El corazón del mundo
Redacción T21 , 02/11/2016
Una nueva historia universal
Ficha Técnica
Título: El corazón del mundo
Autor: Peter Frankopan
Edita: Editorial Crítica. Barcelona, 2016
Traducción: Luis Noriega
Materia: Historia
Colección: Serie Mayor
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
Número de páginas: 780
ISBN: 978-84-16771-16-5
PVP: 34,00€
Libro Electrónico: 14,99€
El corazón que ha movido la historia del mundo, nos dice Peter Frankopan, investigador de la Universidad de Oxford, se encuentra en las tierras de Eurasia que recorrían las rutas de la seda. Allí surgieron los grandes imperios de la antigüedad y las grandes religiones de alcance universal. Allí se han desarrollado las mayores batallas de la historia, desde las conquistas de Alejandro a las dos Guerras Mundiales, pasando por las Cruzadas. Allí se libra también, desde hace más de cien años, la gran guerra por el petróleo que desangra a Oriente Próximo.
Dominar este corazón del mundo era el sueño que perseguía Hitler y el que ha enfrentado, desde la guerra de Crimea hasta la actualidad, a Rusia con sus rivales.
“Desde el inicio de los tiempos, el centro de Asia era el lugar en el que se forjaban los imperios. Las tierras bajas de aluvión de Mesopotamia, alimentadas por el Tigris y el Éufrates, proporcionaron la base para el nacimiento de la civilización, pues fue en esta región donde cobraron forma los primeros pueblos y ciudades. La agricultura sistemática se desarrolló en Mesopotamia y a lo largo del Creciente Fértil, una franja de tierra alta mente productiva con acceso a agua en abundancia que se extendía desde el golfo Pérsico hasta la costa del Mediterráneo. Fue aquí, hace casi cuatro mil años, cuando Hammurabi difundió algunas de las primeras leyes de las que se conservan registros, un código en el que el rey de Babilonia detallaba las obligaciones de sus súbditos y establecía los temibles castigos que conllevaba transgredirlas.
Aunque de este crisol surgieron muchos reinos e imperios, el mayor de todos fue el de los persas. En el siglo VI a. C. los persas se expandieron con rapidez desde su país de origen, en lo que hoy es el sur de Irán, y consiguieron dominar a sus vecinos: alcanzaron las orillas del Egeo, conquistaron Egipto y en su avance hacia el este llegaron hasta el Himalaya. A juzgar por lo que dice el historiador griego Heródoto, este éxito debía mucho a su capacidad de adaptación: «Los persas», escribió, «tienen una gran disposición a adoptar las costumbres extranjeras». No tenían inconveniente en cambiar su forma de vestir cuando llegaban a la conclusión de que la moda del rival derrotado era superior, lo que les llevó a tomar prestada la indumentaria utilizada tanto por los medos como por los egipcios.
Esta disposición de los persas a adoptar ideas y prácticas nuevas fue importante, pues les permitió construir un sistema administrativo capaz de dirigir con fluidez un imperio que incluía muchos pueblos diferentes.”…
De esta manera comienza una obra que nos obliga a olvidarnos de la perspectiva eurocéntrica de la historia de la humanidad, para llevarnos muy lejos, hasta los primeros indicios de una especie, inteligentemente organizada, que se prepara para una larga marcha, hacia un destino lleno de incógnitas y de posibilidades.
En un libro original y provocador, basado en una extraordinaria erudición, Peter Frankopan nos propone una nueva visión de la historia, nos descubre relaciones insospechadas entre los hechos del pasado y nos estimula a ver con una mirada distinta los acontecimientos del presente.
Índice
Nota sobre la transliteración
Prefacio
- La creación de la “ruta de la seda”
- La ruta de los credos
- La ruta del Oriente cristiano
- La ruta de la revolución
- La ruta de la concordia
- La ruta de las pieles
- La ruta de los esclavos
- La ruta del cielo
- La ruta del infierno
- La ruta de la muerte y de la destrucción
- La ruta del oro
- La ruta de la plata
- La ruta de la Europa septentrional
- La ruta del imperio
- La ruta de la crisis
- La ruta de la guerra
- La ruta del oro negro
- La ruta del arreglo
- La ruta del trigo
- La ruta del genocidio
- La ruta de la guerra fría
- La ruta de la seda estadounidense
- La ruta de la rivalidad entre las superpotencias
- La ruta de la catástrofe
- La ruta de la tragedia
- Conclusión: La nueva ruta de la seda
Agradecimientos
Índice alfabético
Datos del autor
Reseñas
Una historia secreta de la consciencia
Juan Antonio Martínez de la Fe , 25/10/2016
Ficha Técnica
Título: Una historia secreta de la consciencia
Autor: Gary Lachman
Edita: Ediciones Atalanta, Girona, 2016, 2ª edición
Traducción: Isabel Margelí
Encuadernación: Cartoné, con guardas ilustradas
Número de páginas: 466
ISBN: 978-84-945231-5-1
Precio: 27 euros
La primera edición original de esta obra apareció en 2003. Han pasado, pues, trece años hasta que la Editorial Atalanta nos diera la oportunidad de acceder a ella en nuestro idioma. Hecho que podemos considerar de afortunado acierto, ya que se trata de una interesante manera de exponernos cómo ha evolucionado en la historia ese concepto tan lábil que llamamos consciencia.
El impulso que empuja al autor para el desarrollo de su propuesta es el debate que se ha suscitado acerca de la esencia, del modo de ser, de la constitución de la consciencia. ¿Se trata únicamente del producto de una serie de operaciones de nuestro cerebro, circunscrito, por tanto, a un principio físico? ¿O, por el contrario, se trata de algo que va más allá de lo puramente cerebral?
Lachman, desde las primeras páginas y para que no exista duda, deja meridianamente clara su postura: “siempre existirán individuos como yo, que consideren que todo el proyecto científico de explicar la consciencia está mal encaminado. Para nosotros, explicar la consciencia sería lo mismo que ‘explicar’ una cantata de Bach o Los Girasoles, de Van Gogh”.
Trata, pues, de dar respuesta a una corriente que sostiene la postura contraria y cuyo representante más influyente sea Daniel Dennet y su libro La consciencia explicada, editado en 1992, y a quien se han sumado otros científicos de la importancia de Nicholas Humphrey y John Searle, entre otros.
Pero no nos llamemos a engaño. Este libro no trata de explicar la conscienca ni es, en ningún sentido, una explicación científica del cerebro o de nuestro mundo interior. Esa tarea corresponde a otros especialistas. Lo que pretende Lachman es exponer que el actual monopolio sobre la consciencia por parte de científicos y algunos filósofos académicos es infundado; estos, en sus explicaciones oficiales, excluyen toda una historia del pensamiento sobre la consciencia y su posible evolución.
¿Pretende, pues, el autor que es estéril el estudio científico de la consciencia y que, por ende, ha de ser abandonado? Ni mucho menos, ya que eso sería muy reduccionista a la par que absurdo; lo que defiende es la importancia de integrar lo que la ciencia nos cuenta sobre el cerebro y la mente en una perspectiva más amplia, en una imagen más grande de la historia de la humanidad y en una visión más extensa de su futuro.
Para ello, Lachman se centra en la tradición metafísica, espiritual y esotérica, sin temor a las suspicacias que puedan despertar algunos de tales términos, revestidos en ocasiones de un carácter peyorativo. Piensa que, en esa tradición, la consciencia, más que ser explicada, se convierte en la protagonista del drama. Lo que expresa así: “Para decirlo de forma resumida, si las actuales explicaciones científicas de la consciencia se basan en las moléculas y en las neuronas, en la contradicción es la propia consciencia la responsable de esas neuronas y moléculas”. Es claro: para los materialistas, la materia es lo primero y, para la tradición contraria, lo primero es la consciencia.
Y no una consciencia estática, producto finalizado e inmutable del cerebro, sino que se trata de una presencia viva y en evolución, cuyo desarrollo puede seguirse a lo largo de varios períodos históricos; un desarrollo que Lachman, con gran acierto, nos propone visitar a lo largo de las páginas de este libro.
Son claras sus palabras: “la idea primordial es que los seres humanos, tal como son, no constituyen el punto final de una evolución, y que su consciencia, tal como es, no es un estado definitivo alcanzado por casualidad. […] aún existe la posibilidad de que los seres humanos evolucionen hacia algo muy diferente y de que dicha diferencia adopte la forma de una consciencia nueva, más amplia y expansiva, que ya se ha manifestado en el pasado y continúa haciéndolo en el presente”. Ese es, pues, el objetivo de la presente obra: con la mirada puesta en el ayer más lejano de nuestro despertar consciente, prever qué podría ser exactamente tal consciencia nueva.
Desde la propia Introducción del libro, Lachman nos señala las características que conforman esa nueva consciencia y lo hace buscando el apoyo de autores como Danah Zohar, Wolf Singer, Denis Pare, Rodolfo Llinás o Yuri Moskvitin, algunos de ellos estudiados con más detenimiento en alguno de los capítulos.
El estudio y exploración de la consciencia, en contraposición al intento de explicarla cuenta ya con una larga historia, pues se presenta bajo la apariencia de prácticas religiosas y espirituales. Ahora bien, como búsqueda filosófica y científica vinculada a la idea de evolución, sus raíces apenas datan de finales del siglo XIX y principios del XX.
En busca de la consciencia cósmica
Y así da comienzo la trayectoria de la obra, con una primera parte: En busca de la consciencia cósmica, en la que Lachman aporta detalles de las ideas y el entorno cultural relacionados con aquellos primeros viajes de la mente.
En un primer capítulo, el autor se detiene en analizar la vida y obra de Richard Maurice Bucke y su pensamiento principal: la humanidad está evolucionando hacia una forma de consciencia superior, que el Cosmos no es una materia muerta, sino una presencia viva. Este desarrollo de la consciencia, a modo darwiniano, tendría forma de pirámide invertida, en cuya base se situaría la mente perceptiva, desde la que se pasa a la mente receptiva y de esta a la mente conceptual para culminar en la consciencia cósmica, una consciencia del cosmos.
Curioso es el segundo capítulo, William James y la revelación anestésica, en el que traza unas breves pinceladas sobre este pintoresco filósofo, psicólogo y científico quien, reconociendo el valor del moderno método científico, no dudó en deplorar su tendencia a tachar de irreales los fenómenos y experiencias que escapaban a su metodología. Fraguó el concepto de “voluntad de creer”, que afirmaba que la efectividad de una creencia es un buen indicador de su valor como verdad, dando un validez a la experiencia como una fundamento más sólido que los sistemas metafísicos.
Más destacado es el personaje analizado en el capítulo tres, Henri Bergson y su élan vital. Lachman supera con mesurado acierto el condensar en unas pocas páginas el complejo pensamiento del autor que analiza, un autor, Bergson, interesado por los problemas de la consciencia, la evolución y los estados alterados del ser y que culminó su obra defendiendo una evolución creadora. Sostenía que los hechos psicológicos son cualitativamente diferentes de los físicos, por lo que la consciencia es un dato irreductible al determinismo científico, concluyendo que es la consciencia la que utiliza al cerebro y no es un producto de este. No compartía la idea determinista de la evolución, sino que propugnaba su pensamiento de un impulso creador, el élan vital, que penetra en la materia y conduce la evolución a formas de mayor complejidad y libertad. Finalmente, apuntaba que la consciencia cósmica es una percepción del mundo no limitada ni filtrada por el cerebro, tal como explica Lachman: “así pues, la consciencia invadió la materia con el fin de utilizarla para su propósito, que es incrementar la consciencia”.
Dicho esto, le toca el turno a El superhombre, tema que aborda el capítulo cuarto. Y, evidentemente, se trata de la propuesta de Nietszche. En este apartado, el autor no se detiene en explicar su teoría del superhombre, sino que, tras unas breves reflexiones, nos lleva a la conclusión de que su superhombre no enlazaba con la idea de una evolución de la consciencia, puesto que no creía en una realidad espiritual. Pero sí lo trae a colación como una consecuencia de la hipótesis que propugna que la evolución lleva a la humanidad a la aparición de un ser superior. Pero sí aprovecha Lachman para acercarnos al ocultismo; nos dice: “Un terreno en que coincidieron la doctrina biológica de la evolución, la figura visionaria del superhombre y la idea de que la humanidad se adentraba en una nueva forma de consciencia, fue el ocultismo”, un fenómeno que gozó de gran vitalidad en el siglo XIX y comienzos del XX. Así nos deja a las puertas del capítulo quinto, A.R. Orage y la New Age.
Gary Lachman se detiene en proponer una sucinta síntesis del pensamiento de Alfred Orage, a quien muchos inscriben dentro de la escuela esotérica Cuarto Camino. Unas líneas de su credo, expresado en el primer número de The New Age, del que fue coeditor, nos ayudarán a entender la esencia de su pensamiento: “Con la fe en que el objeto y propósito predilectos de la voluntad universal de vivir es la creación de una raza de seres suma y progresivamente inteligentes ...” Pensaba que poseemos diferentes formas de consciencia, así como que la humanidad entera evoluciona lentamente hacia un nuevo tipo de ser. Lachman expone, además, las relaciones de Orage con otros pensadores de su época, resultando este capítulo muy enriquecedor para el conocimiento de los movimientos de esta naturaleza producidos en los comienzos del siglo XX. Una de esas personas estrechamente vinculada con Orage fue Piotr Demiánovich Ouspenski , a quien dedica su sexto capítulo, con especial incidencia en su llamada Cuarta Dimensión.
El autor lo define como uno de los “hombres nuevos” de los que hablaba Orage y a estudiarlo con detenimiento se dedica en las páginas de este sexto capítulo con el que culmina la primera parte de su obra. Nos describe su biografía, su manera de proceder, sus inquietudes y sus experiencias, para culminar en un análisis más detenido de la quizás más importante obra de Ouspenski, Tertium Organum, un alarde de especulación metafísica, entusiasmo intelectual, penetración poética y optimismo evolucionista. Nos describe dos obsesiones de Ouspenski: la del déja vu, que le lleva al nieztscheano eterno retorno, y su convicción de que tras la fachada del mundo cotidiano yace otra realidad, una cuarta dimensión. Define Lachman como tema básico de Tertium Organum la necesidad de traspasar los límites artificiales del conocimiento impuestos por la inadecuada lógica de la ciencia positivista, para demostrar que nuestra consciencia cotidiana y normal es solo un modo de consciencia y que el mundo físico que percibimos a través de ella es su producto. Se trata de un importante capítulo dentro de esta primera parte de la obra.
La evolución esotérica
La Evolución esotérica constituye la segunda parte, que se abre con el capítulo El obispo y el bulldog, el séptimo del libro. Un capítulo de mera transición, en el que expone los comienzos de la teoría de Darwin, con sus antecedentes y posteriores pensadores, haciendo hincapié en que aquella teoría de la evolución, a su juicio, hacía innecesaria la mente para justificar la evolución de las especies. El título del capítulo está referido al debate celebrado en 1860 entre el arzobispo Wilberforce y el biólogo Huxley, conocido como el bulldog de Darwin.
Que entre Madame es el título del capítulo octavo. Por supuesto, esta madame no puede ser otra que Helena Petrova Blavatsky, personaje muy controvertido en su época y no muy apreciada en la actualidad. Pero si Lachman la hace aparecer en escena es porque considera que fue la primera persona que defendió con energía un elemento transfísico en la evolución, presentado un esquema de la evolución cósmica y humana considerablemente distinto del ofrecido por la ciencia moderna. Justifica lo llamativo de su aparición en el panorama del siglo XIX por el advenimiento de la segunda ley de la termodinámica de Clausius, que ofrecía un futuro pesimista al cosmos y a la humanidad, a la que Blavatsky contraponía algún tipo de esperanza con sus teorías. Lógicamente, no defiende el autor a la extravagante médium, pero sí expone lo acertado de algunas de sus propuestas, como son la de la unidad fundamental de toda la existencia; la idea, corolario de la anterior, de que el universo está vivo; la de que el ser humano es un microcosmos que comprende en sí todas las fuerzas que operan en el universo, etc. Quizás, este capítulo sería prescindible, salvo como anécdota o como introductor del personaje que aparece en el siguiente: El doctor Steiner, supongo.
En este capítulo, el noveno, se limita el autor a presentarnos a Rudolf Steiner, comentando algo de su biografía y de quienes influyeron en su pensamiento: Goethe, Euclides, Kant, … junto a otras personas a las que la historia prácticamente desconoce. Serán los capítulos diez y once los que nos abran las puertas a sus propuestas, que Lachman analiza en detalle.
En el capítulo 10, De la ciencia de Goethe a la sabiduría del ser humano, el autor comienza con estas líneas: “Steiner combinó su sensibilidad psíquica, sus conocimientos sobre la cosmovisión de Goethe y el marco evolutivo de La doctrina secreta para elaborar una versión extraordinaria de la evolución humana y cósmica. Puso a su enseñanza el nombre de antroposofía”. Y lo hacía en un momento en que el cientificismo se había establecido como garante oficial de la verdad, a lo que Steiner contraponía que la ciencia tiene que combatirse con la ciencia, asunto al que se dedicó de lleno. En el fondo, lo que se proponía era una investigación rigurosa y la exploración de la consciencia, es decir, entender cómo nuestra consciencia llegó a ser lo que es en la actualidad. O lo que es lo mismo, la consciencia en evolución: “El hombre no solo está ahí para formarse una imagen de un mundo concluido; no: él mismo coopera en la existencia efectiva del mundo”.
Y Lachman continúa su análisis en el capítulo siguiente, La evolución cósmica. Aquí recoge y sintetiza la doctrina de Steiner sobre la evolución de nuestro sistema solar hasta llegar a la materialización actual de la tierra, previendo nuevas fases de una creciente espiritualización, un proceso que viene guiado por las jerarquías espirituales; todo un sistema que elaboró tras la lectura de los registros akáshicos. También Lachman se refiere a los estados de consciencia que propuso Steiner, recogidos en la serie de conferencias disponibles bajo el título La teosofía del rosacruz. Pese a la complejidad del tema, el autor nos ofrece una buena síntesis del pensamiento de la antroposofía.
Esta segunda parte de la obra, dedicada a la evolución esotérica, se cierra con La hipnagogia, término relativamente reciente, poco conocido hasta los planteamientos del profesor de la universidad de Brunel, Andreas Mavromatis, quien publicó la primera obra exhaustiva sobre ese estado de consciencia excepcional entre la vigilia y el sueño; unos estados que, pese a no saber cómo reconocerlos, nos son habituales diariamente. El autor dedica este bloque a explicar la relación del cerebro con la hipnagogia, apuntando que coincide tal situación de la consciencia con los planteamientos de Rudolf Steiner, lo que viene a confirmar su carácter evolutivo y que da pie a pensar que existen muchas realidades y que lo que llamamos estado de vigilia es solo una de ellas. Finaliza con las siguientes palabras: “si esta evolución de la consciencia puede verse en la propia estructura del cerebro […] la pregunta siguiente es: ¿ha dejado dicha evolución alguna otra huella? […] ¿existe algún registro fósil de la mente?”. Justamente lo que trata en la tercera parte del libro, con el apropiado título La arqueología de la consciencia.
La arqueología de la consciencia
En ella, el autor examina las pruebas que demuestran qué tipo de consciencia pudieron experimentar nuestros antepasados antiguos y prehistóricos; si la consciencia ha evolucionado, no cabe duda de que hemos llegado al punto actual a través de etapas previas.
La mente invisible es el primer bloque de esta nueva parte de la obra. Y esto es así porque, cuando pretendemos estudiar la historia de la consciencia, nos enfrentamos al hecho de que no existen restos fósiles, por el simple hecho de que no es material, es libre respecto a la materialidad. Hoy solo disponemos de nuestra propia consciencia que, en contra del cientificismo, no se constriñe a nuestro cerebro. Y algo más: nuestra consciencia, nuestro verdadero yo, nos es realmente invisible, no es asible por nuestros medios, se nos escapa. Y, siendo esto así, ¿cómo podemos saber que ha evolucionado? Pues porque aunque no sea material, no carece de relación con la materia; podemos ver cómo la penetra y la desarrolla desde sus estadios más tempranos hasta cuerpos cada vez más refinados y complejos. Y es ahí donde pensadores como Bergson o Teilhard de Chardin pueden dibujar el movimiento evolutivo de la consciencia a través de la materia. Llegados a este punto, la meta ya no es el control directo de esa materia, sino que la consciencia se centra en el desarrollo y crecimiento del mundo interior, estableciendo nuevas maneras de interactuar y relacionarse con aquella. ¿Cómo? A través del arte, la ciencia y la religión, en una palabra, de la cultura.
Pero, ¿cuándo empezó exactamente la mente a dejar su huella en el mundo físico? No se conoce la respuesta ni, probablemente, se conocerá nunca, aunque Lachman sugiere que sí ha dejado algún rastro que se sitúa en los mitos, una etapa de preconsciencia. Alude al ejemplo de los niños que, hasta los dos años, no rompen el cascarón de su estado urobórico, en el que no distinguen ninguna ruptura entre ellos y el mundo exterior y trae como ejemplo el mito de la expulsión del edén que, opina, “es el trauma que experimenta cada ser humano al salir del cascarón urobórico de la infancia”. En cualquier caso, sugiere que la aparición de la autoconsciencia es relativamente reciente, situándola en el comienzo de un registro escrito, la historia, el nacimiento de la civilización.
Seguidamente, Gary Lachman dedica un extenso capítulo, el quince, a El mundo perdido. En él recorre diversas teorías que, aunque no probadas científicamente pero basadas en determinados hallazgos, permiten especular con cierta racionalidad y fundamento. Nos habla de Marija Gimbutas y su civilización matriarcal, muy desarrollada, anterior incluso a la egipcia, y que desapareció aplastada por otras más burdas. Aporta los trabajos de Stan Gooch sobre los conocimientos de los neandertales, que no eran tan primitivos como se admite habitualmente y que hoy perviven apresados dentro de nuestro cerebro. También Richard Rudgley, quien defiende las pruebas de la existencia de una lengua paleolítica o unas matemáticas de la edad de piedra. Finalmente, los trabajos de Paul Devereux acerca de la afición primitiva por los estados alterados de consciencia y la aparición de un talento astronómico aparecido en una edad muy temprana. Trae a colación inexplicables hallazgos de anomalías evolutivas, como la presencia de fósiles anatómicamente modernos en épocas arcaicas. Todo ello para concluir que “estas anomalías dan a entender que la pulcra y metódica versión de la ‘ascensión del hombre’ desde los simiescos ancestros primitivos hasta nosotros no es tan evidente como quieren afirmar los expertos”. Esto es lo que Lachman afirma.
En un paso más, el autor dedica un capítulo a La consciencia no cerebral. Propone que la consciencia de nuestros antepasados prehistóricos fue muy diferente a la nuestra y no debía de diferir mucho de la de los animales. Se trataba de una consciencia con un conocimiento, no por aprendizaje, sino por una captación irreflexiva e inmediata de las leyes fundamentales de la existencia. Pero, con la explosión cerebral esto cambió. Sin embargo, parece que la física cuántica y la relatividad abren la puerta a un universo más concordante con la cosmología de los antiguos. En apoyo de su teoría, realiza un estudio de la obra de Réné Schwaller y sus investigaciones sobre la esfinge y otros monumentos del antiguo Egipto que abundan en la idea de la existencia de una civilización muy anterior a la histórica que conocemos, dotada de ese conocimiento inmediato, de intuición, y que vendría a estar confirmada por hallazgos arqueológicos cuya datación no se corresponde con la admitida por la arqueología convencional.
Pese a ello, en un momento dado, mejor, a lo largo de un período largo, se produjo una escisión en nuestro cerebro, por la que perdimos esa manera de conocer inmediata e intuitiva. Una escisión, por otro lado, necesaria para que se produjera la evolución. Nuestros ancestros no tenían necesidad de de explorar el cosmos, lo tenían ahí, estaban como en casa; gozaban de una consciencia comunal y la escisión comienza, precisamente, cuando se toma consciencia de la individualidad. En tal sentido, apunta, citando a otros autores, que nuestra mente lineal proviene de nuestra ascendencia cromañoide, mientras las cualidades místicas e intuitivas son herencia de los neandertales. Un signo importante del inicio de esa escisión es la aparición del alfabeto, fruto de un esfuerzo abstracto y lineal, que dominará a la parte intuitiva del cerebro. En la actualidad, con la aparición de internet, parece que nos podemos estar alejando de ese pensamiento lineal para volver al renacimiento de la imagen. Shlain, Gooch, Julian Jaynes y Wilson Van Dusen, son algunos de los autores que cimientan los planteamientos de Lachman. Y con ellos cierra la tercera parte del libro para adentrarnos en la cuarta, dedicada a la Epistemología participativa.
Epistemología participativa
En ella, trata de cómo pudo ser la consciencia antes de aquella escisión y sobre cómo podría ser en el futuro. Se apoya en tres autores, Owen Barfield (que nos muestra cuánto puede decirnos la historia del lenguaje sobre la evolución de la consciencia), Yuri Moskvitin (que trató sobre nuestros mecanismos de percepción y la relación de la consciencia con el mundo exterior como un todo) y Colin Wilson (quien habla de nuestra capacidad para traspasar los límites del presente y experimentar otras épocas y lugares).
Y, en efecto, en El impacto de la metáfora, se detiene Lachman en Owen Barfield. La idea esencial de este discípulo de Rudolf Steiner, la resume el autor: “Con el tiempo no solamente han evolucionado nuestras ideas sobre las cosas, sino también nuestra consciencia de ellas, y esa evolución queda registrada en el lenguaje. Y aunque la concepción estándar de la evolución supone una consciencia muy similar a la nuestra, confrontada con un mundo exterior preexistente compuesto por objetos distintos, independientes e impermeables, lo que queda registrado en el lenguaje […] es algo diferente”. A medida que retrocedemos en la historia, el lenguaje se vuelve más figurativo, más metafórico y más semejante al de la poesía de lo que es hoy. Para Barfield, los relatos sobre espíritus de la naturaleza, cuentos populares y mitos y leyendas, todo eso tiene su origen en la consciencia participativa de la que ya hemos hablado y que evoluciona al estadio actual.
Todavía muchas más páginas dedica Lachman a la obra de Barfield: el capítulo diecinueve, La mente participativa, y el veinte, El tapiz de la naturaleza. En el primero de estos dos, se concluye que, según Barfield, el mundo que vemos es como es porque nuestra consciencia es como es; si esta, nuestra consciencia, fuera distinta, el mundo también lo sería. Y en el siguiente, se refiere a que la historia del lenguaje es tan importante porque revela una consciencia y un mundo diferentes de los nuestros. Resultan muy interesantes estos capítulos dedicados a Barfield, que merecen una lectura reposada, recorriendo su pensamiento a través de sus principales obras.
Yuri Moskvitin es el protagonista de los dos capítulos siguientes del libro. Los titula Pensar el pensamiento: Yuri Moskvitin y la antroposfera y El agujero negro de la consciencia. En ellos Lachman nos ofrece un acertado resumen de los planteamientos de este autor danés que exige una lectura de estas páginas. Un pensamiento, el de Moskvitin, que se podría sintetizar, con todos los riesgos que se corre de comprimir tanto una teoría meditada y amplia, en su concepto de antroposfera: “nombre inusual con el que se refiere al mundo creado por la consciencia humana, que, a su entender, lo incluye todo, desde las pinturas rupestres a la teoría de la relatividad”; es decir, vivimos en un mundo que es mucho más humano que natural, que es, en definitiva, producto de la mente humana. Por lo que respecta a ese agujero negro de la consciencia, Lachman se refiere a la incapacidad de conocer nuestro yo más íntimo, ya que, al reflexionar sobre él, hay una petición de principio: quién observa al que observa, al que reflexiona. Como decimos, son dos capítulos de una lectura muy sugestiva.
Los dos siguientes capítulos, Otros tiempos y lugares y La facultad X, los dedica Lachman a Colin Wilson. Es difícil sintetizar el amplio resumen que hace de este autor. Mejor, utilizar para describirlo, las propias palabras de Lachman: “Uno de los escasos pensadores que han valorado las ideas de Moskvitin es Colin Wilson, que ha dedicado casi medio siglo a lidiar con el problema de la consciencia. Sus ideas sobre la Facultad X y nuestra capacidad para traspasar los límites del presente y experimentar otras épocas y lugares nos permiten entrever algunos poderes, hoy adormecidos pero quizá pronto activos, latentes en la mente humana”. Teorías ciertamente controvertidas pero que Lachman considera conveniente aportar en apoyo de su propuesta.
Presencia del origen
Llegamos, así, a la quinta parte de la obra, Presencia del origen, centrada en la obra de un solo pensador, el filósofo de la cultura Jean Gebser. Ciertamente, no se trata de un autor ampliamente conocido, pero sí lo es para quienes se interesan en las ideas sobre la evolución y la historia de la consciencia. Así, Lachman se detiene en la obra Origen y presente, que data de 1949, obra exigente e intimidadora. ¿Y por qué lo hace así Lachman? En primer lugar porque opina, quizás sin demasiada justificación, que sus ideas merecen ser mejor conocidas; pero también, en segundo lugar, porque tal vez constituya su obra la defensa más extensamente razonada y bien documentada que existe de la evolución de la consciencia. Pero, curándose en salud, Lachman afirma que no pretende decir que la argumentación de Gebser sea la correcta, sino que presenta unas pruebas muy convincentes. Y, como dedica muchas páginas a la vida de aquel filósofo, lo justifica en que su vida encarna un pensamiento clave: que la filosofía está para ser vivida y no meramente pensada.
Su análisis de Gebser lo desarrolla en cuatro capítulos. El primero de ellos lo titula La ascensión al Monte Veontoux, en alusión a la ascensión que hiciera Petrarca a esta cumbre sin una motivación pragmática, sino por el simple deseo de contemplar el panorama, algo inaudito hasta ese momento, y que le produjo una experiencia única. Lachman comenta la biografía de Gebser, haciendo hincapié en las cinco estructuras mentales que concibió y cómo la civilización occidental ha estado sumida en la agonía de la estructura vigente de su consciencia; y de cómo nos encaminamos precipitadamente hacia una nueva forma de consciencia que se manifestaría en una nueva experiencia del tiempo. Pensaba Gebser que la raza humana se dirigiría en las décadas venideras hacia una catástrofe global, una era de absoluto materialismo científico y desprovista de espíritu pero que se podría evitar con voluntad y capacidad de visión.
Estructuras de la consciencia, La estructura mental-racional y La estructura integral son los tres siguientes capítulos que Lachman dedica al estudio de la obra de Gebser. Y lo hace partiendo del análisis de su libro ya citado Origen y presente, un tomo de una seiscientas páginas de enseñanzas y sabidurías inmensas destinadas a un lector ya iniciado en ciertos aspectos de la historia de la cultura y de la civilización occidental, así como en los aspectos más esotéricos de la creatividad humana. Lachman explica con detalle las estructuras propuestas por Gebser: la arcaica, la mágica, la mítica, la mental-racional y la mental integral, teniendo siempre en cuenta que, según el propio Gebser, en esta evolución de las estructuras de la consciencia, las anteriores continúan activas y presentes en la nuestra.
Epílogo
Con esto, llegamos al Epílogo que Lachman titula Ganando tiempo, en alusión a esa nueva forma de consciencia manifestada, según Gebser, en una novedosa experiencia del tiempo. Es justamente el tiempo el eje central de este último apartado del libro. Nos encontramos en un mundo más frenético, más rápido, aunque hay quienes no están de acuerdo con la situación e impulsan movimientos desaceleradores que invitan a pisar el freno.
Pero hay más circunstancias: la opinión de que el pasado continúa existiendo y está presente a la consciencia, necesitando solo un reajuste para que nos sea accesible; la idea de que lo pictórico, el mundo de la imagen, que llena nuestra vida está sustituyendo al pensamiento racional-lineal; incluso, el mundo del libro, que nos invita a salir del aquí y ahora para penetrar pausadamente en otro espacio-tiempo, parece llamado a quebrarse; que el ego, nuestra consciencia del yo, en cuanto necesitado de trascendencia, no es algo que se pueda desestimar sin más; … Todo ello nos invita a pensar que la experiencia humana del tiempo está sufriendo una mutación fundamental; que asistimos a alguna transformación de las cosas; que la consciencia humana, al menos en el mundo occidental, se encamina hacia un cambio radical en su infraestructura mental o está ya en sus primeras fases y que este cambio comportará una nueva experiencia del tiempo. Se inclina Lachman por pensar que estamos ante una transformación de la consciencia misma y que disponemos del potencial necesario para llevarla a cabo. Y cierra citando esta frase de Gebser: “el mundo nunca será un paraíso. Si llegase a serlo, su existencia se volvería ilusoria. No nos engañemos ni sucumbamos a falsas esperanzas. El mundo no mejorará demasiado, tan solo será un poco distinto y tal vez sepa valorar un poco más las cosas que realmente importan”.
Concluyendo
Nos hallamos ante una historia de la consciencia, no de la única historia de la consciencia; hay muchas otras, según reconoce el autor, quien confía en que vaya saliendo a la luz el mayor número de ellas. Tampoco son únicas las ideas de la consciencia aquí expuestas, sino que, como dice el propio Lachman, son una fracción de las muchas que se han concebido y cuyas implicaciones y posibilidades enriquecen nuestra vida. E, igualmente, reconoce que sus preferencias e intereses son las que han guiado la selección de autores y de vericuetos por los que nos ha conducido en esta su historia secreta de la consciencia.
Aunque nos muestra sus preferencias y aquellas opiniones por las que se inclina, el autor es muy respetuoso con el lector. Le ofrece datos, argumentos, informaciones, para que pueda ir llegando, si acepta cuanto se le propone, a las conclusiones que pretende defender. Es un logro alcanzado.
En cualquier caso, el libro resulta sumamente ameno y de asequible lectura, pese a lo complejo del tema tratado. Evidentemente, en asunto tan complicado, la diversidad de opiniones es abundante. No las esconde Lachman, aunque corresponde al lector encontrar la suya propia y oponerla, razonadamente, a las por él expuestas.
En cuanto a la presentación del libro, es de destacar lo cuidado de la edición. Encuadernado en cartoné, con tipología gráfica muy clara y generosa distribución del texto, con guardas bellamente ilustradas. Las notas, por capítulos, se incluyen al final, haciendo así, más fácil la lectura. Aunque podría ampliar mucho la bibliografía, Gary Lachman se ha circunscrito a la más esencial a los efectos de su obra, una obra de recomendable lectura.
Índice
Introducción. La consciencia explicada
Primera parte. En busca de la consciencia cósmica
Capítulo 1. R.M. Bucke y el futuro de la humanidad
Capítulo 2. William James y la revelación anestésica
Capítulo 3. Henri Bergson y el élan vital
Capítulo 4. El superhombre
Capítulo 5. A.R. Orage y la New Age
Capítulo 6. La cuarta dimensión de Ouspensky
Segunda parte. Evolución esotérica
Capítulo 7. El obispo y el bulldog
Capítulo 8. Que entre Madame
Capítulo 9. El doctor Steiner, supongo
Capítulo 10. De la ciencia de Goethe a la sabiduría del ser humano
Capítulo 11. La evolución cósmica
Capítulo 12. La hipnagogia
Tercera parte. La arqueología de la consciencia
Capítulo 13. La mente invisible
Capítulo 14. Romper el cascarón
Capítulo 15. El mundo perdido
Capítulo 16. La consciencia no cerebral
Capítulo 17. La escisión
Cuarta parte. Epistemología participativa
Capítulo 18. El impacto de la metáfora
Capítulo 19. La mente participativa
Capítulo 20. El tapiz de la naturaleza
Capítulo 21. Pensar el pensamiento: Yuri Moskvitin y la antroposfera
Capítulo 22. El agujero negro de la consciencia
Capítulo 23. Otros tiempos y lugares
Capítulo 24. La facultad X
Quinta parte. La presencia del origen
Capítulo 25. La ascensión al monte Ventoux
Capítulo 26. Estructuras de la consciencia
Capítulo 27. La estructura mental-racional
Capítulo 28. La estructura integral
Epílogo. Ganando tiempo
Notas
Bibliografía selecta
Título: Una historia secreta de la consciencia
Autor: Gary Lachman
Edita: Ediciones Atalanta, Girona, 2016, 2ª edición
Traducción: Isabel Margelí
Encuadernación: Cartoné, con guardas ilustradas
Número de páginas: 466
ISBN: 978-84-945231-5-1
Precio: 27 euros
La primera edición original de esta obra apareció en 2003. Han pasado, pues, trece años hasta que la Editorial Atalanta nos diera la oportunidad de acceder a ella en nuestro idioma. Hecho que podemos considerar de afortunado acierto, ya que se trata de una interesante manera de exponernos cómo ha evolucionado en la historia ese concepto tan lábil que llamamos consciencia.
El impulso que empuja al autor para el desarrollo de su propuesta es el debate que se ha suscitado acerca de la esencia, del modo de ser, de la constitución de la consciencia. ¿Se trata únicamente del producto de una serie de operaciones de nuestro cerebro, circunscrito, por tanto, a un principio físico? ¿O, por el contrario, se trata de algo que va más allá de lo puramente cerebral?
Lachman, desde las primeras páginas y para que no exista duda, deja meridianamente clara su postura: “siempre existirán individuos como yo, que consideren que todo el proyecto científico de explicar la consciencia está mal encaminado. Para nosotros, explicar la consciencia sería lo mismo que ‘explicar’ una cantata de Bach o Los Girasoles, de Van Gogh”.
Trata, pues, de dar respuesta a una corriente que sostiene la postura contraria y cuyo representante más influyente sea Daniel Dennet y su libro La consciencia explicada, editado en 1992, y a quien se han sumado otros científicos de la importancia de Nicholas Humphrey y John Searle, entre otros.
Pero no nos llamemos a engaño. Este libro no trata de explicar la conscienca ni es, en ningún sentido, una explicación científica del cerebro o de nuestro mundo interior. Esa tarea corresponde a otros especialistas. Lo que pretende Lachman es exponer que el actual monopolio sobre la consciencia por parte de científicos y algunos filósofos académicos es infundado; estos, en sus explicaciones oficiales, excluyen toda una historia del pensamiento sobre la consciencia y su posible evolución.
¿Pretende, pues, el autor que es estéril el estudio científico de la consciencia y que, por ende, ha de ser abandonado? Ni mucho menos, ya que eso sería muy reduccionista a la par que absurdo; lo que defiende es la importancia de integrar lo que la ciencia nos cuenta sobre el cerebro y la mente en una perspectiva más amplia, en una imagen más grande de la historia de la humanidad y en una visión más extensa de su futuro.
Para ello, Lachman se centra en la tradición metafísica, espiritual y esotérica, sin temor a las suspicacias que puedan despertar algunos de tales términos, revestidos en ocasiones de un carácter peyorativo. Piensa que, en esa tradición, la consciencia, más que ser explicada, se convierte en la protagonista del drama. Lo que expresa así: “Para decirlo de forma resumida, si las actuales explicaciones científicas de la consciencia se basan en las moléculas y en las neuronas, en la contradicción es la propia consciencia la responsable de esas neuronas y moléculas”. Es claro: para los materialistas, la materia es lo primero y, para la tradición contraria, lo primero es la consciencia.
Y no una consciencia estática, producto finalizado e inmutable del cerebro, sino que se trata de una presencia viva y en evolución, cuyo desarrollo puede seguirse a lo largo de varios períodos históricos; un desarrollo que Lachman, con gran acierto, nos propone visitar a lo largo de las páginas de este libro.
Son claras sus palabras: “la idea primordial es que los seres humanos, tal como son, no constituyen el punto final de una evolución, y que su consciencia, tal como es, no es un estado definitivo alcanzado por casualidad. […] aún existe la posibilidad de que los seres humanos evolucionen hacia algo muy diferente y de que dicha diferencia adopte la forma de una consciencia nueva, más amplia y expansiva, que ya se ha manifestado en el pasado y continúa haciéndolo en el presente”. Ese es, pues, el objetivo de la presente obra: con la mirada puesta en el ayer más lejano de nuestro despertar consciente, prever qué podría ser exactamente tal consciencia nueva.
Desde la propia Introducción del libro, Lachman nos señala las características que conforman esa nueva consciencia y lo hace buscando el apoyo de autores como Danah Zohar, Wolf Singer, Denis Pare, Rodolfo Llinás o Yuri Moskvitin, algunos de ellos estudiados con más detenimiento en alguno de los capítulos.
El estudio y exploración de la consciencia, en contraposición al intento de explicarla cuenta ya con una larga historia, pues se presenta bajo la apariencia de prácticas religiosas y espirituales. Ahora bien, como búsqueda filosófica y científica vinculada a la idea de evolución, sus raíces apenas datan de finales del siglo XIX y principios del XX.
En busca de la consciencia cósmica
Y así da comienzo la trayectoria de la obra, con una primera parte: En busca de la consciencia cósmica, en la que Lachman aporta detalles de las ideas y el entorno cultural relacionados con aquellos primeros viajes de la mente.
En un primer capítulo, el autor se detiene en analizar la vida y obra de Richard Maurice Bucke y su pensamiento principal: la humanidad está evolucionando hacia una forma de consciencia superior, que el Cosmos no es una materia muerta, sino una presencia viva. Este desarrollo de la consciencia, a modo darwiniano, tendría forma de pirámide invertida, en cuya base se situaría la mente perceptiva, desde la que se pasa a la mente receptiva y de esta a la mente conceptual para culminar en la consciencia cósmica, una consciencia del cosmos.
Curioso es el segundo capítulo, William James y la revelación anestésica, en el que traza unas breves pinceladas sobre este pintoresco filósofo, psicólogo y científico quien, reconociendo el valor del moderno método científico, no dudó en deplorar su tendencia a tachar de irreales los fenómenos y experiencias que escapaban a su metodología. Fraguó el concepto de “voluntad de creer”, que afirmaba que la efectividad de una creencia es un buen indicador de su valor como verdad, dando un validez a la experiencia como una fundamento más sólido que los sistemas metafísicos.
Más destacado es el personaje analizado en el capítulo tres, Henri Bergson y su élan vital. Lachman supera con mesurado acierto el condensar en unas pocas páginas el complejo pensamiento del autor que analiza, un autor, Bergson, interesado por los problemas de la consciencia, la evolución y los estados alterados del ser y que culminó su obra defendiendo una evolución creadora. Sostenía que los hechos psicológicos son cualitativamente diferentes de los físicos, por lo que la consciencia es un dato irreductible al determinismo científico, concluyendo que es la consciencia la que utiliza al cerebro y no es un producto de este. No compartía la idea determinista de la evolución, sino que propugnaba su pensamiento de un impulso creador, el élan vital, que penetra en la materia y conduce la evolución a formas de mayor complejidad y libertad. Finalmente, apuntaba que la consciencia cósmica es una percepción del mundo no limitada ni filtrada por el cerebro, tal como explica Lachman: “así pues, la consciencia invadió la materia con el fin de utilizarla para su propósito, que es incrementar la consciencia”.
Dicho esto, le toca el turno a El superhombre, tema que aborda el capítulo cuarto. Y, evidentemente, se trata de la propuesta de Nietszche. En este apartado, el autor no se detiene en explicar su teoría del superhombre, sino que, tras unas breves reflexiones, nos lleva a la conclusión de que su superhombre no enlazaba con la idea de una evolución de la consciencia, puesto que no creía en una realidad espiritual. Pero sí lo trae a colación como una consecuencia de la hipótesis que propugna que la evolución lleva a la humanidad a la aparición de un ser superior. Pero sí aprovecha Lachman para acercarnos al ocultismo; nos dice: “Un terreno en que coincidieron la doctrina biológica de la evolución, la figura visionaria del superhombre y la idea de que la humanidad se adentraba en una nueva forma de consciencia, fue el ocultismo”, un fenómeno que gozó de gran vitalidad en el siglo XIX y comienzos del XX. Así nos deja a las puertas del capítulo quinto, A.R. Orage y la New Age.
Gary Lachman se detiene en proponer una sucinta síntesis del pensamiento de Alfred Orage, a quien muchos inscriben dentro de la escuela esotérica Cuarto Camino. Unas líneas de su credo, expresado en el primer número de The New Age, del que fue coeditor, nos ayudarán a entender la esencia de su pensamiento: “Con la fe en que el objeto y propósito predilectos de la voluntad universal de vivir es la creación de una raza de seres suma y progresivamente inteligentes ...” Pensaba que poseemos diferentes formas de consciencia, así como que la humanidad entera evoluciona lentamente hacia un nuevo tipo de ser. Lachman expone, además, las relaciones de Orage con otros pensadores de su época, resultando este capítulo muy enriquecedor para el conocimiento de los movimientos de esta naturaleza producidos en los comienzos del siglo XX. Una de esas personas estrechamente vinculada con Orage fue Piotr Demiánovich Ouspenski , a quien dedica su sexto capítulo, con especial incidencia en su llamada Cuarta Dimensión.
El autor lo define como uno de los “hombres nuevos” de los que hablaba Orage y a estudiarlo con detenimiento se dedica en las páginas de este sexto capítulo con el que culmina la primera parte de su obra. Nos describe su biografía, su manera de proceder, sus inquietudes y sus experiencias, para culminar en un análisis más detenido de la quizás más importante obra de Ouspenski, Tertium Organum, un alarde de especulación metafísica, entusiasmo intelectual, penetración poética y optimismo evolucionista. Nos describe dos obsesiones de Ouspenski: la del déja vu, que le lleva al nieztscheano eterno retorno, y su convicción de que tras la fachada del mundo cotidiano yace otra realidad, una cuarta dimensión. Define Lachman como tema básico de Tertium Organum la necesidad de traspasar los límites artificiales del conocimiento impuestos por la inadecuada lógica de la ciencia positivista, para demostrar que nuestra consciencia cotidiana y normal es solo un modo de consciencia y que el mundo físico que percibimos a través de ella es su producto. Se trata de un importante capítulo dentro de esta primera parte de la obra.
La evolución esotérica
La Evolución esotérica constituye la segunda parte, que se abre con el capítulo El obispo y el bulldog, el séptimo del libro. Un capítulo de mera transición, en el que expone los comienzos de la teoría de Darwin, con sus antecedentes y posteriores pensadores, haciendo hincapié en que aquella teoría de la evolución, a su juicio, hacía innecesaria la mente para justificar la evolución de las especies. El título del capítulo está referido al debate celebrado en 1860 entre el arzobispo Wilberforce y el biólogo Huxley, conocido como el bulldog de Darwin.
Que entre Madame es el título del capítulo octavo. Por supuesto, esta madame no puede ser otra que Helena Petrova Blavatsky, personaje muy controvertido en su época y no muy apreciada en la actualidad. Pero si Lachman la hace aparecer en escena es porque considera que fue la primera persona que defendió con energía un elemento transfísico en la evolución, presentado un esquema de la evolución cósmica y humana considerablemente distinto del ofrecido por la ciencia moderna. Justifica lo llamativo de su aparición en el panorama del siglo XIX por el advenimiento de la segunda ley de la termodinámica de Clausius, que ofrecía un futuro pesimista al cosmos y a la humanidad, a la que Blavatsky contraponía algún tipo de esperanza con sus teorías. Lógicamente, no defiende el autor a la extravagante médium, pero sí expone lo acertado de algunas de sus propuestas, como son la de la unidad fundamental de toda la existencia; la idea, corolario de la anterior, de que el universo está vivo; la de que el ser humano es un microcosmos que comprende en sí todas las fuerzas que operan en el universo, etc. Quizás, este capítulo sería prescindible, salvo como anécdota o como introductor del personaje que aparece en el siguiente: El doctor Steiner, supongo.
En este capítulo, el noveno, se limita el autor a presentarnos a Rudolf Steiner, comentando algo de su biografía y de quienes influyeron en su pensamiento: Goethe, Euclides, Kant, … junto a otras personas a las que la historia prácticamente desconoce. Serán los capítulos diez y once los que nos abran las puertas a sus propuestas, que Lachman analiza en detalle.
En el capítulo 10, De la ciencia de Goethe a la sabiduría del ser humano, el autor comienza con estas líneas: “Steiner combinó su sensibilidad psíquica, sus conocimientos sobre la cosmovisión de Goethe y el marco evolutivo de La doctrina secreta para elaborar una versión extraordinaria de la evolución humana y cósmica. Puso a su enseñanza el nombre de antroposofía”. Y lo hacía en un momento en que el cientificismo se había establecido como garante oficial de la verdad, a lo que Steiner contraponía que la ciencia tiene que combatirse con la ciencia, asunto al que se dedicó de lleno. En el fondo, lo que se proponía era una investigación rigurosa y la exploración de la consciencia, es decir, entender cómo nuestra consciencia llegó a ser lo que es en la actualidad. O lo que es lo mismo, la consciencia en evolución: “El hombre no solo está ahí para formarse una imagen de un mundo concluido; no: él mismo coopera en la existencia efectiva del mundo”.
Y Lachman continúa su análisis en el capítulo siguiente, La evolución cósmica. Aquí recoge y sintetiza la doctrina de Steiner sobre la evolución de nuestro sistema solar hasta llegar a la materialización actual de la tierra, previendo nuevas fases de una creciente espiritualización, un proceso que viene guiado por las jerarquías espirituales; todo un sistema que elaboró tras la lectura de los registros akáshicos. También Lachman se refiere a los estados de consciencia que propuso Steiner, recogidos en la serie de conferencias disponibles bajo el título La teosofía del rosacruz. Pese a la complejidad del tema, el autor nos ofrece una buena síntesis del pensamiento de la antroposofía.
Esta segunda parte de la obra, dedicada a la evolución esotérica, se cierra con La hipnagogia, término relativamente reciente, poco conocido hasta los planteamientos del profesor de la universidad de Brunel, Andreas Mavromatis, quien publicó la primera obra exhaustiva sobre ese estado de consciencia excepcional entre la vigilia y el sueño; unos estados que, pese a no saber cómo reconocerlos, nos son habituales diariamente. El autor dedica este bloque a explicar la relación del cerebro con la hipnagogia, apuntando que coincide tal situación de la consciencia con los planteamientos de Rudolf Steiner, lo que viene a confirmar su carácter evolutivo y que da pie a pensar que existen muchas realidades y que lo que llamamos estado de vigilia es solo una de ellas. Finaliza con las siguientes palabras: “si esta evolución de la consciencia puede verse en la propia estructura del cerebro […] la pregunta siguiente es: ¿ha dejado dicha evolución alguna otra huella? […] ¿existe algún registro fósil de la mente?”. Justamente lo que trata en la tercera parte del libro, con el apropiado título La arqueología de la consciencia.
La arqueología de la consciencia
En ella, el autor examina las pruebas que demuestran qué tipo de consciencia pudieron experimentar nuestros antepasados antiguos y prehistóricos; si la consciencia ha evolucionado, no cabe duda de que hemos llegado al punto actual a través de etapas previas.
La mente invisible es el primer bloque de esta nueva parte de la obra. Y esto es así porque, cuando pretendemos estudiar la historia de la consciencia, nos enfrentamos al hecho de que no existen restos fósiles, por el simple hecho de que no es material, es libre respecto a la materialidad. Hoy solo disponemos de nuestra propia consciencia que, en contra del cientificismo, no se constriñe a nuestro cerebro. Y algo más: nuestra consciencia, nuestro verdadero yo, nos es realmente invisible, no es asible por nuestros medios, se nos escapa. Y, siendo esto así, ¿cómo podemos saber que ha evolucionado? Pues porque aunque no sea material, no carece de relación con la materia; podemos ver cómo la penetra y la desarrolla desde sus estadios más tempranos hasta cuerpos cada vez más refinados y complejos. Y es ahí donde pensadores como Bergson o Teilhard de Chardin pueden dibujar el movimiento evolutivo de la consciencia a través de la materia. Llegados a este punto, la meta ya no es el control directo de esa materia, sino que la consciencia se centra en el desarrollo y crecimiento del mundo interior, estableciendo nuevas maneras de interactuar y relacionarse con aquella. ¿Cómo? A través del arte, la ciencia y la religión, en una palabra, de la cultura.
Pero, ¿cuándo empezó exactamente la mente a dejar su huella en el mundo físico? No se conoce la respuesta ni, probablemente, se conocerá nunca, aunque Lachman sugiere que sí ha dejado algún rastro que se sitúa en los mitos, una etapa de preconsciencia. Alude al ejemplo de los niños que, hasta los dos años, no rompen el cascarón de su estado urobórico, en el que no distinguen ninguna ruptura entre ellos y el mundo exterior y trae como ejemplo el mito de la expulsión del edén que, opina, “es el trauma que experimenta cada ser humano al salir del cascarón urobórico de la infancia”. En cualquier caso, sugiere que la aparición de la autoconsciencia es relativamente reciente, situándola en el comienzo de un registro escrito, la historia, el nacimiento de la civilización.
Seguidamente, Gary Lachman dedica un extenso capítulo, el quince, a El mundo perdido. En él recorre diversas teorías que, aunque no probadas científicamente pero basadas en determinados hallazgos, permiten especular con cierta racionalidad y fundamento. Nos habla de Marija Gimbutas y su civilización matriarcal, muy desarrollada, anterior incluso a la egipcia, y que desapareció aplastada por otras más burdas. Aporta los trabajos de Stan Gooch sobre los conocimientos de los neandertales, que no eran tan primitivos como se admite habitualmente y que hoy perviven apresados dentro de nuestro cerebro. También Richard Rudgley, quien defiende las pruebas de la existencia de una lengua paleolítica o unas matemáticas de la edad de piedra. Finalmente, los trabajos de Paul Devereux acerca de la afición primitiva por los estados alterados de consciencia y la aparición de un talento astronómico aparecido en una edad muy temprana. Trae a colación inexplicables hallazgos de anomalías evolutivas, como la presencia de fósiles anatómicamente modernos en épocas arcaicas. Todo ello para concluir que “estas anomalías dan a entender que la pulcra y metódica versión de la ‘ascensión del hombre’ desde los simiescos ancestros primitivos hasta nosotros no es tan evidente como quieren afirmar los expertos”. Esto es lo que Lachman afirma.
En un paso más, el autor dedica un capítulo a La consciencia no cerebral. Propone que la consciencia de nuestros antepasados prehistóricos fue muy diferente a la nuestra y no debía de diferir mucho de la de los animales. Se trataba de una consciencia con un conocimiento, no por aprendizaje, sino por una captación irreflexiva e inmediata de las leyes fundamentales de la existencia. Pero, con la explosión cerebral esto cambió. Sin embargo, parece que la física cuántica y la relatividad abren la puerta a un universo más concordante con la cosmología de los antiguos. En apoyo de su teoría, realiza un estudio de la obra de Réné Schwaller y sus investigaciones sobre la esfinge y otros monumentos del antiguo Egipto que abundan en la idea de la existencia de una civilización muy anterior a la histórica que conocemos, dotada de ese conocimiento inmediato, de intuición, y que vendría a estar confirmada por hallazgos arqueológicos cuya datación no se corresponde con la admitida por la arqueología convencional.
Pese a ello, en un momento dado, mejor, a lo largo de un período largo, se produjo una escisión en nuestro cerebro, por la que perdimos esa manera de conocer inmediata e intuitiva. Una escisión, por otro lado, necesaria para que se produjera la evolución. Nuestros ancestros no tenían necesidad de de explorar el cosmos, lo tenían ahí, estaban como en casa; gozaban de una consciencia comunal y la escisión comienza, precisamente, cuando se toma consciencia de la individualidad. En tal sentido, apunta, citando a otros autores, que nuestra mente lineal proviene de nuestra ascendencia cromañoide, mientras las cualidades místicas e intuitivas son herencia de los neandertales. Un signo importante del inicio de esa escisión es la aparición del alfabeto, fruto de un esfuerzo abstracto y lineal, que dominará a la parte intuitiva del cerebro. En la actualidad, con la aparición de internet, parece que nos podemos estar alejando de ese pensamiento lineal para volver al renacimiento de la imagen. Shlain, Gooch, Julian Jaynes y Wilson Van Dusen, son algunos de los autores que cimientan los planteamientos de Lachman. Y con ellos cierra la tercera parte del libro para adentrarnos en la cuarta, dedicada a la Epistemología participativa.
Epistemología participativa
En ella, trata de cómo pudo ser la consciencia antes de aquella escisión y sobre cómo podría ser en el futuro. Se apoya en tres autores, Owen Barfield (que nos muestra cuánto puede decirnos la historia del lenguaje sobre la evolución de la consciencia), Yuri Moskvitin (que trató sobre nuestros mecanismos de percepción y la relación de la consciencia con el mundo exterior como un todo) y Colin Wilson (quien habla de nuestra capacidad para traspasar los límites del presente y experimentar otras épocas y lugares).
Y, en efecto, en El impacto de la metáfora, se detiene Lachman en Owen Barfield. La idea esencial de este discípulo de Rudolf Steiner, la resume el autor: “Con el tiempo no solamente han evolucionado nuestras ideas sobre las cosas, sino también nuestra consciencia de ellas, y esa evolución queda registrada en el lenguaje. Y aunque la concepción estándar de la evolución supone una consciencia muy similar a la nuestra, confrontada con un mundo exterior preexistente compuesto por objetos distintos, independientes e impermeables, lo que queda registrado en el lenguaje […] es algo diferente”. A medida que retrocedemos en la historia, el lenguaje se vuelve más figurativo, más metafórico y más semejante al de la poesía de lo que es hoy. Para Barfield, los relatos sobre espíritus de la naturaleza, cuentos populares y mitos y leyendas, todo eso tiene su origen en la consciencia participativa de la que ya hemos hablado y que evoluciona al estadio actual.
Todavía muchas más páginas dedica Lachman a la obra de Barfield: el capítulo diecinueve, La mente participativa, y el veinte, El tapiz de la naturaleza. En el primero de estos dos, se concluye que, según Barfield, el mundo que vemos es como es porque nuestra consciencia es como es; si esta, nuestra consciencia, fuera distinta, el mundo también lo sería. Y en el siguiente, se refiere a que la historia del lenguaje es tan importante porque revela una consciencia y un mundo diferentes de los nuestros. Resultan muy interesantes estos capítulos dedicados a Barfield, que merecen una lectura reposada, recorriendo su pensamiento a través de sus principales obras.
Yuri Moskvitin es el protagonista de los dos capítulos siguientes del libro. Los titula Pensar el pensamiento: Yuri Moskvitin y la antroposfera y El agujero negro de la consciencia. En ellos Lachman nos ofrece un acertado resumen de los planteamientos de este autor danés que exige una lectura de estas páginas. Un pensamiento, el de Moskvitin, que se podría sintetizar, con todos los riesgos que se corre de comprimir tanto una teoría meditada y amplia, en su concepto de antroposfera: “nombre inusual con el que se refiere al mundo creado por la consciencia humana, que, a su entender, lo incluye todo, desde las pinturas rupestres a la teoría de la relatividad”; es decir, vivimos en un mundo que es mucho más humano que natural, que es, en definitiva, producto de la mente humana. Por lo que respecta a ese agujero negro de la consciencia, Lachman se refiere a la incapacidad de conocer nuestro yo más íntimo, ya que, al reflexionar sobre él, hay una petición de principio: quién observa al que observa, al que reflexiona. Como decimos, son dos capítulos de una lectura muy sugestiva.
Los dos siguientes capítulos, Otros tiempos y lugares y La facultad X, los dedica Lachman a Colin Wilson. Es difícil sintetizar el amplio resumen que hace de este autor. Mejor, utilizar para describirlo, las propias palabras de Lachman: “Uno de los escasos pensadores que han valorado las ideas de Moskvitin es Colin Wilson, que ha dedicado casi medio siglo a lidiar con el problema de la consciencia. Sus ideas sobre la Facultad X y nuestra capacidad para traspasar los límites del presente y experimentar otras épocas y lugares nos permiten entrever algunos poderes, hoy adormecidos pero quizá pronto activos, latentes en la mente humana”. Teorías ciertamente controvertidas pero que Lachman considera conveniente aportar en apoyo de su propuesta.
Presencia del origen
Llegamos, así, a la quinta parte de la obra, Presencia del origen, centrada en la obra de un solo pensador, el filósofo de la cultura Jean Gebser. Ciertamente, no se trata de un autor ampliamente conocido, pero sí lo es para quienes se interesan en las ideas sobre la evolución y la historia de la consciencia. Así, Lachman se detiene en la obra Origen y presente, que data de 1949, obra exigente e intimidadora. ¿Y por qué lo hace así Lachman? En primer lugar porque opina, quizás sin demasiada justificación, que sus ideas merecen ser mejor conocidas; pero también, en segundo lugar, porque tal vez constituya su obra la defensa más extensamente razonada y bien documentada que existe de la evolución de la consciencia. Pero, curándose en salud, Lachman afirma que no pretende decir que la argumentación de Gebser sea la correcta, sino que presenta unas pruebas muy convincentes. Y, como dedica muchas páginas a la vida de aquel filósofo, lo justifica en que su vida encarna un pensamiento clave: que la filosofía está para ser vivida y no meramente pensada.
Su análisis de Gebser lo desarrolla en cuatro capítulos. El primero de ellos lo titula La ascensión al Monte Veontoux, en alusión a la ascensión que hiciera Petrarca a esta cumbre sin una motivación pragmática, sino por el simple deseo de contemplar el panorama, algo inaudito hasta ese momento, y que le produjo una experiencia única. Lachman comenta la biografía de Gebser, haciendo hincapié en las cinco estructuras mentales que concibió y cómo la civilización occidental ha estado sumida en la agonía de la estructura vigente de su consciencia; y de cómo nos encaminamos precipitadamente hacia una nueva forma de consciencia que se manifestaría en una nueva experiencia del tiempo. Pensaba Gebser que la raza humana se dirigiría en las décadas venideras hacia una catástrofe global, una era de absoluto materialismo científico y desprovista de espíritu pero que se podría evitar con voluntad y capacidad de visión.
Estructuras de la consciencia, La estructura mental-racional y La estructura integral son los tres siguientes capítulos que Lachman dedica al estudio de la obra de Gebser. Y lo hace partiendo del análisis de su libro ya citado Origen y presente, un tomo de una seiscientas páginas de enseñanzas y sabidurías inmensas destinadas a un lector ya iniciado en ciertos aspectos de la historia de la cultura y de la civilización occidental, así como en los aspectos más esotéricos de la creatividad humana. Lachman explica con detalle las estructuras propuestas por Gebser: la arcaica, la mágica, la mítica, la mental-racional y la mental integral, teniendo siempre en cuenta que, según el propio Gebser, en esta evolución de las estructuras de la consciencia, las anteriores continúan activas y presentes en la nuestra.
Epílogo
Con esto, llegamos al Epílogo que Lachman titula Ganando tiempo, en alusión a esa nueva forma de consciencia manifestada, según Gebser, en una novedosa experiencia del tiempo. Es justamente el tiempo el eje central de este último apartado del libro. Nos encontramos en un mundo más frenético, más rápido, aunque hay quienes no están de acuerdo con la situación e impulsan movimientos desaceleradores que invitan a pisar el freno.
Pero hay más circunstancias: la opinión de que el pasado continúa existiendo y está presente a la consciencia, necesitando solo un reajuste para que nos sea accesible; la idea de que lo pictórico, el mundo de la imagen, que llena nuestra vida está sustituyendo al pensamiento racional-lineal; incluso, el mundo del libro, que nos invita a salir del aquí y ahora para penetrar pausadamente en otro espacio-tiempo, parece llamado a quebrarse; que el ego, nuestra consciencia del yo, en cuanto necesitado de trascendencia, no es algo que se pueda desestimar sin más; … Todo ello nos invita a pensar que la experiencia humana del tiempo está sufriendo una mutación fundamental; que asistimos a alguna transformación de las cosas; que la consciencia humana, al menos en el mundo occidental, se encamina hacia un cambio radical en su infraestructura mental o está ya en sus primeras fases y que este cambio comportará una nueva experiencia del tiempo. Se inclina Lachman por pensar que estamos ante una transformación de la consciencia misma y que disponemos del potencial necesario para llevarla a cabo. Y cierra citando esta frase de Gebser: “el mundo nunca será un paraíso. Si llegase a serlo, su existencia se volvería ilusoria. No nos engañemos ni sucumbamos a falsas esperanzas. El mundo no mejorará demasiado, tan solo será un poco distinto y tal vez sepa valorar un poco más las cosas que realmente importan”.
Concluyendo
Nos hallamos ante una historia de la consciencia, no de la única historia de la consciencia; hay muchas otras, según reconoce el autor, quien confía en que vaya saliendo a la luz el mayor número de ellas. Tampoco son únicas las ideas de la consciencia aquí expuestas, sino que, como dice el propio Lachman, son una fracción de las muchas que se han concebido y cuyas implicaciones y posibilidades enriquecen nuestra vida. E, igualmente, reconoce que sus preferencias e intereses son las que han guiado la selección de autores y de vericuetos por los que nos ha conducido en esta su historia secreta de la consciencia.
Aunque nos muestra sus preferencias y aquellas opiniones por las que se inclina, el autor es muy respetuoso con el lector. Le ofrece datos, argumentos, informaciones, para que pueda ir llegando, si acepta cuanto se le propone, a las conclusiones que pretende defender. Es un logro alcanzado.
En cualquier caso, el libro resulta sumamente ameno y de asequible lectura, pese a lo complejo del tema tratado. Evidentemente, en asunto tan complicado, la diversidad de opiniones es abundante. No las esconde Lachman, aunque corresponde al lector encontrar la suya propia y oponerla, razonadamente, a las por él expuestas.
En cuanto a la presentación del libro, es de destacar lo cuidado de la edición. Encuadernado en cartoné, con tipología gráfica muy clara y generosa distribución del texto, con guardas bellamente ilustradas. Las notas, por capítulos, se incluyen al final, haciendo así, más fácil la lectura. Aunque podría ampliar mucho la bibliografía, Gary Lachman se ha circunscrito a la más esencial a los efectos de su obra, una obra de recomendable lectura.
Índice
Introducción. La consciencia explicada
Primera parte. En busca de la consciencia cósmica
Capítulo 1. R.M. Bucke y el futuro de la humanidad
Capítulo 2. William James y la revelación anestésica
Capítulo 3. Henri Bergson y el élan vital
Capítulo 4. El superhombre
Capítulo 5. A.R. Orage y la New Age
Capítulo 6. La cuarta dimensión de Ouspensky
Segunda parte. Evolución esotérica
Capítulo 7. El obispo y el bulldog
Capítulo 8. Que entre Madame
Capítulo 9. El doctor Steiner, supongo
Capítulo 10. De la ciencia de Goethe a la sabiduría del ser humano
Capítulo 11. La evolución cósmica
Capítulo 12. La hipnagogia
Tercera parte. La arqueología de la consciencia
Capítulo 13. La mente invisible
Capítulo 14. Romper el cascarón
Capítulo 15. El mundo perdido
Capítulo 16. La consciencia no cerebral
Capítulo 17. La escisión
Cuarta parte. Epistemología participativa
Capítulo 18. El impacto de la metáfora
Capítulo 19. La mente participativa
Capítulo 20. El tapiz de la naturaleza
Capítulo 21. Pensar el pensamiento: Yuri Moskvitin y la antroposfera
Capítulo 22. El agujero negro de la consciencia
Capítulo 23. Otros tiempos y lugares
Capítulo 24. La facultad X
Quinta parte. La presencia del origen
Capítulo 25. La ascensión al monte Ventoux
Capítulo 26. Estructuras de la consciencia
Capítulo 27. La estructura mental-racional
Capítulo 28. La estructura integral
Epílogo. Ganando tiempo
Notas
Bibliografía selecta
Reseñas
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Redacción T21 , 25/10/2016
Ficha técnica
Guía de inversión para StartUps
El Referente
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La Guía clasifica y estructura por rangos de aportación a los principales fondos de capital riesgo españoles (100 aproximadamente) y europeos (30 aproximadamente), y detalla toda la información de cada uno de ellos (contacto, inversiones, criterios de inversión, fases de aportación…). Asimismo, explica los tipos de financiación complementaria a la privada, como es la financiación pública, europea, bancaria y alternativa.
También relaciona a los 100 business angels más influyentes de España, detallando de cada uno de ellos sus criterios de inversión, inversiones realizadas, consejos y sus accesos a redes sociales. También recoge las principales redes de business angels españolas.
La Guía incluye asimismo un amplio reportaje sobre las 50 ventas de compañías tecnológicas más importantes realizadas desde 1998 con los principales hitos de cada una. También detalla, a partir de un ranking, las 100 mujeres emprendedoras de referencia de España y las 150 aceleradoras, incubadoras y programas de aceleración existentes en España y clasificados por Comunidad Autónoma: se detallan sus convocatorias, así como los beneficios para los emprendedores si son seleccionados en cada una de ellas.
La Guía, distribuida por Axel Springer, se puede encontrar en más de 6.600 puntos de ventas de toda España y a través de Internet.
Comunidad de startups
El Referente, que edita esta Guía, es un medio digital fundado por el emprendedor José María Torrego en el año 2009. Tras posicionarlo como medio de referencia universitario y no encontrar un modelo de negocio estable en el sector, decidió pivotar la idea hacia un medio digital enfocado en startups y emprendedores en marzo de 2014. Al mismo tiempo lanzó la primera comunidad de startups española, denominada Referentes, un movimiento social emprendedor que impulsa y difunde las ideas más innovadoras de España. Después de dos años y medio la Comunidad está formada por más de 500 startups españolas entre las que se encuentran empresas de referencia nacional como Jobandtalent, Carto, Blablacar, Socialcar, We Are Knitters, Ticketbis, Crowdcube, Upplication o Startupxplore, entre otras.
Guía de inversión para StartUps
El Referente
Madrid, 2016
148 págs.
El diario digital El Referente ha lanzado al mercado una iniciativa original: la primera Guía de Inversión para startups 2016 en formato papel.
La Guía reúne a todos los agentes del ecosistema emprendedor español y ayuda a los emprendedores a encontrar financiación para su empresa desde rondas iniciales (fases pre-seed) hasta rondas finales, tanto a nivel nacional como a nivel europeo.
La Guía clasifica y estructura por rangos de aportación a los principales fondos de capital riesgo españoles (100 aproximadamente) y europeos (30 aproximadamente), y detalla toda la información de cada uno de ellos (contacto, inversiones, criterios de inversión, fases de aportación…). Asimismo, explica los tipos de financiación complementaria a la privada, como es la financiación pública, europea, bancaria y alternativa.
También relaciona a los 100 business angels más influyentes de España, detallando de cada uno de ellos sus criterios de inversión, inversiones realizadas, consejos y sus accesos a redes sociales. También recoge las principales redes de business angels españolas.
La Guía incluye asimismo un amplio reportaje sobre las 50 ventas de compañías tecnológicas más importantes realizadas desde 1998 con los principales hitos de cada una. También detalla, a partir de un ranking, las 100 mujeres emprendedoras de referencia de España y las 150 aceleradoras, incubadoras y programas de aceleración existentes en España y clasificados por Comunidad Autónoma: se detallan sus convocatorias, así como los beneficios para los emprendedores si son seleccionados en cada una de ellas.
La Guía, distribuida por Axel Springer, se puede encontrar en más de 6.600 puntos de ventas de toda España y a través de Internet.
Comunidad de startups
El Referente, que edita esta Guía, es un medio digital fundado por el emprendedor José María Torrego en el año 2009. Tras posicionarlo como medio de referencia universitario y no encontrar un modelo de negocio estable en el sector, decidió pivotar la idea hacia un medio digital enfocado en startups y emprendedores en marzo de 2014. Al mismo tiempo lanzó la primera comunidad de startups española, denominada Referentes, un movimiento social emprendedor que impulsa y difunde las ideas más innovadoras de España. Después de dos años y medio la Comunidad está formada por más de 500 startups españolas entre las que se encuentran empresas de referencia nacional como Jobandtalent, Carto, Blablacar, Socialcar, We Are Knitters, Ticketbis, Crowdcube, Upplication o Startupxplore, entre otras.
Reseñas
Politique étrangère: La decepción latinoamericana
Redacción T21 , 19/10/2016
América Latina encarnaba hace tiempo una democratización política imparable, una evolución de sus sociedades hacia la reducción de las grandes desigualdades y su inserción en una economía mundializada. Pero este sueño ha terminado, señala Politique étrangère en su último número.
Politique étrangère es la revista del Instituto Francés de Relaciones Internacionales que incluye debates y análisis sobre las grandes cuestiones internacionales, ya sean políticas, como económicas o de seguridad.
Sobre América Latina, señala que en Brasil, la experiencia del Partido de los Trabajadores no ha alterado las desigualdades, ni conseguido tampoco el crecimiento económico esperado, al mismo tiempo que ha desacreditado al sistema político.
En Argentina, después de dos mandatos de los Kichners, difíciles de analizar, la incertidumbre rodea a la futura evolución del país. En Colombia y México, la violencia asociada a la rebelión y al narcotráfico es todavía compleja y peligrosa.
En consecuencia, parece que América Latina sólo presenta en este momento su diversidad y su fracaso provisional en el intento de consolidar las opciones democráticas, concluye la revista.
Crisis de Europa
La revista dedica asimismo un espacio a la crisis de Europa, tanto como continente como a la crisis de la construcción europea, abordando diversas cuestiones como el posible federalismo frente al reforzamiento de las naciones, así como las consecuencias del brexit.
Politique étrangère es la revista del Instituto Francés de Relaciones Internacionales que incluye debates y análisis sobre las grandes cuestiones internacionales, ya sean políticas, como económicas o de seguridad.
Sobre América Latina, señala que en Brasil, la experiencia del Partido de los Trabajadores no ha alterado las desigualdades, ni conseguido tampoco el crecimiento económico esperado, al mismo tiempo que ha desacreditado al sistema político.
En Argentina, después de dos mandatos de los Kichners, difíciles de analizar, la incertidumbre rodea a la futura evolución del país. En Colombia y México, la violencia asociada a la rebelión y al narcotráfico es todavía compleja y peligrosa.
En consecuencia, parece que América Latina sólo presenta en este momento su diversidad y su fracaso provisional en el intento de consolidar las opciones democráticas, concluye la revista.
Crisis de Europa
La revista dedica asimismo un espacio a la crisis de Europa, tanto como continente como a la crisis de la construcción europea, abordando diversas cuestiones como el posible federalismo frente al reforzamiento de las naciones, así como las consecuencias del brexit.
Redacción T21
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Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850










