Reseñas
La inmortalidad humana
Juan Antonio Martínez de la Fe , 25/05/2026
Ficha Técnica
Título: La inmortalidad humana
Autor: William James
Edita: Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, 2025
Colección: Biblioteca Filosófica
Traducción y prólogo: Ángel Cagigas
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 108
ISBN: 978-84-19877-64-2
Precio: 14,16 euros
No es este un libro nuevo, aunque su temática nunca ha perdido actualidad. Al contrario. Es fruto de una conferencia pronunciada por el autor que, parece lógico, suscitó tantas críticas a su teoría de la transmisión que se vio forzado, en el texto del prefacio a la segunda edición, a precisar varios de los conceptos de su alocución.
Sostenían los censores de su texto que la teoría de la transmisión expuesta por William James se podía entender como la ya conocida idea panteísta de la inmortalidad; la pretensión de James era afirmar que toda memoria y emoción de la vida actual se preserva; y que, jamás de los jamases, dejará de poder decirse, tras la muerte, que soy el mismo ente personal que tuvo aquellas experiencias en la tierra en épocas pasadas, pese a que hayamos de lamentar la pérdida de algunas de nuestras limitaciones personales tras el óbito.
Superado este trámite de precisiones a lo que resultó ser la segunda edición del texto de su conferencia, el libro entra de lleno en el desarrollo de las palabras pronunciadas por el autor en 1898, invitado por la Fundación Ingersoll.
“La inmortalidad es una de las grandes necesidades espirituales del hombre”, afirma categóricamente. Tal necesidad, que se entiende constitutiva de la humanidad, ha desembocado en el nacimiento de unos custodios oficiales de esta necesidad: las religiones.
Partiendo de la idea de que todo el asunto de la vida inmortal tiene sus principales raíces en la sensibilidad personal, se detiene James en un intento de dar réplica a las objeciones que la moderna cultura mantiene sobre la vieja noción de la vida del más allá. Concreta sus ideas en dos de tales objeciones.
Primera objeción
La primera está referida a la total dependencia de nuestra vida espiritual respecto al cerebro: toda nuestra vida interior es una función de “ese famoso material que llamamos ‘sustancia gris’ de nuestras circunvoluciones cerebrales”. El pensamiento es una función del cerebro.
Para el autor, esta objeción viene dada por una visión demasiado superficial del hecho admitido de la dependencia funcional. En el supuesto de que la función de producción sea la única posible del cerebro, estaría justificado el reproche. Pero es que tiene otras funciones, tales como la liberación o función permisiva y, sobre todo, la función de transmisión, función esta que constituye el núcleo principal de su pensamiento.
Si un órgano, como el cerebro, no puede producir conciencia de la nada, para James no es irracional pensar en una conciencia ya existente, que permanece entre bastidores y que es coetánea del mundo. En tal planteamiento, solo necesitamos suponer la continuidad de nuestra conciencia con un “mar madre”, como denomina a esa conciencia previa; y se remite a Kant, quien dijo que “la muerte del cuerpo puede ser realmente el final del uso sensitivo de nuestra mente, pero solo el principio de su uso intelectual”.
¿Cómo ayuda esta teoría a imaginarnos nuestra inmortalidad? Responde William James: “Lo que todos deseamos conservar son justo esas restricciones individuales, precisamente esas tendencias y peculiaridades que nos definen a todos nosotros y que constituyen lo que denominamos nuestra identidad. Nuestra finitud y nuestras limitaciones parecen ser nuestra esencia personal”. Esencia que perdurará más allá del trance final. Promete, en otras conferencias, profundizar en estos aspectos que, por ahora, quedan limitados a lo expuesto.
Segunda objeción
Se plantea en forma de pregunta: si la inmortalidad fuese cierta, ¿se debería de creer que son inmortales un número increíble e intolerable de seres?; si alguna criatura vive para siempre, ¿por qué no todas, incluidos los animales? No hay un ser que no exija, y lo haga intensamente, la vida continua de la conciencia que anima la forma del ser.
En la respuesta que propone el autor hay un alejamiento del terreno estrictamente científico, para pasar al plano de lo religioso, de lo filosófico, de lo espiritual. Para un panteísta, solo se necesita decir que, a través de ellos, como a través de otros tantos canales de expresión diferentes, el espíritu eterno del Universo afirma y desarrolla su propia vida infinita.
Y, en el supuesto de una base teísta, se puede afirmar que Dios posee una capacidad de amar tan inagotable que requiere y precisa de una inacabable acumulación de vidas.
A partir de aquí, el libro reserva una considerable cantidad de páginas a las notas de diversa extensión e importancia en relación con todo el texto de la conferencia nuclear de la obra.
Concluyendo
El tema de la inmortalidad es recurrente a lo largo de la historia. Y no ha perdido ni un ápice de su actualidad. Lo recogen tratados de filosofía, textos de las más variadas procedencias religiosas y espirituales y sesudos productos tanto científicos como cientificistas.
La literatura no se aleja del asunto. Una reciente publicación del intelectual canario Juan Manuel García Ramos hace un recorrido literario, filosófico y etnográfico sobre la materia en su obra El temor de morir. Citar también, por ser ampliamente conocidas, las diversas intervenciones en medios de comunicación del doctor Manuel Sans Segarra que avala, con su experiencia en tratamiento con pacientes, la continuidad de la conciencia tras la certificación clínica de la muerte.
Al leer esta obra ha de tenerse muy presente la fecha en que fue pronunciada la conferencia matriz del texto: finales del siglo XIX. William James hace referencia reiterada al estado de los conocimientos científicos en esos años sobre los que ha habido abundantes y extraordinarios avances. Pese a ello, su planteamiento filosófico del tema no ha perdido del todo su vigencia, por lo que su lectura resulta de interés. En este sentido, hay que destacar la importancia del prólogo firmado por Ángel Cagigas, que crea el marco adecuado en el que situar el texto de la obra.
Índice
Prólogo. Entre la ciencia y la verdad, por Ángel Cagigas
LA INMORTALIDAD HUMANA
Prefacio a la segunda edición
La inmortalidad humana
Notas (11 notas)
Título: La inmortalidad humana
Autor: William James
Edita: Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, 2025
Colección: Biblioteca Filosófica
Traducción y prólogo: Ángel Cagigas
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 108
ISBN: 978-84-19877-64-2
Precio: 14,16 euros
No es este un libro nuevo, aunque su temática nunca ha perdido actualidad. Al contrario. Es fruto de una conferencia pronunciada por el autor que, parece lógico, suscitó tantas críticas a su teoría de la transmisión que se vio forzado, en el texto del prefacio a la segunda edición, a precisar varios de los conceptos de su alocución.
Sostenían los censores de su texto que la teoría de la transmisión expuesta por William James se podía entender como la ya conocida idea panteísta de la inmortalidad; la pretensión de James era afirmar que toda memoria y emoción de la vida actual se preserva; y que, jamás de los jamases, dejará de poder decirse, tras la muerte, que soy el mismo ente personal que tuvo aquellas experiencias en la tierra en épocas pasadas, pese a que hayamos de lamentar la pérdida de algunas de nuestras limitaciones personales tras el óbito.
Superado este trámite de precisiones a lo que resultó ser la segunda edición del texto de su conferencia, el libro entra de lleno en el desarrollo de las palabras pronunciadas por el autor en 1898, invitado por la Fundación Ingersoll.
“La inmortalidad es una de las grandes necesidades espirituales del hombre”, afirma categóricamente. Tal necesidad, que se entiende constitutiva de la humanidad, ha desembocado en el nacimiento de unos custodios oficiales de esta necesidad: las religiones.
Partiendo de la idea de que todo el asunto de la vida inmortal tiene sus principales raíces en la sensibilidad personal, se detiene James en un intento de dar réplica a las objeciones que la moderna cultura mantiene sobre la vieja noción de la vida del más allá. Concreta sus ideas en dos de tales objeciones.
Primera objeción
La primera está referida a la total dependencia de nuestra vida espiritual respecto al cerebro: toda nuestra vida interior es una función de “ese famoso material que llamamos ‘sustancia gris’ de nuestras circunvoluciones cerebrales”. El pensamiento es una función del cerebro.
Para el autor, esta objeción viene dada por una visión demasiado superficial del hecho admitido de la dependencia funcional. En el supuesto de que la función de producción sea la única posible del cerebro, estaría justificado el reproche. Pero es que tiene otras funciones, tales como la liberación o función permisiva y, sobre todo, la función de transmisión, función esta que constituye el núcleo principal de su pensamiento.
Si un órgano, como el cerebro, no puede producir conciencia de la nada, para James no es irracional pensar en una conciencia ya existente, que permanece entre bastidores y que es coetánea del mundo. En tal planteamiento, solo necesitamos suponer la continuidad de nuestra conciencia con un “mar madre”, como denomina a esa conciencia previa; y se remite a Kant, quien dijo que “la muerte del cuerpo puede ser realmente el final del uso sensitivo de nuestra mente, pero solo el principio de su uso intelectual”.
¿Cómo ayuda esta teoría a imaginarnos nuestra inmortalidad? Responde William James: “Lo que todos deseamos conservar son justo esas restricciones individuales, precisamente esas tendencias y peculiaridades que nos definen a todos nosotros y que constituyen lo que denominamos nuestra identidad. Nuestra finitud y nuestras limitaciones parecen ser nuestra esencia personal”. Esencia que perdurará más allá del trance final. Promete, en otras conferencias, profundizar en estos aspectos que, por ahora, quedan limitados a lo expuesto.
Segunda objeción
Se plantea en forma de pregunta: si la inmortalidad fuese cierta, ¿se debería de creer que son inmortales un número increíble e intolerable de seres?; si alguna criatura vive para siempre, ¿por qué no todas, incluidos los animales? No hay un ser que no exija, y lo haga intensamente, la vida continua de la conciencia que anima la forma del ser.
En la respuesta que propone el autor hay un alejamiento del terreno estrictamente científico, para pasar al plano de lo religioso, de lo filosófico, de lo espiritual. Para un panteísta, solo se necesita decir que, a través de ellos, como a través de otros tantos canales de expresión diferentes, el espíritu eterno del Universo afirma y desarrolla su propia vida infinita.
Y, en el supuesto de una base teísta, se puede afirmar que Dios posee una capacidad de amar tan inagotable que requiere y precisa de una inacabable acumulación de vidas.
A partir de aquí, el libro reserva una considerable cantidad de páginas a las notas de diversa extensión e importancia en relación con todo el texto de la conferencia nuclear de la obra.
Concluyendo
El tema de la inmortalidad es recurrente a lo largo de la historia. Y no ha perdido ni un ápice de su actualidad. Lo recogen tratados de filosofía, textos de las más variadas procedencias religiosas y espirituales y sesudos productos tanto científicos como cientificistas.
La literatura no se aleja del asunto. Una reciente publicación del intelectual canario Juan Manuel García Ramos hace un recorrido literario, filosófico y etnográfico sobre la materia en su obra El temor de morir. Citar también, por ser ampliamente conocidas, las diversas intervenciones en medios de comunicación del doctor Manuel Sans Segarra que avala, con su experiencia en tratamiento con pacientes, la continuidad de la conciencia tras la certificación clínica de la muerte.
Al leer esta obra ha de tenerse muy presente la fecha en que fue pronunciada la conferencia matriz del texto: finales del siglo XIX. William James hace referencia reiterada al estado de los conocimientos científicos en esos años sobre los que ha habido abundantes y extraordinarios avances. Pese a ello, su planteamiento filosófico del tema no ha perdido del todo su vigencia, por lo que su lectura resulta de interés. En este sentido, hay que destacar la importancia del prólogo firmado por Ángel Cagigas, que crea el marco adecuado en el que situar el texto de la obra.
Índice
Prólogo. Entre la ciencia y la verdad, por Ángel Cagigas
LA INMORTALIDAD HUMANA
Prefacio a la segunda edición
La inmortalidad humana
Notas (11 notas)
Reseñas
León solo
Juan Antonio Martínez de la Fe , 24/05/2026
Ficha Técnica
Título: León solo
Autora: Nadia Jiménez Castro
Edita: Mercurio Editorial, Madrid, 2026
Maquetación: Jorge A. Liria
Diseño de cubierta: Julián Cardeñosa
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 250
ISBN: 979-13-992000-2-7
Precio: 15,60 euros
León se refiere al actual Papa, León XIV. Un pontífice que ha dejado de ocupar unas pocas líneas en los medios de comunicación para tener una destacada y constante presencia en ellos. Y de este Papa nos habla Nadia Jiménez.
Son varias las circunstancias, de las que no están exentas las intuiciones o las coincidencias, que la han llevado a estar muy cerca del Vaticano en trascendentales momentos de tiempos recientes.
Enconclavada en Roma
Estuvo ella en la elección del Papa Francisco, que no necesitó de un adjetivo ordinal tras su nombre; y estuvo muy cerca en su última enfermedad, la que nos lo arrebató, siendo ella testigo de su último viaje hasta su sobrio y modesto lugar de eterno reposo.
Allí, en Roma, figuró entre los expectantes asistentes a la espera de la fumata blanca que indicara que el rebaño de fieles tenía un nuevo pastor. Hasta que aquella nuble blanca cedió el paso al cardenal encargado de proclamar urbi et orbi quién sería el nuevo ocupante de la silla de Pedro: monseñor Prevost.
Los nombres, por lo general, nos vienen impuestos: los eligen por nosotros, atendiendo a memorias y emociones cuando no a momentáneas y efímeras connotaciones, nuestros padres. No sería la vez primera que alguien nos pregunte por cuál habríamos optado nosotros si se nos diera la oportunidad. Importante decisión: en un apretado conjunto de pocas letras pretendemos proyectarnos al mundo con lo que íntimamente nos identificamos.
Las monjas tienen esa opción, en muchas órdenes y congregaciones: al momento de pronunciar su profesión, ya eligen cómo quieren ser llamadas y reconocidas. Una decisión, desde luego, importantísima, pero que, salvo excepciones, y las hay, no reviste la trascendencia que lleva la elección de su nombre por un Papa.
Y el cardenal Prevost eligió el nombre de León, el decimocuarto con este nombre, cuando aún está fresco en la memoria colectiva el de su homónimo predecesor, León XIII, por su aplicación a la labor social de la Iglesia.
Si Francisco destacó por el sentido pastoral, este su sucesor está haciendo de la paz su mensaje central a los fieles y al mundo; no le tiembla el puso ni se le quiebra la voz al denunciar cómo la paz está comprometida por ambiciones, delirios y egos desmedidos que tanto sufrimiento y dolor están sembrando por doquier. La paz es mucho más que una palabra, “es un deseo y una vocación. Es un don y una obra en constante construcción”, dijo.
Si el acto segundo de esta obra se detiene más en Francisco, el tercero está dedicado prácticamente en su integridad a este León para el Viejo Mundo.
Un nuevo León
Llama la autora la atención sobre el ordinal que acompaña a su nombre. Nos advierte de que, según la cábala, en el contexto bíblico, este número nos llevaría hasta el mismísimo David, cuyas letras en hebreo sumarían 14.
Y si, como se dice, habría 14 generaciones entre Abrahm y David, igual cantidad entre David y el Éxodo y otras tantas entre el exilio y el Mesías. Por eso, “la interpretación dada al número catorce sería claramente una expresión de la Providencia… Lo que se dice, una bendición”, cuenta Nadia Jiménez. A lo que añade que son catorce los santos auxiliadores en el catolicismo.
Retorna la autora a las inspiraciones del nombre del nuevo pontífice, León. Y nos recuerda que san Marcos, el primero de los evangelistas, se ve representado por un león; su evangelio es el más dinámico, “pues se centra más en los actos de la vida de Jesús y el que más milagros detalla en su narración. Sus verbos son de acción y sus adverbios, de celeridad y prontitud”.
Es conocido como el Evangelio Petrino, ya que fue redactado en Roma y para los romanos según los recuerdos del primer Papa, san Pedro, sobre la vida compartida con Jesús. De lo que deduce Jiménez que León XIV estaría cuidando esa raíz y volviendo a la fuente para lograr la unión de todos los cristianos, como reclamó en su primer viaje de peregrino por el mundo en Turquía y Líbano.
Son varias y no menudas las referencias que hace la autora a este evangelista en figura de león alado y las aproximaciones que este hecho lleva al actual León que gobierna la Iglesia, trayendo a la memoria palabras de García Lorca, que llamaba a dar un paso al frente y abandonar la contemplación estética, en medio de un mundo que se desmorona.
La figura del Papa Francisco no es ajena a esta obra, a estas crónicas romanas como las denomina Nadia Jiménez. Son páginas cargadas de emoción que pasan brevemente desde su elección para el papado hasta sus últimos días y los postreros momentos, hasta llegar a los finales instantes en que su cuerpo fue depositado en la basílica papal de Santa María la Mayor.
Concluyendo
Como sucede con las crónicas, no se pueden desmenuzar en un comentario sobre su conjunto, como es el caso de este libro de Nadia Jiménez. Quizás, solo aventurarse acerca de un aspecto concreto que, a guía de ejemplo, sirva de invitación a recorrerlas despacio, saboreándolas. Es lo que aquí se propone.
Y esto es lo que sucede con este libro: es para paladearlo, degustarlo y disfrutarlo. Nadia Jiménez es hija de un gran poeta, Juan Jiménez, y de una artista, María Castro. Y aquí se traslucen ambas cualidades de sus progenitores.
Nadia retrata, nos pinta, edificios, calles, personas, alimentos y dulces, utilizando los pinceles de la palabra coloreados en la paleta de la sensibilidad y hermosura poética que le legara su padre.
Son continuas las alusiones a ambas figuras señeras de la cultura canaria y de la sociedad insular. Y del compromiso social que ambos sostuvieron y defendieron los años que tuvieron de vida.
Pero volvamos al libro. Ya se ha señalado: su lenguaje es conciso, exacto, cercano pero no árido; respira cercanía y emana sensibilidad y belleza. Pero es que, además, nos da una muestra de lo vasto que es el conocimiento de la autora de historias, de poemas, de textos literarios y de versos de reconocidos cantautores; nos habla de la torá, de la Biblia, de la historia de la Iglesia, de los mensajes de la Fe: Mercedes Sosa, Andy Rivera, Fernando Meirelles, Silvia Pérez Cruz, Rutger Hauger, Shira Haas, Julio Cortázar, San Agustín, Ernest Hemingway, … y, por supuesto, el Nuevo Testamento, Salvador Allende, Benedicto XVI, … Una panoplia de conocimientos y, sobre todo, de convencimientos, de fe, que se cierran con palabras de Herman Hess: Siempre gana quien sabe amar.
Y disfrutará quien se adentre en las páginas de este libro.
Índice
Nadie dice murió el Papa
Crónicas de un cónclave
3 actos y un epílogo
Exordio. Enconclavada en Roma
Acto 1º
Acto 2º. Tres voces y una cruz. Dos Papas…
Acto 3º. Un León para el Viejo Mundo
Epílogo
Acotación final. (En tiempo de guerra)
Título: León solo
Autora: Nadia Jiménez Castro
Edita: Mercurio Editorial, Madrid, 2026
Maquetación: Jorge A. Liria
Diseño de cubierta: Julián Cardeñosa
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 250
ISBN: 979-13-992000-2-7
Precio: 15,60 euros
León se refiere al actual Papa, León XIV. Un pontífice que ha dejado de ocupar unas pocas líneas en los medios de comunicación para tener una destacada y constante presencia en ellos. Y de este Papa nos habla Nadia Jiménez.
Son varias las circunstancias, de las que no están exentas las intuiciones o las coincidencias, que la han llevado a estar muy cerca del Vaticano en trascendentales momentos de tiempos recientes.
Enconclavada en Roma
Estuvo ella en la elección del Papa Francisco, que no necesitó de un adjetivo ordinal tras su nombre; y estuvo muy cerca en su última enfermedad, la que nos lo arrebató, siendo ella testigo de su último viaje hasta su sobrio y modesto lugar de eterno reposo.
Allí, en Roma, figuró entre los expectantes asistentes a la espera de la fumata blanca que indicara que el rebaño de fieles tenía un nuevo pastor. Hasta que aquella nuble blanca cedió el paso al cardenal encargado de proclamar urbi et orbi quién sería el nuevo ocupante de la silla de Pedro: monseñor Prevost.
Los nombres, por lo general, nos vienen impuestos: los eligen por nosotros, atendiendo a memorias y emociones cuando no a momentáneas y efímeras connotaciones, nuestros padres. No sería la vez primera que alguien nos pregunte por cuál habríamos optado nosotros si se nos diera la oportunidad. Importante decisión: en un apretado conjunto de pocas letras pretendemos proyectarnos al mundo con lo que íntimamente nos identificamos.
Las monjas tienen esa opción, en muchas órdenes y congregaciones: al momento de pronunciar su profesión, ya eligen cómo quieren ser llamadas y reconocidas. Una decisión, desde luego, importantísima, pero que, salvo excepciones, y las hay, no reviste la trascendencia que lleva la elección de su nombre por un Papa.
Y el cardenal Prevost eligió el nombre de León, el decimocuarto con este nombre, cuando aún está fresco en la memoria colectiva el de su homónimo predecesor, León XIII, por su aplicación a la labor social de la Iglesia.
Si Francisco destacó por el sentido pastoral, este su sucesor está haciendo de la paz su mensaje central a los fieles y al mundo; no le tiembla el puso ni se le quiebra la voz al denunciar cómo la paz está comprometida por ambiciones, delirios y egos desmedidos que tanto sufrimiento y dolor están sembrando por doquier. La paz es mucho más que una palabra, “es un deseo y una vocación. Es un don y una obra en constante construcción”, dijo.
Si el acto segundo de esta obra se detiene más en Francisco, el tercero está dedicado prácticamente en su integridad a este León para el Viejo Mundo.
Un nuevo León
Llama la autora la atención sobre el ordinal que acompaña a su nombre. Nos advierte de que, según la cábala, en el contexto bíblico, este número nos llevaría hasta el mismísimo David, cuyas letras en hebreo sumarían 14.
Y si, como se dice, habría 14 generaciones entre Abrahm y David, igual cantidad entre David y el Éxodo y otras tantas entre el exilio y el Mesías. Por eso, “la interpretación dada al número catorce sería claramente una expresión de la Providencia… Lo que se dice, una bendición”, cuenta Nadia Jiménez. A lo que añade que son catorce los santos auxiliadores en el catolicismo.
Retorna la autora a las inspiraciones del nombre del nuevo pontífice, León. Y nos recuerda que san Marcos, el primero de los evangelistas, se ve representado por un león; su evangelio es el más dinámico, “pues se centra más en los actos de la vida de Jesús y el que más milagros detalla en su narración. Sus verbos son de acción y sus adverbios, de celeridad y prontitud”.
Es conocido como el Evangelio Petrino, ya que fue redactado en Roma y para los romanos según los recuerdos del primer Papa, san Pedro, sobre la vida compartida con Jesús. De lo que deduce Jiménez que León XIV estaría cuidando esa raíz y volviendo a la fuente para lograr la unión de todos los cristianos, como reclamó en su primer viaje de peregrino por el mundo en Turquía y Líbano.
Son varias y no menudas las referencias que hace la autora a este evangelista en figura de león alado y las aproximaciones que este hecho lleva al actual León que gobierna la Iglesia, trayendo a la memoria palabras de García Lorca, que llamaba a dar un paso al frente y abandonar la contemplación estética, en medio de un mundo que se desmorona.
La figura del Papa Francisco no es ajena a esta obra, a estas crónicas romanas como las denomina Nadia Jiménez. Son páginas cargadas de emoción que pasan brevemente desde su elección para el papado hasta sus últimos días y los postreros momentos, hasta llegar a los finales instantes en que su cuerpo fue depositado en la basílica papal de Santa María la Mayor.
Concluyendo
Como sucede con las crónicas, no se pueden desmenuzar en un comentario sobre su conjunto, como es el caso de este libro de Nadia Jiménez. Quizás, solo aventurarse acerca de un aspecto concreto que, a guía de ejemplo, sirva de invitación a recorrerlas despacio, saboreándolas. Es lo que aquí se propone.
Y esto es lo que sucede con este libro: es para paladearlo, degustarlo y disfrutarlo. Nadia Jiménez es hija de un gran poeta, Juan Jiménez, y de una artista, María Castro. Y aquí se traslucen ambas cualidades de sus progenitores.
Nadia retrata, nos pinta, edificios, calles, personas, alimentos y dulces, utilizando los pinceles de la palabra coloreados en la paleta de la sensibilidad y hermosura poética que le legara su padre.
Son continuas las alusiones a ambas figuras señeras de la cultura canaria y de la sociedad insular. Y del compromiso social que ambos sostuvieron y defendieron los años que tuvieron de vida.
Pero volvamos al libro. Ya se ha señalado: su lenguaje es conciso, exacto, cercano pero no árido; respira cercanía y emana sensibilidad y belleza. Pero es que, además, nos da una muestra de lo vasto que es el conocimiento de la autora de historias, de poemas, de textos literarios y de versos de reconocidos cantautores; nos habla de la torá, de la Biblia, de la historia de la Iglesia, de los mensajes de la Fe: Mercedes Sosa, Andy Rivera, Fernando Meirelles, Silvia Pérez Cruz, Rutger Hauger, Shira Haas, Julio Cortázar, San Agustín, Ernest Hemingway, … y, por supuesto, el Nuevo Testamento, Salvador Allende, Benedicto XVI, … Una panoplia de conocimientos y, sobre todo, de convencimientos, de fe, que se cierran con palabras de Herman Hess: Siempre gana quien sabe amar.
Y disfrutará quien se adentre en las páginas de este libro.
Índice
Nadie dice murió el Papa
Crónicas de un cónclave
3 actos y un epílogo
Exordio. Enconclavada en Roma
Acto 1º
Acto 2º. Tres voces y una cruz. Dos Papas…
Acto 3º. Un León para el Viejo Mundo
Epílogo
Acotación final. (En tiempo de guerra)
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Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850









