CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
El enorme impacto de la figura de Rudolf Bultmann en la investigación sobre Jesús (12-01-2020.-1106)

Escribe Antonio Piñero
 
 Foto: Rudolf Bultmann

Salvo error por mi parte, las breves páginas que dedica James Dunn al impacto de Rudolf Bultmann en la historia de la investigación sobre el Jesús histórico me parecen de lo más lúcido de su texto acerca de esta indagación.
 
 
En primer lugar sitúa Dunn con precisión las teorías antecedentes del muy famoso teólogo protestante, suizo, Karl Barth y la del no menos famoso, brillante y un tanto polémico Adolf von Harnack. El primero, Barth, en su muy citado “Comentario a la Carta a los Romanos”, expone claramente su posición absolutamente fideísta, luterano-calvinista en el fondo, al afirmar: “En la historia como tal, hasta donde el ojo humano es capaz de percibir, no hay nada que pueda ofrecer una base para la fe” (Dunn p. 106). Esta es claramente la posición derrotista de Martin Kähler que hemos comentado –y criticado-- en las postales 1101 y 1102 publicadas en los días 8 y 15 de diciembre del año pasado.
 
 
Y luego sigue Dunn comentando un muy famoso intercambio de cartas entre Karl Barth (considerado por algunos como el más citado y célebre de los teólogos del siglo XX, incluido Karl Rahner, por parte católica) y el prodigio de erudición Adolf von Harnack. No voy a resumir este párrafo de Dunn, porque sería estropearlo, sino que voy a citarlo entero:
 
“Harnack acusó a Barth de abandonar la teología científica y de echar a perder lo ganado en décadas anteriores. Barth contestó que la crítica histórica, si bien es válida aplicad oportunamente, tiene sus limitaciones: Puede servir para (comprender o llegar a las auténticas) palabras de Pablo, pero no para llegar la palabra de Dios dentro de las palabras de paulinas. La teología, argumentó Harnack, puede ser delimitada históricamente, para así redescubrir el sencillo evangelio de Jesús si las adherencias intelectuales recibidas por la filosofía griega. Barth replicó que Harnack reducía al cristianismo al nivel humano; la teología, en cambio se interesaba por el Dios trascendente y su acercamiento en Cristo, no por la vida religiosa como la ejemplificada en Jesús. Tomando pie de 2 Corintios 5, 16 (“Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así”), Barth afirmó que ya no conocemos a Cristo según la carne: ese es el Jesús del que se ocupa la investigación crítica, y sobre el que esta no se pone de acuerdo; el que debe interesarnos, en cambio, es el Cristo de la fe, quien se nos descubre en la palabra de Dios” (p. 106).
 
 
Y luego concluye Dunn su cita sosteniendo que este debate tuvo una influencia decisiva en Rudolf Bultmann, de tal modo que este abandonó la teología liberal y el liberalismo en general en la búsqueda del Jesús histórico, en el que se había formado, y abrazó la teología kerigmática (es decir, de la “proclamación dela palabra de Dios”) propia de la teología de Karl Barth. (Sobre qué es el liberalismo en la búsqueda de Jesús véanse las postales publicadas los días 17 y 24 de noviembre de 2019 con los números 1098 y 1099).
 
 
A propósito de la larga cita, estimo que el lector estará de acuerdo en que la posición de Barth, tan fideísta, es insostenible hoy día. Creo que ya casi nadie niega la importancia que para una fe con cierto fundamente racional tiene la investigación sobre el Jesús de la historia. Sobre la posición de Harnack debe decirse algo semejante, aunque  se pueda asumir con cautela, si se cae en la cuenta de que esos añadidos de la “filosofía griega” en la doctrina de Jesús son fácilmente detectables gracias a la enorme investigación sobre las palabras del Nazoreo realizada desde hace más de cien años.
 
 
Y por último: comentar que la cita de 2 Corintios 5,16, que he transcrito arriba, siempre me ha llevado a creer que Pablo sí conoció a Jesús, aunque ese conocimiento no le interesó para nada a la hora de reinterpretar su figura y misión como el Mesías a la luz de su propia teología de la restauración  de Israel y de la salvación general (no solo de judíos, como se creía entre los israelitas en tiempos de Jesús, sino también de paganos) en la era mesiánica, que naturalmente había comenzado el Nazoreo y que iba a concluir de inmediato.
 
 
La argumentación de Pablo en pro de su interpretación de Jesús muerto y resucitado como el mesías celestial –creo– tiene mucha más fuerza (en su afirmación central de que este evangelio suyo no depende de la carne y de la sangre: Gálatas 1,11-12) si se tiene en cuenta la lucha paulina para que le reconocieran el valor de su apostolado. Sus adversarios argumentaban que él no era un verdadero apóstol porque no había conocido a Jesús personalmente. Y él respondía, que sí que lo había conocido, pero que tal conocimiento no tenía valor alguno. Eliminaba así de raíz el peso de la argumentación de sus adversarios (¡él también había conocido a Jesús…, pero solo el Jesús carnal, sin valor para la salvación!). Por ello su evangelio era tan válido como el de los Doce y demás apóstoles que habían conocido personalmente a Jesús. Él, por el contrario, fundamentaba su evangelio no en ese conocimiento meramente carnal, sino en la superior validez de la revelación del Cristo celestial hecha por Dios mismo a él.
 
 
En la posterior literatura judeocristiana de las Pseudo Clementinas vuelve a plantearse con toda claridad esta misma cuestión en la Homilía XVII, especialmente en los capítulos 13-19, donde se discute qué tiene más valor, la predicación de Pedro, obtenida por el contacto directo con Jesús, o bien la de Pablo (aquí representado por el archihereje Simón Mago), que la había obtenido por revelación / visiones. Naturalmente –en contra de Pablo-- el desconocido autor de esas “Homilías” pseudoclementinas afirmaba que la doctrina de Pedro era la única válida, puesto que había tenido contacto directo con Jesús, el Profeta Verdadero.
 
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html

Domingo, 12 de Enero 2020


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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