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Reseñas

La inmortalidad humana Juan Antonio Martínez de la Fe , 25/05/2026
La inmortalidad humana
Ficha Técnica

Título: La inmortalidad humana
Autor: William James
Edita: Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, 2025
Colección: Biblioteca Filosófica
Traducción y prólogo: Ángel Cagigas
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 108
ISBN: 978-84-19877-64-2
Precio: 14,16 euros

No es este un libro nuevo, aunque su temática nunca ha perdido actualidad. Al contrario. Es fruto de una conferencia pronunciada por el autor que, parece lógico, suscitó tantas críticas a su teoría de la transmisión que se vio forzado, en el texto del prefacio a la segunda edición, a precisar varios de los conceptos de su alocución.

Sostenían los censores de su texto que la teoría de la transmisión expuesta por William James se podía entender como la ya conocida idea panteísta de la inmortalidad; la pretensión de James era afirmar que toda memoria y emoción de la vida actual se preserva; y que, jamás de los jamases, dejará de poder decirse, tras la muerte, que soy el mismo ente personal que tuvo aquellas experiencias en la tierra en épocas pasadas, pese a que hayamos de lamentar la pérdida de algunas de nuestras limitaciones personales tras el óbito.

Superado este trámite de precisiones a lo que resultó ser la segunda edición del texto de su conferencia, el libro entra de lleno en el desarrollo de las palabras pronunciadas por el autor en 1898, invitado por la Fundación Ingersoll.

“La inmortalidad es una de las grandes necesidades espirituales del hombre”, afirma categóricamente. Tal necesidad, que se entiende constitutiva de la humanidad, ha desembocado en el nacimiento de unos custodios oficiales de esta necesidad: las religiones.

Partiendo de la idea de que todo el asunto de la vida inmortal tiene sus principales raíces en la sensibilidad personal, se detiene James en un intento de dar réplica a las objeciones que la moderna cultura mantiene sobre la vieja noción de la vida del más allá. Concreta sus ideas en dos de tales objeciones.

Primera objeción

La primera está referida a la total dependencia de nuestra vida espiritual respecto al cerebro: toda nuestra vida interior es una función de “ese famoso material que llamamos ‘sustancia gris’ de nuestras circunvoluciones cerebrales”. El pensamiento es una función del cerebro.

Para el autor, esta objeción viene dada por una visión demasiado superficial del hecho admitido de la dependencia funcional. En el supuesto de que la función de producción sea la única posible del cerebro, estaría justificado el reproche. Pero es que tiene otras funciones, tales como la liberación o función permisiva y, sobre todo, la función de transmisión, función esta que constituye el núcleo principal de su pensamiento.

Si un órgano, como el cerebro, no puede producir conciencia de la nada, para James no es irracional pensar en una conciencia ya existente, que permanece entre bastidores y que es coetánea del mundo. En tal planteamiento, solo necesitamos suponer la continuidad de nuestra conciencia con un “mar madre”, como denomina a esa conciencia previa; y se remite a Kant, quien dijo que “la muerte del cuerpo puede ser realmente el final del uso sensitivo de nuestra mente, pero solo el principio de su uso intelectual”.

¿Cómo ayuda esta teoría a imaginarnos nuestra inmortalidad? Responde William James: “Lo que todos deseamos conservar son justo esas restricciones individuales, precisamente esas tendencias y peculiaridades que nos definen a todos nosotros y que constituyen lo que denominamos nuestra identidad. Nuestra finitud y nuestras limitaciones parecen ser nuestra esencia personal”. Esencia que perdurará más allá del trance final. Promete, en otras conferencias, profundizar en estos aspectos que, por ahora, quedan limitados a lo expuesto.

Segunda objeción

Se plantea en forma de pregunta: si la inmortalidad fuese cierta, ¿se debería de creer que son inmortales un número increíble e intolerable de seres?; si alguna criatura vive para siempre, ¿por qué no todas, incluidos los animales? No hay un ser que no exija, y lo haga intensamente, la vida continua de la conciencia que anima la forma del ser.

En la respuesta que propone el autor hay un alejamiento del terreno estrictamente científico, para pasar al plano de lo religioso, de lo filosófico, de lo espiritual. Para un panteísta, solo se necesita decir que, a través de ellos, como a través de otros tantos canales de expresión diferentes, el espíritu eterno del Universo afirma y desarrolla su propia vida infinita.

Y, en el supuesto de una base teísta, se puede afirmar que Dios posee una capacidad de amar tan inagotable que requiere y precisa de una inacabable acumulación de vidas.

A partir de aquí, el libro reserva una considerable cantidad de páginas a las notas de diversa extensión e importancia en relación con todo el texto de la conferencia nuclear de la obra.

Concluyendo

El tema de la inmortalidad es recurrente a lo largo de la historia. Y no ha perdido ni un ápice de su actualidad. Lo recogen tratados de filosofía, textos de las más variadas procedencias religiosas y espirituales y sesudos productos tanto científicos como cientificistas.

La literatura no se aleja del asunto. Una reciente publicación del intelectual canario Juan Manuel García Ramos hace un recorrido literario, filosófico y etnográfico sobre la materia en su obra El temor de morir. Citar también, por ser ampliamente conocidas, las diversas intervenciones en medios de comunicación del doctor Manuel Sans Segarra que avala, con su experiencia en tratamiento con pacientes, la continuidad de la conciencia tras la certificación clínica de la muerte.

Al leer esta obra ha de tenerse muy presente la fecha en que fue pronunciada la conferencia matriz del texto: finales del siglo XIX. William James hace referencia reiterada al estado de los conocimientos científicos en esos años sobre los que ha habido abundantes y extraordinarios avances. Pese a ello, su planteamiento filosófico del tema no ha perdido del todo su vigencia, por lo que su lectura resulta de interés. En este sentido, hay que destacar la importancia del prólogo firmado por Ángel Cagigas, que crea el marco adecuado en el que situar el texto de la obra.

Índice

Prólogo. Entre la ciencia y la verdad, por Ángel Cagigas
LA INMORTALIDAD HUMANA
Prefacio a la segunda edición
La inmortalidad humana
Notas (11 notas)





La inmortalidad humana
Notas sobre el autor

William James, Nueva York 1842 – Nuevo Hampshire 1910, fue un influente psicólogo y filósofo estadounidense, considerado uno de los padres de la psicología moderna. Estudió medicina y enseñó en la Universidad de Harvard. Fue pionero en la psicología funcionalista, enfocada en cómo la mente se adapta al entorno. Su obra más destacada, Principios de psicología (1890), marcó un hito en la disciplina. James también fue una figura clave del pragmatismo filosófico, destacando la utilidad práctica del pensamiento. Su interés por la religión y la mística se refleja en Las variedades de la experiencia religiosa (1902). Su legado sigue influyendo la psicología y la filosofía contemporáneas.

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25/05/2026 Comentarios